Capítulo 14 #5
Giorg no habló casi. Su mano descansaba sobre la rodilla, el guante apoyado en la palma. Vi cómo se le abrían y se le cerraban rítmicamente; estaba aguantando el tirón.
—¿Estás bien? —preguntó al fin.
—No lo sé —respondí, sinceramente—. Creo que sí. Creo que no. Creo que voy a descubrirlo en unos minutos.
Él dejó escapar una risa muy suave.
—Yo también —admitió.
Subimos las escaleras del piso como la primera vez, aunque conocía ya cada peldaño. Había flores nuevas en el recibidor, un ramo pequeño en un jarrón que no habíamos tenido antes. No pregunté quién las había puesto; preferí no pensar.
Entramos. Él cerró la puerta tras de nosotros.
Ese clic sonó distinto. No era la puerta de un capitán cerrándose para concentrarse en sus papeles, ni la de una muchacha que salía de visita. Era otra cosa.
—Anna —dijo él, suave.
Me giré. Estaba ahí, a pocos pasos, con el uniforme aún puesto, el anillo brillando discretamente en su mano.
Durante unos segundos nos quedamos mirándonos sin saber muy bien qué hacer con los brazos, con el cuerpo entero.
Era cómico, habíamos esperado tanto para llegar a ese momento que, al tenerlo delante, casi parecía demasiado grande.
—Ahora sí es «nuestro lugar» —murmuré, más para mí que para él.
Él asintió, despacio.
—Ahora sí —confirmó.
Hubo muchas cosas que podríamos haber dicho. Ninguna estaba a la altura. Dio un paso hacia mí. Yo lo di hacia él. Lo demás fue inevitable.
Me tomó la mano. No tiró de mí, no me arrastró, simplemente me invitó a caminar.
Todo el día me rozó con excusas, pero esa vez era distinto. Había algo definitivo en la forma en que sus dedos se entrelazaron con los míos, más firme que de costumbre, confirmando algo que ya sabíamos desde hacía meses.
El pasillo hacia el dormitorio me pareció mucho más largo de lo habitual.
Lo había cruzado incontables veces, con café, con informes, con ropa limpia, pero nunca con el corazón batiendo tan fuerte que me costaba oír el eco de nuestros pasos.
El suelo crujía de vez en cuando, bajo nuestro peso.
Yo sentía su pulgar dibujando círculos pequeños y nerviosos en el dorso de mi mano, como si quisiera memorizar la textura de mi piel antes de que todo cambiara.
Caminamos sin decir nada. Me preocupaba si el moño se habría deshecho o si el vestido terminaría hecho un jergón de arrugas.
Me aferraba a la textura del jabón en mi piel y al tic-tac del reloj en el pasillo.
Cualquier cosa con tal de no mirar de frente el vacío que se abría tras la puerta del dormitorio.
Llegamos a la puerta del dormitorio.
Él se detuvo. No de golpe, no con freno militar, sino con una vacilación casi tímida. Su mano apretó un poco más la mía, como si comprobara que seguía allí. Miró la puerta.
—Anna… —dijo, y esa sola palabra parecía tener dentro todas las veces que había querido decir algo y se había callado.
Giró la cabeza hacia mí. En sus ojos había respeto, deseo… y una duda que nunca le había visto.
—Si en algún momento… —empezó.
Le puse un dedo en los labios. Sentí el calor de su boca detenerse bajo mi piel. Lo conocía lo suficiente como para saber exactamente qué iba a decir.
—Giorg —lo interrumpí, intentando que la voz me saliera firme—. Si dices «podemos esperar» otra vez, me marcho y no vuelvo nunca.
Se le encendieron los ojos antes que la sonrisa. Iluminándosele la mirada.
—Anotado —susurró, y en una especie de reflejo instintivo besó la yema de mi dedo, antes de apartarlo de sus labios.
Entonces, con una calma que yo no sentía para nada, giró el picaporte.
El sonido metálico me recorrió la espalda como un escalofrío.
Entramos. El dormitorio no tenía nada de extraordinario.
Lo había visto tantas veces que podría haber dibujado de memoria la posición exacta de cada objeto, la cama colocada contra la pared, la colcha impecable, las cortinas bien corridas, la silla junto a la ventana con la chaqueta que había dejado allí horas antes.
Sin embargo, aquella noche todo parecía distinto. Más nítido, más vivo.
Él cerró la puerta despacio. El pestillo sonó demasiado alto. Con ese gesto, dejamos fuera el pasillo y la guerra. Sentía el pulso golpeándome en las sienes como un aviso. Ya no temía nada externo, me aterraba fallar, no estar a la altura de lo que llevábamos esperando que pasara.
Se quedó de espaldas a la puerta unos segundos.
Tenía la chaqueta algo descolocada y un mechón rebelde se le había escapado del orden habitual durante el baile.
Parecía menos capitán y más hombre, no el tipo rígido que dictaba órdenes, sino el que yo había ido descifrando en los silencios compartidos.
—Estás preciosa —dijo al fin, como si le costara creerlo.
Me removí, sin saber qué hacer con el cumplido. El vestido me pareció de pronto demasiado sencillo, poca cosa para la magnitud del momento. Acomodé la falda con un gesto inútil y me pasé la mano por el cabello, sintiéndome de golpe con la edad que realmente tenía.
—Tú también —respondí, consciente de lo pobre que sonaba.
«Precioso» no era la palabra para él. Pero esa noche había algo crudo en su vulnerabilidad. Se le tensaban los músculos del cuello y me buscaba con insistencia pero pidiendo permiso, no para tocarme, sino para creer que yo también lo quería.
Dio un paso. Solo uno. A esa distancia, vi la sombra de la barba en su mandíbula y una arruga nueva en la comisura de su boca. Me llegó su olor: jabón, tabaco viejo y ese rastro cálido que mi memoria ya asociaba únicamente con su piel.
Le temblaba un poco la respiración.
Alzó la mano despacio hacia mi hombro, pero se detuvo a mitad de camino. Vi la duda en sus dedos suspendidos, un gesto impropio del hombre que gobernaba despachos llenos de uniformes.
Fui yo quien acortó la distancia. Un paso mínimo. Sus dedos tocaron la tela justo donde se apoyaba en mi clavícula. Apenas me rozó, y sin embargo noté cada milímetro de tela entre su mano y mi piel.
—No tienes que… —empezó, casi en un suspiro.
—Lo sé —lo corté, esta vez sin ironía—. Y precisamente por eso quiero.
Sus ojos se oscurecieron y su mano, que hasta entonces había estado petrificada, empezó a moverse.
Dibujó una línea lenta desde la costura del hombro hasta la curva del cuello.
Siguió el borde del vestido, apoyándose en el encaje para no perderse, y yo sentí el recorrido como si me estuviera marcando la piel.
La otra mano se posó en mi cintura. No fue un agarre, fue un ancla.
El peso de su palma me recordó que, por mucho que el corazón quisiera escaparse por la garganta, yo tenía un cuerpo. Y él lo estaba recorriendo con cuidado.
Se inclinó. Noté su aliento en mi sien antes que sus labios. Fue apenas una comprobación.
—Si en algún momento… —repitió, tercamente, cerca de mi oído.
Esta vez no lo callé con un dedo, sino con una sonrisa que él solo podía sentir.
—Giorg —susurré—. Confía en mí, por una vez.
Se separó apenas lo suficiente para buscar en mi cara cualquier rastro de duda. No encontró ninguno.
Sus dedos buscaron entonces el cierre en mi espalda.
Sabía de sobra cómo desvestir a una mujer, pero allí, conmigo, se le trababan los dedos.
Tenía esa torpeza de quien tiene miedo a estropearlo todo solo por las ganas que tiene de que salga bien.
Me giró suavemente. Sentí su calor cerca, pero sin llegar a rozarme, sabía que, si me abrazaba ahora, no iría despacio.
Sus dedos buscaron el primer corchete. Cada pequeño tirón de la tela se traducía en un escalofrío que me recorría la columna.
—¿Te tiembla la mano, capitán? —pregunté, solo para romper el silencio.
Su risa me llegó pegada a la nuca, baja, cálida.
—Mucho más de lo que me tembló nunca en el frente —admitió.
El primer corchete cedió con un chasquido suave. Luego el segundo. Luego el tercero. A medida que el cierre se abría, el vestido aflojaba su presión y el aire frío del cuarto se colaba por la rendija. Noté el contraste, el frío del invierno en la espalda y el fuego de sus dedos.
Cuando terminó, no hizo nada más. Dejó las manos abiertas en mi espalda, sin empujar. Yo sentía la tensión contenida en sus dedos, esperando una señal o simplemente valor.
Fui yo quien dio el medio paso que faltaba. El vestido, ya sin soporte, resbaló un par de centímetros por mis hombros. Oí cómo su aliento se atascaba en su garganta.
—Mírame —pidió.
Obedecí. Me giré despacio, sosteniendo la tela con las manos en un gesto de control ya inútil. Cuando quedé frente a él, solté el agarre. El vestido se rindió y cayó en un círculo de seda a mis pies.
Él me miraba como si temiera pestañear. Su mirada me recorrió con una mezcla de fascinación y respeto, era como llegar al sitio que llevaba imaginando años.
Quise cubrirme por puro reflejo, pero me obligué a sostenerle la mirada.
Su mano subió hasta mi mejilla. El pulgar se detuvo en el hueso. Bajó luego por el ángulo de mi mandíbula, rozándome con una suavidad que me sorprendió incluso a mí.
—Eres… —empezó, y se detuvo, frustrado—. No tengo una palabra que no se me quede pequeña.
Me reí, un poco ahogada.
—No hace falta —susurré—. Olvida las palabras, Giorg. Bésame y ya está.
La sorpresa le duró un segundo, luego, la risa se le hundió en los ojos y la seriedad militar se fundió con un deseo mucho más oscuro.
Me rodeó con los brazos, sin dejar espacio entre los dos. Sentí el algodón de su camisa contra mi piel: áspero, real. Noté la firmeza de sus costillas y el ritmo de su corazón golpeando contra el mío.
Mis manos encontraron sus botones. Me concentré en la tarea, desabotonando uno a uno para prolongar el segundo.
El primer botón liberó un centímetro de piel, el segundo dejó ver esa cicatriz que yo ya conocía, pero que esa noche, al tocarla, ya no hablaba de la guerra.
Solo era suya. El tercero me permitió deslizar la mano por su esternón y sentir su calor directo.
—Nunca te quitas la chaqueta delante de nadie —murmuré.
—Contigo hago excepciones —rectificó, besándome la frente.