Capítulo 6
Años después entendí que mi historia no empezaba donde yo creía. Empezaba antes. Para él, todo había comenzado mucho antes que yo.
—Giorg—
Nos conocimos en Viena, como era natural. Lisa era de esas personas que pasan desapercibidas sin querer, que están sin estorbar, que llenan un espacio sin ocuparlo. Su elegancia era tan discreta que a veces, al llegar a casa, tardaba un momento en recordar que ya estaba allí.
Era hija de una familia noble, educada con esmero, acostumbrada a moverse dentro de lo que se considera correcto. Mi familia la aprobó sin reservas. Yo también.
No fue amor a primera vista, ni una atracción arrebatada.
Lo que sentí fue otra cosa, tranquilidad.
En su compañía no había sobresaltos, ni preguntas incómodas.
Hablaba con mesura, escuchaba con atención, sabía cuándo callar.
En aquellos años, después de la guerra y de la pérdida del mundo que había dado forma a mi juventud, esa serenidad era importante.
Nos comprometimos sin dramatismos. El matrimonio siguió el mismo curso que nuestra relación: ordenado, razonable.
No discutíamos sobre pasiones ni destinos.
En nuestro entorno, casarse era una decisión que consolidaba posiciones, que aseguraba continuidad.
No recuerdo haber dudado, ni haberme preguntado si aquello bastaba. Durante un tiempo, bastó.
El trabajo me llevaba a Trieste con frecuencia. Pasaba allí semanas, a veces meses. No hubo una mudanza definitiva. Hubo una acumulación de estancias, hasta que un día Viena dejó de ser el centro.
La industria naval ofrecía oportunidades que Viena ya no podía dar.
Astilleros, puertos, rutas comerciales, estructuras sólidas, números precisos…
Yo necesitaba esa sensación de control. Soy ingeniero.
Siempre lo fui. El uniforme llegó después, y se quedó más de lo que debería.
Desde los dieciocho conservé mi comisión en la reserva.
Tras Anschluss, cambió el emblema, pero no la función.
Me reactivaron por mi experiencia en puertos y transporte.
El rango llegó después, por antigüedad y por necesidad.
Trieste no era Viena. La ciudad arrastraba su pasado imperial y su presente italiano con tensión constante.
Yo trabajaba con colegas que, en público, hablaban de eficiencia y progreso, y en privado medían cada palabra según el viento.
El régimen fascista avanzaba. Algunos se adaptaban con rapidez, otros guardaban silencio.
Por un lado, mi utilidad técnica, lo que sabía hacer, lo que me pedían.
Por otro, una incomodidad que crecía sin que yo supiera qué era.
No encontraba las palabras. No encontraba los argumentos.
Mi origen austríaco no pasaba inadvertido.
A veces me sentía extranjero en una ciudad que había sido nuestra.
Al andar por la calle me daba cuenta de que todo había cambiado.
El italiano sonaba en cada esquina, los carteles ya no eran los mismos.
No me miraban mal, pero sentía que ya no era mi lugar.
En casa, Lisa mantuvo la superficie intacta.
Organizaba recepciones, aprendía las sutilezas de la ciudad, sostenía la imagen que se esperaba de nosotros.
Lo hacía bien. Muy bien. Nadie podía decir lo contrario.
Nunca se quejó del traslado ni de la nueva vida.
Para ella, el cambio era una circunstancia, para mí, empezaba a convertirse en una grieta.
Intenté explicarle en más de una ocasión la incomodidad que sentía en el trabajo. La sospecha de que mis informes y decisiones podían tener consecuencias que excedían lo técnico. Me escuchaba con atención.
—No puedes cargar con todo —decía—. Cumplimos con nuestro deber.
La frase era razonable, sí. Y, sin embargo, me resultaba insuficiente. El deber no era una palabra neutra para mí. Había aprendido demasiado pronto que el deber podía ser obediencia. Pero también podía ser responsabilidad.
En nuestra vida íntima tampoco había preguntas. No hubo rechazo ni frialdad. Nos entendíamos. Sabíamos cuándo acercarnos, cómo hacerlo y cuándo detenernos. Era funcional, como el resto del matrimonio. Como una pieza más del engranaje.
Durante los primeros años no vi en ello carencia alguna.
La estabilidad parecía una forma madura de afecto.
O eso me decía. Pero poco a poco empecé a notarlo: nada, en nuestra relación, me sorprendía ya.
No había fricción, cierto. Pero tampoco había descubrimiento.
Y no recordaba una sola vez, una sola, en que el tiempo se me hubiera ido de las manos con ella.
No discutíamos. No gritábamos. No había escenas. Había una calma constante que, con los meses, empezó a parecer distancia.
Mientras el mundo exterior se volvía más incierto y mis responsabilidades aumentaban, yo regresaba a casa.
Y allí todo permanecía inalterable. Lo que antes era refugio, se volvió ajeno.
Ella seguía igual, inmutable, mientras fuera todo cambiaba.
Yo también cambiaba. Y esa distancia, antes invisible, empezó a notarse.
Lisa no era indiferente. Simplemente no entendía mi conflicto. Su mundo estaba organizado en torno a la reputación, la continuidad, el equilibrio. El mío empezaba a romperse.
No hubo un momento definitivo en que comprendiera que algo no encajaba. Fue una acumulación de pequeñas cosas. Por fuera, mi vida era correcta. Respetable. Todo lo que debía ser. Pero dentro, en el fondo, algo fallaba. Creí durante años que necesitaba orden. Y no era verdad.