Orden y fuego Capítulo 13
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Capítulo 13

La propuesta de Giorg de casarse conmigo había quedado flotando en el aire, entre el deseo y la responsabilidad. Sus palabras que me hicieron sentir confusa y emocionada al mismo tiempo. Pero había un detalle que Giorg no había mencionado. El más importante.

Mi padre.

Era una tradición. Aunque ya estábamos viviendo en tiempos donde las costumbres y los valores familiares comenzaban a desmoronarse, la idea de pedir permiso al padre era aún algo que Giorg, con su formalidad y rigidez, no dejaría pasar.

Después de su propuesta, Giorg apareció en nuestra casa, como siempre tan serio y disciplinado. Pero esa tarde era distinto. Su paso era más firme, como si estuviera tomando una decisión más grande que cualquier otra que hubiera hecho antes.

Lo vi hablar con mi padre, en el salón de la casa. Mi madre no estaba cerca, ella siempre se mantenía en un segundo plano, reservada. Podía escuchar sus voces, bajas, pero formales.

Giorg no podía hacerme una propuesta sin hablar antes con mi padre. Lo sabía él. Lo sabía yo. Era el respeto. Dos hombres de una misma generación, con un mismo código. Esas cosas no se saltaban.

No debía estar allí, pero tampoco podía irme.

La puerta estaba entornada y, entre el marco y la sombra, veía el perfil de los dos hombres, mi padre y Giorg.

Uno me había enseñado a comportarme. El otro venía a pedir mi mano.

Mi padre, aunque severo en apariencia, no era un hombre difícil de tratar.

Pero Giorg tenía una autoridad natural, que hacía que incluso mi padre lo tratara con respeto.

—Señor —dijo—. No vengo a hablarle de sentimientos. Vengo a hablarle de responsabilidad. Su hija me importa. Y sé lo que eso exige. Si me permite, me gustaría pedir la mano de su hija, Anna.

Mis ojos se abrieron un poco al escuchar esas palabras. Aunque ya lo intuía, escuchar a Giorg hablar tan formalmente hizo que todo se volviera más real, más serio de lo que había imaginado. En su voz no había duda, solo determinación.

Mi padre, siempre tan firme y con una postura recta, lo miró durante un largo momento. No respondió enseguida. Lo evaluó en silencio. Finalmente, habló con su tono grave, ese que solo usaba cuando algo realmente importaba.

—Giorg, no soy un hombre que tome decisiones a la ligera —dijo mi padre, y su voz sonaba respetuosa pero también imponente—.

Entiendo que la situación en Viena está cambiando, y que las cosas son inciertas.

Mi hija es joven, pero ha mostrado siempre responsabilidad.

Si estás dispuesto a tomar esa responsabilidad, te doy mi permiso.

Pero, si no es así, le ahorrarás a ambos el dolor de una promesa no cumplida.

El silencio fue largo, y mi corazón me latía a mil por hora. Mi padre no buscaba una promesa vacía, solo algo real. Sabía que Giorg entendía lo que se esperaba de él.

Finalmente, Giorg asintió con seriedad, su expresión no cambió, sus ojos mostraban decisión.

Giorg sostuvo la mirada de mi padre. No parpadeó.

—No sé si podré asegurar nada en una guerra —admitió con honestidad—. No sé si volveré. Pero no la dejaré sola. Eso lo prometo.

Mi padre hizo un leve gesto de asentimiento, y me sorprendió cuando se levantó y ofreció su mano. Giorg la tomó con seriedad, pero también con algo de gracia.

—Entonces, cuente con mi respeto. Le doy mi bendición —dijo mi padre, y aunque su tono seguía siendo serio, no había rechazo en él.

Yo, detrás de la puerta, sentí una mezcla de alivio y miedo.

Lo que parecía un compromiso con el destino también estaba entrelazado con una incertidumbre que me pesaba.

Sin embargo, este era el paso hacia Trieste, hacia un futuro que no podíamos predecir, pero que de alguna manera nos unía más que nunca.

La conversación con mis padres había sido difícil, pero no tan difícil como lo que venía ahora, su propia familia.

Sabía que la presión social y familiar sobre él no era algo que pudiera ignorar.

Ser noble significaba que las decisiones, incluso las más personales, se veían bajo el lente de la sociedad, de lo que era apropiado para su estatus.

Giorg llegó a la casa familiar tenso, la mandíbula más marcada.

Sabía que su familia esperaba algo diferente, quizás una alianza con una familia igual de poderosa o de influencia, alguien de su mismo estatus.

Entró al salón de su casa, donde sus padres ya lo esperaban.

El ambiente estaba cargado de formalidad, con la atención puesta en él, como siempre había sido.

—Giorg, hijo, ya dijiste «sí» una vez —murmuró—. Sabes mejor que nadie cuánto pesa.

—Casarte otra vez no es solo cosa tuya. Nos afecta a todos. Piensa bien lo que haces.

Su madre, como siempre, estaba preocupada por lo que este matrimonio significaría políticamente. El matrimonio no era solo una decisión personal, sino también una estrategia para la nobleza.

Su padre estaba en silencio, observando a su hijo con seriedad. Podía ver la decisión en los ojos de Giorg, pero también sabía que este matrimonio no solo afectaba a su hijo, sino a toda la familia.

—Giorg —su padre intervino, su tono profundo y lleno de autoridad, como siempre—. Este tipo de decisiones no son fáciles de tomar. Sabes bien que un matrimonio debe ir más allá de los sentimientos. Debe fortalecer nuestra posición.

Giorg se adelantó y, con su postura erguida y su voz seria.

—No se trata solo de una alianza política, padre. Se trata de una decisión personal. Yo estoy eligiendo a Anna, no solo porque es la mujer que quiero, sino porque creo que es lo correcto para mí.

El silencio que siguió fue pesado. Su madre no estaba convencida, pero su padre parecía pensarlo cuidadosamente. Él sabía que, en el fondo, Giorg tenía razón. Había algo genuino en su decisión, aunque fuera incompleta en términos de la política familiar.

—No te equivoques, hijo. No estamos en contra de tu elección, pero esto debe ser un matrimonio que respalde a la familia —dijo su padre con un tono más suave, pero firme—.

Nosotros aprobamos si estás seguro de que esto es lo que realmente quieres, pero recuerda que la nobleza no es solo una cuestión de amor.

Giorg se quedó en silencio, procesando la respuesta.

Sabía que, al final, su familia lo respetaría y, aunque esta unión no fuera estratégica en términos políticos, ellos entenderían que el hijo mayor había tomado su propio camino.

Y con ese consentimiento, se sentía más tranquilo, pero también más determinado.

Por supuesto se lo tenía que contar a María, mientras la esperaba me quedé sentada en el sofá, mirando el anillo en mi dedo, esperando que mirarlo bastara para que todo tuviera sentido. Mi corazón seguía latiendo rápido, y me sentía como si estuviera flotando, lejos de la realidad.

María, siempre tan directa y llena de energía, entró de golpe al salón donde la esperaba.

—¿¡Qué ha pasado!? ¡Te veo radiante, como caída del cielo!

No pude evitar sonreír, aunque yo seguía nerviosa.

—No puedo creerlo… me lo ha pedido, María. Me ha pedido que me case con él. ¡Y yo le he dicho que sí! —dije, casi en un susurro, mientras mi mano aún temblaba levemente.

María soltó un grito casi audible, sorprendida, pero también feliz por mí.

—¿El capitán de hielo se ha derretido? ¡Anna, por Dios! ¡Cuéntamelo todo! ¿Hubo declaración de rodillas? ¿Promesa de amor eterno con fondo de acordeón?

Me recosté en el sofá, mirando al techo por un momento, buscando las palabras adecuadas para describir lo que había sucedido. No era solo que Giorg me hubiera propuesto matrimonio, sino que había algo más profundo en la forma en que lo había hecho. Me dejó sin palabras.

—Fue tan… serio, María. Me miró y supe que no era una pregunta. Me pidió que lo acompañara a Trieste, que fuera su esposa —dije, mientras sentía que mi voz se deshacía en la emoción.

María me miró como si esperara una respuesta más detallada, pero, por dentro, sabía que había algo que me quemaba. La incertidumbre sobre cómo sería la primera noche juntos. Después de todo, Giorg siempre había sido tan firme, tan controlado.

—¿Y la primera noche? ¿Te imaginas cómo será? —preguntó María con una sonrisa burlona, llena de complicidad.

Me sentí colorada al instante.

María me conocía demasiado bien, y en ese momento, las palabras no salieron como esperaba.

—No lo sé… supongo que, cuando llegue el momento, será… ¿difícil de olvidar? —respondí, intentando restarle seriedad, pero sabiendo que lo que realmente era nerviosismo.

María, sin perder ni un segundo, se sentó junto a mí, tomó mi mano y, de forma dramática, puso su mejor cara de conspiradora.

—Ay, Anna… ¿te imaginas? Ese hombre que parece hecho de piedra… ¿y si se derrite? —dijo María, con una risa pícara—. Digo, no te hagas ilusiones, pero… ¿y si es todo lo contrario? —dijo María con una risa traviesa.

Su risa me hizo sonrojar aún más. A medida que hablaba, no pude evitar imaginarme ese momento: Giorg, con toda su rigidez, dejándose llevar.

No era la boda lo que me desvelaba. Era imaginarlo sin el uniforme.

Sin el gesto contenido. Casarse con un ingeniero de la marina significaba aceptar que su mente siempre estaría dividida, una parte mía, y la otra haciendo cálculos.

Sus manos, siempre en tensión, los dedos firmes sujetando mapas… apoyadas en mi cintura.

Pensar en eso me dejaba sin aire… y con una curiosidad que no sabía si era inocente.

—¿Y si es un desastre? —pregunté, y la pregunta sonó a todo lo que no me atrevía a decir en voz alta: ¿y si yo soy un desastre?

María soltó una risa encantadora y me dio un golpecito en el brazo.

—No te preocupes, Anna. Eso es lo que las mujeres como tú no entienden, esos hombres tan serios, tan controlados, tan…

fríos… cuando finalmente se entregan, se entregan por completo.

Y tú, querida amiga, solo tendrás que ser un poco más atrevida.

¡Sé tú misma! Y no te preocupes, créeme, Giorg se estará muriendo de ganas.

—¿Crees que estará nervioso? —le pregunté, sintiéndome más segura a medida que hablábamos, aunque mis pensamientos seguían siendo un remolino.

—¿Nervioso? —María soltó una risa cantarina—. ¡El hombre está aterrorizado! Lo que necesita es que alguien como tú, con tu energía, le dé un buen sacudón —respondió María, guiñándome el ojo—. Lo que de verdad le hará falta será un poco de locura, y eso, querida, ya lo llevas dentro.

Reímos juntas, pero, al mismo tiempo, el pensamiento de esa primera noche seguía rondando mi mente. Sabía que cuando todo sucediera, ya nada sería lo mismo.