Capítulo 12 #4
Giorg me miró un momento. Esperaba que me callara. Y me besó para cortarme. El beso fue suave, pero firme, como si quisiera callarme, pero también respetarme. Cuando me separó, me miró con una leve sonrisa en sus labios, como si se divirtiera de alguna manera, pero sin perder el respeto.
—Deja de hablar, Anna —dijo, y su tono, aunque serio, llevaba consigo un tacto que me hizo sentir segura, como si el control que él ejercía sobre ambos estuviera basado en un profundo respeto hacia mí.
Pasaron los días.
Las calles del mercado estaban abarrotadas.
Voces de vendedores, niños correteando, el olor a especias y a ropa húmeda mezclado con el humo de algún brasero.
Caminábamos entre los puestos, pero Giorg no veía nada de eso.
O lo veía todo, que era peor. Siempre recto, la mirada fija, escaneando cada rincón como si el peligro pudiera saltar desde cualquier esquina.
A su lado yo me sentía más observada que acompañada.
Era molesto. Él siempre alerta, siempre mirando por encima de mi cabeza hacia algo que yo no veía.
Y yo ahí, sintiéndome cada vez más invisible.
No quería ser un perímetro que vigilar. Quería que me mirara.
Solo eso. Como se mira a alguien que importa y no a alguien que hay que proteger de sí mismo.
Entonces, se me ocurrió. Si él quería ser tan vigilante, le daría algo que vigilar.
Caminamos junto a un puesto de frutas y, de repente, me detuve, mirando a Giorg con intensidad. Me acerqué a él. Lo justo para incomodarlo. Me miró confundido, con una ceja levantada, preguntándose qué estaba pasando.
Con toda la seriedad que pude, me incliné hacia él, casi para contarle un secreto importante. El ruido de la ciudad y los vendedores seguían a nuestro alrededor, pero en este momento, me dio igual el ruido.
—Capitán —susurré con un tono bajo y conspiratorio, como si estuviera a punto de revelarle un código secreto de espionaje. Él se acercó un poco más, quizás esperando algo serio.
—El cargamento de medias de seda de contrabando ha sido entregado en el almacén B, pero el agente enemigo de la pescadería tiene un mensaje codificado en los pimientos. La contraseña es que te ves ridículo con ese sombrero.
No podía evitarlo. Me estaba tragando la risa. Lo había dicho con tanta seriedad, con la misma intensidad de un espía de película, y la confusión en los ojos de Giorg fue inolvidable.
Al principio, Giorg no dijo nada. En su cara pasó de todo, confusión absoluta, y luego una ligera alarma. Su cerebro, siempre tan entrenado para encontrar lógica en cada palabra, comenzó a procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Medias de seda? ¿Pimientos? —murmuró, pero no podía dejar de mirar a su alrededor, buscando algún agente enemigo en algún rincón. Estaba perdiendo el control, y eso era justo lo que había buscado.
Mis ojos brillaban de diversión, y me mantuve tan seria como pude, aunque sentía que me estaba ahogando en mi propia risa interna.
Giorg, desconcertado, comenzó a mirar a la gente que nos rodeaba.
Sus pensamientos trabajando en silencio, intentando encontrar la lógica.
Las «medias de seda» y los «pimientos» no encajaban en ningún código que él conociera.
Por un momento, me quedé esperando, mordiéndome el interior de la mejilla.
Y cuando lo vi mirar hacia los puestos, casi como si esperara que alguien se acercara con un sobre lacrado, no pude más.
Al final, Giorg se rindió. Su mirada cambió, y aunque aún mantenía la postura rígida, una sonrisa se asomó a sus labios, pero era más una sonrisa de incredulidad que de diversión.
Nadie en su sano juicio usaría pimientos como código secreto. Una pausa.
—Eso espero —dijo, con una leve risa que, aunque contenida, parecía que se había rendido.
La tensión aflojó. Yo lo descoloqué. Y entonces dejó de sonreír. Su mano se cerró sobre mi brazo, firme, sin violencia. Me llevó a un rincón estrecho, lejos del flujo de la multitud. No dijo nada hasta que estuvimos solos.
Entonces me miró cansado de contener algo que yo me empeñaba en provocar.
—No puedes seguir haciendo esto, Anna —dijo, su voz baja, con una autoridad que me hizo sentir pequeña, sin escape. Sus ojos recorrían mi rostro, pero yo no podía pensar en nada más que en él, en su cercanía.
Cuando sus labios encontraron los míos no hubo explosión, hubo una ruptura silenciosa. Me sostuvo contra la pared con una firmeza decidida, y durante un segundo todavía intentó contenerse. Pero cedió.
No fue elegante ni calculado. Fue profundo, sostenido, cargado de todo lo que habíamos evitado durante meses.
Su mano en mi cintura ya no medía la distancia, la afirmaba.
Y aun así, en medio del arrebato, seguía conteniéndose por dentro.
Lo sentí en sus dedos tensos, en la respiración rota contra mi boca.
Cuando se apartó, no dio un paso atrás. Su frente quedó casi rozando la mía. El mercado seguía murmurando a nuestro alrededor, pero allí, en ese rincón, todo se movió.
Lo miré, todavía sin aliento.
—No juegues conmigo —susurré, casi enfadada y casi a punto de llorar al mismo tiempo—. Yo no sé jugar a esto.
Tragué saliva.
—Dime que es de verdad.
Él no respondió. Solo me sostuvo la mirada.