Orden y fuego Capítulo 12
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Capítulo 12

Giorg se fue. No saber qué hacer con mi vida, ahora me consumía. Había pasado más de un año, y ya era desgaste. Tener que acostumbrarse a ese vacío, sabiendo que todavía seguirá cuando te despiertes.

Lo supe por un rumor, su nombre dicho en una conversación ajena, con ese tono de «ascenso», «mérito», «importancia». Y lo primero que pensé fue que debía de ser otro. Alguien con su mismo apellido. Un error. No lo era.

Decían que había diseñado una mejora para los submarinos. Algo que hacía que avanzaran casi sin ser oídos. Yo no entendía de acero ni de hélices, pero entendía el tono con el que lo pronunciaban, respeto. Casi reverencia.

Recuerdo cómo Giorg siempre hablaba de orden y control, y de la necesidad de hacer las cosas bien, no por obligación, sino porque debía ser perfecto.

Su habilidad para encontrar soluciones técnicas que mejoraran lo que parecía inmejorable lo había colocado en una posición clave.

Y él se convirtió en una pieza esencial dentro de la estructura militar, no solo por lo que sabía, sino por cómo gestionaba proyectos delicados con una eficiencia implacable.

No tardé en comprender que ya no era un oficial más. Su nombre circulaba con naturalidad entre quienes mandaban. No ejecutaba órdenes, las firmaba. Y esa diferencia, aunque nadie la explicara, se notaba en la forma en que entraba en una habitación.

Cuando regresó, no era el rango lo que me inquietaba.

Era la distancia. Seguía siendo él, pero con una pared nueva entre los dos.

Un hombre que hacía bien las cosas. Siempre.

Y aunque eso era algo que siempre había admirado, me di cuenta de que lo que más me había atraído de él, al principio, era otra cosa.

La vulnerabilidad. Esa pequeña posibilidad de que también pudiera romperse.

No sabía qué lugar ocupaba yo ahora en su vida. Y esa duda me incomodaba más que su ausencia.

Era un día gris, como tantos otros en Viena.

El café al que siempre solía ir estaba casi vacío, con solo un par de mesas ocupadas por clientes habituales.

Como de costumbre, me senté junto a la ventana, esperando a María.

Las tazas de porcelana sonaban a lo lejos, el murmullo de conversaciones ajenas llenaba el fondo.

Todo parecía normal. Hasta que se abrió la puerta.

Un viento frío entró y, a través de la puerta, lo vi.

El corazón se me paró. Lo primero que noté fue su postura, esa misma firmeza que me había deslumbrado, pero ahora distante, reservado.

Era Giorg, pero no el mismo. Hasta que llegó a mí.

Un segundo. Dos. El ruido del café siguió ahí pero yo no lo oía.

No era posible. No después de tanto tiempo. Y, sin embargo, allí estaba. Después de todo lo que había ocurrido. Llegó hasta mi mesa y se detuvo un momento, mirándome la cara, calibrando si debía hablar o no. Finalmente, con una leve sonrisa, dijo:

—¿Anna?

Su voz sonó distante. Y familiar. Las dos cosas a la vez, que era lo peor. En ese «Anna» estaban los meses. Todo lo que no se había dicho.

—Giorg. —Mi respuesta fue automática, pero mi voz tembló. No pude evitarlo. Como si los dos años no hubieran servido de nada.

Él se sentó frente a mí, en la silla que solíamos compartir. La distancia entre nosotros ya no era solo física. Había algo en sus ojos, una mirada fría y reservada, que me hizo darme cuenta de que él no era el mismo. Y, por alguna razón, eso me hirió aún más.

—Hace mucho que no nos vemos… —dijo, rompiendo el silencio.

La frialdad de su tono me descolocó, como si habláramos de algo trivial, de algo sin peso.

—Sí. Mucho tiempo. —Lo dije despacio. Midiendo. Como si una palabra de más pudiera empujarlo hacia la puerta.

Entonces cayó entre nosotros un silencio incómodo. El café seguía sonando al fondo, pero allí, en esa mesa, todo se sentía pesado. Yo noté que me iba a salir una frase grande, de esas que no tienen vuelta, y la apreté contra los dientes hasta que dolió. No le grité. No por educación. Por instinto.

El miedo a que se levantara otra vez, a que desapareciera con esa calma suya, me dejó quieta.

Sentí el impulso ridículo de decir «bien» antes incluso de que preguntara, como si una palabra pudiera tapar el hueco.

Así que respiré despacio y lo miré a los ojos sin darle nada todavía, ni el reproche, ni el alivio, ni el espectáculo.

Él no dijo nada. Se limitó a mirarme, y yo me sentí aún más incómoda. Y más atraída, todo a la vez.

—¿Cómo has estado? —preguntó, sin emoción.

—Bien —respondí.

Me esforcé por decirlo con convicción, pero sabía que no era verdad. ¿Cómo podía haber estado bien sin él? ¿Y él? ¿Cómo estaba él? ¿Qué lo traía de vuelta? ¿Por qué regresaba ahora? Pero no dije nada más. No quería que viera mi fragilidad.

Pero lo tenía ahí, delante, con esa mirada confiada de antes, y todo lo que había intentado entender sobre nosotros volvió, vertiginoso.

Al final, fue él quien rompió la quietud:

—Te he echado de menos. —Casi en voz baja. Luego me miró—. No debería estar aquí.

No supe si hablaba del tiempo o de algo más. Tampoco pregunté. ¿Buscaba excusas o realmente se arrepentía? No lo sé. Entonces no lo sabía. El corazón me latía demasiado fuerte para pensar con claridad.

Pero, aunque mi mente quisiera negarlo, en mi pecho se encendió una chispa de esperanza que no pude apagar. ¿Qué significaba eso? ¿De verdad me había echado de menos? Y si era así, ¿por qué no había vuelto antes?

Fue un juego de miradas, de palabras no dichas, de recuerdos que resurgían de entre las sombras del pasado. Giorg ya no era el hombre que había dejado mi vida, y yo ya no era la misma mujer que se había quedado esperando.

Pero ¿y si aún quedaba algo? ¿Había algo que pudiéramos reconstruir a partir de las ruinas de lo que una vez fuimos? Esa fue la pregunta que me dejó el encuentro. Sin respuesta. Como casi todo lo que tenía que ver con él.

Giorg había vuelto. Había vuelto. No podía dejar de repetirlo.

Si dejaba de pensarlo, era como si pudiera deshacerse.

Giorg. Aquí. En Viena. Delante de mí. Sentía una risa absurda queriendo salírseme por la boca y, al mismo tiempo, un miedo ridículo apretándome el pecho.

Era alivio con vértigo dentro. Si respiraba demasiado fuerte, podía evaporarse otra vez.

Entré en casa casi sin tocar el suelo. Cada paso era más rápido que el anterior, como si algo me empujara desde dentro.

Me latía el corazón en los oídos. No sabía si estaba feliz o simplemente desbordada.

Todo había pasado tan deprisa que parecía inventado.

Me había mirado. Me había hablado. Había dicho mi nombre como antes.

Cerré la puerta con un golpe seco y me quedé apoyada en ella, riéndome sola, con esa risa que no sabes muy bien de dónde sale. No me importaba el ruido. No me importaba nada. Sentía el cuerpo ligero, eléctrico, como si hubiera corrido bajo la lluvia.

«Me ha echado de menos. Lo dijo. Lo dijo de verdad».

Y esa frase, tan simple, lo llenaba todo. Parecía que no hubiera pasado nada. Como si lo nuestro no hubiera sido un error, ni una fantasía, ni una tontería mía. Estaba vivo otra vez. Todo. Nosotros. Y yo también.

Me dejé caer en el sofá, incapaz de quedarme quieta, como si mis piernas no pudieran sostenerme.

Mi corazón seguía latiendo rápido, mi respiración se aceleraba.

Mi mente daba vueltas sobre sí misma, todo estaba ocurriendo demasiado deprisa.

Pero lo que más me sorprendía era eso, que estaba bien.

Que estaba más que bien. Como si alguien hubiera abierto una ventana que llevaba meses cerrada.

Él había vuelto. Y me había echado de menos. Las dos cosas a la vez.

Mi madre me miraba desde la puerta del salón. No dijo nada. No hacía falta. Llevaba escrita en la cara toda la entrada, los pasos, la puerta, la risa sola. Me conocía demasiado bien.

No podía dejar de sonreír aunque intentaba calmarme. Sabía que no era tan sencillo, que nada estaba resuelto. Pero el cuerpo no atendía a razones. Estaba feliz. Estaba viva. Y hacía mucho que no me sentía las dos cosas a la vez.

—¿Qué pasa, querida? —me preguntó mi madre, notando mi energía, mi forma de moverme como un torbellino.

—¡Él está de vuelta! —le dije, casi riendo, y las palabras me salieron atropelladas.

No me alcanzaban las palabras.

Ella me miró más de lo necesario. No preguntó.

No sonrió. Fue esa clase de silencio que no juzga, pero tampoco celebra.

Y en ese gesto entendí que nada de lo que estaba sintiendo la sorprendía.

Y de pronto el caos dejó de asustarme. Seguía ahí pero ya no parecía un abismo.

Si él estaba de vuelta, entonces nada estaba del todo perdido. Y eso, para mí, era suficiente.

Había pasado tiempo desde el café. Desde que nuestras miradas se cruzaron y el ruido del mundo se volvió pequeño por un momento.

Giorg había vuelto a Viena. Yo había intentado no pensar demasiado en eso.

No había funcionado. El reencuentro había dejado una marca, y las palabras que ninguno de los dos había dicho seguían ahí, ocupando sitio.

No esperaba que viniera. Pero vino. A mi casa.

Con un motivo oficial que los dos sabíamos que era solo la excusa.

Su misión en Viena no solo era profesional.

Había otra cosa que tenía que ver con él mismo, algo que no podía seguir ignorando.

Había venido a hablar conmigo, tal vez para explicar lo que nunca había dicho, tal vez para aclarar lo que habíamos dejado sin resolver.

Mi madre lo sabía antes que yo. No preguntó.

No dijo nada. El espacio entre nosotros dos se había estrechado con el paso de los días, y aunque ella no decía una palabra, el hecho de que ella hubiera decidido salir sin darme detalles me decía todo lo que necesitaba saber.

Me dejaba sola con él, para lo que fuera.