Capítulo 14
La boda llegó sola, sin que nadie la convocara.
Apareció un día en la mesa, entre el café y los planos de Giorg, como un tema más que había que resolver.
No hubo escenas de película con vestidos de ensueño, para nosotros, ya era todo una cuestión de logística.
Aun así, cuando mi padre sacó su agenda con gesto práctico y dijo que lo primero era pedir fecha en el Standesamt, sentí un cosquilleo en la barriga, ese papel lo cambiaba todo, se acababa el imaginar y empezaba la realidad, con lo bueno y lo malo.
El matrimonio civil no era lo romántico. Era lo obligatorio. Antes que iglesia, flores o arroz, estaba la oficina del Estado, con sus sellos, sus formularios y sus funcionarios que hablaban del amor como si fuera un asunto de archivo.
A partir de ahí, la palabra que más escuché dejó de ser «boda» y pasó a ser «documentación». «Ariernachweis». Pruebas de ascendencia. Certificados. Fe de bautismo de mis abuelos. Partidas de nacimiento. Árbol genealógico.
De pronto, mi madre dejó de ser «Elena, la española» y se convirtió en columnas de nombres que había que comprobar, en apellidos que alguien, en algún despacho, tenía que declarar «aceptables».
Recuerdo a mi padre escribiendo cartas a Málaga con la misma seriedad con la que firmaba un diagnóstico, pidiendo a su suegro partidas, certificados, sellos de parroquias perdidas.
Nadie lo decía en voz alta, pero bastaba con que en una rama apareciera alguien «equivocado» y el capitán no podría casarse con la hija del médico.
No legalmente. No ante el Estado. Mientras tanto, en otro despacho, un médico examinaba nuestra salud con una frialdad que me hizo apretar los puños.
No éramos una pareja. Éramos dos expedientes.
Cuando fijaron la fecha para la boda civil, la alegría supo a examen aprobado sin haberlo pedido.
Saldríamos de allí legalmente casados. Pero los dos esperábamos otra cosa, un altar de verdad.
Entre formularios, firmas y sellos, yo seguía pensando en esa primera noche de la que me reía con María.
En cómo, detrás de todo ese aparato, seguíamos siendo un hombre serio y una mujer que temblaba de ganas y de miedo.
Poner la casa en orden fue, al principio, la excusa perfecta para no pensar en todo lo demás: los papeles, los sellos, las miradas de los vecinos, los silencios que se pegaban a la piel más que el polvo de los muebles.
La casa de Giorg olía a madera vieja y a una vida anterior que ahora había que recolocar para hacerle sitio a la mía.
Él se ocupaba de las cosas importantes: instalaciones, cerraduras, ese armario enorme donde guardaba sus uniformes como armaduras.
A mí me dejaba las lámparas, las cortinas, los libros.
Era casi gracioso: un capitán acostumbrado a mandar hombres al frente, de pie con una caja de vajilla en las manos, preguntándome si prefería el mantel blanco o el de flores para «cuando vengan tus padres a cenar». Ese «tus padres».
Quizá fue por eso. O porque la casa empezaba a parecerse a un futuro real.
El caso es que un día se mezclaron el olor a cera y la idea de su cama con sábanas limpias.
Y perdí el juicio. Estábamos en el dormitorio, él intentando ajustar el cabecero cojo, yo doblando una colcha a los pies.
Habíamos hablado mil veces de esperar. De que todo sería «como debe ser» cuando estuviéramos casados.
Con esa seriedad suya que convertía hasta el deseo en logística.
Pero verle allí, sin chaqueta, la camisa remangada, una gota de sudor deslizándose por la sien mientras forcejeaba con el tornillo…
hizo que mi cuerpo tomase una decisión sin consultarme.
Me acerqué por detrás, apoyé las manos en sus hombros y dejé que mis dedos bajaran por la tela caliente de su camisa.
—Yo lo veo bien, el cabecero —susurré, muy cerca de él—. Lo demás es lo que tenemos que probar.
Él se quedó quieto, las manos aún en la herramienta.
Noté cómo se le tensaban los músculos de la espalda bajo mis dedos.
Me giró hacia él despacio, sin brusquedad, y de pronto fui yo la acorralada, entre su pecho y el borde de la cama.
Me miró. Bastó esa mirada para saber que me había entendido.
Me rozó la mejilla con los nudillos, bajó la mano hasta mi cintura y me atrajo hacia él.
El beso llegó antes de que yo pudiera decidir nada.
Que sí lo quería, claro, pero eso lo supe después.
Sus manos me buscaron y perdí el equilibrio, caí de espaldas sobre la colcha, arrastrándolo conmigo.
La respiración desbocada, su peso a medias sobre mí, la luz de la tarde, el cabecero sin fijar.
Y fue entonces cuando una caricia sin manos me obligó a inhalar más despacio. No me tocó.
Su respiración fue el primer contacto: caliente en mi nuca, lenta, como si cada exhalación me midiera. Me estremecí. No sabía nombrar lo que estaba pasando, pero me sentía protegida y expuesta a la vez.
Cuando su mano rozó mi piel, lo hizo con un respeto que dolía.
Un roce leve, lento. Comprobaba. Pedía permiso sin palabras.
Ese gesto me abrió por dentro. Sentí un nudo en la garganta, algo que no reconocí hasta que ya lo tenía dentro.
Sonrió apenas. Me miró como si llevara años esperando encontrarme.
Sus dedos empezaron a explorarme, no para poseerme, sino para escucharme.
Cada temblor mío, cada suspiro, él los recogía.
Su forma de tocarme no era invasiva. Era una invitación que no necesitaba respuesta. Ya la tenía.
Temblé. Y entonces ocurrió, la urgencia suave, ese querer y no saber. Un deseo de corresponderle, de ofrecerle también aquello que despertaba en mí. Pero no sabía cómo. Bajé la mirada. Él lo notó.
—No tienes que saber —susurró, con una ternura que casi me derritió—. Solo sentir.
No dijo nada. Solo me indicó, con un movimiento breve y preciso, el camino. No me dirigía. Me esperaba. Y en esa espera entendí lo que quería.
Respiré. Él respiró. Algo se acompasó entre los dos sin que yo lo decidiera.
Cada cosa nueva que encontraba, cada centímetro de territorio que me atrevía a explorar, él lo esperaba.
Sin adelantarse. Como si ya supiera que llegaría sola.
Él me observaba. Cada avance mío parecía un milagro para él.
Ya no temblaba de miedo. Era otra cosa, más caliente y menos cómoda.
Cuando dudaba, acercaba su frente a la mía. Sin palabras. Ese peso leve me bastaba.
—Así… —murmuró él cuando sintió que yo empezaba a encontrar mi propio ritmo.
Y cuando yo, sin pensar demasiado, decidí devolverle esa misma intensidad, él contuvo el aliento.
—Anna… —su voz se quebró apenas—. No me hagas perder la cabeza.
Esa frase me incendió. Yo lo estaba llevando a un lugar donde él también perdía el control, donde él también temblaba.
La conexión creció entre los dos, un pulso que nos golpeaba a los dos por igual.
Ya no hacían falta palabras. Era solo la respiración del uno contra el otro, empujándonos a buscarnos más rápido, como si se nos acabara el tiempo.
Y justo cuando sentimos que la cuerda no daba más de sí, cuando nos faltaba el aire para respirar, él se quedó quieto. Se detuvo en seco. Cerró los ojos. Peleaba consigo mismo. Me abrazó con fuerza, aun temblando, escondiendo el rostro en mi cuello.
—Anna… —su voz era una mezcla de todo, ininteligible—. No. No así, no ahora. No voy a empezar lo que quiero terminar bien.
Se me encendieron las mejillas, pero no de pudor, sino de algo más parecido a una quemadura.
Lo había provocado, lo sabía, me había gustado verle perder un poco el control, comprobar que no era solo el capitán de hierro que todos veían.
Y, sin embargo, ahí estaba yo, con el pulso en la garganta y sin saber qué hacer mientras él volvía a subirse la manga y a ponerse derecho como si acabáramos de hablar de cortinas.
Me levanté despacio, esbocé una sonrisa que me supo a hierro.
—Algún día, capitán, se le va a acabar ese control —le solté, medio en broma, medio dolida— y no va a saber qué hacer.
Él me miró entonces con seriedad. Se acercó, me besó la frente, casto, casi formal, y murmuró:
—Ese día quiero que lleves un anillo en el dedo… y que esta puerta esté cerrada por dentro.
Asentí. Por dentro, algo ardía. Lo había empujado, y me quemé. Me quedé con la piel caliente, el deseo a medio camino. Él decidía cuándo. Y «esperar» pesaba más que todas las caricias.
Esa noche, cuando por fin cerré la puerta de mi cuarto en casa de mis padres, me sentía como una olla a presión.
Llevaba todo el camino de vuelta con las piernas todavía un poco temblorosas y las mejillas calientes, intentando que mi madre no notara nada en la cena.
Sonreí donde tocaba, asentí cuando habló de la carne racionada y de los botones de las camisas de mi padre…
pero por dentro seguía viendo la colcha de Giorg arrugada bajo mi espalda, sus manos deteniéndose en el último segundo.
Cogí el teléfono como quien toma aire antes de hundirse y marqué el número de María.
—¿Sí? —murmuró, con voz ronca de sueño—. Anna, ¿tú has visto la hora?
—Cállate y ven mañana —susurré—. Urgencia femenina.
Se rio, claro.
—¿Ha pasado algo… o ha estado a punto de pasar?
—Ven —repetí—. Si te lo cuento por teléfono, la centralita va a arder.
Al día siguiente, María llegó con la excusa de devolverme un libro, pero traía esa mirada suya de «suéltalo todo» que me desarma siempre. Nos encerramos en mi cuarto como cuando teníamos quince años, solo que ahora no era curiosidad, sino otra cosa mucho más peligrosa.
—A ver, cuente, señorita casi señora Von Hohenfeld —dijo, dejándose caer en mi cama—. ¿Qué te ha hecho ese hombre?
Me senté a su lado, cruzando y descruzando las piernas, incapaz de encontrar una postura que no delatara lo inquieta que estaba.
—Estábamos haciendo la cama —empecé.
María se llevó una mano a la frente, teatral.