Orden y fuego Capítulo 9
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Capítulo 9

Si en estas páginas me repito, si le doy vueltas a lo mismo hasta marearme y marearles, tenedme un poco de paciencia: yo aún era una adolescente.

Creía que entender lo que me pasaba era la única forma de controlarlo.

Que si lo pensaba suficientes veces, algo encajaría.

No encajaba. Pero entonces todavía no lo sabía.

Era otra de esas noches de sociedad en Viena.

Candelabros, risas medidas, gente que sonreía sin ganas.

La cena se celebraba en un palacete de la ciudad, un salón elegante, con paredes adornadas de cuadros renacentistas y cortinas de terciopelo que reflejaban las luces de los candelabros.

Como siempre, mi madre estaba encantada de estar allí, participando en charlas sobre la última ópera en el Staatsoper, música clásica, o sobre lo que fuera de interés para los círculos sociales de Viena.

Yo, en cambio, me encontraba allí más por obligación que por gusto, como parte del decorado.

Las conversaciones corrían, pero no decían nada.

Nadie decía nada de importancia. Todo estaba cuidadosamente dosificado para no molestar ni ofender a nadie.

Todo encajaba. Mi mente, aburrida de los modales y las sonrisas medidas, se desvió hacia un rincón apartado de la sala, donde noté a un hombre que no estaba involucrado en las risas ni en las charlas triviales.

Iba yo mirando no sé qué, distraída, como siempre, cuando de repente algo me atrapó. Como si alguien me tirara de la manga, mi mirada se detuvo de golpe.

Y allí estaba él, en el centro de la sala, rodeado de gente, pero como si estuviera aparte. En el primer instante, no lo reconocí del todo, pero algo en mi pecho se aceleró. Fue un instante extraño.

Tardé un segundo en reconocerlo. Cuando lo hice, sentí ese pequeño tirón en el pecho que ya empezaba a resultarme familiar.

El del café. El del hospital. El hombre que, en esa tarde llena de voces, se movía como si el ruido no fuera con él.

Tan serio. Tan quieto por dentro. Y yo, sin saber por qué, no podía dejar de mirarlo.

Ahora, aquí, en este salón, me di cuenta de que llevaba días pensando en él sin saberlo.

Mi corazón empezó a latir más rápido, más fuerte, mientras mi mente daba vueltas intentando ordenar las piezas.

Estaba ahí, frente a mí, pero no era como si de repente todo cobrara sentido.

Giorg von Hohenfeld. Lo había visto de lejos.

De cerca era otra cosa. La misma seriedad, la misma distancia que había observado a lo lejos se mantenía inmutable.

No había sonrisa, ni gesto de cortesía. Solo su mismo aire, el de alguien que no se dejaba envolver por el bullicio a su alrededor.

Mi respiración se volvió más pesada de lo normal.

No sabía si acercarme o seguir en mi rincón.

En ese momento, me di cuenta de algo, el hombre que había estado en mi mente todo el tiempo, en ese café, en el hospital, no era simplemente un desconocido, era él.

Algo en su actitud me decía que no era como los demás.

Me quedé allí, viendo cómo se mantenía al margen de todo, totalmente ajeno al jaleo de su alrededor.

Me sentí una niña, perdida entre las ganas de acercarme y el no saber qué hacer.

Pero allí estaba, no podía evitarlo. Mi mente lo repetía una y otra vez, era él, y el reconocimiento me sacudió, aunque intenté no darle importancia.

¿Por qué no participaba en las conversaciones? ¿Qué hacía tan aparte a ese hombre? Era una distancia que me desconcertaba.

Pasaban los minutos y mis ojos se me iban detrás de él, pero él ni me veía. Estaba allí, distante.

Entonces, sin querer, nuestra mirada se cruzó de nuevo. Fue fugaz, un par de segundos. Su mirada se detuvo en mí un segundo de más, y eso me inquietó. Mi corazón dio un salto. ¿Me invitaba a acercarme… o era yo haciéndome una película?

La conversación en la sala siguió su curso, las voces me llegaron como ecos, como si el salón se hubiera apartado solo por esos instantes en los que mi mente solo se ocupaba de Giorg.

Me sentí tonta por estar tan absorbida por alguien que ni siquiera se había acercado a mí. Pero no podía evitarlo. Había algo en él que me hacía perder la concentración, algo que me hacía querer saber más.

Los minutos me parecían horas, y mientras la gente conversaba, yo seguía allí, pensando en él. Sin saber qué hacer. ¿Debía acercarme? ¿O debería quedarme aquí, callada?

Después de un rato en la fiesta, me sentía completamente fuera de lugar. La sala estaba llena de risas, de conversaciones y sonrisas forzadas. La música sonaba, pero mi cabeza estaba en otro sitio.

No pude aguantar más. Me levanté de mi rincón y busqué a mi madre, como si eso pudiera darme claridad. La vi en medio de una conversación con un par de personas, pero se detuvo en cuanto me vio acercarme. Bien. Al menos ella estaba libre.

Me acerqué a ella rápidamente.

—Mamá, te quiero contar algo —dije.

Ella me miró con curiosidad, levantando una ceja, acostumbrada a mis repentes de curiosidad y emoción.

—¿Qué ocurre? —preguntó mi madre al verme así.

Me incliné un poco hacia ella.

—Está aquí.

No hizo falta más.

Siguió mi mirada con discreción y asintió apenas.

—Sí. Ya lo he visto.

Ese «ya» me hizo sentir expuesta. Parecía que ella llevaba más rato mirando que yo.

—No es como los demás —murmuré—. No habla como ellos. Ni… se mueve igual.

—No —respondió con calma—. No lo hace.

Se tomó un segundo antes de añadir:

—Hohenfeld no necesita hablar demasiado.

Me quedé callada.

—Es atractivo —continuó, casi como si comentara el vino—. Y sabe estar. Eso siempre despierta interés.

—No estaba mirándolo —dije demasiado rápido.

Sonrió sin mirarme.

—Claro.

Luego bajó la voz, apenas un matiz.

—Está casado, Anna.

No fue un reproche. Fue un dato.

Sentí el peso exacto de esa palabra.

—Lo sé.

—Bien.

Sus dedos se apoyaron un instante en mi muñeca.

—Hay hombres que llenan una sala con ruido. Y otros que la sostienen en silencio. Los segundos suelen ser más difíciles de olvidar.

No añadió nada más.

—¿Y qué hago? —pregunté.

—Nada —respondió con suavidad—. Si tiene intención de acercarse, lo hará. Y si no… no te conviene que lo empujes.

Me acomodó un mechón detrás de la oreja con esa mano fría.

—Ahora sonríe. Que nadie note lo que aún no ha ocurrido.

Y regresó a la conversación como si nada, dejándome sola con el murmullo del salón… y con él, al fondo, tan inmóvil que parecía fuera del tiempo.

Me reí, aunque aún sentía una pequeña duda dentro de mí.

¿Y si solo me estaba obsesionando con él porque me parecía un misterio?

Era cierto, Giorg no era un hombre con el que pudiera acercarme fácilmente, pero había algo en él que me desafiaba.

Y no podía evitar sentirme atraída por esa distancia, como si él fuera un enigma que quería resolver.

Me di cuenta demasiado tarde de que él también se acercaba a la misma bandeja.

¡Oh! Me aparté un poco, sorprendiéndome al ver cómo sus brazos se extendían casi al mismo tiempo que los míos hacia la copa.

No lo había visto acercarse, pero ahí estaba, tan cercano que pude sentir un leve movimiento en el aire.

Un roce invisible, pero tan evidente en mi corazón que lo sentí de inmediato.

«Disculpe», dijo, en un tono bajo, sin mirar realmente hacia mí, en modo automático. Nada fuera de lo común. Pero, aun así, su voz me hizo temblar ligeramente.

Lo miré de reojo, sin saber qué hacer. Su palabra, tan simple, me dejó atrapada en el momento.

Giorg no se detuvo a hacer más que una pequeña inclinación de cabeza, como si nada fuera relevante.

Él continuó, simplemente tomando la copa, y siguió su camino, tan sereno y lejano, mientras yo me quedaba allí, con la copa en la mano, incapaz de moverme.

No fue nada. Solo un «disculpe» dicho en voz baja. Y, sin embargo, me quedé con la copa en la mano como si hubiera ocurrido algo más. Me quedé allí, simplemente mirándolo, completamente perdida.

La fiesta llegó a su fin como llegan siempre estas cosas, despedidas educadas, frases sobre el clima, promesas de próximos encuentros. El bullicio fue decayendo, la gente empezó a irse, y yo me vi frente a la puerta con el abrigo en la mano y ninguna prisa real por ponérmelo.

Había sido una noche larga, llena de conversaciones vacías. Empezaba ya a sonar a obsesión. No era un pensamiento, era una molestia. Como una piedra en el zapato. Pequeña, insistente. Imposible de ignorar.

Al llegar a casa, el silencio de la noche me envolvió como una manta, y lo único que pude escuchar fue el sonido de mis propios pasos.

Me dirigí a mi habitación despacio, sin encender todas las luces, y me senté en el borde de la cama sin quitarme del todo el abrigo. Seguía ahí. Claro que seguía ahí.

Su rostro tranquilo. La fracción de segundo en que nuestras miradas se cruzaron y él dijo «disculpe» con esa voz baja, casi sin esfuerzo, como si pedir perdón fuera algo que hacía con la misma precisión con que hacía todo lo demás.

Un segundo. El mundo no se detuvo. Pero algo en mí sí dio un traspiés.

Me deslicé bajo las sábanas, buscando algo de consuelo en la cama, pero todo lo que podía ver con los ojos cerrados era él. Giorg estaba allí.

Suspiré hondo. Ahora me hace gracia, empecé a imaginar, como si imaginar sirviera de algo.

Al fin y al cabo, era una adolescente soñadora.

¿Cómo sería bailar con él? Me imaginé a mí misma, en un salón elegante, él tan serio, tan imponente, mirándome sin decir palabra, mientras la música llenaba el aire.

Bailábamos juntos, pero no como cualquier pareja.

No. Mi cuerpo seguía sus movimientos, aunque él no guiara mis pasos de forma directa.

Imaginé sus manos, firmes y seguras, guiándome a través del salón. Solo la intensidad de su mirada, la conexión de un momento de silencio compartido. No hacían falta palabras. Solo el ritmo de la música.