Orden y fuego Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

La casa estaba en silencio, y el ruido de pensamientos era lo único que podía escuchar.

Cuando entré al salón, él estaba allí, de pie junto a la ventana, mirando hacia afuera.

Su postura era tan firme, tan decidida, que me hizo sentir de inmediato la distancia que aún había entre nosotros.

No lo reconocía del todo, aunque su presencia me resultaba familiar.

Pero era distinto. Algo que no se veía, pero se sentía.

Al dar ese primer paso, mi corazón se aceleró. Giorg ni siquiera se giró al escucharme.

Su mirada seguía fija en la ventana, como si no quisiera enfrentarme directamente. Me quedé allí, observándolo, esperando que hablara. Pero no lo hizo. La espera, ese silencio tan incómodo, parecía durar siglos. Finalmente, él rompió el silencio.

—Anna.

—Tardó un segundo en seguir. —Me fui sin explicarte nada. Eso no estuvo bien.

Esas palabras me desarmaron. Lo miré por fin. La postura seguía siendo la misma, recta, controlada. Giorg parecía más vulnerable de lo que me había imaginado. O quizás el mismo con menos sitios donde esconderse. Quería saber, necesitaba saber. Pero el miedo me detuvo un segundo.

Me quedé de pie, sin saber qué hacer o decir. Finalmente, respiré profundo, casi como si necesitara un momento para calmarme, para poder enfrentar lo que venía.

—¿Por qué ahora? —pregunté, tratando de mantener la calma—. ¿Por qué después de todo este tiempo, Giorg?

Él se giró lentamente, sus ojos finalmente se encontraron con los míos.

Me di cuenta de que no estábamos allí solo por las cuentas pendientes.

Estábamos allí por todo lo que habíamos ido guardando, uno frente al otro, durante años.

No hubo una explicación clara. Fue otra cosa.

Una mirada, un cruce. Pero aún había mucha distancia para cruzarla así.

El aire dentro de la casa estaba cargado de una tensión que crecía con cada segundo que pasaba. Giorg estaba allí, tan cerca de mí, y tan lejano.

Lo que más me inquietaba no era su presencia, ni siquiera el hecho de que se hubiera presentado en mi casa, sino el silencio que lo rodeaba. Giorg era un hombre de pocos gestos y muchos detalles. Se movía con precisión, con una calma que parecía tener el control sobre todo.

Al principio no dijo nada más, pero sus manos. Había estado quieto tanto tiempo que de repente, con una lentitud calculada, empezó a quitarse los guantes. Dedo a dedo. Demasiado despacio para ser casual. Al hacerlo, borraba la distancia entre nosotros.

Me sorprendí mirando sus dedos. Había algo en su forma de moverse que me resultaba hipnótico. El guante se deslizó y dejó al descubierto unos dedos largos, hábiles, llenos de una firmeza contenida.

Mientras él se quitaba el guante, mi atención se fue a su cuello, tenso, forzado por el uniforme.

Una rigidez que me atraía tanto como me inquietaba.

Su cuerpo estaba disciplinado, pero había algo en su respiración, algo distinto.

Un suspiro suave se le escapó cuando se giró un poco hacia mí.

Ese control que había mantenido empezaba a quebrarse.

Sus ojos me recorrieron. Se detuvieron un segundo donde no debían. Apenas eso. Suficiente. No dijo nada. No hacía falta.

Se dio cuenta de lo que había hecho y se apartó rápido. La intensidad de ese momento quedó suspendida en el aire. No hubo palabras. Ninguna. Solo un instante que se alargó como un susurro que no se atrevía a romperse. Fue entonces cuando habló, y su voz, baja y exacta, se desvió hacia mi nombre.

—Anna.

—Solo eso. Su voz, tan disciplinada siempre, titubeó apenas al pronunciarlo. Un quiebre pequeño. De los que él no se permite.

Su tono me desconcertó. No fue lo que dijo. Fue cómo. Como si ya no controlara del todo lo que salía. Esa pequeña fisura bastó. El corazón más rápido, la respiración sin ritmo. El silencio entre nosotros pesando como siempre.

No sabía si esa distancia era voluntad o defensa. Probablemente las dos. Solo sabía que no era indiferencia. Y eso bastaba para desordenarme.

Giorg dio un paso hacia mí, pero su movimiento fue tan medido, tan preciso, que casi sentí que cada uno de sus gestos estaba calculado. No fue un paso impulsivo, sino una acción contenida.

El roce, cuando finalmente ocurrió, fue tan suave que ni siquiera supe si había sido a propósito. Su dedo rozó mi palma, un instante de contacto que se sintió eléctrico y que desapareció tan rápido como llegó. Ninguno cruzó la línea. Pero los dos sabíamos exactamente dónde estaba.

Él no se movió, ni un músculo. Su mirada seguía fija en mí, más intensa que nunca. Sentí su respiración cercana, esa distancia era la última barrera. Y entonces, algo cambió.

Giorg dio otro paso hacia mí, pero fue un paso prudente, casi formal. La casa no era un lugar neutro, tenía memoria, tenía normas, tenía oídos invisibles. La distancia entre nosotros se redujo lo suficiente para que pudiera sentir su presencia, pero no lo bastante como para borrar el decoro.

Su mano se alzó lentamente hasta mi rostro. No con urgencia, sino con una delicadeza que me sorprendió. Sus dedos apenas rozaron mi mejilla, comprobando que yo fuera real y no un recuerdo que hubiera decidido enfrentarlo. Me obligó a mirarlo, con una firmeza serena.

Se inclinó un poco. Yo contuve la respiración.

Por un instante pensé que me besaría, y ese pensamiento me atravesó entera. Pero no lo hizo. Sus labios se detuvieron cerca de mi frente, demasiado cerca, y luego descendieron apenas para dejar allí un beso correcto.

Fue un gesto sencillo. Sin urgencia. Sin desorden. Todo lo contrario de lo que yo sentía.

—No quiero que esto empiece mal —murmuró, con una voz baja que no pedía disculpas, pero tampoco se imponía.

Cuando se apartó, volvió a colocar la distancia exacta entre nosotros. Yo sentí el pulso acelerado, la emoción aún vibrando bajo la piel, pero también entendí que no era frialdad, era cuidado.

Y, en cierto modo, esa contención me conmovió más que cualquier arrebato.

Giorg me miró, y en sus ojos, ya no había más barreras. Estaba divertido, pero también desbordado por la situación. Algo había cambiado en él, y aunque la sonrisa seguía en sus labios, había un destello de vulnerabilidad.

—Tienes mucho que aprender, Anna.

—Lo dijo sin dureza. Eso fue lo que me descolocó.

Desde que volvió, nada quedó en su sitio.

No porque hiciéramos nada escandaloso, sino porque ya no podíamos fingir que no había pasado.

No lo hablábamos. Pero se notaba en lo práctico, en cómo me miraba un segundo más de la cuenta, en cómo yo me quedaba quieta cuando él entraba, en lo rápido que se me iba el pulso por tonterías.

No éramos novios, no éramos nada definido.

Pero los dos sabíamos que ya no éramos lo mismo…

Para cuando empecé a ver lo nuestro como un noviazgo, aunque ninguno de los dos se atreviera a usar la palabra, ya había pasado un mundo.

Las semanas se mezclaban, los meses también.

Giorg esquivaba cualquier promesa y yo dejé de pedirlas.

Tampoco teníamos prisa. Funcionábamos bajo un pacto de silencios y rutinas compartidas.

Cada encuentro tenía su propio límite, una mirada que duraba un segundo más, una frase a medias, un silencio que me dejaba la piel atenta.

Giorg ponía los suyos con la misma precisión con la que ordenaba sus papeles, y yo aprendía a no empujar donde sabía que no iba a ceder.

Hasta que lo empujaba igual. Lo inquietante no era él.

Era verme a mí cambiando, empezaba a obedecerle por dentro antes de decidirlo.

En la oficina de Giorg el frío entraba por las juntas de la ventana y se quedaba en los dedos.

Dentro solo se oía el papel y ese silencio suyo: control. Giorg se refugiaba en el trabajo. Entre él y yo quedaba lo justo, distancia y deseo. Esa tarde lo rompí.

Su oficina no era una habitación, era su frontera.

Todo allí dentro obedecía. Los papeles en fila y el silencio en su sitio.

Por eso me tembló un segundo la mano cuando vi la puerta entreabierta.

No era «entrar a una oficina». Era entrar en el sitio donde él no cedía.

No llamé. Empujé despacio, la duda era si estaba abierta… o si solo lo parecía.

Al entrar, el sonido de la puerta cerrándose detrás de mí resonó como una advertencia en el aire. Giorg estaba de pie junto a su escritorio, mirando algunos papeles. Su postura era la de siempre, firme, disciplinada, pero algo en su expresión cambió cuando me vio.

—Anna… —dijo, y la voz le salió baja, controlada. La mirada, no. Sus ojos lo delataban, me había estado esperando, aunque no lo dijera en voz alta.

Yo no respondí de inmediato. Mis ojos recorrieron la oficina, y me sentí como una intrusa. Pero la tensión que había acumulado en días, semanas, no se borraba solo con una mirada.

Me acerqué lentamente, sin decir nada. Y me senté en el borde del escritorio, cerca de él. Demasiado. Mis manos se apoyaron sobre sus papeles, ya no me importaba la distancia.

Giorg me miró, pero no se movió. Se quedó rígido, luchando por no moverse.

—¿Qué haces aquí? —preguntó sin reproche, con una seriedad desconcertante.

—Vine a verte. Respondí sin bajar la mirada, inclinándome hasta sentir el calor de su cuerpo, el aroma de su uniforme, ese que me volvía loca sin tocarme.

Me empujaba hacia él sin saber por qué. Estaba en su espacio, el lugar donde siempre tenía el control, pero yo sabía que esa tensión ya no se podía ignorar. El primer beso fue un aviso. Aquello ya no admitía vuelta atrás.

Me acerqué despacio, como si cada paso fuera una provocación.

Luego me senté en su regazo. Antes de arrepentirme.

Giorg no reaccionó al instante, pero sus manos se posaron en mi cintura con una firmeza que me recordó que él seguía marcando los límites.

No eran manos de amante, me sujetaban como si yo estuviera bajo su límite y él no pudiera permitirme ir más allá.