Capítulo 9 #2
Lo sentí real, cercano, que por un momento me olvidé de la distancia que nos separaba. ¿Sería realmente tan inaccesible? O, tal vez, en esa danza perfecta, podríamos encontrar algún tipo de conexión, aunque fuera en silencio.
Me quedé allí, tumbada, con el corazón acelerado, sin saber bien qué pensar. Solo era un desconocido. Un hombre de paso.
Finalmente, me quedé dormida, pero mi mente siguió bailando con él en algún rincón lejano de mi cabeza, sin poder escapar de lo que podría ser… o de lo que no.
A la mañana siguiente me acerqué a la consulta.
Abrí la puerta de golpe y entré como un torbellino.
Mi padre siempre decía que mi llegada era como una bala perdida, sin aviso previo y sin ningún cuidado por las reglas que dominaban su consulta.
No llamé. Nunca lo hacía. Ya conocía el lugar, y la mayoría de las veces él prefería que lo interrumpiera de vez en cuando, aunque hoy sentí algo raro.
Al entrar, me quedé parada. Un segundo. Dos. Giorg von Hohenfeld.
En el consultorio de mi padre. Claro. Mi padre era médico. Y él necesitaba médicos. No era tan extraño. Era la explicación más lógica del mundo y no me sirvió de absolutamente nada.
Me quedé en el umbral, sin palabras, con la boca ligeramente abierta, como si no pudiera creer que el destino nos hubiera reunido aquí.
Antes de que pudiera reaccionar, mi padre levantó la vista de su escritorio y, al verme, sonrió con esa calma que siempre lo caracterizaba, como si nada hubiera pasado.
—Ah, Anna —dijo mi padre, en tono desenfadado—. Te presento a Giorg von Hohenfeld.
—Giorg, ésta es mi hija, la loca de la casa. Llega sin avisar y siempre hace lo que quiere.
Me sentí expuesta. Y, para mi desgracia, mi padre tenía razón a medias. ¡Claro que estoy soy loca! O al menos no tanto. Pero era cierto que mi energía siempre lograba desbordar cualquier lugar. ¡Qué vergüenza!, era mi estilo, y no podía evitarlo.
Giorg me miró, su expresión serena, casi como ya hubiera tomado nota de mí sin que tuviera que abrir la boca. Pero su mirada, aunque fija y tranquila, me sorprendió al perderse un instante en mis ojos, como si no estuviera del todo seguro de qué esperar de mí.
—Encantado de conocerte, señorita —dijo con un tono que, si bien era educado, también tenía una curiosidad contenida. La forma en que me observó me hizo sentir que, por un segundo, había analizado mis reacciones sin que yo pudiera esconderme.
Mi padre, sin perder el ritmo, agregó con una sonrisa de complicidad:
—No te preocupes, Giorg. Ella es como un ciclón. Pero no hace mal, solo arrastra todo a su paso.
Giorg asintió ligeramente, pero sus ojos no dejaron de mirarme con una expresión pensativa. Yo me sentí completamente fuera de lugar, había notado mi torpeza. Tragué saliva, sonriendo débilmente.
—Un placer —dije, intentando mantenerme firme, aunque mi voz sonó más nerviosa de lo que hubiera querido.
Mis mejillas se encendieron al instante, sintiendo que mi padre había revelado mi lado más desordenado ante Giorg. Intenté disimular mi incomodidad, pero él ya lo había dicho, y no había mucho que pudiera hacer al respecto.
—Creo que te vi en la recepción del Concierto de Gala de la Sociedad de Arte de Viena —dijo Giorg, casi como una afirmación más que una pregunta. «El hombre tan serio», pensé para mis adentros. Fue entonces cuando me pillé a mí misma sorprendida, completamente fuera de lugar.
—¡¿Eras tú ese hombre tan serio?! —pregunté, sin poder evitarlo.
Me di cuenta de lo que acababa de decir aproximadamente medio segundo después de decirlo. Demasiado tarde. Siempre demasiado tarde. ¡Menuda forma de empezar!
Giorg me miró con una ligera sonrisa, como si lo hubiera anticipado. No se movió, algo en su mirada parecía divertido, sin perder la seriedad.
—Sí, parece que sí —dijo, con esa calma suya—. Estuve allí. No soy muy de las recepciones, pero el evento era interesante.
Mi mente iba rápido, pero las palabras no me seguían.
—Sí, sí, yo estaba —me oí decir, fatal—. Pero… no sé, me puse a fijarme en la sala. En la gente. En todo lo demás. Demasiada seriedad.
(Y en mi cabeza: cállate, por Dios).
Giorg se quedó en silencio un segundo, evaluándome con esa mirada profunda, antes de soltar una pequeña sonrisa leve.
—Claro que sí —dijo, despacio—. Estaba lleno de señores muy importantes… y aburridos.
La ironía era mínima, solo para hacerme sonreír.
—No pasa nada, Anna. Lo has hecho bien. Has saludado, has aguantado el rato… y ya está.
Hizo una pausa, casi paternal.
Me sentí roja por completo. Sabía que lo que acababa de decir no tenía ningún sentido. La situación era incómoda, y sentí que había visto más de lo que debía. Y eso, por alguna razón, no me disgustó.
Mi padre parecía disfrutar del momento, sonriendo con una ligera burla, pero sin decir nada más.
Finalmente, se acercó a Giorg para seguir con lo suyo, dejándome allí, parada, con el corazón acelerado y con la sensación de que me había equivocado por completo en mi intento de iniciar una conversación.
Giorg se despidió de mi padre con un gesto tranquilo, pero no sin antes mirarme una última vez, confirmando que, efectivamente, la mujer tan curiosa de la fiesta era yo.
Cuando la conversación con mi padre terminó, intenté no parecer demasiado nerviosa mientras me levantaba para irme.
Giorg no dijo nada más después de esa pequeña sonrisa que me hizo sentir tan extraña.
El ambiente en la consulta ya no era tan denso, pero Giorg en el aire.
Me sentía como si algo hubiera quedado sin decir.
Como si nos hubiéramos quedado en un punto muerto.
Me despedí de mi padre con un simple:
—Nos vemos luego, papá —y me dirigí hacia la puerta. Pero al abrirla, lo vi otra vez. Giorg estaba de pie, a medio camino entre la puerta y el pasillo, como si estuviera a punto de irse. Era ahora o nunca.
En un impulso, decidí que no iba a dejar que la situación se quedara ahí. No iba a irme sin decir algo. Me salió una sonrisa prestada, como un abrigo demasiado grande. Que no era mío y se notaba. No era valentía, era pánico intentando parecer educación.
Aun así, di un paso. Porque si no lo daba, me iba a arrepentir toda la vida.
—Bueno, parece que nos volvemos a encontrar, ¿eh? —dije, sin mirar atrás, pero con una leve sonrisa en los labios. No sabía si él me había notado como yo a él, pero era el momento para hacer como si nada.
Giorg me miró un instante, sereno como siempre. Su cara apenas cambió. Pero esta vez no apartó los ojos enseguida. algo más en su mirada ahora.
—Parece que sí, señorita Bauer —dijo, con una ligera sonrisa contenida. No era una sonrisa abierta, pero sus ojos brillaron un poco más, como si aquello le hiciera gracia.
Decidí no darme por vencida. Sin pensarlo demasiado, eché a andar hacia la salida, como si lo invitara a seguirme. El corazón me latía con fuerza. ¿De verdad me atrevía a esto?
—Supongo que es una coincidencia, ¿no? —comenté, mirando hacia adelante mientras me acercaba a la puerta. Intentaba parecer totalmente natural, pero su presencia me dejaba sin aliento. Mi respiración se hizo más profunda mientras continuaba caminando junto a él.
Caminaba a mi lado, a una distancia prudente, pero no demasiado distante. Lo sentía cerca, pero al mismo tiempo, él se mantenía reservado, como siempre. Su mirada parecía pensativa, como si observara cada paso…
—¿Le importa si le acompaño un poco? —le pregunté de forma un poco atrevida, sin mirarlo directamente. La pregunta me salió casi por instinto, como si de alguna manera quisiera ver qué pasaba si continuaba con la conversación.
Giorg me miró un momento antes de responder, y esa mirada intensa que me dedicó me hizo sentir algo incómoda.
Pero a la vez, algo en su calma me transmitía una sensación rara de seguridad.
—Claro que no —respondió, casi como si lo hubiera esperado pero sin mostrarse demasiado interesado o emocionado por la idea.
Su tono era tranquilo, y me dejó la sensación de que pasaba algo entre nosotros. No sabía qué.
Caminamos en silencio durante unos pasos, el sonido de nuestros pasos acompañando el vacío de la conversación. No sabía de qué hablar, no sabía cómo seguir, pero el simple hecho de caminar juntos ya bastaba para que mi corazón latiera más rápido.
Finalmente, Giorg rompió el silencio.
—Vienes mucho por aquí —dijo, sin girar la cabeza.
Su voz no era alta, pero tenía algo que obligaba a escucharla. Estaba acostumbrado a que lo hicieran.
—Lo suficiente —respondí.
Sentí su mirada un instante. No bajó a mis manos. No se detuvo en mi boca. Se sostuvo en mis ojos. Y eso fue peor.
—Sí… Mi padre siempre tiene cosas por hacer —respondí.
Y ya no me sentía tan nerviosa. Caminábamos juntos sin forzar la conversación. Como si este fuera un paso más en una conexión no tan directa, pero que de alguna forma comenzaba a crecer.
Giorg me lanzó una mirada rápida antes de hablar de nuevo.
—¿Siempre entras así en todos sitios? —lo dijo con un tono que quería ser ligero y no le salía del todo.
—Es la consulta de mi padre.
Él negó apenas con la cabeza.
—No hablaba de la puerta.
Sostuvo mi mirada un segundo de más. Luego volvió a esa serenidad suya, como si no hubiera pasado nada.
¿Qué quería decir con eso? Me quedé pensando, y cuando lo miré, me di cuenta de que la tensión que había entre nosotros era más delicada de lo que creía.
Sentí que el calor me subía por el cuello.
—No entiendo.
—No importa —respondió con calma—. Es solo una observación.
Caminamos juntos unos pasos más, el silencio flotando entre nosotros.
A medida que la conversación continuaba, me di cuenta de que algo extraño ocurría.
Mi mente seguía dando vueltas a lo que había dicho Giorg.
«Un torbellino», así me había descrito mi propio padre, y ahora Giorg, un hombre que casi no conocía había confirmado que me veía igual.