Orden y fuego Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

El día de la boda civil amaneció gris, húmedo, con ese viento que en Viena se cuela por los huesos.

No hubo campanas ni flores ni casa revolucionada por parientes, hubo café rápido, un vestido sencillo colgado en la percha y el sonido de mi madre planchando mi abrigo, como si alisar las arrugas pudiera ordenar también el caos que llevaba dentro.

Me miré en el espejo más tiempo del necesario.

No era la novia de los grabados antiguos ni la de las novelas que leía a escondidas, el vestido era claro, sobrio, de tela buena, pero sin derroches, el pelo recogido sin demasiada fantasía, unas perlas discretas que habían sido de mi abuela y un abrigo que no era nuevo, pero sí el mejor que teníamos.

Parecía… correcta. Ni más ni menos. Por dentro, en cambio, había de todo menos corrección, imágenes de la cama, del vals sin música en el salón, del freno de Giorg rompiéndose y recomponiéndose en un suspiro.

—Estás preciosa —dijo mi madre desde la puerta, con esa mezcla de orgullo y pena que solo tienen las madres cuando se dan cuenta de que han estado preparando toda la vida para este momento y aun así les llega demasiado pronto.

Me giré hacia ella, sonreí, y por un segundo fui solo su hija, no la futura esposa de un capitán.

Nos abrochamos los abrigos, salimos al pasillo, y los dos mundos chocaron de nuevo, abajo nos esperaba mi padre con el sombrero en la mano y una seriedad distinta.

No era la del médico. Era la del hombre que entrega a su niña.

El Standesamt no estaba lejos, pero el camino se me hizo extraño.

Cada adoquín parecía acordarse de una versión distinta de mí, la niña que iba a la escuela, la joven que se escapaba al café, la mujer que ahora cruzaba la ciudad para firmar un papel.

El Estado certificaba que, a partir de ese momento, mi cuerpo, mi apellido, mi capacidad de dar hijos, dejaban de pertenecerme del todo.

La oficina de registro era lo opuesto a una iglesia, paredes claras, limpias, sin santos, sin velas, sin oro.

En el lugar del crucifijo, un retrato serio y vigilante: el águila y la esvástica presidiendo la sala.

Un jarrón con flores marchitas en una esquina.

El aire olía a tinta, papel y tabaco reciente.

Giorg ya estaba allí, de pie junto a una silla, con el uniforme impecable. Sin gorra. En el pecho, las condecoraciones, en la bocamanga, el pequeño engranaje dorado de ingeniero naval. De eso sí estaba verdaderamente orgulloso.

Cuando me vio entrar, se enderezó un poco más, y durante un segundo el gesto de capitán se quebró, me miró de arriba abajo con lentitud, y en sus ojos apareció ese brillo que solo yo conocía. El que no salía en los desfiles.

Se acercó, tomó mi mano, y la apretó con firmeza.

—Buenos días, Anna —dijo, con voz baja.

Yo sentí que el «Anna» me recorría. Contesté algo sensato, pero en mi recuerdo solo queda la sensación de sus dedos rodeando los míos, cálidos, seguros, y la conciencia de que esa mano me había sujetado la cintura en el salón, me había sostenido al caer, me había alisado la falda sobre las piernas que temblaban.

El funcionario llegó con un fajo de papeles bajo el brazo. Un hombre de mediana edad. Traje oscuro, corbata, el pin del Partido en la solapa. Nos miró como se mira un expediente más.

—Johann Bauer, von Hohenfeld… señorita Anna Bauer —leyó, comprobando datos en voz alta—. Documentación revisada, Ariernachweis en regla. Certificados médicos, en regla.

Sentí cómo mi madre apretaba el bolso a mi lado al oír esa palabra.

En regla. Todo el miedo, las cartas a Málaga, las partidas de bautismo, los suspiros, cabía en esas dos sílabas.

En regla. Mi familia entera, hasta la bisabuela de la que apenas teníamos foto, había sido alineada para pasar revista.

Nos indicaron que nos sentáramos. El escritorio del funcionario, lleno de formularios, plumas, sellos.

Sobre la mesa, el registro, con filas de nombres que no eran los nuestros.

El hombre empezó a hablar. Usó las palabras que tocaban: deberes, respeto, responsabilidad, Estado, futuro, raza.

Habló de hijos como de contribuciones, de la reproducción como un servicio al país.

Una mención vaga a la fidelidad, más como garantía de orden que como promesa de amor.

Yo lo escuchaba con media cabeza, la otra estaba en cosas absurdas: el roce de la manga de Giorg contra mi abrigo, el ritmo de su respiración, la línea de su mandíbula apretada al oír «honor del uniforme».

—Si alguien tiene objeciones legales, debe expresarlas ahora. —Dijo, en un momento del discurso, casi de memoria.

Nadie habló. Mis padres guardaron un silencio que pesaba como plomo. Los padres de Giorg asintieron levemente.

El funcionario giró el registro hacia nosotros.

—Firmen aquí —indicó.

Tomé la pluma. Era un gesto sencillo, uno que había hecho mil veces, firmar un recibo, una carta. Pero nunca me había temblado tanto la mano como entonces. Sentí la mirada de todos sobre mí, pero solo me importaba la suya.

—Tranquila —murmuró Giorg, tan bajo que solo yo pude oírlo.

No dijo «no pasa nada», ni «es solo un papel».

Sabía que no era solo un papel. Y aun así, esa palabra tranquila funcionó, calmándome.

Firmé: Anna Bauer. El apellido que había sido mío hasta entonces, que en unas semanas empezarían a escribir de otro modo en las invitaciones, en las cartas, en la correspondencia oficial.

Giorg tomó la pluma después. Su firma fue firme, segura. Giorg von Hohenfeld. Dos nombres que la guerra podía mandar a cualquier frente, pero que en ese momento se unían al mío en un registro burocrático, bajo un escudo impuesto.

El funcionario estampó el sello. Golpe seco.

—Quedan legalmente casados según las leyes del Reich —dijo, como quien cierra un trámite bancario.

Hubo apretones de manos, frases hechas, una felicitación más administrativa que humana.

Nos ofrecieron fotos oficiales, pero la idea de congelar el momento bajo el retrato de ese hombre me dio náuseas.

Posamos. Sentí la tela áspera de su uniforme rozar mi hombro al colocarse a mi lado.

No me rodeó la cintura, no delante del águila.

Pero su mano rozó fugazmente la mía. Necesitaba ese contacto mínimo para tomar el control en medio de tantos símbolos ajenos.

Cuando por fin salimos al aire libre, el frío me golpeó la cara. En la calle, la vida seguía, nadie sabía que acabábamos de casarnos. O tal vez sí y simplemente no importaba. La guerra no se detenía por nuestros papeles.

Nos detuvimos un segundo en los escalones. Mis padres nos alcanzaron, hubo abrazos, un «felicidades» que mi madre soltó con los ojos cerrados, como si estuviera pidiendo un milagro. Mi padre estrechó la mano de Giorg con más fuerza que nunca.

—Cuídamela —dijo, sin adornos.

—Lo haré —respondió sin apartar los ojos.

Cuando ellos se alejaron unos pasos para saludarse con los padres de Giorg, nos quedamos unos segundos solos. Fue una mirada limpia, sin el rastro de sospecha que imponen los despachos.

—Anna —dijo. Su voz arrastraba todo el peso de la casa vacía, del baile, de nuestras manos quietas bajo la mesa—. Ya está.

No supe qué contestar. Miré el edificio, el escudo, la bandera. Luego lo miré a él. A ojos del Estado, mi marido.

—Ya está —repetí—. Y aún falta lo importante.

Él entendió de inmediato a qué me refería. Sus labios se curvaron apenas, solo para mí.

—La iglesia —dijo, con voz neutra.

Pero sus ojos decían otra cosa, la noche.

Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.

Me tomó del brazo, esta vez no como capitán escoltando a alguien, sino como hombre acompañando a su mujer. Comenzamos a bajar los escalones. Cada paso me sonaba a vals.

Todavía faltaban las fotos de familia, los comentarios de las tías sobre vestidos, los brindis con vino aguado. Pero en algún lugar de mi pecho, muy abajo, una voz pequeña y clara decía, ya somos. Y debajo, otra, más baja, susurraba, espera a que se cierre la puerta.

El piso de Viena ya no parecía un alojamiento de oficial.

Empezaba a parecerse a una casa. A nuestra casa.

Al principio, todo era correcto y masculino, muebles heredados, frialdad.

Ya se notaba mi mano. Un pañuelo aquí, unas flores allá.

Y los libros, los suyos y los míos, mezclados en la misma estantería.

Un libro de aerodinámica naval y al lado de una novela.

Esa tarde acabábamos de poner una alfombra nueva en el salón.

Una pieza antigua de la familia, que hasta entonces había vivido en algún salón solemne de los Von Hohenfeld y que ahora se resignaba a ser pisada por mí.

Nos quedamos un momento en silencio, era como una pieza que faltaba para terminar de construir aquello.

—Ahora sí parece que aquí vive alguien —dije, dejando caer el cuerpo en el sofá, hundiéndome entre los cojines que yo misma había insistido en comprar—. Antes parecía un sitio de paso.

Giorg se quedó de pie, las manos en los bolsillos, observando el conjunto como si evaluara un plano terminado.

—Antes vivía aquí un hombre solo —dijo—. Se nota, las casas así siempre se quedan a medias.

—Y ahora… —estiré las piernas, apropiándome de todo el largo del sofá—. Ahora hay un hombre casado. Al menos en los registros. Una esposa, alfombras nuevas y cubiertos de plata.

Le miré de lado, con esa sonrisa que él ya conocía demasiado bien. Él no dijo nada, pero el brillo en sus ojos cambió apenas un milímetro.

—En teoría —seguí, haciéndome la distraída—, esa esposa podría dejar de ir y venir todo el rato. Podría, no sé… —me encogí de hombros— empezar a quedarse. Al fin y al cabo, si ya hemos puesto la casa «a nuestro gusto»…

Se quedó quieto, pero el ambiente se cargó de golpe. Su negativa estaba ahí, flotando entre nosotros. Se acercó después, con esa parsimonia suya que siempre me pareció una forma de control, hasta plantarse frente a mí.