Orden y fuego Capítulo 7
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Capítulo 7

El hospital de mi padre siempre tenía el mismo olor.

No sabría decir a qué, pero se te quedaba dentro.

A desinfectante, a madera… y a algo más que no sabría explicar.

En esas paredes había miles de historias que nunca llegaríamos a conocer.

Crecí entre esos pasillos, el murmullo constante de las enfermeras y las voces serias de los médicos que caminaban rápido, sabiendo que allí una no podía distraerse sin que se notara.

Yo me movía con ellos con naturalidad, pero siempre un paso atrás.

Yo era la hija del doctor. Observaba más de lo que participaba.

Aquel día llevaba una bandeja con café para la sala de descanso. El olor te envolvía, el vapor subía despacio y el tintineo de las tazas contra los platos te hacía olvidar por un momento todo el ruido de afuera. Pensaba que el día se había estirado más de lo que me habría gustado. Entonces lo vi.

Estaba en un pasillo lateral, apoyado contra la pared, con la mirada fija en algo que yo no alcanzaba a distinguir.

No parecía nervioso. Tampoco roto, que era lo que yo esperaba, supongo.

El traje sin una arruga, la mandíbula quieta, esa clase de firmeza que no se aprende sino que se hereda de algún sitio.

Me quedé mirándolo más de lo que era razonable. Y no supe muy bien por qué.

Él alzó la vista y me hizo una inclinación de cabeza breve.

Automática. Ese aire de quien lleva años siendo el centro de una habitación sin molestarse en devolver la mirada.

Para él yo era parte del fondo, como el cartel de normas de visita o la silla de plástico gris.

Quizá ni siquiera eso. Y yo seguí ahí, mirándolo.

No era su cara. Ni el vendaje que asomaba por el cuello de la chaqueta, aunque eso también lo había notado. Era otra cosa.

La manera en que estaba de pie, como si su cuerpo hubiera aprendido a no fiarse del todo del suelo que pisaba. Una tensión quieta. De esas que no se ven pero se notan en el estómago.

Alguien pasó empujando una camilla y el olor a éter me devolvió al presente. Cuando volví a buscarlo con la mirada, él ya se alejaba. Pasos medidos, sin prisa, pero sin vacilación, como si el hospital fuera un lugar de tránsito y nada más.

No hubo palabras. Ni falta que hacían. Solo esa fracción de segundo en que sus ojos pasaron por mí, y algo que no supe nombrar se quedó pegado al resto del día.

Quizá era su distancia o quizá la forma en que parecía no necesitar nada de nadie. No supe entonces por qué me importaba. Pero me importó.

Pensé en él al día siguiente, y al siguiente, y aunque nunca volvió a cruzarse conmigo, seguía en mi mente, como un nombre que tienes en la punta de la lengua y no termina de salir.

Pasaron los días sin que volviera a pensar en él, o al menos, sin que lo reconociera conscientemente.

El hospital siguió siendo el mismo, con sus pasillos interminables y el murmullo constante de los médicos y enfermeras, las rutinas implacables que mi padre organizaba con la precisión de un reloj.

Y, sin embargo, su imagen regresaba de vez en cuando. Sin aviso.

Lo vi de nuevo, semanas después, aunque esta vez él no lo sabía.

Me encontraba en una de las salas del hospital, ayudando a ordenar algunas cosas para mi padre.

Desde allí, pude ver cómo él entraba, acompañado por uno de los médicos.

Sus movimientos eran tan medidos que parecía saber exactamente dónde pisaba.

Sus ojos no se detenían en nadie, ni en nada.

Su mirada, fija y casi dura, seguía la línea del suelo como si no hubiera nada que valiera la pena observar a su alrededor.

Me pregunté si su seriedad era real o simplemente lo único que le quedaba después de todo.

Me quedé allí, observando, sin poder apartar la mirada.

Y fue entonces cuando noté lo que nunca había visto en ninguno de los otros hombres que pasaban por allí, aquellos que se quejaban de algo y buscaban consuelo en las manos de las enfermeras.

Él no se quejaba. Ni una palabra. Nada. Solo el silencio que lo rodeaba.

Y esa manera suya de moverse, casi disculpándose por ocupar espacio.

Sin embargo, era humano. Es más, era hombre.

De los que, con un simple catarro, conseguían que todo girara a su alrededor sin pedirlo, o quizás sí.

Me resultaba fascinante el contraste, aquel oficial que yo había visto en la consulta de mi padre soportando el dolor con una firmeza casi incómoda, sin un solo quejido mientras le limpiaban las heridas, ahora se hundía en las sábanas de nuestra casa en Trieste como si un simple resfriado fuera algo grave.

Allí, despojado del uniforme y rodeado de pañuelos, mi capitán de hierro se convertía en un náufrago dramático que reclamaba mi atención con suspiros profundos.

Yo le tomaba el pelo, por supuesto, disfrutando de ver cómo el hombre que controlaba los barcos de la ciudad era incapaz de sobrevivir a una décima de fiebre sin mis cuidados.

Un médico lo llamó. Él se acercó sin prisa, asintió, y volvió a perderse en el pasillo.

No lo vi salir, no lo vi moverse hacia ninguna otra parte. Simplemente ya no estaba. Y yo, ahí parada, sentí que algo dentro de mí se había despertado, pero no sabía qué.

Sabía que no volvería a verlo pronto. Lo sentía. Pero su imagen siguió acompañándome, incluso mientras ayudaba a mi padre con las fichas.

Esa noche, María y yo metimos bajo las sábanas, riendo en voz baja para no despertar a nadie. El aire fresco entraba por la ventana, pero nosotras no teníamos prisa por dormir.

—¿Sabes qué? —dijo ella, incorporándose sobre las almohadas con esa mirada traviesa que siempre se le escapaba antes de una ocurrencia—. Creo que nunca he visto a un hombre tan perfecto. El de la tienda de comestibles. El otro día… ay, esa sonrisa. Ese hombre no debería existir.

Me reí, sacudiendo la cabeza. María se dejaba llevar por cualquier chico que le cayera bien. Yo no iba a quedarme atrás.

—Pues yo… —hice una pausa, mirándola de reojo—, el otro día vi a un hombre en el hospital. Estaba vendado y todo. No sé, era raro, pero algo me llamó la atención.

María arqueó una ceja, divertida.

—¿El tipo serio que siempre está por ahí? ¿Ese?

—Sí. Parecía tan… no encuentro la palabra. Caminaba como si no tuviera prisa de nada, como si el mundo pudiera esperarle y él lo supiera.

Ella se echó hacia atrás, riendo a carcajadas.

—¡Ay, Anna! ¿En serio te fijas en esos? Seguro que está tan ocupado con sus cosas que ni siquiera notaría si pasas a su lado.

—¡No, no es eso! —protesté, riendo—. Es que era su postura. Como si no se dejara atrapar por nada. No era como los otros hombres, los que se quejan de todo. Este era diferente.

María me miró con una ceja levantada, entretenida.

—Ya entiendo —dijo, en tono burlón—. Te gustan los misteriosos. Los que esconden algo.

Me tapé la cara. María siempre me veía venir.

—¡No es eso! —dije, ahogada entre las manos—. Es solo que era distinto. Como si no esperara nada de nadie. Y me fijé, eso es todo.

Ella suspiró, exagerada, y se dejó caer sobre la almohada.

—¿Y cómo se llamaba?

—No lo sé —admití—. Ni siquiera me miró.

Hubo un silencio breve. María me observaba con una expresión distinta, menos juguetona.

—Entonces no es nada —dijo, más baja—. Solo un hombre en un pasillo.

—Lo sé.

No añadí nada más.

Ella volvió a reírse y me dio un codazo.

—Cuando te vea, va a ser él el que no sepa dónde meterse. Te lo digo yo.

Reí también.

—Te imaginas —siguió ella, ya ligera otra vez—, ¿a ti tan loca con uno tan serio? Seguro que te da un sermón cada vez que hablas.

—¡No es así!

—Ay, Anna. El día que te metas en problemas con uno de esos, no voy a ser yo la que te salve.

Las risas continuaron hasta que el sueño nos alcanzó. Pero esa imagen, la del hombre que caminaba como si nada pudiera desviarlo, siguió regresando cuando cerraba los ojos. No como fantasía. Como una idea que no terminaba de irse.

A la mañana siguiente, el hospital era el mismo. Las mismas voces, el mismo olor a antiséptico con ese fondo raro a madera húmeda que nunca había sabido de dónde venía. Menos yo, aunque eso todavía no quería pensarlo.

Me levanté temprano, como siempre, y me dirigí hacia la oficina de mi padre.

Estaba allí, rodeado de papeles y más papeles, tan centrado en su trabajo que parecía que el mundo fuera una extensión del hospital.

Yo siempre observaba desde fuera, como una niña que mira al adulto y se pregunta qué es lo que está pasando.

Dejé la bandeja de café sobre la mesa sin hacer ruido, pero me detuve.

No quería solo hacer mi parte del día, algo me rondaba en la cabeza, y no me lo podía quitar de encima.

—Padre —dije, algo tímida, mientras me acercaba a su mesa.

Mi padre levantó la vista, los ojos cansados, pero siempre serenos. Ese era su modo: tranquilo, como si nada pudiera alterarlo.

—Buenos días, Anna. ¿Todo bien? —preguntó sin apartar la mirada de los papeles.

—Sí… —respondí, a punto de hacerle una pregunta que no sabía si debía. Pero la curiosidad me ganó. —El otro día, en el hospital, vi a un hombre… ¿cómo decirlo? Estaba vendado, parecía un… —no encontraba las palabras adecuadas— un profesional, quizás un ingeniero, no lo sé.

Mi padre, al oírme, hizo una pausa. No levantó la vista de los papeles, pero el cuerpo se le tensó un poco. Respondió sin mirarme. Menos palabras de las que esperaba, y ninguna de más.

—Ah, sí. Giorg von Hohenfeld —dijo, sin darle importancia. —Un ingeniero, trabaja en los astilleros de Trieste. Estaba aquí por una lesión menor, nada grave. Fue algo relacionado con su trabajo, una caída mientras revisaba un proyecto.

Lo dijo en un modo tan directo, que me sorprendió. Mi padre no parecía interesado en hablar más del tema, pero algo en mi interior no podía dejar de pensar en Giorg. ¿Por qué me importaba tanto?

—¿De buena familia? —pregunté, aunque sentí que ya estaba yendo demasiado lejos.

Mi padre, sin cambiar su expresión, asintió brevemente.