Orden y fuego Capítulo 14 #2
31%

Capítulo 14 #2

—Claro, claro. Siempre empieza por ahí.

—María, por favor. —Reí, pero la risa me salió rota—. Es en serio. Estábamos poniendo la casa a punto, el dormitorio… y yo… bueno, lo provoqué un poco.

—«Un poco», dice. —Se incorporó, apoyando los codos en las rodillas—. ¿Cuánto es un poco? ¿Mano inocente en el hombro o mano muy poco inocente más abajo?

La miré en silencio. Ella abrió mucho los ojos.

—Ah —dijo—. De ese «poco».

Le conté. El cabecero, la camisa remangada, mis dedos bajando, el beso, la caída sobre la cama, su peso sobre mí, sus manos, el freno seco, la frente en mi clavícula, el «no así, no ahora». Me costaba encontrar las palabras. Cada frase volvía a encender la escena en mi piel.

—Y entonces se apartó. —Terminé, con un suspiro—. Me colocó la falda como si fuera una niña y me dijo que… que quiere que ese día yo lleve un anillo y la puerta esté cerrada por dentro.

María se quedó en silencio unos segundos, cosa rarísima en ella.

—Entiendo —dijo al fin—. Entonces el hombre serio también es un santo.

—No es un santo —protesté—. Le temblaban las manos.

Ella sonrió, ladeando la cabeza.

—Eso es peor, querida. Santo no, pero disciplinado. —Me miró con una mezcla de ternura y picardía—. Estás enamorada hasta las orejas y ardiendo como una estufa, y a él le han entrenado para darle órdenes a todo, hasta a sus propias ganas.

Me tumbé boca arriba, mirando el techo.

—María… —murmuré—. Me he quemado. Yo pensaba que si lo empujaba un poco, si le sacaba de su seriedad, se dejaría llevar. Y se ha dejado… pero no del todo. Ahora tengo la sensación de que mi propio cuerpo ha salido corriendo delante de mí y me ha dejado atrás.

Ella se giró hacia mí, apoyando la barbilla en su mano.

—Te vas a casar con un hombre que te desea y que se frena por respeto —dijo despacio—. Podría ser peor, Anna. Podría no desearte. O podría no frenarse nunca.

—Lo sé —dije—. Pero eso no apaga el incendio, solo lo complica. Solo que… ahora tengo miedo. Antes era una idea. Ahora ya sé cómo es tenerlo encima, cómo me mira cuando se le cae la máscara. Y pienso: ¿y si luego no está a la altura? ¿Y si yo no lo estoy?

María se echó a reír, pero esta vez no fue una risa cruel.

—Tú te apañas, Anna. Aunque sea para meterte en líos.

—Se acercó y me pellizcó la mejilla—. Y él…

con lo rígido que es, cuando se rompa, se va a romper de verdad.

Eso sí, te lo advierto, el problema no va a ser esa primera noche.

El problema va a ser conseguir que luego quiera salir de la habitación.

Me reí también, aliviada, aunque el nudo no desapareció del todo.

—Y hasta entonces… —pregunté.

Ella se encogió de hombros.

—Hasta entonces, rezas, respiras hondo, te compras ropa interior bonita, aunque nadie la vea, y te aguantas. —Hizo una pausa y añadió—. Y, si puedes, acuérdate de que tú también sabes decir «no». No solo él.

Me quedé pensando en eso mucho después de que se fuera. En la imagen de mi cuerpo ardiendo bajo el suyo, en su freno férreo… y en la idea de que, quizá, parte de aprender a amarle sería también aprender a no quemarme sola cada vez que decidiera tocar su fuego.

Los días siguientes intenté portarme bien.

Como una señorita como Dios manda, como la futura esposa de un capitán respetable.

Nada de cabeceros, nada de manos que se deslizan «un poco más abajo de lo prudente», nada de provocaciones.

Me repetía que era mejor así, que lo que había pasado en el dormitorio había sido suficiente lección.

Pero el problema con el fuego es que, una vez que sabes cómo arde, cuesta mucho volver a fingir que tienes frío.

Aquella tarde, su casa estaba en silencio. Yo estaba en el salón, probando por enésima vez dónde quedaría mejor un jarrón que probablemente nadie miraría, cuando lo escuché entrar.

—Buenas tardes, fraulein —dijo a mi espalda, y en el tono había una sombra de broma.

Me giré con el jarrón en las manos.

—Buenas tardes, Herr Kapitän… —dije, y me salió demasiado serio para lo que quería.

Esa pequeña sombra de sonrisa apareció en la comisura de sus labios. Esa que había aprendido a buscar.

Se me subieron los colores hasta las orejas. Lo dijo con ese tono de broma seca que usa para probarme. O, peor, porque ya sabe cómo voy a reaccionar.

—No empecemos —murmuré, dejando el jarrón en la repisa—. Que yo ya he aprendido la lección.

Se acercó un poco más, las manos en los bolsillos, esa manera suya de medir cada paso.

—Ah, ¿sí? —preguntó—. ¿Y cuál es la lección, exactamente?

Lo miré de frente, intentando no retroceder.

—Que el cabecero no se toca y que los capitanes saben frenarse. Mucho.

Él soltó una risa baja.

—Eso último es discutible —respondió—. Pero mejor no lo probamos cuando tengo herramientas cerca.

Se hizo un pequeño silencio. Yo jugueteé con el borde del mantel. Él me observaba serio, y esa seriedad suya ya no me dejaba indiferente.

Entonces, como si se le ocurriera algo completamente inocente, preguntó:

—¿Has pensado ya qué vais a bailar en la boda?

—¿Bailar? —Parpadeé—. Ya verás cómo nos toca ir detrás de algún funcionario del Partido.

—No, me refiero a… después —aclaró, un poco brusco, como si le incomodara la sola idea del «después»—. Tus padres, los míos, algunos colegas… Habrá música. Se espera que los novios bailen.

Lo miré un segundo y, de pronto, lo vi, la oportunidad vestida de vals.

—No lo había pensado —mentí descaradamente—. Quizá deberíamos ensayar, ¿no? No querrás que tu futura esposa haga el ridículo delante de tus oficiales.

Él me sostuvo la mirada, como si midiera el terreno.

—Ensayar —murmuró—. Contigo no estoy muy seguro de que practicar sea buena idea.

—¿De ridículo? —pregunté, con falsa inocencia.

Pero, aun así, dio un paso adelante y ofreció la mano. No la mano del capitán saludando, sino la del hombre que, esa tarde, había decidido que quizá podía permitirse jugar un poco.

—Venga, Anna —dijo—. Prometo comportarme… razonablemente bien.

Puse mi mano en la suya. Me atrajo hacia él con un gesto impecable, de esos que antes de la guerra se veían en los salones vieneses, una mano en mi cintura, la otra sosteniendo la mía, la distancia justa, el cuerpo recto. Siempre me sorprende lo cálidas que tiene las manos.

Empezamos a movernos al compás de una música que solo nosotros oíamos. Yo seguía sus pasos, él marcaba el ritmo con precisión militar. Durante unos minutos, fue un ensayo: un giro, un paso atrás, un cruce, mi falda rozándole las piernas, su hombro firme bajo mi mano.

—No bailas mal, capitán —murmuré, alzando la vista.

—Tú tampoco —dijo—. Para lo poco tranquila que eres, me sigues bien.

—Pues no te quejes si me acostumbro. —Reí.

Y fue entonces cuando decidí devolverle la moneda. En uno de los giros, acorté la distancia. Nada escandaloso: medio paso, un suspiro. Lo justo para que mi pecho rozara el suyo al volver al centro. Lo hice con la cara muy seria.

Lo sentí. No en sus manos, que siguieron firmes, sino en lo imperceptible: el suspiro más hondo, la mandíbula apretándose un segundo. Seguimos. Un paso, otro, otro roce. Mi respiración se desordenaba, la suya, correcta.

—Anna… —dijo. Ya no era neutral.

—¿Sí? —Contesté, sin levantar la mirada, concentrada en no pisarle los pies.

—Anna —dijo, la voz tensa—, eso que estás haciendo… no es —se paró un momento— ensayo. Es otra cosa.

—Estoy entrando en personaje —repuse, muy seria—. Es por el realismo.

Él dejó escapar algo entre risa y juramento, en voz muy baja. En el siguiente giro, su mano en mi cintura apretó más. Ya no era el guía correcto del paso: era necesidad física de mantenerme cerca.

De pronto, el salón se hizo más pequeño. Sin guerra, sin escasez, sin uniformes. Solo su pecho contra el mío, nuestra respiración mezclándose, y un paso en falso y dejaríamos de bailar para hacer otra cosa.

Lo noté antes de que hiciera nada. Fue en sus ojos: esa seriedad habitual se enturbió un segundo. Todo su control concentrado en no bajar la mano, en no inclinarse, en no buscar mi boca. Le sostuve la mirada un instante, demasiado largo. El vals se nos descompuso en los pies.

—Giorg… —susurré, sin saber si era pregunta, advertencia o invitación.

Soltó mi mano con un gesto más brusco de lo que habría querido, se separó un paso entero y se llevó la mano al puente de la nariz. Caminó dos pasos hacia la ventana, abrió más la hoja, dejó entrar el aire frío. Tardó en hablar.

—Basta por hoy —dijo por fin, con la voz algo más ronca de lo habitual.

Yo me quedé en mitad del salón, con el corazón desbocado, las mejillas encendidas, observándolo de espaldas. Los nudillos blancos en el alféizar, la tensión en los hombros, el perfil rígido. Sonreí por dentro.

—Pensé que la que necesitaba freno era yo —murmuré, más para mí que para él.

Pero me oyó. Se giró despacio, con esa dignidad suya que a veces me sacaba de quicio, y caminó de nuevo hacia mí. No se acercó tanto como antes, pero tampoco se quedó lejos. Me miró con algo nuevo en los ojos, no solo deseo, no solo disciplina.

—Yo también lo pensaba —admitió, sin rodeos—. Me equivoqué.

No supe qué decir. Esta vez el incendio le había alcanzado a él. Se inclinó, tomó un mechón de mi pelo entre los dedos y lo colocó detrás de mi oreja.

—No me mires así, Anna —dijo, casi en un susurro—. Me olvido de todo.

—¿Y en privado? —pregunté, con la voz más baja aún.

Se quedó mirándome un momento, queriendo quedarse con mi cara.

—En privado será otra cosa —dijo al final—. Pero ahora no. Todavía no.

Se apartó un paso, esta vez más suave. Yo respiré hondo.

Satisfacción, sí. Y algo que se parecía peligrosamente a una victoria.

Esa vez, salí sabiendo que no era la única que se marchaba con algo sin resolver.

No hacía falta que me lo dijera. Los nudillos blancos en el alféizar ya me lo habían dicho.