Orden y fuego Capítulo 14 #7
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Capítulo 14 #7

Su cuerpo, aún tenso, empezó a moverse de una forma que no era apresurada ni torpe. Era lenta, profunda, insistente. Había en cada avance y cada retroceso la exacta mezcla entre disciplina y abandono que lo definía, la precisión del militar, el hambre del hombre que ha esperado demasiado.

—Baila conmigo —susurró, casi sin voz, junto a mi oído.

No dijo «déjame». No dijo «sígueme». Dijo «baila conmigo».

Y mi cuerpo lo entendió mejor que mi cabeza.

Mis manos, que hasta entonces se habían aferrado a sus hombros para no perderme, encontraron el ritmo antes que yo. Sentí bajo mis palmas cómo cada músculo obedecía a una decisión consciente: contenerse, volver, acercarse, entrar en ese compás sin prisa. No corría. Giraba.

A cada vuelta, un poco más adentro. A cada giro, un poco más hondo.

El dolor, ese filo inicial que me había cortado la respiración, se fue disolviendo en otra cosa.

No desapareció de golpe, se mezcló con el calor, con el peso, con la sensación de estar siendo abierta no solo en el cuerpo, sino en un lugar mucho más íntimo.

Mis músculos dejaban de resistirse, aprendían.

Como pies que al principio pisan mal y, de pronto, encuentran el suelo. Yo también empecé a moverme.

Muy poco, casi nada. Al principio era solo una reacción, un ajuste mínimo para buscar el sitio donde la fricción no doliera, sino que encendiera.

Pero él lo sintió. Oh, cómo lo sintió. Bastó que mis caderas buscaran las suyas un centímetro más, que mi espalda se arquease en el ángulo justo, para que se le escapara un gemido bajo, casi animal, que intentó ahogar en mi cuello.

Ese sonido me recorrió la columna como un relámpago.

—Así… —murmuró, con la voz rota—. …así.

Y de pronto supe, no era yo la que se adaptaba a él. Éramos los dos buscándonos, encontrándonos una y otra vez, como si cada paso del vals fuera inventado en el momento.

El vaivén se hizo más fluido. No más rápido, mejor.

Había un momento de suspensión en cada entrada, un segundo en el que todo mi cuerpo se tensaba, esperando que regresara…

y, en lugar de eso, venía una oleada cálida, un roce que parecía hecho a medida de mí.

Él lo repetía, como un bailarín que ha encontrado por fin la figura que hace brillar a su pareja y la repite no por lucirse, sino por verla a ella brillar.

—Mírame —me pidió, en un momento, separando apenas su frente de la mía.

Obedecí. Lo miré. Y lo que vi me puso la piel en llamas.

No era el capitán distante, ni el hombre contenido que nunca pierde la compostura.

Tenía el pelo revuelto, la respiración desbocada, el labio inferior un poco enrojecido de morderlo para no dejar escapar todos los sonidos que quería.

Pero sus ojos… sus ojos estaban claros, lúcidos, fijos en los míos, como si necesitara asegurarse a cada segundo de que yo seguía con él, que no me estaba perdiendo en algún sitio donde no pudiera alcanzarme.

—Dime si no —susurró, marcando cada palabra con un leve empuje, cadencioso—. No quiero que soportes. Quiero que quieras.

Todo lo demás era ruido. Bombas, discursos, órdenes, uniformes, todo se habría convertido en ruido de fondo. Lo único real era ese hombre, su voz quebrada pidiendo algo que nadie pide: que le digan que sí desde el deseo, no desde la obligación. Que lo paren si no. Que lo guíen si sí.

Sentí un orgullo feroz prenderse en mi pecho.

—Quiero —contesté, sin reconocer la voz segura que salió de mi boca.

Algo cambió en su mirada. Y eso me desarmó.

Su mano bajó entonces por mi costado, lento, firme, como se desliza uno por la barandilla de una escalera conocida. No buscaba poseer, buscaba rodear, sostener. Me atrajo un poco más hacia él, ajustando el ángulo, y el siguiente movimiento fue… distinto.

Una chispa. Una descarga que no era dolor, sino algo mucho más peligroso: placer en bruto, inesperado, que me hizo abrir la boca en un jadeo mudo.

—Ahí —escapé, sin pensar.

Lo entendió a la primera. Repitió. Ajustó. Como si cada pequeño sonido mío fuera una nota y él, un músico experimentado, la atrapara al vuelo. No me trataba como a algo frágil, sino como a algo preciado, no quería que se rompiera, pero tampoco dejarlo guardado en una vitrina.

A partir de ahí, el vals dejó de ser solo suyo.

Empecé a moverme con más seguridad. A empujarle el compás con mi cuerpo, a marcarle cuándo más, cuándo menos, cuándo así era perfecto.

Y cada vez que lo hacía, lo veía… ceder.

Eso era lo más embriagador de todo, saber que aquel hombre que nunca cedía nada ante nadie, que aguantaba el peso del mundo sin quejarse, estaba dejándose mandar por mis suspiros, por la forma en que lo apretaba o lo soltaba.

—No sabes lo que me haces… —murmuró, casi con rabia, cuando en uno de esos movimientos mis piernas lo ataron más a mí—. No tienes idea.

Sí, pensé. Sí que la tengo. La estaba sintiendo en cada fibra de su cuerpo, en la forma en que se contenía y se liberaba a la vez. Era poder y entrega en un solo gesto. Nadie me explicó que un hombre podía querer así, con tanta fuerza. Sin ver otra cosa en el mundo que no fuéramos nosotros dos.

El calor en mi vientre se convirtió en algo casi insoportable.

No era un fuego limpio, era una tormenta que crecía por oleadas.

Cada giro del vals la alimentaba. Yo ya no podía mantener el ritmo con la misma elegancia, empezaba a tropezar, a perder el compás, a agarrarme más fuerte a sus hombros porque el suelo se me estaba yendo de debajo de las piernas.

—Giorg… —lo llamé, pero no sabía si pedía que parara o que siguiera.

Él inclinó la cabeza para buscar mi boca, y el beso que me dio fue pura respuesta: no voy a soltarte. No voy a dejarte sola en esto. Ven conmigo.

Su mano subió a la nuca, me sostuvo la cabeza como si fuera lo más frágil del mundo mientras el resto de mi cuerpo se sacudía con esos espasmos extraños que no conocía.

Sentía los músculos cerrarse y abrirse sin que yo pudiera decidir, como si alguna parte primitiva de mí, muy antigua, muy sabia, hubiera tomado el mando.

El placer me llegó como una ola que no pedí y que no pude detener. No fue una explosión silenciosa, fue una serie de golpes dulces que me hicieron gemir sin vergüenza, sin filtro, sin pensar en nada que no fuera ese «más» que ya no sabía cómo pedir.

Él aguantó. Lo sentí. Aguantó conmigo, ni antes ni después, exactamente ahí.

Fue como si mi cuerpo lo arrastrara y, en lugar de resistirse, se dejara llevar.

La manera en que se tensó, en que susurros ahogados se escaparon contra mi cuello, en que toda su fuerza se concentró en no apartarse hasta que yo terminé de temblar…

fue hermosa. Cuando por fin las olas empezaron a retirarse, cuando el vals se ralentizó hasta convertirse en un balanceo casi inmóvil, los dos nos quedamos suspendidos en esa frontera rara entre el alivio y el vacío.

Él apoyó la frente en mi clavícula, respirando como si hubiera corrido kilómetros.

Yo notaba el latido de su corazón pegado al mío, ambos desacompasados, intentando encontrar de nuevo un ritmo posible.

Y entonces, sin avisar, empezaron a caer las lágrimas. No sollozaba. No hacía ruido.

Solo caían, una detrás de otra, como si algo dentro de mí se hubiera roto por fin y no pudiera pararlo.

Intenté tragarla. El cuerpo no obedeció.

Otra. Y otra. Y otra.

No venían con ruido. No sollozaba. Simplemente caían, despacio, parecía que habían encontrado una salida después de años esperando turno.

Él lo notó enseguida. Claro que lo notó.

Me miró. Y la expresión que se le dibujó en la cara fue tan desarmada que casi me hizo llorar más.

—Anna… —susurró, como si mi nombre fuera una pregunta—. ¿Te he…?

Negué, rápido, antes de que pudiera terminar.

—No. —Mi voz salió quebrada, como si también llorara—. No. No es eso.

Quise explicar. No pude. No sabía si lloraba por la guerra, por el miedo, por esta noche… o por todo a la vez. Solo sabía que era demasiado, y que dentro de mí no cabía.

Él hizo algo entonces que me rompió del todo, de la mejor manera.

No se apartó, no se puso torpe, no empezó a pedirme perdón como un adolescente asustado. Se incorporó lo justo para quedar sobre mí, sosteniendo su peso en los antebrazos, y me tomó la cara.

Sus manos enormes y calientes me enmarcaron la cara con un cuidado que no me hizo pequeña. Sus pulgares limpiaron torpemente mis mejillas, no para detener las lágrimas, que seguían saliendo, sino acompañarlas.

—Mírame —pidió, suave.

Lo hice. Y ahí lo vi. Había ternura. Una ternura que me dolió en el pecho.

Había algo tierno en él que no me esperaba. Parecía un crío que no entiende cómo estaba ahí conmigo.

—No tienes que dejar de llorar —dijo, como si me leyera el pensamiento—. No conmigo.

Su voz era baja, grave, todavía rasgada por el esfuerzo de contenerse antes, pero firme. Tenía esa misma voz de cuando me juró que me protegería. Solo que ahora me prometía otra cosa: que se iba a quedar ahí, mirándome.

Un sollozo casi risueño se me escapó.

—Es ridículo —balbuceé—. No sé por qué… no sé por qué lloro.

Sonrió, solo para mí. Ahí entendí por qué todo el mundo quería verlo así… y por qué ninguna lo había conseguido.

—Yo sí lo sé —dijo, acercando la frente a la mía, sujetándome la cara como si fuera a deshacerme—.

Lloras porque estás aquí. Porque estás conmigo.

Respiró hondo, como si esas palabras le costaran más que cualquier orden—.

Porque nadie te enseña a sentir algo así sin que se te termine escapando por algún sitio.

Me golpeó de lleno. Cerré los ojos, dejando que otra tanda de lágrimas se perdiera entre sus dedos.

—No me da miedo —añadió, en un susurro—. No me asusta que sientas así. Me da miedo no estar a la altura de eso. Pero no voy a salir corriendo.

Ojalá todas pudieran sentir alguna vez lo que es a alguien como él encima, dentro, rodeándote… agarrándote la cara como si en ese momento no hubiera nada más en el mundo. Lo pensé casi sin fuerzas, mientras sentía cómo se me escapaba otra lágrima.