Orden y fuego Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Su mano ascendió despacio, con una precisión que me desarmó. Se detuvo en ese punto exacto, cuando el cuerpo empieza a tirar de ti pero la razón todavía te frena… No avanzó. No retrocedió. Se quedó allí, firme, recordándome que el límite no lo marcaba el deseo, sino él.

La distancia entre nosotros era mínima. Nuestros cuerpos se rozaban con una insistencia casi involuntaria, el espacio no alcanzaba. El uniforme, rígido y exacto, se interponía como una segunda piel que no estaba hecha para ceder, pero el calor atravesaba la tela, la disciplina, el orgullo.

Su mano en mi cintura no me atraía ni me apartaba, me mantenía suspendida en ese límite donde el deseo empieza a perder el equilibrio.

Cada roce era una advertencia silenciosa, hasta aquí.

Yo intentaba acercarme, el abandono que mi cuerpo pedía con una claridad que me avergonzaba y me excitaba.

Él respondía ajustando apenas la presión de los dedos.

Mi respiración se desordenó, el pulso me golpeaba el pecho, y el calor se volvió una quemadura lenta que no encontraba alivio.

Esa contención, esa negativa a ceder cuando todo parecía empujarnos a hacerlo, me deshacía más que cualquier caricia abierta.

—No aquí. —Su voz, aunque fuerte, sonaba rota, como si estuviera luchando con algo dentro de sí. Se apartó con gesto rígido, recuperando esa distancia que el uniforme le exigía. Y yo me quedé con el vacío que dejó su boca.

—No ahora —dijo. La respiración ya no le obedecía. La mano en mi cintura apretó más.

Sentí el deseo subir como una fiebre lenta, imposible de disimular. Me incliné hacia él, buscándolo de nuevo, deseando que rompiera el límite. Pero su control fue más fuerte.

—No entiendo por qué siempre paras —dije—. Yo no quiero parar.

Por aquel entonces no sabía que esperar es la forma más difícil de amar.

Giorg me apretó la cintura hasta casi hacerme daño.

No era la primera vez que nos deteníamos en ese mismo punto.

Meses acercándonos hasta que la situación se nos iba de las manos y, justo entonces, la disciplina lo rescataba.

Yo ya reconocía el modo en que se le tensaba la mandíbula cuando estaba a punto de ceder, él sabía que mi insistencia no era capricho, sino hambre de cruzar una línea que llevábamos meses fingiendo que no existía. Aquella tarde no pedía solo un beso.

Giorg bajó la vista, no a mis ojos, sino a mis manos. Las tenía entrelazadas, como si rezara.

—No quiero que esto sea un momento que luego tengas que olvidar —dijo eso, y se quedó en silencio.

Me soltó las manos, pero no se alejó. Se frotó la nuca, un gesto que nunca había visto en él.

—No quiero hacerte daño. Y no sé cómo evitarlo.

—¿Y si yo quiero que no seas tan cuidadoso? —dije, sin pensarlo.

Sonrió, pero fue una sonrisa torcida, casi amarga.

Hizo una pausa. Luego, como si le costara arrancar las palabras:

—Anna… no es solo por mí. Es por ti.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero que llegues al matrimonio como… como se espera. Sin que nadie pueda decir nada. Sin que tú luego tengas que arrepentirte.

—¿Y si yo no me arrepiento?

—Yo sí —dijo, tan bajo que casi no lo oí—. Me arrepentiría de no haberte esperado. De no haberte dado eso, al menos.

Se quedó en silencio. Luego, casi como un susurro:

—No es solo tradición. Es… una forma de decirte que no quiero que esto sea algo que luego te pese. Quiero que sea nuestro. Y quiero que sea correcto.

Lo que Giorg dijo me dejó sin palabras, porque, en el fondo, había algo que me hacía sentir…

extrañamente feliz. Claro, mi cabeza gritaba que debía no darme por vencida tan fácilmente, que este control de él sobre mí era algo que no debía aceptar tan alegremente.

Pero mi corazón, esa parte que no tenía voz en las conversaciones, estaba completamente de acuerdo con él.

Tardé unos segundos en entender lo que acababa de decir. Matrimonio. Me había dicho matrimonio. Yo estaba tan ocupada queriendo otra cosa que casi se me pasó.

Me estaba diciendo que me esperaba.

En nuestra época eso era una declaración. El amor no se decía, se demostraba con intención, con honor, con futuro. Y en sus palabras había, torpemente, todo eso.

Era lo que todas queríamos. Lo que nos habían enseñado a esperar, lo que significaba que alguien te quería de verdad. El compromiso. La promesa. Un futuro con nombre.

Él lo había dicho en términos casi posesivos. Y aun así, o precisamente por eso, me había parecido romántico. No se lo dije. Algunas cosas son más seguras guardadas.

Me incliné hacia él, y mi respiración se aceleró. Sentí el calor de su cuerpo, ese control que siempre tenía sobre nosotros, y algo dentro de mí se desbordó.

—Entonces… ¿me estás diciendo que me quieres para ti? —Me salió con una sonrisa que no había pedido permiso—. ¿Legalmente?

Se me escapó una risa. Intenté no dejarme ir. Pensar que podía quererme así, tan suyo y tan contenido a la vez, me tranquilizaba.

—Si esperas… es porque te importa —dije, casi para mí.

Le sostuve la mirada un segundo.

—Y eso… Y eso me gusta.

Mi corazón latía rápido. Por fin comprendía lo que había detrás de su silencio, eso que a él le costaba tanto soltar.

Pero, Giorg… —dije, inclinándome más—. ¿Y si te digo que no quiero esperar tanto?