Capítulo 15
Él seguía hablando bajito, con esa voz grave que me tocaba en un sitio demasiado blando. «Si te desbordas, te aguanto yo. Para eso estoy aquí».
Después de eso, ya no hizo falta decir mucho más.
La guerra seguiría ahí cuando despertáramos. Pero aquella mañana solo existía la sábana caliente y su mano grande en mi espalda. Y me di cuenta de que, con él, desbordarse no era peligroso. Era como llegar a casa.
Me desperté con la boca seca y las pestañas pegadas. La luz había cambiado: ya no era la claridad tímida del amanecer, sino un sol más alto filtrándose por las cortinas, dibujando rectángulos pálidos en el suelo.
Giorg seguía dormido.
O eso creí.
Tenía un brazo bajo mi cintura y la cara girada hacia mí. La mandíbula relajada, el ceño por fin sin aquella arruga permanente. Parecía más joven, casi otro hombre. Podría haberme quedado mirándolo, pero el cuerpo empezó a quejarse: garganta, estómago, músculos. Tenía hambre. Y, sobre todo, calor.
Deslicé con cuidado su brazo lejos de mi cintura. Murmuró algo ininteligible, pero no se despertó del todo. Me incorporé despacio, sentada en el borde de la cama, con la sábana pegada al pecho. El aire frío me recorrió la piel. La sensación de desnudez volvió de golpe.
Miré alrededor, buscando algo que ponerme. Mi vestido de la noche anterior colgaba de una silla, arrugado, la ropa interior hecha un ovillo en el suelo.
No me apetecía meterme ahí dentro.
Entonces la vi, una de sus camisas, abandonada sobre el respaldo de la butaca. Blanca, limpia, con el cuello un poco dado de sí y las mangas remangadas a medias de la noche anterior.
Alargué la mano.
La tela estaba fría al tacto. Me la eché sobre los hombros, dejando que me envolviera.
Me quedaba grande, claro, el hombro se me caía un poco, las mangas me tapaban las manos.
Pero al abotonar el primer botón, algo se asentó raro dentro de mí.
El olor del jabón se mezclaba con algo más suyo.
Era como ponérmelo a él por encima. Cerré unos cuantos botones, no todos.
El escote quedó abierto, mostrando más piel de la que nunca habría enseñado…
salvo a ese hombre que dormía detrás de mí, al que ya se la había mostrado toda.
Fui al baño a tientas, descalza. El espejo no tuvo piedad, pelo como si hubiera perdido una batalla, labios hinchados y una marca tenue en la base del cuello.
La camisa caía sobre mis muslos desnudos, dejando a la vista solo un tramo de pierna antes de perderse en el reflejo.
Tragué saliva. No reconocía del todo a la mujer del espejo, pero me gustó.
Me lavé la cara, me enjuagué la boca. El agua fría ayudó a aclarar un poco la neblina de la noche.
Cuando salí al pasillo, todo estaba en silencio.
El corazón me dio un pequeño vuelco, por un segundo pensé que quizá se había ido, llamado de urgencia, y que yo estaba allí, en su camisa, sola en aquella casa ordenada.
Entonces escuché algo. Un golpe sordo, un leve tintineo de algo de cristal. Venía del salón.
Seguí el sonido.
Sus pasos fueron más rápidos que los míos.
Giré la esquina del pasillo justo cuando él salía del salón hacia mí.
Nos vimos al mismo tiempo. Se detuvo en seco.
Yo me quedé clavada sobre la madera, con una mano agarrando el borde de la camisa como si pudiera hacérmela más larga de golpe.
La luz que entraba por la ventana del pasillo caía justo sobre mí, exagerándolo todo, el blanco de la tela, el brillo de la piel en las piernas, el cuello abierto, la marca en mi garganta.
Durante un segundo no respiró.
Ese segundo fue suficiente para que yo viera el impacto completo en su cara.
Sus ojos me recorrieron despacio, de abajo arriba, intentando creer que aquello era real, la caída de la camisa en mis muslos, las rodillas desnudas, las pantorrillas, el subir tímido del dobladillo cuando me tensé, el camino de botones mal abrochados que dejaban entrever un poco más de piel de la cuenta, el cuello, la mandíbula, mi cara.
Cuando llegó a los ojos, yo ya no sabía en dónde esconderme.
—Hola —atiné a decir. Y me dio vergüenza al instante, porque no era una palabra para todo lo que me estaba pasando.
Él parpadeó una vez, como si volviera de muy lejos. La garganta le trabajó en seco.
—Hola —repitió.
La voz le salió más grave que de costumbre.
No dijo nada más, pero había tanto en esa sola sílaba que me avergoncé por los dos.
«Hola, me acabo de despertar y estoy hecha un desastre».
«Hola, llevo años viendo soldados vestirse y desvestirse, y jamás me había afectado nada como verte así».
«Hola, si doy un paso más voy a olvidarme de todos mis propósitos de dejarte descansar».
Me eché a un lado, incómoda, queriendo dejarle pasar. Mala idea, el movimiento hizo que la camisa se alzara un poco más en un muslo y que un botón mal abrochado cediera un milímetro. Sentí el aire frío colarse por la abertura y su mirada seguirlo sin pudor, como si fuera lo único en la habitación.
—No mires —dije, demasiado tarde.
Sus labios se curvaron, apenas.
—Estoy casado, no ciego —murmuró.
El comentario me puso aún más roja, si era posible.
Él dio dos pasos hacia mí, lento, como acercándose a un animal asustado que no quería espantar.
Se detuvo a una distancia prudente, pero lo suficientemente cerca como para que el olor suyo impregnado en la camisa se mezclara con el suyo de carne y hueso.
—Es… —empezó, buscando palabras—. La camisa me queda mejor a ti que a mí.
—Te la he robado —reconocí, apretando más el puño en el dobladillo.
—Puedes quedártela —hizo una pausa—. A ti te queda mejor.
Sus ojos bajaron un instante, solo un instante, a la línea de mis piernas.
Aquel vistazo rápido, compacto, valía por todas las escenas explícitas que nunca escribiría.
No había vulgaridad en él, pero tampoco santidad.
Era un hombre mirando a su mujer en su ropa, sin poder decidir qué quería hacer primero.
Yo di un paso atrás por puro reflejo. Él levantó una mano, no para agarrarme, sino para tocar el marco de la puerta junto a mi cabeza, dejándome espacio para decidir si me escapaba o no. No lo hice.
Su otra mano se levantó despacio. No fue a los botones, ni al dobladillo.
Fue a mi cuello. Los dedos rozaron la tela y la piel justo donde la camisa se abría.
Se detuvieron en la marca tenue que me había dejado la noche anterior.
Pasó el pulgar por encima, una vez, muy suave, como si la leyera en braille.
—Esto… —susurró— sí que debería haber salido en el parte.
—¿Qué parte? —pregunté, aturdida.
—Nada —negó, sin apartar la vista de mi cuello—. Olvídalo.
Tenía la cara cerca. Lo bastante como para contarle las pestañas.
Lo bastante como para notar cómo le cambió la respiración al inhalar el olor de su propia camisa sobre mi piel.
Por un segundo pensé que iba a besarme ahí, sobre la marca, que iba a borrar su propio rastro con otro.
En lugar de eso, levantó la mano hasta el primer botón mal cerrado.
—¿Puedo? —preguntó, apenas un hilo de voz.
No sabía si se refería a abrocharlo o a todo lo contrario. Asentí igual, porque el cerebro se había ido a otra parte. No lo desabrochó. Lo cerró bien.
Sus dedos se movían despacio, pegados a mí, rozando la piel cada vez que el borde de la tela cedía un poco.
Sentí la yema de cada dedo como un punto de fuego.
Cuando acabó con ese botón, pasó al siguiente.
Hizo lo mismo. Y al siguiente. Cada vez que tiraba de la tela, un poco de aire frío escapaba. Su mano, templada, lo reemplazaba.
Al llegar al último, el que estaba justo por encima del largo peligroso de la camisa, se detuvo.
—Así —murmuró—. Mejor.
No sé si hablaba de la camisa o de su autocontrol. Tenía la mandíbula tensa y la vena del cuello marcada, se estaba sujetando para no empujarme contra la pared.
—Tenía hambre —dije, porque mi cerebro decidió que era buen momento para la estupidez.
Él cerró los ojos un instante, como si esa frase le hubiera parecido indecente por razones que no tenían nada que ver con la cocina.
—Claro que sí —exhaló—. Ven.
Antes de que se me ocurra otra cosa.
Bajó la mano de mi cuello, pero la dejó rozando mi espalda baja mientras me hacía girar en dirección al salón. El contacto era mínimo, apenas un guía. Bastó para que se me llenara la piel de electricidad.
Atravesamos el pasillo en silencio. Yo delante, él detrás.
Sentía su mirada clavada en mis piernas, en la camisa que se levantaba un poco cuando caminaba.
Cada paso era una provocación involuntaria.
Llegamos al salón. Había dejado allí un plato con pan, algo de queso.
Cosas simples, casi torpes, puestas en la mesa baja como si fuera un altar provisional.
Me hizo sentarme en el brazo del sillón. Se quedó de pie entre mis rodillas, mirándome un segundo más, como si necesitara memorizar ese cuadro exacto, yo, en su camisa, con la luz del mediodía en la cara.
—Si algún día dudas de que eres mía, acuérdate de esto —dijo.
Tragué saliva, el deseo, el miedo y una especie de orgullo se me mezclaron en el cuerpo.
—Y tú —me atreví, con el corazón a mil—, si algún día dudas de que eres mi marido, acuérdate de cómo me estás mirando ahora.
La carcajada le salió de muy dentro. Fue corta, ahogada, como si no quisiera romper la escena del todo. Se inclinó, al fin, y me besó. No un beso rápido, no uno casto. Un beso lento, profundo, que sabía a mañana, a pan sin probar.
Sus manos no se deslizaron bajo la camisa. No hacía falta. Se quedaron en mi cintura, firmes. El roce de sus pulgares sobre la tela bastó para que el cuerpo entero recordara que aún estaba sensible, que había territorio por explorar, que ese no era el último día, sino el primero.
Cuando se separó, solo lo justo para dejarme respirar, sus ojos ardían.
—¿Sigues teniendo hambre? —susurró, con la voz un poco rota—. Si quieres paro…