Capítulo 14 #6
La camisa resbaló por sus hombros. Rozarle la piel sin nada de por medio me hizo notar cuántas capas de disciplina y distancia habíamos tenido que romper para llegar aquí. Con cada prenda que caía, él parecía quitarse un peso de encima.
Me bajó las tiras por los hombros en un movimiento deliberado. Sin nada que me cubriera, me sentí pequeña. Me recorrió un escalofrío que me erizó la piel y sentí el rubor quemándome hasta las orejas.
Él me miró como si le hubieran quitado el suelo bajo los pies. No era solo deseo, era gratitud, como si no entendiera qué había hecho él para merecer ese momento.
—Anna… —dijo, y mi nombre sonó más hondo. Más suyo.
Nos movimos hacia la cama entre besos que se volvían urgentes y manos que buscaban apoyo en la pared. En un momento, él tropezó con la mesilla y el vaso de agua tembló. Nos reímos demasiado alto para la hora, y esa risa rompió la solemnidad justo lo suficiente para dejarnos respirar.
Cuando su peso se inclinó sobre el mío, sentí una seguridad que no conocía. Su cuerpo era una muralla, sí. Pero esa noche la muralla era mía.
Sus manos se movían ahora con más libertad, pero no con menos cuidado. Me descubrían y se frenaban donde los suspiros me traicionaban con sonidos extraños para mí. Él se detenía ante cada uno de ellos, guardándolos como un tesoro recién descubierto. No había prisa. Había hambre, pero no prisa.
Entonces dejó de ser juego. Lo sentí en cómo su respiración se hizo pesada y en la forma en que sus manos dejaron de explorar para anclarse a mí.
Hubo un instante de duda en sus ojos. Inconfundible. Buscó mi mirada como quien busca una salida.
—Ahora sí… —murmuró—. Dime si…
Asentí, tragando saliva. Tenía miedo: al dolor, a lo desconocido, a no estar a la altura de las fantasías que habíamos alimentado en silencio. Pero por encima de todo, tenía una certeza: no habría otro momento en el que me sintiera tan elegida.
De repente, el mundo se encogió. Éramos él, yo y ese punto exacto donde por fin íbamos a encontrarnos. Lo había imaginado tantas veces, pero la realidad quemaba. Todo lo demás se difuminó.
Y entonces, me bloqueé. Un corte de luz en mitad de la penumbra. Él lo notó al instante. Se detuvo por completo. Noté cómo se le tensaban los hombros sobre mí y cómo sus manos agarraban la colcha a ambos lados de mi cuerpo para no volcar su peso sobre el mío.
—Anna —su voz sonó ronca, irreconocible—. Dime.
No era una orden. Era una súplica.
Yo me había quedado rígida, los músculos hechos un nudo alrededor de ese punto dolorido y nuevo. Sabía, en teoría, que podía doler. Pero ninguna teoría te prepara para lo que se siente al tocar a alguien, para el peso real de un hombre.
Respiré a medias, en pequeños bocados de aire.
—Es… —me costó encontrar palabras—. Es mucho.
Él cerró los ojos. Podría haber aprovechado para retroceder, para regresar a su prudencia habitual. No lo hizo. Tampoco avanzó. Se quedó ahí, suspendido, sujetando su propio deseo con una fuerza que hacía vibrar sus músculos.
—No quiero hacerte daño —murmuró, con una sinceridad que me dolió.
Ahí estaba él: la culpa que arrastraba con el pánico a repetir errores con alguien a quien, esta vez, respetaba demasiado.
Bastaba con decir «para» y se habría apartado.
Esa certeza me dio fuerza. Le rodeé la cara con las manos, obligándolo a mirarme. Tenía los ojos oscuros, fijos en los míos, como un animal acorralado que se niega a huir si eso implica dejarme sola.
—Escúchame —dije, y me sorprendió lo firme que sonó mi voz mientras el resto de mi cuerpo temblaba—. No es que tú me hagas daño. Es mi cuerpo aprendiendo.
Tragué saliva.
—Quiero aprender contigo. Pero necesito un minuto.
Asentí, apenas.
—Lo que necesites —susurró.
No retrocedió. Se quedó ahí, sosteniéndose sobre sus propios brazos, anclándose para no avanzar. Sentía el esfuerzo, ese peso sobre mí era, a la vez, un escudo.
—Respira conmigo —le pedí, necesitando algo en lo que concentrarme que no fuera el dolor.
Pegó la frente a la mía, obediente. Nuestras narices se rozaban. Podía ver cada pestaña, sentir el calor de su aliento contra mi boca.
Inspiré hondo. Una, dos, tres. Él hizo lo mismo.
Lo sentí en el pecho, subiendo y bajando a la vez que el mío.
Poco a poco, con cada respiración coordinada, la tensión aflojó un centímetro.
El dolor dejó de ser un cuchillo para convertirse en una presión sorda, una frontera que mi cuerpo empezaba a aceptar.
—Mejor —murmuré.
Él no aprovechó la confesión para apresurarse. Me besó la frente, las sienes, los pómulos. Me cubrió la cara de besos pequeños, recordándole a mi piel que existían otras sensaciones, otras formas de nombrar lo que estaba pasando.
Una de sus manos entrelazó sus dedos con los míos sobre la colcha. Sentir su mano apretando con fuerza controlada me ayudó a anclarme. Si necesitaba detenerlo, solo tenía que soltarlo.
—¿Así? —preguntó, en un susurro.
Asentí. El reloj de la pared marcó un par de golpes obstinados. Me concentré en su respiración hasta que el miedo dejó de pinchar. Cuando abrí los ojos, lo encontré mirándome como si esperara un veredicto.
—Giorg.
—¿Sí? —la palabra le salió cortada.
—Muévete un poco —pedí—. Despacio.
Lo vi tragar saliva. Asintió, y su mano apretó la mía: un aviso.
Lo hizo con un cuidado excesivo. Se movió apenas lo justo para que mi cuerpo entendiera que aquello podía fluir. El primer cambio volvió a encender el dolor, pero ya no como un golpe seco, sino como un eco. Respiré hondo, obligándome a no cerrarme.
—¿Así? —repitió, atento a cada línea de mi cara.
—Así está bien.
Y siguió. Lento, medido, buscando la aprobación para cada movimiento. No fue torpe, parecía más preocupado por no perderme que por llegar a ninguna parte.
A medida que me acostumbraba, el dolor se relegó a un segundo plano. Empezó a mezclarse con algo más pesado, un hormigueo que despertaba zonas que hasta entonces habían estado dormidas.
Era un idioma nuevo sin diccionario. A veces la respuesta de mi cuerpo era un «no» cortante que él captaba al instante. Otras, era un «sí» tímido, un destello de placer entre las olas de incomodidad que lo alentaba sin volverlo imprudente.
Me di cuenta de que ya no apretaba la colcha. Llevé la mano a su espalda. Sentir la tensión de sus músculos mientras se contenía por mí me conmovió, un hombre acostumbrado a usar su fuerza de forma contundente, usándola ahora solo para no aplastarme.
—Puedes… —dije a media voz—. No hace falta que seas tan cuidadoso.
La mirada de alarma que me dedicó fue casi cómica.
—No voy a… —empezó.
Lo callé con un beso decidido. Apreté sus hombros hacia mí para dejar claro que no era de cristal.
—No he dicho que te olvides de mí —sonreí contra su boca—. Solo que no te olvides de ti.
Esa frase desactivó algo en él. No su prudencia, sino rigidez, la idea de que su deseo era peligroso por definición. Noté cómo se aflojaba, cómo el movimiento dejaba de ser un examen para convertirse en una conversación.
Yo respondí. Moví las caderas buscando el lugar donde las sensaciones eran menos punzantes y más…
interesantes. Mi cuerpo, acostumbrado a obedecer órdenes ajenas, empezó a escuchar sus propios impulsos.
Y cuando le indicaba con un gesto que aquello estaba bien, su mirada se encendía de una forma que borraba cualquier rastro de pudor.
—Así —murmuró él, cuando fui yo la que, por un instante, marcó el ritmo.
Su voz se quebró en la última palabra. Oírlo así me enterneció. No tenía nada de divino ni de intocable. Era un hombre, mi hombre, desarmándose encima de mí, dejándome ver un rostro que no enseñaba a nadie.
El dolor se volvió, poco a poco, recuerdo.
Lo que quedó fue otra cosa, una sensación creciente de calor, una serie de chispazos que se encendían en zonas que no sabía que podían despertar así.
No era un placer fácil ni perfecto, era torpe, irregular, como si avanzáramos a tientas por un pasillo oscuro, tropezando de vez en cuando con muebles que no veíamos.
Pero con cada tropiezo, con cada risa nerviosa, encontrábamos una forma nueva de sostenernos.
Hubo un momento en que, de pura intensidad, me descubrí apretando sus hombros con más fuerza de la cuenta. Él gimió, no de dolor, sino de sorpresa, como si ese gesto mío lo hubiera empujado al borde de algo.
—Anna, yo… —sus palabras se disolvieron en un suspiro exhalado contra mi cuello.
Lo abracé con los brazos y las piernas, instintivamente, acercándolo más, anclándolo. Sentí cómo se tensaba, cómo todo su cuerpo se ponía en línea, como cuando daba una orden importante, solo que esta vez la orden no iba dirigida a otros, sino a sí mismo.
Y luego, la manera en que esa tensión se rompió, dejándolo sin fuerzas.
Pero no fue un final. Fue un giro.
Lo sentí muy claro, podría haberse dejado caer, rendirse a esa oleada que lo atravesaba… y, sin embargo, hizo algo que ningún libro me había enseñado, algo que ninguna de las confidencias entre mujeres había sabido explicar bien.
Me agarró más fuerte. No para apretarme, sino para quedarse.
En lugar de desplomarse sobre mí, se sostuvo en sus antebrazos, respirando hondo, como si recogiera esa corriente salvaje y la obligara a doblarse, a tomar forma.
El temblor que le sacudió el cuerpo no se convirtió en peso muerto, sino en un cambio de ritmo.
Dejó de ser contención, y empezó a ser… música.
Al principio creí que era mi cabeza la que buscaba el vals que aún flotaba en el aire del salón.
Luego me di cuenta de que era él. Él, marcando un compás nuevo con sus caderas, con su boca respirando en mi cuello al mismo ritmo.
No tiró de mí. Me invitó. Como cuando tiende la mano en mitad de un baile y basta ese gesto para que todo el mundo se aparte: porque ese no es un hombre que invite dos veces.