Orden y fuego Capítulo 14 #8
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Capítulo 14 #8

Me atrajo hacia él, girando con cuidado para que quedara sobre su pecho.

El movimiento fue tan suave que casi no supe en qué momento dejé de estar bajo su cuerpo para estar envuelta por él.

Sus brazos se cerraron a mi alrededor, uno bajo mi cabeza, el otro en mi espalda, como si me acunara entera.

No había ni rastro de incomodidad por la desnudez, ni prisa por dormir.

Me besó el pelo. Una, dos, tres veces. Cada beso decía lo suyo. Las lágrimas seguían saliendo. Yo me rendí a ellas. Apoyé la cara en su pecho, sintiendo la piel caliente, el latido fuerte, el aroma mezclado de jabón, sudor y algo que ya era exclusivamente mío. Sin nombre todavía. Pero mío.

—No lo entiendo —murmuré, cuando pude ordenar dos palabras seguidas—. No sé por qué lloro tanto. No estoy triste. No lo estoy.

Sus dedos dibujaban círculos lentos en mi espalda. Sin prisa. Tenía toda la noche.

—No hace falta que lo entiendas —respondió—. No ahora. Bajó la voz un poco más—. Deja que lo entienda yo, si no puedes. Yo te aguanto mientras se te pasa… o mientras se te queda dentro. Me da igual. No me voy a mover de aquí.

No. No se iba a mover. Se quedó despierto más tiempo que yo, lo supe porque sentía sus dedos moviéndose todavía cuando mis párpados ya pesaban demasiado. Cada vez que una lágrima tardía se escapaba, él estaba ahí para atraparla. Solo presente.

En algún momento, entre suspiro y suspiro, me di cuenta de algo que sí entendía.

No lloraba solo por lo que acabábamos de hacer.

Lloraba por todas esas noches en las que me convencí de que esto no era para mí.

Por las veces que pensé que el amor era para otra gente, para los que salen en las fotos, para los que no tienen este miedo que no me deja dormir.

Lloraba porque me había tocado un hombre que no me pedía que me callara, sino que fuera de verdad, con lágrimas y con todo.

Lloraba porque estaba con alguien increíble. Y por primera vez, no me sentí pequeña.

La última imagen que recuerdo antes de que el sueño me arrastrara fue la de su mano enorme, descansando abierta sobre mi costado, como un juramento silencioso.

Aquella noche las lágrimas fueron la forma que tuvo mi cuerpo de decirme que seguía viva.

Sin más vueltas. Y él, mi marido, mi capitán, mi Giorg, no quiso secarlas.

-Giorg-

Cuando ella por fin se quedó dormida, con la respiración más lenta y las pestañas todavía pegadas por el rastro de las lágrimas, yo seguía allí, despierto, con el cuerpo agotado y la cabeza en un estado que no conocía.

No pensaba solo en sus lágrimas. Pensaba en cómo había sido todo.

No había sido perfecto. No había sido limpio, ni de esos encuentros que los hombres presumen en voz alta en una mesa llena de copas.

Había habido torpeza, pausas, un dolor que sentí casi en mi propia carne, respiraciones entrecortadas, correcciones constantes.

Hubo momentos en los que me movía por un terreno minado, un paso mínimo, esperar la reacción, ajustar, retroceder si algo en su cuerpo decía «no así».

Fue más esfuerzo que cualquier descarga rápida de juventud.

Mucho más. Y, sin embargo, nunca había sentido mi propio cuerpo tan… presente.

Había sido lento. Deliberadamente lento.

A veces hasta el límite de lo soportable.

El impulso, allí abajo, pedía otra cosa, pero me negué a obedecer.

Nunca me había contenido tanto. Nunca me había importado tan poco mi propio final.

Me descubrí escuchando más su respiración que la mía, más los cambios en la tensión de sus músculos que los tirones del deseo en los míos.

Y cuando, al fin, dejó de resistirse y empezó a moverse conmigo, sentí algo que no se parecía a victoria, sino permiso.

A una especie de «estás bien aquí» que ninguna otra mujer me había dado antes.

Aquello no fue una carrera ciega. Fue… un ajuste. Como si en vez de caer, hubiera encajado por fin en la pieza exacta.

El placer estaba ahí, sería hipócrita negarlo, pero venía mezclado con la conciencia de cada centímetro de ella. Tenía que medir mi peso, para no perderla justo ahora que confiaba en que podía abrirse sin romperse.

Eso, más que la intensidad física, era lo que me tenía desvelado, la sensación de que por una no había sido algo que yo hacía a alguien, sino algo que habíamos conseguido juntos, a pesar del miedo y del dolor inicial. Torpe, irregular, lleno de pequeñas rectificaciones… pero común.

Nunca nadie había llorado así conmigo. No después.

Antes, sí, por miedo, por rabia. Lágrimas que eran protesta o reproche, que me colocaban del lado equivocado de la historia, aunque no hubiera querido.

En Lisa, sobre todo, las lágrimas siempre llegaban demasiado tarde o demasiado pronto, como si yo fuera un mal tiempo del que protegerse.

Con Anna había sido distinto. Esas lágrimas no iban contra mí. No eran un «me has hecho daño», aunque me aterrorizara que lo fueran. Eran… cosas que yo no entendía del todo. Me estaba dejando entrar en un lugar donde no entra nadie. Me lo ha confiado a mí.

Podía haber contenido aquello. Podía haberse dado la vuelta, tragárselo, disimular, vestirse, hacer un chiste, poner tierra, decir que estaba cansada.

No lo hizo. Se rompió ahí, debajo de mis manos.

Me dejó mirarlo. Me dejó tocarle la cara mientras se desbordaba.

Me dejó sostenerla sin hacer preguntas para las que ninguno de los dos tenía respuesta.

Si eso no era confianza, no sabía qué podía serlo.

Tenía miedo, claro. Miedo de que, al despertar, sintiera vergüenza.

Miedo de que esos lloros, que a mí me habían parecido lo más hermoso que había visto en años, a ella le parecieran una humillación.

Miedo de haber cruzado una puerta que ella, con la luz encendida, querría volver a cerrar.

Pero, incluso con ese miedo, había algo nuevo instalándose en mí, orgullo.

No el orgullo grosero del hombre que piensa «la he dejado temblando».

Eso siempre me había parecido vulgar, incluso cuando era más joven y no entendía nada.

No. Era saber que no había pasado por su vida como un tanque sino como un refugio.

Que no se había hecho pequeña por mi culpa, sino todo lo contrario, la había visto enorme, incapaz de caber en sí misma.

Sentía también una especie de alivio feroz, difícil de explicar.

Como si alguna pieza vieja, oxidada, que llevaba años chirriando hubiera encajado por fin.

Durante mucho tiempo había vivido con esta sospecha baja, constante, de que mi deseo era destructivo.

Que lo mejor que podía hacer por los demás era disfrazarlo de disciplina.

Aquella noche, por primera vez, se me insinuó la posibilidad contraria que, bien empleado, podía ser…

podía ser bueno. Y eso me asustó casi tanto como lo contrario.

Y entonces me asusté por otra razón: estar a la altura.

Era muy sencillo estar a la altura de una noche.

De un baile, de un cuerpo que se abre por primera vez.

Lo que me daba vértigo era el después. Levantarme al día siguiente, verla cruzar el pasillo en bata, recordar esa misma piel desnuda bajo mis manos…

y seguir siendo el hombre que necesitaba.

No el amante de una noche, sino el que aguanta el mundo con ella, no encima de ella.

Miré su cara sobre la almohada. Tenía una tranquilidad que ni ella misma se había dado. «No puedes fallar aquí, Hohenfeld», me ordené. Puedes equivocarte en mapas o tragarte papeles que te repugnan. Pero a esta mujer, no. Esto, no.

No era una exigencia de ella. Era mía.

Me descubrí, casi sin darme cuenta, repasando con la vista cada gesto de la noche que acabábamos de vivir, para fijarlos.

El temblor de su voz cuando dijo «quiero».

La manera en que agarró mi mano cuando le dolía.

El modo en que buscó mi mirada antes de decirme «muévete».

Esa palabra suya, «baila», que me había dejado más expuesto que cualquier confesión.

Me di cuenta de que estaba memorizando no su cuerpo, sino su coraje.

Yo había visto hombres valientes en el frente. Había visto cobardes dignos, y héroes de una sola vez. Pero ese valor silencioso, íntimo, de alguien que tiembla y aun así elige seguir… eso era otra cosa. Y me había tocado a mí presenciarlo.

No sabía qué iba a pasar en Trieste, ni en Viena, ni en el mapa entero.

Lo único que supe con una certeza absurda, infantil y adulta a la vez, fue esto: si el mundo iba a deshacerse, yo quería que me pillara al lado de esta mujer.

Aunque no supiera siempre qué hacer. Aunque tuviera miedo cada vez.

Aunque me costara más trabajo contener la ternura que cualquier estallido de violencia.

Ella suspiró en sueños, se movió apenas, buscando sitio. Instintivamente, la rodeé con el brazo. No porque lo exigiera ninguna promesa matrimonial, sino porque sabía perfectamente dónde tenía que estar haciendo de muro, sí, pero de esos que abrazan por dentro.

Pensé, con una especie de ironía cansada, que, si alguien me hubiera dicho que el momento de mayor vulnerabilidad de mi vida no llegaría en un frente, ni ante un superior… sino en una cama, al lado de una mujer que lloraba de emoción porque estaba viva y conmigo… le habría llamado idiota.

No recé. Hace mucho que no rezo. Pero esa noche, sin mirar a ningún dios en particular, formulé algo parecido a una plegaria: no me dejes estropear esto. No me conviertas en aquello de lo que ya tiene bastante fuera, miedo, orden y silencio impuesto.

Si ella iba a seguir desbordándose así, necesitaba a alguien que supiera nadar. O, por lo menos, a alguien que no le tuviera miedo al agua.

Me quedé despierto un buen rato más, escuchando su respiración. Decidí prometerme, no huir de lo que había visto esa noche en su cara.