Orden y fuego Capítulo 7 #2
14%

Capítulo 7 #2

—Sí, de buena familia. Los Von Hohenfeld. Bastantes conocidos en la región. Pero, como te digo, solo un ingeniero, nada que me concerniera más allá de una consulta médica.

Me quedé en silencio, observando cómo mi padre volvía a sumergirse en los papeles. Parecía que la conversación había terminado. Pero Giorg no se iba. Así de simple y así de incómodo. Mi padre no lo había notado. O no le había parecido importante. Las dos cosas, probablemente.

—Gracias, padre —dije, con voz bajita, sabiendo que no habría más respuestas.

Salí de la oficina, pero mis pasos no fueron ligeros. Había algo que no lograba entender. Giorg von Hohenfeld. Un ingeniero, serio y que parecía tener todo bajo control.

El día siguió su curso habitual, mi mente no dejaba de volver a Giorg. A veces me encontraba perdida en mis pensamientos, caminando por los pasillos del hospital sin darme cuenta, hasta que mi madre, siempre tan atenta, me sacó de mis pensamientos.

—Anna, ¿estás bien? —me preguntó mientras me veía distraída en el umbral de la puerta. Yo estaba allí, parada, mirando sin ver nada. Mi madre, siempre tan perceptiva, notó de inmediato que algo me rondaba.

—Sí, madre —respondí rápidamente, aunque mi tono era más ausente de lo habitual. No quería preocuparla, pero no podía evitarlo.

—Me parece que no estás tan bien como dices. —Ella hizo una pausa y sonrió con esa sonrisa suave y amable que siempre me hacía sentir en casa. —Ven aquí, cuéntame. ¿Qué te pasa?

Me senté junto a ella, al borde de su cama, como si necesitara un poco de consuelo.

Mi madre era una mujer cálida. Eso nadie podía negarlo.

Pero había momentos en que te miraba y te quedabas con la sensación incómoda de que ella ya sabía el final de una historia que tú acababas de empezar a contarte.

—Es sobre un hombre que vi ayer —dije, sin saber si era correcto mencionarlo. Pero ya había empezado a hablar, y no podía detenerme. —Un hombre que estaba en el hospital… estaba vendado y todo, y… me llamó la atención. No supe por qué.

Mi madre, que estaba hojeando un libro, levantó la vista, sus ojos atentos. No parecía sorprendida, sino más bien curiosa. Ella siempre había sido más abierta que mi padre en cuanto a los temas del corazón, pero, aun así, sentí una ligera incomodidad al hablar de un hombre con ella.

—¿Un hombre? —preguntó, con una sonrisa en los labios, pero sin burla. —Cuéntame. ¿Cómo era?

—Era serio… —busqué cómo decirlo—. Caminaba como si no necesitara que nadie le prestara atención. Y no me miró. En ningún momento. Y aun así estuve pensando en él todo el día, que es una idiotez, lo sé.

Mi madre me observó con una mezcla de interés y comprensión, como si ya lo supiera. Su mirada se suavizó, y por un momento, me sentí como si estuviera contando un secreto.

—¿Te ha intrigado? —preguntó, su tono relajado. Había algo en su voz que me hizo sentir que entendía perfectamente.

—Sí, pero… —dije, sintiéndome un poco tonta por estar hablando tanto de él—. No sé por qué. No sé qué tiene, pero… algo me hizo pensar en él. Y no lo puedo dejar de hacer.

Mi madre se recostó en la almohada y suspiró, como si estuviera recordando algo de su propio pasado. A veces, sentía que había vivido tanto y que tenía tantas historias guardadas que nunca me contaba.

—A tu edad, es normal —dijo, con esa sabiduría tranquila que siempre me dejaba sin palabras—.

Esos hombres que parecen tan distantes, tan serios, son los que más nos atraen.

Son los que nos hacen sentir que tenemos algo por descubrir, algo que no está a la vista.

Pero recuerda, mi querida Anna, que no siempre lo que parece interesante es lo que realmente queremos o necesitamos.

A veces, la seriedad y el control son solo una fachada para cubrir algo mucho más profundo.

Me quedé en silencio, procesando sus palabras. Mi madre no parecía alarmada ni emocionada por mi curiosidad, pero había algo en su tono que me hizo pensar que quizás ella sabía más de lo que quería compartir.

—Entonces… ¿debería olvidarme de él? —pregunté, medio en broma, medio en serio.

Mi madre sonrió levemente, casi como si se estuviera divirtiendo con la situación.

—No, cariño, no te digo que lo olvides —susurró, jugando con un mechón—. No todo lo que te revuelve por dentro merece que vayas detrás. A tu edad yo también confundía esas cosas.

Me recosté junto a ella, sintiéndome más tranquila.

No sabía si sus palabras tenían mucho sentido, pero al menos sentía que no estaba sola.

Mi madre había vivido cosas, y aunque nunca las contaba completamente, había algo en su mirada que me decía que sabía lo que significaba sentirte atraída por alguien que no podías tener.

—Gracias, mamá —dije suavemente, sintiendo el calor de su abrazo—. Lo pensaré.

Ella sonrió y volvió a acurrucarse en su cama, mirando hacia el techo con una expresión pensativa.

—Piensa en lo que quieres de verdad, no solo en lo que te acelera el pulso. —Se quedó un momento callada, como si dudara si seguir—. Y si alguna vez te dejas llevar… que sea por alguien que también te dé tranquilidad. No solo fuego. El fuego sola ya lo tienes tú.

Cerré los ojos, sabiendo que mis pensamientos seguían ocupados por Giorg, pero ahora tenía algo más en lo que pensar. La conversación con mi madre me dejó con más dudas, pero también con una sensación de alivio, como si, por fin, alguien me entendiera sin juzgarme.

Los días pasaban, y con ellos la rutina volvía a hacerse más familiar: ayudar a mi padre en el hospital, ir a la escuela, estudiar con María y las interminables tardes en las que me perdía entre los libros.

Poco a poco, Giorg fue ocupando menos espacio.

No desapareció. Solo… se fue quedando más atrás, como cuando dejas de buscar algo que perdiste y un día te das cuenta de que ya no lo echas de menos.

Me concentraba en otras cosas, en las pequeñas cosas cotidianas que siempre me rodeaban.

Y, sin darme cuenta, ese hombre que había visto solo una vez, ese extraño vendado y serio, ya no ocupaba mis pensamientos tanto como antes.

Pero entonces, de vez en cuando, como un susurro, Giorg volvía.

No de manera explícita, con su nombre o con la misma intensidad, pero sí en las miradas rápidas que les echaba a otros hombres.

Al principio, trataba de concentrarme en lo que tenía que hacer, en no dejarme llevar por la curiosidad tonta, pero ¿cómo evitarlo?

Pero a veces su seriedad, esa calma suya que parecía costarle poco, me traía a Giorg.

No era el tipo que te impacta a primera vista.

Había que mirarlo dos veces. O tres. Y no todas las chicas tienen paciencia para eso.

Su atractivo era más discreto, más sereno.

Pero había mujeres que lo veían. Pocas, sobre todo las mujeres adultas.

Las que ya sabían que cierto tipo de hombres no se anuncian, simplemente están, y eso es suficiente para inquietar.

Apuesto en un sentido clásico, hablaba poco y no llamaba la atención al entrar…

aunque, con el tiempo justo, terminaba siendo el único que importaba.

No había nada en él que me hiciera pensar «es él».

Pero lo que más me atraía era verlo contenerse.

Me pillé mirando a otro hombre un día, un hombre que pasaba por la calle y que, por un momento, me pareció familiar, aunque sabía que no lo era.

No sé si fue su manera de caminar o el silencio con el que avanzaba, pero me hizo pensar en Giorg.

Solo por un instante, pero me detuve. No pude evitarlo.

Y enseguida, me avergoncé de haberme quedado mirando tanto.

Rápidamente, me aparté, sintiéndome tonta por poner tanto de mi mente en algo tan pasajero. No, no era él. No podía serlo.

A veces, me sonrojaba sin motivo, como si hubiera hecho algo incorrecto solo por pensar en él, en ese hombre distante que nunca volvió a aparecer.

Lo curioso era que, mientras más lo idealizaba, menos me daba cuenta de que lo estaba haciendo.

Giorg no era perfecto, ni mucho menos. Había sido un desconocido.

Y, aunque me repetía a mí misma que debía olvidarlo, que no había razón para seguir pensando en él, cada vez que veía a un hombre con esa actitud controlada, no podía evitar mirarlo por un momento más, imaginando si, por un segundo, Giorg estaría allí.

Así, entre mis estudios, mi madre, el hospital y la rutina diaria, Giorg seguía en algún rincón de mi mente. No siempre. Pero aparecía, en los momentos más tontos, mientras esperaba el autobús o buscaba las llaves.

Era uno de esos días tranquilos en el hospital, cuando todo parece seguir su curso sin prisa.

Me encontraba en la sala de descanso, ordenando unos papeles que mi padre me había dejado.

Los sonidos familiares del hospital llenaban el aire, los murmullos de los médicos, el tintineo de las bandejas, los pasos rápidos de las enfermeras.

Estaba absorta en mis pensamientos, cuando de repente, un hombre que no había visto antes apareció a la vuelta de la esquina.

Chocamos sin querer, y me detuve un momento, sorprendida por la interrupción.

—Oh, disculpa —dije rápidamente, levantando la vista.

El hombre, algo mayor que yo, levantó una mano y sonrió con amabilidad, disculpándose también.

—No te preocupes, señorita —respondió, su tono educado pero un tanto formal—. Solo me distraje un momento.

Lo observé un poco más. No podía recordar haberlo visto antes por aquí, aunque no me parecía del todo desconocido. Sus ojos parecían amables, pero también un poco distantes.

—¿Señor, usted trabaja aquí? —pregunté, algo curiosa.

Él asintió, sonriendo ligeramente.