Orden y fuego Capítulo 14 #4
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Capítulo 14 #4

—Anna… —dijo en un tono que reconocí al instante, el de llevar la contraria y buscar las palabras más suaves para hacerlo.

—¿Qué? —pregunté, abriendo los ojos mucho, toda inocencia fingida—. No he dicho nada indecente. Solo pienso en logística. Menos tiempo en tranvía, más tiempo en casa. Puede preguntarle a cualquier ama de casa sensata.

Se sentó a mi lado con una soltura que me dio rabia. Lo hizo dejando un hueco exacto entre nosotros, un espacio vacío que subrayaba su prudencia. Giró el cuerpo hacia mí, apoyando un brazo en el respaldo.

—Anna… —murmuró—. Así me cuesta más decir que no que cuando te pones a provocar.

Me hizo gracia y me dolió a la vez.

—No soy una niña —protesté, aunque la palabra, en su boca, tenía algo de caricia.

Él sonrió apenas.

—Lo sé —dijo—. Y precisamente por eso tengo que hablarte como si lo fueras, de vez en cuando. Para que alguien ponga un poco de orden en esta cabeza que va tres pasos por delante de lo razonable.

Quise ofenderme, pero su mirada era tan clara, tan limpia, que solo pude morderme el labio.

—A ver, señor capitán razonable —suspiré—. ¿Qué problema hay en que empiece a quedarme aquí de vez en cuando, si ya somos «legalmente man und Frau», como le gusta tanto repetir al funcionario?

Él bajó la vista un segundo hacia mis manos, entrelazadas sobre mi falda, y luego volvió a mirarme. Su voz se volvió un poco más grave, con ese matiz casi paternal que sacaba cuando quería que me quedara algo bien grabado.

—El problema, Anna, es que tú nunca haces las cosas «de vez en cuando» —dijo—.

Tú entras en un lugar, en una idea, en una persona…

y te instalas entera. Y este piso, por muy amueblado que esté, todavía no es «nuestro lugar» del todo.

Sigues durmiendo en casa de tus padres. Y mientras queden cosas pendientes, Anna, prefiero que haya distancia.

—Es decir… —resumí, entornando los ojos— que para «usted», esto de hoy sería «colarse» antes de tiempo.

Sonrió, esta vez con un poco más de calidez.

—Sería como empezar por la mitad un libro que llevo años esperando. Y ya sabes que no me gusta saltarme capítulos.

Suspiré de modo exagerado, echando la cabeza hacia atrás contra el respaldo.

—Tienes unas metáforas horribles cuando quieres llevar la razón —refunfuñé.

Sentí su mano acercarse, suave, hasta posarse en mi cabeza. Me alisó un mechón rebelde, como si yo fuera una niña que se ha despeinado jugando.

—Y tus pucheros muy convincentes cuando quieres salirte con la tuya —replicó—. Pero hoy no te va a funcionar.

Le miré de reojo, con la sombra de una sonrisa.

Sostuvo la mirada y, por un segundo, el uniforme le quedó grande.

Se le hundieron los hombros, perdió esa rigidez de los Von Hohenfeld y solo quedó el cansancio de quien está harto de ganar sus propias batallas.

—Quiero cuidarte —dijo despacio.

Me sostuvo la mirada un segundo más.

—Y hoy eso significa que vuelvas a tu casa.

No explicó nada más. No hacía falta.

Me ardió el cuello. Quise recordarle la cama vacía, el vals interrumpido, lo sencillo que sería soltar el freno de mano y dejarnos caer.

Durante un segundo pensé en insistir… Pero le miré las manos: apretaba el tapiz del sofá con una fuerza que le blanqueaba los nudillos.

Estaba al límite. Si empujaba un milímetro más, todo el control que tanto le costaba mantener se vendría abajo.

—Está bien. —Cedí, con una mueca—. Me portaré bien. Por hoy. Pero que conste que podría quedarme… y no sería ninguna locura.

Él dejó caer la mano desde mi pelo hasta mi hombro, apretándolo un segundo.

—Queda registrado —murmuró—. Pero justo porque sería lo normal, yo no quiero hacerlo así. No quiero que lo primero nuestro suene a trámite.

Hizo una pausa, y ahí, por debajo del tono paternal, asomó el hombre que ardía.

—Y créeme, Anna… —añadió, en voz más baja— no hay nadie en esta ciudad a quien me cueste más decirle que no que a ti. No juegues demasiado con esa ventaja.

Esta vez fui yo la que se quedó callada, quemándome por dentro. Me incorporé, alisé la falda, respiré hondo.

—De acuerdo, Herr von Hohenfeld —dije, con una pequeña reverencia teatral—. Hoy será solo el piso de un joven aristócrata bien amueblado. Ya habrá días en que sea… otra cosa.

—Eso, Anna. —Asintió—. Ya habrá días.

Y mientras bajábamos después por la escalera llena de ecos, con mis guantes puestos y su mano apenas rozando mi codo para ayudarme en los peldaños, supe dos cosas, que no me había dejado quedarme… y que esa mezcla suya de disciplina férrea y fuego contenido iba a ser, probablemente, mi perdición.

La iglesia estaba más fría que la calle. Aun así, al cruzar el umbral sentí algo parecido a un alivio. No era el Standesamt, no había águilas ni banderas, ni un retrato mirándonos desde la pared. Solo piedra, vitrales, madera oscura y un Cristo que parecía cansado de promesas.

Habíamos decidido, «decidido», como si nos dejaran decidir muchas cosas, hacer una ceremonia pequeña.

Familia, algún amigo cercano, nadie del ejército salvo los estrictamente inevitables.

El cura era un hombre de pocas palabras, de esas que ha aprendido a fuerza de callar.

Pero cuando hablaba del amor, se le notaba que creía.

Me esperaba en la entrada, yo iba del brazo de mi padre.

Mi vestido era sencillo, pero era blanco, y eso bastaba para que mi corazón marcara otro ritmo.

Nada de colas interminables ni velos imposibles, seda buena, encaje fino, un largo que me permitía caminar sin miedo a tropezar.

El lujo, en esos tiempos, era que fuera mío, cosido y ajustado para mí, no heredado ni remendado.

—Si quieres, aún podemos escapar —murmuró mi padre, con una sonrisa que no le llegaba del todo a los ojos.

—Y si quiero, puedo salir corriendo, pero hacia el altar —respondí.

Él soltó una pequeña risa que se quebró enseguida.

—Creí que esto iba a ser más fácil cuando fueras mayor —confesó—. Y aquí me tienes, con más miedo que el día que naciste.

Apreté su brazo.

—No tengas miedo por mí, papá —dije, sorprendida de lo segura que sonaba mi propia voz—. Si me caigo, él me sujeta. Ya lo ha probado.

La música empezó y el rumor de la gente se apagó. Avanzamos por el pasillo central. Yo no miré los bancos, solo miré hacia adelante.

Giorg estaba allí, esperándome frente al altar.

No llevaba el uniforme gris de los que daban miedo, sino el azul oscuro de la marina, impecable. Pero lo que me desarmaba eran esos guantes blancos. Verle quitárselos poco a poco, deslizándolos dedo a dedo, en silencio. Eso solo. Eso bastaba.

Pero en medio de toda esa corrección había un detalle que rompía la distancia, su mirada. Parecía que el mundo de alrededor no existiera. Vi cómo tragaba saliva cuando me acerqué.

Cuando mi padre puso mi mano en la suya y se retiró, sentí el calor de sus dedos rodeando los míos, firme, seguro, casi tembloroso por debajo. Nos colocamos frente al cura. El murmullo de la iglesia se desvaneció del todo.

No recuerdo todas las palabras. Recuerdo fragmentos, luces que se encendían y apagaban: sacramento, entrega, fidelidad, en la prosperidad y en la adversidad, hasta que la muerte…

. Me sorprendió darme cuenta de que, por primera vez, esas frases tenían un peso que iba más allá del rito.

La muerte no era una cosa lejana de novela, era una sombra que se paseaba por la ciudad, por los frentes, por las listas.

Y aun así, ahí estábamos diciendo «sí» prometiéndonos hasta el final del tiempo.

Cuando llegó nuestro turno, la voz me salió más clara de lo que esperaba.

—Sí, quiero —dije, mirándolo.

En sus ojos vi algo romperse y componerse al mismo tiempo.

—Sí, quiero —respondió él.

El cura nos bendijo los anillos. El de él se deslizó en mi dedo con una exactitud que me dejó casi sin aire, como si mi mano lo hubiera estado esperando toda la vida.

El mío en la suya quedó un poco más suelto, tuve el impulso absurdo de pensar que así podría quitárselo si alguna vez me enfadara mucho.

Pero cuando levanté la vista, vi que él miraba ese gesto con una seriedad tan limpia que me dieron ganas de pedir perdón por la broma privada que acababa de hacerme a mí misma.

—Podéis daros la paz —dijo el cura, con esa fórmula que conocía desde niña, pero que de pronto tenía un significado nuevo.

Nos miramos. La «paz» se convirtió en un beso breve, lo justo. Labios sobre labios, apenas un roce más largo del que la etiqueta aconsejaba. Pero bajo esa contención había otra cosa, la memoria de todos los besos detenidos, de las noches en las que el freno había ganado por un suspiro.

Hubo aplausos suaves. Afuera, la guerra siguió como si nada. Dentro, por un momento, el mundo tuvo el tamaño de esa iglesia.

No hubo gran banquete. Un almuerzo discreto en casa de mis padres, brindis con vino aguado, las tías hablando del vestido, algún comentario prudente de los padres de él sobre la seriedad de Giorg (como su abuelo, como su padre).

María me guiñó un ojo desde el otro extremo de la mesa, como si estuviera contando mentalmente las horas.

Las despedidas llegaron demasiado pronto y demasiado tarde a la vez. Mi madre alisó mi abrigo dos veces. Como si no supiera parar las manos. Mi padre me besó la frente y, esa vez, me pareció más pequeño.

—Ve —dijo simplemente—. Y sé feliz… en la medida de lo posible.

Giorg me ayudó con los guantes, parecía una ceremonia más íntima que todas las anteriores. Bajamos las escaleras y subimos al coche que nos llevaría al piso. Esta vez, nadie fingía que yo me iba a un café. Nadie preguntó a qué hora volvería.

Ese silencio fue más elocuente que cualquier discurso.

El trayecto fue corto y larguísimo. Yo miraba por la ventanilla las fachadas conocidas, sabiendo que esa misma ciudad que había sido el decorado de mi adolescencia estaba a punto de ver algo distinto, no a la hija del médico volviendo a casa, sino a una mujer entrando definitivamente en la casa donde la esperaban como esposa.