Capítulo 14 #9
Ni de su cuerpo. Ni, sobre todo, de su manera de sentir. Nunca me lo dijo. Pero si aquella noche hubiera hablado en voz alta, creo que habría sonado así: el capitán que todos creían de piedra, con el corazón hecho un nudo.
—Anna—
Y yo, al despertar, lo único que supe con certeza fue esto, no hubo luna de miel.
No había trenes que esperaran recién casados, ni hoteles con sábanas planchadas, ni playas lejanas donde fingir que el mundo no se estaba cayendo.
Hubo, en cambio, lo que el régimen y la guerra podían concederle a un capitán y a su esposa, un permiso, unos días que nadie se molestó en mirar demasiado.
No salimos de la casa. El viaje fue del dormitorio a la cocina, del sofá a la cama. Y bastó.
Desperté con la sensación de que me habían soltado todos los tornillos por dentro.
No estaba rota, solo distinta, mi cuerpo descubrió por fin para qué servían algunas piezas.
Las piernas pesadas, el vientre lleno de un peso dulce, la piel demasiado consciente de la sábana que me rozaba.
El cabello, lo notaba sin siquiera tocarlo, era una batalla perdida: mechones en la cara, en la nuca, pegados a la almohada.
Parpadeé hacia el techo y tardé un segundo en recordar que no era mi techo. Que aquel no era mi cuarto. Que no dormía sola. Entonces sentí la mirada. Me giré apenas, haciendo crujir la sábana.
Giorg estaba despierto, apoyado en un codo, mirándome.
No tenía la expresión del capitán. Ninguna máscara.
Pelo revuelto, pecho desnudo, la sábana caída a medio camino de la cadera, la mandíbula sombreada.
Pero lo que me detuvo fue lo otro: esos ojos claros, abiertos, como si llevara un buen rato simplemente… contemplando.
—Buenos días —dijo, con una suavidad que casi dolía.
Solté un ruido raro y lo primero que hice fue subirme la sábana hasta la nariz.
—No mires —murmuré, ahogada.
Oí cómo sonreía antes de verlo.
—Llego tarde para obedecer eso, ¿no crees? —susurró.
La cama cedió bajo su peso y supe que estaba ahí, conmigo. Noté sus dedos en la sábana, un roce apenas contra mis nudillos que me puso alerta. Me quemaba todo el cuerpo, esperando a que hiciera algo más que solo tocar el borde.
—Debo estar horrible —se me escapó—. Mira cómo llevo el pelo… y la cara… y todo.
Él inclinó la cabeza. Luego negó, muy despacio.
—No —dijo—. No estás horrible.
La yema de un dedo me rozó la frente, descendió y se detuvo en la curva de mi mejilla.
—Estás… —buscó la palabra con calma— como alguien que ha vivido mucho esta noche. Sus ojos se suavizaron—. Y parece que estás aquí. Conmigo. Como si fueras mía.
La frase me atravesó, caliente, hasta los talones. Bajé la sábana hasta la nariz, lo justo para verlo. Su expresión tenía algo peligroso, ternura y sorpresa, como si todavía no terminara de creer que yo seguía ahí.
—Sigues aquí —dijo, casi para sí, como si marcara un dato importante—. Menos mal.
Tragué saliva. El recuerdo del llanto se me subió a la garganta como si hubiera pasado hacía un minuto, su cuerpo, el vals, ese momento en que algo dentro de mí se rompió y empezó a salir en lágrimas que ni yo entendía.
Él bajó aún más la voz.
—En serio —murmuró—. Anoche casi se me para el corazón cuando empezaste a llorar.
Me sorprendió el brillo que se encendió en sus ojos al decirlo. No vergüenza, no incomodidad. Otra cosa. Algo más hondo.
—No sabía si te dolía, si te habías asustado, si… —se interrumpió un momento, buscando palabras que no sonaran torpes—. Estabas tan abierta, tan… de verdad, que me dio miedo tocarte hasta con la mirada.
Se encogió levemente de hombros, un gesto que lo dejaba tan desnudo como a mí.
—Hoy solo quiero poder verlo sin asustarme —continuó, más bajo todavía—. Si tienes que llorar porque estás… desbordada… —la palabra le salió despacio— lloras. Su pulgar hizo como atrapar una lágrima imaginaria en el borde de mi ojo—. Te aguanto yo. Para eso estoy aquí.
No pude decir nada. Sentí cómo ese nudo raro se apretaba de nuevo, amenazando con subir otra vez a los ojos sin pedir permiso. No era tristeza. Él lo vio. Por supuesto que lo vio.
Pero en lugar de ponerse solemne o hacer un chiste brusco, sonrió un poco, inclinado sobre mí.
—Voy a tener que acostumbrar el corazón, ¿sabes? —susurró—. Está viejo para estas cosas. Toda la vida latiendo normal y de repente le ponen a una mujer que se le echa a llorar encima de felicidad… y se descompone.
Se acercó aún más, rozándome la frente con la suya.
—La próxima vez me avisas —añadió, con una ternura casi juguetona—. Así lo preparo, respiro hondo, me siento, te abrazo fuerte… y dejo que te rompas tranquila, sin pensar que estoy haciendo algo mal.
Un sonido extraño me salió del pecho, mitad risa mitad sollozo.
—No lo entiendo —admití, en un susurro—. Ni anoche… ni ahora. No sé por qué lloré así.
Sus dedos se deslizaron a mi nuca, ahí donde el pelo era un enredo sin remedio. No se quejó. Lo acarició como estaba, en su desastre.
—No hace falta que lo entiendas —dijo—. No hoy.
Me sostuvo la mirada, serio y suave a la vez—. Yo sí lo entendí. Era… demasiado. Demasiado de todo. Si no te hubiera pasado nada por dentro, entonces sí me habría preocupado.
Se inclinó y dejó un beso casi casto en la esquina de mi ojo, justo donde una lágrima habría caído.
—Y te prometo otra cosa —añadió, con una media sonrisa—. No voy a decirte nunca «no llores». No aquí. No por esto. Si te desbordas, me haces un sitio y me dejo mojar.
La imagen me arrancó una carcajada ahogada. Él sonrió, satisfecho, como si acabara de ver justo lo que quería, risa y humedad mezcladas en mi cara.
—Eso sí… —bajó la voz, pegando su frente a la mía—. Si se convierte en costumbre, voy a tener que dormir siempre así de cerca. Por si acaso. No vaya a ser que una noche te rompas y no esté con los brazos preparados.
Me deslizó hacia él sin esfuerzo. Su cuerpo estaba caliente, acogedor, esperándome desde siempre. Sus manos se cerraron a mi espalda, no posesivas, sino protectoras.
—Giorg… —susurré, con la voz ronca.
Respondió, muy simple, besándome el pelo. No se movió.
Y ahí, con el pelo hecho un desastre y la piel todavía marcada por él, entendí por fin mi llanto. No era tristeza. Era el alivio de estar con un hombre capaz de quedarse ahí, sin escapar, mirando mis lágrimas como si fueran un regalo y no un problema.