Orden y fuego Capítulo 10
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Capítulo 10

Ha pasado tiempo desde que Giorg me acompañó a casa con la compra. Ni siquiera me dijo nada especial. Pero desde entonces hay una calma que se me ha quedado pegada, como un olor en la ropa.

A menudo, me sorprendo riendo sola, recordando nuestra conversación.

De repente todo el peso de las cosas que me agobiaban desaparecía por un momento.

La forma en que Giorg no me miraba con desdén, ni como si estuviera esperando que fuera algo que no era, me hizo sentir algo que no había sentido antes. Sentí que me veía. De verdad.

—Giorg—

Han pasado varias semanas desde aquella tarde de la compra. Y ella sigue ahí.

No fue algo que viera venir. Tampoco fue ese golpe seco que uno espera, de esos que te dejan sin aire.

Fue otra cosa. Más lenta. Más callada. Al principio ni siquiera la llamé por su nombre en mi cabeza.

Solo era «la chica del hospital», «la hija del doctor».

Pero con el paso de los días se fue quedando.

Como el ruido del puerto. Uno ya no lo oye pero sigue ahí.

Cuando la vi aquella primera vez no esperaba nada.

Una conversación de pasillo, de las que se olvidan en cuanto terminas.

Pero ella me miró de una forma que no supe situar.

No era coquetería, de esas que se aprenden a esquivar sin pensar.

Era otra cosa. Curiosidad, tal vez. Como si estuviera viendo algo en mí que yo mismo no sabía que estaba mostrando.

Con ella no hacía falta fingir. Podía estar callado y no pasaba nada.

No había segundas intenciones, ni esas conversaciones en círculo que agotan antes de empezar.

Hablábamos de cosas sin importancia, pero ella las decía de una manera que las volvía distintas.

El mundo era nuevo para ella, y yo lo veía con sus ojos.

Me gustaba. Más de lo que debería.

Y ahora, semanas después, me descubro pensando en ella a deshora.

En mitad de un informe, en la mesa mientras Lisa habla y yo ya no escucho.

No la idealizo. No creo que sea ingenua ni una niña con la cabeza llena de pájaros.

Es otra cosa. Tiene una claridad que a veces me falta.

Una manera de reírse de lo que otros se toman demasiado en serio.

Me hace pensar que he perdido algo por el camino. Algo que ella todavía tiene y yo olvidé sin darme cuenta. Y no sé si eso es bueno o malo. Solo sé que está ahí. Y no se va.

—Anna—

Me lo contó una vez, tarde, cuando ya no podía fingir que lo anterior había sido solo «otra vida».

Cuando regresaron a Trieste, Giorg trató de revivir algo de lo que había sido su vida antes de irse, pero todo se sintió forzado, jugaba un papel que ya no le pertenecía.

La vida que llevaba, llena de responsabilidades y apariencia, lo ahogaba.

Su esposa, a pesar de ser una buena mujer, vivía para las apariencias.

La tarde era fría cuando Giorg llegó a casa después de un día en el trabajo.

Su esposa estaba sentada frente al espejo, ajustándose un collar.

Era una de esas rutinas cotidianas que ya le resultaban pesadas, ella, obsesionada con las apariencias, el hogar bien cuidado, las cenas perfectas.

Todo lo que debía ser, pero nada de lo que realmente quería.

Me contó que la miró un momento, sin que ella lo notara, y que una ola de desgano lo invadió. Había intentado durante meses mantener las apariencias, pero algo dentro de él se rompió.

Ella le preguntó cómo había ido el día sin dejar de mirarse en el espejo ajustándose un collar.

Sin mirarlo, le preguntó qué tal el día.

Giorg la observó en silencio mientras dejaba los guantes sobre la cómoda.

No respondió enseguida. No porque no tuviera qué decir, sino porque llevaba meses diciéndoselo a sí mismo y sabía que, en cuanto empezara, no habría manera de desandar lo dicho.

—Ha ido como siempre —respondió al fin.

Ella asintió con una distracción elegante, satisfecha de que la conversación no exigiera nada más.

Y en ese gesto cotidiano, en esa comodidad sin preguntas, Giorg sintió que el cansancio que llevaba acumulando no era reciente.

No era fruto de una discusión concreta ni de un mal día.

Era algo más lento, más profundo. Un desgaste.

Se acercó a la ventana, apoyando una mano en el marco. Afuera, la calle tenía la misma apariencia ordenada de siempre. Dentro, el aire se le hizo más denso.

—Lisa —dijo, con calma.

Ella levantó la vista a través del espejo, todavía sin girarse del todo.

—¿Qué ocurre?

No había preocupación en su tono.

Giorg respiró hondo para asegurarse de que lo que iba a decir no saliera teñido de reproche.

—He estado pensando —empezó—. Más de lo que crees.

Ella dejó el collar sobre la cómoda y se giró por fin hacia él, cruzando los brazos con una mezcla de expectativa y escepticismo.

—Siempre estás pensando.

Él aceptó el comentario con un leve asentimiento.

—Sí. Y he llegado a la conclusión de que esto… —haciendo un gesto vago entre ambos— no es suficiente para mí.

No elevó la voz. No tembló.

Lisa lo miró durante unos segundos, intentando descifrar si aquello era una fase pasajera o una amenaza real.

—¿Qué significa exactamente «no es suficiente»?

Giorg sostuvo su mirada sin agresividad.

—Significa que llevo tiempo intentando convencerme de que esto me bastaba. Pero no lo es. No para mí.

No habló de pasión. No habló de vacío. No la acusó de nada. Hablaba de sí mismo.

—Siempre hemos sido así —respondió ella, con un tono más frío—. No entiendo qué ha cambiado.

Él tardó en contestar.

—Yo.

Lisa se quedó quieta unos segundos. Luego, despacio, volvió a mirarse al espejo. Pasó un dedo por el borde del collar, como si necesitara comprobar que su reflejo seguía intacto.

—¿Y ahora qué pretendes? ¿Empezar de nuevo?

Giorg bajó la mirada un instante y luego volvió a levantarla, más firme.

—No pretendo nada. Solo sé que esto no me basta. Y no quiero ser alguien que se queda por miedo.

Ella no lloró. No gritó. Cuando habló, su voz sonó plana.

—Siempre has sido difícil —dijo—. Nunca te conformas.

Quizá era verdad. Pero esa vez, esa acusación no le pesó.

Aquella noche no hubo escenas ni despedidas dramáticas.

Hablaron lo justo, con la educación de dos personas que han compartido demasiados años como para rebajarse a la crueldad. Sin embargo, la distancia ya estaba trazada con una claridad que ninguno de los dos podía ignorar.

Giorg no durmió mucho. No por culpa ni por duda, sino porque cuando una decisión se toma de verdad, el cuerpo tarda en acostumbrarse al vacío que deja. A la mañana siguiente, mientras Lisa salió como cada día, él preparó una maleta pequeña. No hubo prisa ni temblor.

No dejó una carta. No era un hombre de explicaciones. Lo que tenía que decir, lo había dicho.

Cuando cerró la puerta, no sintió alivio. Sintió alivio.

Solo ahora, al escribirlo, entiendo por qué conmigo tiembla. Estaba tan poco acostumbrado a que alguien lo quisiera sin más, que mi ternura lo desarmaba.

Años después supe que aquel alivio tenía que ver conmigo. Pero en ese momento yo no sabía nada. Solo recuerdo la última tarde en el café, hablando de cosas pequeñas, fingiendo que nada cambiaba. Recuerdo su manera de escuchar, demasiado atenta. Recuerdo que al despedirse no prometió nada.

Después se marchó a Trieste. No hubo explicación larga ni gesto dramático. Solo la noticia, dicha casi de paso. Y, de pronto, el silencio.

Pasaron meses. Luego años. Y, mientras tanto, Viena empezó a hacerse irrespirable.

Las noticias llegaban cada vez con menos aire.

El Anschluss no fue algo que se sintiera de golpe, fue lento, pero opresivo.

Primero cambiaron las calles, luego el tono de las conversaciones.

Aparecieron banderas. Marchas. Y, casi sin darme cuenta, Viena dejó de sentirse mía.

Y Giorg, por supuesto, ya no estaba allí.

Viena ya no era la misma. La gente sonreía menos. En los cafés se hablaba más bajo y se miraba más. Empezaron a señalarlos, y la palabra «separación» se comenzó a escuchar en cada rincón. La vida de los vieneses se dividió en dos, los que se adaptaban y los que se iban.

De Giorg no llegó nada. Yo seguía, pero cada día Viena se me cerraba un poco más, más controles, más silencio, menos sitio para respirar.

El Anschluss no fue solo política. Fue control en lo cotidiano, permisos, miradas, nombres que era mejor no decir. Ya no hacíamos nada sin calcular quién podía oírlo.

Durante ese tiempo, me aferré a lo que conocía, a las rutinas.

Trabajé, seguí adelante, pero algo en mí estaba vacío, algo que no podía llenar ni el bullicio de la ciudad ni las distracciones cotidianas.

Me acordaba de Giorg, aunque no de manera constante.

No había pasado nada. Eso era lo raro. No había pasado nada y, sin embargo, notaba un hueco donde antes no había nada.

Los días se alargaron. El miedo se volvió rutina, estaba en el pasillo, en el tranvía, en la forma de bajar la voz.

Corrían rumores de que muchos, hombres como Giorg, estaban siendo llamados a servir al Tercer Reich, obligados a unirse al ejército, a jurar lealtad.

A veces me preguntaba si él también había sido arrastrado a esa maquinaria, si había acabado dentro sin poder decir que no.

También si había tenido elección. Cuando en realidad negarse no era un gesto romántico ni una cuestión de orgullo, podía significar perder el trabajo, el nombre, la casa.

Quedar marcado para siempre, bajo vigilancia.

Desaparecer sin explicación. En ciertos casos, incluso algo peor.

Y no siempre pagaba uno solo. También los suyos.

Pasó el tiempo, y la ciudad siguió cambiando, cada vez más hostil, cada vez más irreconocible.

Un día llegó la noticia. Giorg regresaba a Viena. De nuevo.