Orden y fuego Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Era como si el resto del mundo hubiera desaparecido y solo quedara él. Estaba totalmente centrada en sus gestos y en lo que decía, como hipnotizada. Pero aun así, una parte de mí me avisaba: ¿No estarás exagerando?

Al llegar a la esquina, justo antes de separarnos, me di cuenta de que el corazón me latía con fuerza, como si aún estuviéramos bailando.

Esa conexión rara que se había formado entre nosotros seguía ahí, a pesar del silencio.

Caminamos unos metros más. Nadie dijo nada.

Y, aun así, algo había cambiado de sitio.

Giorg dio un paso más, deteniéndose por un instante. Volvió su mirada hacia mí. Como si lo que había dicho no tuviera vuelta atrás. Sin decir nada, su mirada lo dijo todo.

—Hay personas que alteran el orden de las cosas. —Lo dijo mirando hacia otro lado. Sin terminar la idea.

Su mirada bajó apenas un segundo. No sé si fue a mi boca… o si me lo inventé.

—Y no todos están preparados para eso.

Mi mente tardó unos segundos en entender sus palabras. Había visto en mí eso que mi padre llevaba tanto tiempo diciéndome.

—¿Te parece… curioso? —pregunté, un poco desconcertada, mi voz más baja, como si ahora fuera yo la que tratara de entender su punto de vista.

Giorg hizo una pausa, como si pensase que iba a decir, y luego sonrió levemente, sin mostrar una alegría evidente, solo una sonrisa contenida, casi misteriosa.

—No me malinterpretes. Es solo que… —dijo, mirándome intensamente—. He conocido a pocos con esa determinación. En ti es… distinto.

La forma en que lo dijo, tan directa y profunda, me hizo sentir un nudo en el estómago. ¿De verdad me había observado tan detenidamente? Sentí que sus palabras tenían más de lo que estaba dispuesto a mostrar.

Giorg no añadió nada. Se despidió con una inclinación de cabeza. La misma seriedad de siempre… solo que esta vez se demoró un instante en mirarme.

—Nos vemos, Anna —dijo, antes de dar media vuelta y alejarse, como si la conversación ya hubiera terminado.

Yo me quedé allí, de pie, mirando cómo se perdía en la distancia, pero con un montón de preguntas sin respuesta flotando en mi mente.

¿Nos veríamos otra vez? No sabía si aquello significaba algo o nada en absoluto. Y, sin embargo, me fui a casa pensando que no sería la última vez.

Mi mente estaba hecha un torbellino, y antes de que pudiera darme cuenta, ya se había ido.

Lo vi alejarse por la calle oscura sin mirar atrás ni una sola vez.

Me quedé allí plantada, sin entender muy bien qué había pasado, pero con la sensación de que algo acababa de empezar aunque ninguno de los dos hubiera dicho nada.

Al día siguiente, no pude evitar contárselo a María. Estaba tan emocionada que apenas podía encontrar las palabras. No sabía por dónde empezar, pero, como siempre, María fue mi confidente, la que entendía mi caos mejor que nadie.

—¡María, tienes que escuchar esto! —dije casi sin aliento, buscando su mirada en cuanto entró al café donde siempre nos encontrábamos.

Ella me miró, curiosa, y eso fue todo lo que necesité para soltarlo todo de golpe.

—¿Qué pasó? —preguntó, alzando una ceja, sabiendo perfectamente que algo grande había ocurrido solo por la forma en que mi voz temblaba.

—¡Lo vi! ¡Lo vi! Estaba ahí, justo frente a mí, y algo…

algo pasó, no sé cómo explicarlo. Fue como si todo se hubiera detenido, y su mirada…

¡su mirada, María! Estaba tan cerca, pero a la vez tan lejos.

Y no sé si lo soñé, pero sentí que algo, algo cambió entre nosotros, aunque no dijimos ni una palabra.

Fue… fue raro, pero a la vez, siento que algo empezó.

María me miraba sin decir nada. Dejándome hablar. Yo no encontraba el hilo, pero las palabras salían solas. Yo, por mi parte, no lograba encontrar un sentido claro, pero la emoción me desbordaba.

—¿Y qué pasó después? —preguntó, como si no pudiera esperar a que terminara.

—Hablamos —seguí, sin aliento—. Bueno, hablamos un rato. Caminamos juntos. Dijo cosas raras. Dijo que hay personas que alteran el orden de las cosas. Así, sin más. Mirando hacia otro lado.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Nada. No supe qué decir. Me quedé callada como una idiota. Y luego… ¡se fue! ¡Se fue sin mirar atrás, sin decir nada más! Y yo me quedé allí, como una idiota, mirando la calle vacía, preguntándome si todo lo que sentí en su mirada fue real, o si simplemente me lo inventé en mi cabeza.

María se quedó en silencio un momento, observándome con una mezcla de diversión y ternura. Al final, soltó una risa suave.

—Ay, Anna, qué te digo… Creo que ya estás metida hasta el cuello en algo.

Yo la miré, sorprendida y aún sin saber si reír o seguir angustiada.

—¡No! ¡Es en serio, María! No fue solo una mirada. Algo cambió, lo sé.

María me sonrió, pero en sus ojos había una chispa de diversión.

—Veremos, veremos. Solo ten cuidado. Ya te conozco. Pero definitivamente, esto va a estar interesante.

Me miró de arriba abajo, como si me estuviera midiendo el pulso. Y se rio, bajito.

—¿Ves? ¡Te lo dije! Esto es lo que pasa cuando te dejas llevar por esa «mirada misteriosa». Pero tranquila, que no te voy a juzgar… aún.

Yo no pude evitar reír, aunque la confusión seguía nublando mi mente.

—No es eso, María. Es que… fue tan extraño. Como si todo lo que pensaba que sabía sobre lo que quería, ya no tuviera sentido. Como si me hubiera descolocado por completo.

Ella dejó la taza de café, cruzando los brazos sobre la mesa mientras me observaba.

—A veces la vida es eso, un lío que no pediste.

El problema, Anna, es que te metes y luego miras atrás y no ves la puerta.

Y lo digo sin juzgarte porque me pasa igual.

Pero… ¿sabes qué? Eso también tiene su gracia.

Y quién sabe. A lo mejor ya sabías lo que buscabas. Solo que no querías admitirlo todavía.

Me quedé en silencio, mirando mi café sin saber qué decir. Sus palabras me hacían sentir menos sola en esta confusión, pero a la vez, más perdida que nunca.

—No te dejes llevar por las ilusiones. No quiero verte atrapada en algo que ni siquiera entiendas. Pero, si lo que tienes con él es real, si es más que una mirada, vas a saber qué hacer. Solo escúchate a ti misma. Y si no, pues, ya sabes, siempre estoy aquí para sacarte del lío.

Miré a María, agradecida, y sonreí, aunque aún no estuviera segura de qué estaba pasando en mi vida.

—Gracias, María. No sé qué haría sin ti.

Ella me dio un codazo juguetón, con esa expresión cómplice que solo ella sabía dar.

—Eso es lo que hacen las amigas, ¿no? Ahora, respira hondo y relájate. Lo que sea que pase, lo resolveremos después. Pero por ahora, disfruta de la confusión. Créeme, es lo más emocionante que te puede pasar.

Y con esas palabras, la conversación terminó, dejando en el aire una mezcla de inquietud y curiosidad que se quedó conmigo mientras salíamos del café.

El día estaba nublado, y a pesar de que no había llovido, el aire fresco del otoño hacía que las bolsas de la compra se sintieran más pesadas de lo normal.

Mientras caminaba por la acera, con varias bolsas de tela llenas de frutas y verduras, algo se me escapó de las manos, y antes de darme cuenta, las bolsas se volcaron al suelo, derramando todo el contenido, manzanas, zanahorias, tomates, y, para colmo, una botella de leche que comenzó a rodar hacia la calle.

—¡Ay no! —murmuré, agachándome rápidamente para recoger todo.

Pero no había manera de que pudiera hacerlo rápido.

Las manzanas rodaban por todas partes, las zanahorias se deslizaban de nuevo bajo las ruedas de un coche estacionado.

Mi intento de mantener el control de la situación parecía una misión imposible.

—¿Todo bien?

Reconocí la voz antes de levantar la vista.

En ese momento, me congelé. Al principio, no lo reconocí del todo. Estaba tan distraída con el desastre frente a mí que no lo vi venir. Pero cuando levanté la mirada, mi cerebro tardó unos segundos en procesarlo. Giorg. Él.

No pude evitar quedarme allí, como una tonta, embobada por un momento, con las manos llenas de zanahorias y manzanas caídas.

Por un segundo, todo lo que vi fue él, con su expresión tranquila y algo divertida, ayudándome a recoger lo que se había caído.

Su presencia era tan inesperada que me sentí casi fuera de lugar.

—¿Todo bien? —repitió, ahora con una sonrisa más amplia, como si notara mi sorpresa.

—S-sí, claro —respondí, tratando de recomponerme, pero probablemente demasiado tarde. Mi voz sonó algo atropellada. ¿Cómo era posible que me quedara allí, observando como una idiota?

Me agaché rápidamente para recoger una zanahoria, con la intención de disimular mi torpeza, y, por fin, logré articular algo coherente.

—Solo un pequeño incidente, nada que no se pueda arreglar… —dije, con una risa nerviosa, mientras intentaba poner todo de nuevo en las bolsas, pero la leche seguía rodando por la acera.

Él se agachó con calma, ayudándome a recoger una manzana que rodaba hacia la acera.

—Sujeta bien eso —dijo—. Estás a un paso de perderlo todo. Había algo en su voz que no era del todo serio.

—Lo sé —respondí entre risas nerviosas, mirando todo el desastre. Mi intento de reorganizar las bolsas no mejoraba la situación en absoluto.

Giorg, con toda la paciencia del mundo, continuó ayudándome, levantando los tomates y las bolsas de pan, que se habían desbordado. Al final, cuando todo estuvo recogido, me miró con una sonrisa cómplice.

—Ya está todo en su lugar —dijo, poniéndome la última manzana en la mano.

Me sentí un poco tonta por lo sucedido, pero al mismo tiempo, había algo en su actitud tranquila, que me hizo sentir que no tenía por qué estar tan incómoda.

—Gracias, Giorg. No sé qué habría hecho sin ti —respondí, sonriendo tímidamente mientras me agachaba para recoger una bolsa más.

—No hay de qué —contestó él, dándose un paso atrás, pero no con la intención de irse—. Después de todo este desastre… ¿te apetece un té?

Lo miré, sorprendida por su propuesta, pero también algo nerviosa, sin saber si mi torpeza lo habría hecho sentir incómodo.