Orden y fuego Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Cuando supe que volvía, no sentí alegría.

Solo una tensión seca, esa que queda cuando algo que habías dado por cerrado se abre otra vez sin avisar.

La ciudad ya era diferente, él ya no era el mismo, yo ya no era la misma.

Su regreso no era un regreso alegre, ni siquiera cálido.

Venía marcado por lo que había tenido que hacer, por lo que el régimen le había exigido.

No volvía alguien que hubiera elegido su destino, sino alguien arrastrado por las circunstancias.

La noticia llegó a través de un conocido común, alguien que me contó en voz baja, casi en secreto, que Giorg había sido llamado, como todos los hombres en su posición. Había tenido que jurar lealtad al Reich, como todos los demás. Eso no era algo que podía ignorarse.

El regreso de Giorg no fue algo que esperara con ansias, sino con una mezcla de incredulidad y miedo.

Por suerte, María estaba en Viena, y con ella era más fácil no pensar.

Fuimos a nuestro café. El único lugar en el que aún sentía que podía ser yo misma, sin tener que fingir que todo estaba bien.

Entramos hablando demasiado alto, discutiendo por una tontería, y yo la seguí con ese cansancio dulce de quien se deja llevar para no caer.

—¡Te juro que te lo dije! ¡Esa película era pésima! Pero claro, tú siempre dices que todo es un arte —protestaba ella, gesticulando con entusiasmo, y yo me reí aunque la cabeza la tenía en otra parte.

Al cruzar el umbral el ambiente cambió. El café estaba lleno, el murmullo era el de siempre, y aun así sentí una quietud extraña.

Lo vi en una esquina, sentado de perfil.

El uniforme le daba una autoridad fría. La espalda recta, la quietud exacta, incluso sentado parecía de guardia.

Su mirada, la que yo recordaba distinta, estaba más dura, más cerrada.

Por un instante pensé que estaba viendo a un extraño.

La guerra se le había metido en la postura.

Había pequeños detalles que lo delataban, el modo exacto de apoyar la mano, ese cansancio escondido en la mandíbula, ese gesto mínimo cuando se ajustó el cinturón. Esa disciplina empezaba a asfixiarlo desde dentro.

Yo seguí caminando, o fingí que seguía, porque detenerme habría sido admitirlo. Y entonces María lo vio también.

—¿Y ese quién es…? ¿Lo conoces? —dijo en voz alta, con esa alegría indiscreta que tiene la gente que aún cree que el mundo es un sitio simple.

Sentí que la piel me ardía. Como si el café entero se hubiera detenido.

Giorg levantó la vista de inmediato. Nos miró.

Me miró. La ciudad, la política, la guerra, todo lo que nos había separado volvió a estar entre nosotros, invisible y denso.

Y durante un segundo no supe si lo que sentía era miedo, rabia o la pura y estúpida necesidad de no quedarme sola en ese instante.

María eligió el camino que a ella le parecía más divertido.

—Voy a pedir algo —dijo con una sonrisa traviesa, guiñándome un ojo—. Aquí falta aire.

Y sin más se levantó y se alejó, dejándonos con la mirada de los demás y con esa burbuja de silencio que se forma en un lugar público cuando sucede algo íntimo.

Me quedé de pie un segundo, descolocada.

No sabía si agradecerle a María o odiarla.

Y fue peor porque mi cuerpo hizo lo único posible, avancé hacia la mesa, fingiendo normalidad.

Giorg no se movió mucho. Se limitó a observarme, serio, y su silencio pesaba. Me senté lentamente. Y me arrepentí al mismo tiempo.

—¿Tú aquí?

—Me salió, y me maldije por lo obvio y tonto que sonaba. Como si no lo estuviera viendo con mis propios ojos.

—Pasaba por aquí. Quería saber si seguías aquí —respondió Giorg. Su voz era grave, aún marcada por una distancia. No sonaba cruel, sonaba medida, palabra a palabra.

No sabía qué decir. Había pasado mucho tiempo y había demasiadas cosas entre nosotros. Nos quedamos un momento mirándonos, y sentí que él esperaba una reacción, una palabra, quizá un gesto que rompiera el hielo.

En medio de ese silencio me entró el impulso de hacer cualquier cosa. De decir lo primero que me sacara de allí.

—No sé si me gusta mucho el uniforme… —dije, queriendo sonar ligera, y me salió torpe—…pero debo admitir que te veo bien. Mejor de lo que esperaba.

La última parte me salió en un susurro, como si intentara restarle seriedad a lo que acababa de decir.

Mi cara seguramente estaba roja por el nerviosismo y la vergüenza.

La mirada de Giorg se quedó clavada en mí por un segundo, analizando mis palabras.

Y durante ese instante temí haber dicho justo lo que no debía.

Giorg no respondió de inmediato. Su rostro pasó de la sorpresa a algo más cercano a una sonrisa tímida. No era victoria ni alegría. Solo un respiro.

—Bueno… eso es un consuelo —dijo. Algo en su voz cedió, muy poco—. Pensé que me mirabas con cara de… ¿qué has hecho?

No fue una risa fuerte. Apenas un amago. Pero ese amago bastó para tranquilizarme lo suficiente como para no salir corriendo.

María volvió con las bebidas como si nada, y se instaló a un lado. De vez en cuando se metía en la conversación con alguna frase banal, lo justo para que el silencio no se volviera insoportable, y luego se perdía en el azúcar, en la cucharilla, en cualquier cosa que le permitiera dejarnos espacio.

La conversación, poco a poco, se fue aligerando.

Giorg habló de su situación con su exesposa, de cómo todo había cambiado para él.

Trataba de sonar objetivo, pero había algo en su voz que no dejaba de sentirse real, una fatiga detrás de las palabras que me apretaba el estómago.

Yo escuchaba intentando no mirar demasiado el uniforme, intentando mirar al hombre.

Pero era difícil separar una cosa de la otra cuando todo lo que lo rodeaba parecía decir «peligro».

Incluso allí, sentado en una mesa de café con una taza delante.

Cuando por fin salimos, María se excusó con una despedida exagerada y nos dejó solos en la calle con el mismo descaro con el que nos había empujado a hablar.

Viena estaba gris. La luz de las farolas estiraba sombras en la acera.

Todo tenía esa calma tensa de los lugares donde nadie descansa de verdad.

Giorg me acompañó hasta mi casa. Caminamos en silencio durante unos minutos, las palabras ya no parecían necesarias, ni las miradas, y aun así había tensión entre nosotros.

Cuando llegamos a la puerta, el silencio se hizo más denso.

Giorg me miró, y por un momento pareció que ninguno de los dos sabía cómo despedirse.

Me sentí incómoda, nerviosa. Parecía que todo lo que había dicho hasta ese momento no alcanzara para terminar una conversación que había empezado tan natural.

En ese instante, me di cuenta, no quería que se fuera todavía.

No era una decisión ni un plan. Era una necesidad.

El impulso de alargar el momento un segundo más. Y lo supe.

Di un paso hacia él para decir algo, pero mis labios se acercaron sin querer. Pensé que iba a hablar, y el roce fue tan rápido, tan inesperado, que me quedé paralizada. Solo un instante, apenas un roce, pero lo sentí todo. El cuerpo llevaba años esperando ese error.

—Oh, no. —Bajé la voz sin querer—. Perdón. No era… no quería…

Giorg se apartó rápido, sorprendido, desconcertado. Por un segundo, lo di por perdido. No había palabras en el aire, solo la tensión de lo que acababa de pasar. Entonces, endurecerse, su expresión se suavizó, y eso me desarmó más que cualquier reproche.

—No… no pasa nada —dijo con un tono tranquilo, como si intentara quitarle hierro a la situación. Su mirada seguía fija en la mía, pero ahora era diferente, la tensión cambió de sitio, en lugar de desaparecer.

—Ha sido inesperado. Nada más.

Y los dos acabamos riéndonos. Yo solté una risa nerviosa, todavía roja. Y él… él sonrió de verdad, aunque fuera solo un segundo.

—Supongo que… —comencé, con una sonrisa avergonzada—…esto no ha sido una despedida normal, ¿eh?

—¿Debería ofenderme? —preguntó, serio.

—No, no… —respondí, todavía colorada—. Solo… no sé qué estaba pensando.

Me vino el impulso de acercarme otra vez. No para repetirlo, sino para quitarle esa torpeza. Mi mano, insegura, alcanzó su brazo, para comprobar que estaba ahí, que era real. Giorg no dio un paso atrás, se quedó quieto. Demasiado quieto. Me miró, sosteniendo algo frágil entre los dos.

—No sé si debo… —dijo, casi para sí.

No sonó a reproche. Sonó a lucha.

Y, dentro de mi cabeza, casi me indignó. ¿En serio dudas? Por Dios… no es un capricho. Hazlo. Ahora. Antes de que yo lo haga por ti.

Esta vez nuestros labios se encontraron con calma. Sabíamos lo que hacíamos. Fue breve, todavía tímido, pero ya no fue un accidente: fue una decisión pequeña. Y peligrosa.

Cuando se separó, nuestras frentes se rozaron un momento, y los dos nos quedamos así, sin hablar. Ninguno sabía cómo seguir, pero en el silencio había algo que nos envolvía. De alguna forma, habíamos cambiado.

—Nos vemos, Anna —dijo Giorg, su voz más suave ahora. La cercanía lo suavizó.

Asentí en silencio, aún sin palabras, mientras lo veía alejarse. El aire de Viena parecía más fresco en ese momento, y yo, un poco confundida pero más tranquila, entré en casa, preguntándome qué había significado ese beso.