Capítulo 8
Por fuera, todo seguía igual. Íbamos a los cafés, a la Ópera, a los bailes.
Las vitrinas brillaban, los tranvías pasaban puntuales y Strauss sonaba como si nada pudiera torcerse del todo.
Viena caminaba orgullosa, con ese porte de quien todavía se cree capital de un imperio, aunque el imperio ya no existiera.
Pero por dentro algo empezaba a agrietarse.
Se hablaba más bajo. Mi padre dejaba el periódico doblado siempre por la misma página, y cuando yo intentaba leer por encima de su hombro, lo cerraba sin brusquedad, pero sin discusión.
En algunas esquinas aparecían hombres que no parecían estar allí por casualidad.
En los cafés se discutía más, en las mesas familiares, menos.
Y aunque Austria aún no había sido anexada, el nombre de Alemania se colaba en las conversaciones con una frecuencia que incomodaba, como una visita que nadie había invitado pero que tampoco se atrevía a echar.
Para los jóvenes como yo, los ideales de libertad, arte y cultura seguían vivos, claro, pero a la vez, la ciudad nos arrastraba al silencio.
Poco a poco, nos acostumbramos a que el futuro no iba a parecerse en nada a lo que soñamos.
La guerra había saltado de los periódicos a la calle.
Yo la notaba en el silencio de mi padre al cenar, en los uniformes que empezaban a apretarnos el paso y en ese miedo que te hacía bajar la voz hasta en los cafés.
Era como estar sentada en la ópera sabiendo que, en cualquier momento, el escenario iba a salir ardiendo.
En medio de todo esto, a mis veinte años, yo seguía tratando de encontrar mi lugar en el mundo. A pesar de que intentaba disfrutar de mi juventud, empezaba a interesarme por las tensiones que sacudían la ciudad.
María, mi mejor amiga, seguía hablándome de chicos y fiestas, mientras yo intentaba desesperadamente comprender cuál era mi papel en un mundo tan desgarrado y dividido.
Mientras yo vivía eso, Giorg, el hombre que me esperaría en Trieste, ya superaba los treinta años.
Continuaba con su carrera como ingeniero naval, lejos de la vida militar activa.
Sin embargo, su trabajo lo mantenía en contacto con la maquinaria de guerra que se estaba gestando en Europa.
Aunque él se mantenía alejado de la política, la situación de la nueva Europa lo arrastraba irremediablemente hacia decisiones que no podría evitar.
En ese momento, su sentido de deber y su compromiso con el trabajo lo mantenían alejado de los conflictos ideológicos, pero la presión del tiempo comenzaba a notarse, sobre todo después de la anexión de Austria en 1938, un hecho que lo obligaría a tomar decisiones comprometidas en su vida personal y profesional.
Decisiones que un día se convertirían en el destino que nos uniría.
Era una de esas tardes en Viena donde todo parecía ir a su ritmo, casi sin interrupciones.
Todavía puedo verme sentada junto a María en nuestro café favorito, con la mente volando a mil lugares distintos mientras ella hablaba sin parar.
La conversación de siempre sobre chicos, ropa y fiestas me tenía un poco absorta.
—Anna, ¿me estás escuchando? —María dio un golpecito en la mesa.
—Sí, claro. Los Weber. Muchos uniformes, poco champán y tu primo intentando meterme mano detrás de las cortinas. Lo de siempre.
Mentía. No escuchaba. Estaba mirando la puerta. Y entonces, entró él.
El sonido de la puerta del café me hizo levantar la vista.
No esperaba que algo rompiera la monotonía del momento, pero entonces lo vi.
Un hombre entró, caminando con una firmeza tranquila que lo distinguió al instante de todos los demás.
No era un hombre que buscara ser el centro de atención, pero tenía una presencia que no pasaba desapercibida.
Su actitud contenida, casi elegante, y su manera de caminar con la cabeza erguida me hicieron pensar que era alguien que no estaba acostumbrado a perder el control.
No sonreía, no hablaba con nadie. Su postura, tan recta y reservada, me desconcertó.
Por un momento, me quedé mirando, sin poder evitarlo.. No lo había visto antes, estaba segura. Aun así, su contención me hizo mirarlo dos veces. María, siempre tan rápida para captar cualquier detalle, se giró hacia mí con una sonrisa traviesa.
—¿Lo ves? —dijo, señalando al hombre que se había sentado a una mesa del fondo—. Ese tiene un aire de hombre serio, ¿eh?
Yo, todavía sin decir nada, seguí mirándolo discretamente.
La gente en el café continuaba con su charla, pero él se mantenía aparte, casi como si no quisiera ser parte de esa multitud.
Estaba allí como si el mundo no pudiera tocarlo.
Y esa forma de mantenerse firme, tan dueño de sí mismo, me hizo preguntarme cómo sería cuando dejara de estarlo.
—¿Qué pasa? —María ya estaba sonriendo, con esa mirada suya de «te conozco, no me engañas»—. ¡Anna! ¡Vuelve a la tierra! Que te gusta, ¿eh? Ese tan serio. El de la cara de funeral.
Me sentí atrapada, como si no pudiera darle una respuesta clara.
No era el tipo de guapo que provoca murmullos al entrar.
Su atractivo no era inmediato ni llamativo.
Pero era, sin duda, apuesto en un sentido clásico, facciones firmes, proporción tranquila, una elegancia que no necesitaba exhibirse.
Caminaba con una seguridad tranquila, de esas que no necesitan demostrar nada.
Se quitó los guantes despacio: primero uno, luego el otro, con un gesto limpio, casi meticuloso.
Después el abrigo, sin aspavientos, como si todo aquello fuera rutina.
Nada espectacular. Y, sin embargo, no pude dejar de mirarlo.
Pensé que sería una impresión pasajera, una de esas curiosidades que se evaporan en cuanto una se distrae…
pero no se evaporó. Su calma, su mirada, su manera de estar en el mundo…
me retenía de una forma que no sabía explicar.
—No lo sé… —dije, intentando restarle importancia—. No es nada.
Pero mi mente no dejaba de regresar a ese hombre, al extraño magnetismo que parecía emanar de él. No era un chico fácil, no era como los que se acercaban para hacer bromas, no era el típico joven encantador.
Ahora, escribiendo esto, me doy cuenta de lo ingenua que era entonces.
Esa noche, la cena transcurrió como siempre, con mi madre hablando de las novedades en la ciudad y mi padre concentrado en sus cosas, como siempre.
Hans, mi hermano pequeño, se reía de mí y me daba un golpecito en la mejilla, como diciendo, menuda cara de boba llevas.
Quizá me estaba haciendo demasiadas preguntas sobre alguien que ni siquiera conocía.
De repente, mi madre, que se distraía fácilmente con los cotilleos de la ciudad, mencionó algo que hizo que todo se detuviera en mi mente.
—¿Te acuerdas de Lisa von…? —dijo, dirigiéndose a mi padre—.
La esposa de ese chico, ese paciente tuyo…
¿cómo se llamaba? No me acuerdo ahora del apellido, pero la he visto hoy.
Estaba causando un escándalo tremendo en la tienda de antigüedades.
Trataba a la dependienta de una manera espantosa, como si la pobre mujer no valiera nada.
Mi padre levantó la vista, pensó un momento, y luego, como si hablara de cualquier otra cosa, dijo:
—Ah, sí… Hohenfeld. —Mi padre hizo una pausa, y luego añadió con una ligera sonrisa—. El hijo de Hohenfeld. De una familia bastante conocida, pero parece que con la esposa no esté pasando por su mejor momento.
Lo dijo tan casualmente, que me costó procesarlo. ¿Von Hohenfeld? El apellido Hohenfeld retumbó en mi cabeza. ¡Era él! El hombre que había visto esa tarde en el café. Giorg von Hohenfeld.
La confusión se apoderó de mí por un segundo.
¿El mismo hombre que me había dejado con tantas preguntas?
¿Estaba casado con esa mujer tan… difícil?
Mi padre continuó hablando, pero yo ya no podía concentrarme en lo que decía.
Giorg von Hohenfeld. Ahora todo tenía más sentido.
El hombre serio, distante… estaba casado.
Casado. Sentí una incomodidad absurda, como si me hubieran quitado algo que ni siquiera era mío.
Mi madre, ajena a mis pensamientos, siguió comentando sobre la tienda y las noticias de la ciudad, pero yo ya no la escuchaba bien.
Giorg von Hohenfeld. Estaba casado, me repetía continuamente.
Y por lo que decían, no parecía un matrimonio feliz.
No sabía qué pensar, pero la idea no me dejaba indiferente.
Al día siguiente, aún con la cabeza llena de pensamientos sobre Giorg, busqué a María en el café donde siempre nos encontramos después de clase.
La conversación del día anterior me rondaba, y tenía que contarle lo que había descubierto, aunque sabía que probablemente me llamaría pesada.
Necesitaba hablarlo con alguien. Cuando María me vio entrar, levantó la vista y sonrió.
—¿Qué tal? —me dijo mientras dejaba el periódico de lado—. ¿Te ha dejado el chico nuevo sin palabras?
La miré un momento, un poco distraída, antes de responder.
—María, el hombre del café de ayer… está casado —le solté, sin rodeos.
María me miró con curiosidad, sin entender bien a qué me refería.
—¿Ese señor que estaba tan serio, el que estaba en la mesa de al fondo? —dijo, alzando una ceja con una sonrisa burlona.
—Sí, lo recuerdo. Parecía tan serio que podría haber estado en una película. ¿Qué pasa con él? ¿Te has quedado enganchada por un hombre tan aburrido?
—No es eso —respondí rápidamente, aunque no estaba tan segura de que no fuera cierto—. Es que… ayer descubrí algo. Resulta que ese hombre es el mismo que estaba en el hospital, el que trató a mi padre. El tal Giorg von Hohenfeld.
María frunció el ceño, sorprendida.
—¿El del hospital? —repitió, sin creérselo—. ¿Ese tipo tan serio? Pero… ¿qué tiene de especial?
—Es que… —dije, sintiéndome un poco tonta, como si no pudiera ordenar bien las palabras—. El hecho de que esté en el hospital, con mi padre, y que además esté casado con Lisa von… la que hoy estuvo haciendo un escándalo por la ciudad, y…
María me miró por un momento, entre incrédula y divertida.
—¡Ay, Anna! —rió, moviendo la cabeza—. De verdad, estás obsesionada. ¿De qué hablas? ¡Si ni te ha mirado! Y tú ya estás inventándote un drama.
María me repetía que no sacara conclusiones. Yo lo intentaba, de verdad. Pero en cuanto me quedaba sola volvía a lo mismo, una y otra vez, como si pudiera encontrar una respuesta solo por insistir.
—No es un drama. Es que… —me detuve, tratando de aclararme.
María se echó hacia atrás, con una sonrisa burlona en su rostro.
—Ay, no tienes remedio —me dijo, riendo entre dientes—. ¿No lo ves? Estás idealizándolo. Tienes un problema, de verdad. Ese hombre ni te ha mirado, y tú ya estás ahí, haciendo un drama de lo más sencillo. Ni te acuerdas de su apellido, pero ahora ya lo ves como si fuera el príncipe de Viena.
Me reí nerviosamente, sintiéndome un poco tonta, pero María tenía razón en cierto sentido.
—Lo sé, lo sé —respondí, riendo mientras me dejaba caer en el respaldo de la silla—. Es solo que… algo en él me hace pensar que hay más. No sé cómo explicarlo.
María suspiró y sonrió con una mezcla de diversión y desdén.
—Mira, Anna, ya basta de hacer historias. Giorg no te va a mirar, no te va a invitar a un baile, y seguro que ni se acuerda de tu cara. Así que olvídalo, ¿de acuerdo? —dijo, guiñándome un ojo con tono travieso—. Ya sabes lo que te conviene. ¡Alguien que te mire con ganas de verdad!
Me reí, un poco avergonzada, pero también sabiendo que María tenía una forma de simplificar las cosas que a veces me dejaba pensando.
Sin embargo, esa sensación extraña que había quedado en mi pecho no desaparecía tan fácilmente.
Giorg no me había mirado, ni había mostrado el más mínimo interés en mí, pero por alguna razón, me sentía irremediablemente atraída por su presencia seria.