Capítulo 9 #4
—¿Seguro? —dije—. No quiero entretenerte si tienes cosas que hacer.
Él sonrió de nuevo, con esa calma que parecía no abandonar su rostro.
—No estoy ocupado en absoluto. A mí me parece una excelente idea —respondió, como si fuera lo más natural del mundo.
Mientras caminábamos, sentí una mezcla de vergüenza por el desastre de la mañana y alivio al saber que, a pesar de todo, fluía con naturalidad.
Giorg, en su silencio, parecía haber visto muchas situaciones desastrosas en su vida, y no me veía como una versión torpe de mí misma, sino simplemente como alguien a quien ayudar en ese pequeño momento.
Cuando llegamos al café, él se adelantó para abrir la puerta y dejarme pasar. Me sentí algo tonta, y agradecida. Dentro, el ambiente cálido y acogedor me hizo olvidarme del frío. Giorg me sonrió mientras nos sentábamos.
Nos sentamos en una mesa junto a la ventana, que dejaba entrar una luz cálida.
Giorg pidió el té mientras yo trataba de mantenerme tranquila, pero todo dentro de mí temblaba, mi cuerpo no podía seguir el ritmo de la conversación que fluía tan natural entre nosotros.
Mi mente estaba a mil por hora, intentando procesar el hecho de que él estaba allí, y yo me sentía… como si no encajara del todo.
Mientras esperaba, me di cuenta de que mis manos seguían temblando, y no solo un poco.
¡Mi cabello temblaba!, pensé, sintiéndome casi avergonzada de lo evidente que era.
En mi cabeza, me reía de mí misma, consciente de lo joven que debía parecer a sus ojos, con mis inseguridades. ¿Qué hago aquí?, pensaba.
Giorg tenía esa serenidad, esa calma que hacía que todo pareciera fácil. Yo, en cambio, me sentía como si estuviera caminando sobre una cuerda floja, temiendo que en cualquier momento me iba a caer.
—¿Te pasa algo? —me preguntó, como si hubiera notado mi incomodidad, o tal vez solo por la forma en que me estaba mordiendo el labio.
Me quedé en silencio un momento, mirando la taza. Me di cuenta de lo absurda que debía parecer, no solo por el desastre de la mañana, sino por cómo los nervios me habían hecho sentir tan fuera de lugar.
—No, no es nada. Solo… pensaba en lo torpe que soy —dije, sonriendo de manera que probablemente no convenció a nadie, ni a él ni a mí misma.
Giorg me miró por encima de su taza con una expresión que no sabía si era de diversión o de comprensión, y eso me desconcertó aún más.
—¿Torpe? —Alzó una ceja, medio sonriendo—. Yo lo llamaría desastre organizado. No es tan fácil como parece.
Eso me hizo soltar una risa nerviosa, y no pude evitar pensar que, a pesar de todo, Giorg parecía tan… tranquilo. No era el tipo de persona que se dejaba llevar por el desorden o la prisa. Yo, por otro lado, no podía dejar de sentirme un desastre ambulante.
—No estoy tan segura de eso —respondí, sintiendo que mis palabras sonaban aún más torpes de lo que ya me sentía.
Giorg se recostó un poco en su silla, relajado, mientras tomaba un sorbo de su té.
Me sentí un poco más tranquila, como si su presencia no fuera una amenaza, sino una especie de refugio del caos que llevaba conmigo.
Aun así, una pequeña voz en mi cabeza me recordaba lo joven y desconcertada que era frente a él.
Mientras él parecía tan centrado, yo todavía estaba luchando por entender quién era y qué quería hacer con mi vida.
—No es torpeza —dijo—. Todavía no te conozco bien. Pero ya se ve.
Él no parecía juzgarme, pero tampoco sabía cómo manejar la sensación de que, a pesar de la sencillez de sus palabras, me dejaban fuera de lugar. Giorg había vivido más. Probablemente había pasado por cosas que yo ni siquiera entendía, y eso me hacía sentir aún más pequeña.
—Gracias… —dije, sin saber exactamente si debía agradecerle por lo que había dicho, o por simplemente no reírse de mí. La verdad es que no sabía si estaba en lo cierto al estar allí con él, pero en ese momento, sentí que no importaba tanto.
Giorg me miró de nuevo, y esa mirada suave, pero curiosa, me hizo sentir un poco más conectada, aunque no dejara de sentir la diferencia entre nosotros.
Al final, no se trataba de las palabras que decía, sino de la calma con la que las decía, y cómo eso hacía que mi propio torbellino interior se calmara, aunque solo fuera por un momento.
Eso me hizo pensar. Quizás estaba bien ser un «desastre» a veces.
Después de un rato más en el café, la tarde comenzaba a enfriarse, y yo me sentía más tranquila, pero no del todo. La conversación con Giorg había sido fácil, natural, y eso me había sorprendido un poco. Sus palabras me habían hecho sentir menos tensa, con él, no tenía que hacerlo todo perfecto.
Cuando salimos del café, me di cuenta de que las bolsas que llevaba pesaban más de lo que pensaba.
¿Por qué siempre pasa esto? pensé, mirando cómo las asas se estiraban un poco, como si fueran a romperse en cualquier momento.
Al principio traté de disimular, pero pronto me di cuenta de que, cada paso que daba, las bolsas se volvían más y más pesadas.
De repente, Giorg se adelantó y, sin decir nada, se ofreció a ayudarme.
—Déjame, yo te ayudo con esto —dijo con esa calma que siempre lo acompañaba, y en un instante, tomó una de las bolsas más pesadas.
Lo miré, sorprendida. No me esperaba eso, aunque no sabía por qué.
Era solo una simple ayuda, pero de alguna forma, el gesto me hizo sentir…
bien. No le había pedido nada, y aun así lo hizo, sin darle importancia.
No entendía por qué, pero me sentí un poco tonta al darme cuenta de lo agradecida que estaba por algo tan sencillo.
—Gracias, Giorg —dije sonrojada, mientras le entregaba una de las otras bolsas que aún me quedaban.
Él sonrió y, sin prisa, comenzó a caminar a mi lado, llevando la bolsa con una calma casi exagerada.
Me sentí ridícula… y más tranquila. Estaba claro que Giorg no era del tipo que corría de un lado a otro, ni hacía todo con esa urgencia que siempre me agobiaba.
Él simplemente estaba… allí. Y eso, por alguna razón, me hacía sentir menos presionada.
En un momento el viento se levantó, y yo me encogí, tratando de protegerme del frío.
Tal vez fue por el movimiento brusco, o por lo que sea, pero no pude evitar que la bolsa que yo llevaba se me descolocara y antes de que pudiera recomponerme, él ya estaba allí.
No dijo nada. Solo ajustó el abrigo sobre mis hombros con un gesto limpio, casi automático, como si llevara toda la vida haciéndolo.
Sus dedos rozaron mi cuello apenas un segundo.
No fue una caricia. Tampoco fue indiferente.
Cuando retiró la mano, el frío ya no era lo que me inquietaba. Me quedé un instante quieta, sintiendo el lugar exacto donde me había tocado.
Y no supe qué hacer con eso.
Cuando llegamos cerca de mi casa, me detuve frente a la puerta, mirando la bolsa que todavía tenía en mis manos.
Me quedé unos segundos allí, sin saber si había que decir algo más o simplemente despedirnos. Pero su manera de cuidar sin decir mucho me hizo sentir cómoda y eso me sorprendió, porque normalmente me costaba estar tan relajada con alguien.
—Gracias, Giorg —dije, sonriendo sinceramente. No era solo por la ayuda, sino por lo fácil que había sido estar con él.
Él asintió suavemente, y antes de irse, me dijo, con esa calma que tanto lo caracterizaba:
—De nada. Y si alguna vez necesitas ayuda con más compras… ya sabes dónde encontrarme.
Sonrió de una manera ligera, sin presionar, pero con una expresión que me hizo pensar que en realidad sí le importaba.
Lo vi alejarse mientras entraba al edificio, y una pequeña sonrisa se dibujó en mi rostro. No era una sonrisa abierta ni evidente. Era más bien como un secreto que aún no me había contado, pero que ya estaba ahí, dentro.
Subí las escaleras despacio, con las bolsas colgando de mis manos, preguntándome por qué pesaban menos que antes. Las bolsas pesaban menos. O eso creí.
Abrí la puerta de casa y entré casi sin ser consciente de mis propios movimientos.
Dejé las bolsas sobre la mesa y me quité el abrigo con calma.
Al colgarlo, mis dedos se detuvieron un instante en el cuello, justo donde los suyos habían rozado mi piel al acomodarlo contra el viento.
No había sido un gesto íntimo. Ni siquiera especialmente cercano.
Y, sin embargo, ese contacto mínimo seguía latiendo bajo la superficie.
Caminé hasta la ventana y miré hacia la calle sin ver realmente nada. Lo que había ocurrido era sencillo, un encuentro casual, un paseo breve, una taza de té compartida sin promesas ni palabras indebidas. Y, aun así, me temblaba el pecho.
Intenté convencerme de que todo era una exageración. Me dije que solo era cortesía. Lo repetí varias veces. Pero cuanto más trataba de ordenarlo, más claro veía que el problema no era la cabeza.
Era algo más profundo. Más silencioso.
Me apoyé contra el cristal frío y cerré los ojos un momento, dejando que la sensación me atravesara sin intentar definirla. No sabía si aquello era real o me lo estaba inventando. Desde esa tarde, nada quedó en su sitio.