Orden y fuego Capítulo 5
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Capítulo 5

Si soy sincera, y no debería, antes de Giorg ya sabía lo que era que un hombre te mirara de cierta manera.

Lo sabía. Y aun así… Lo que no sabía era distinguir la intención.

A Giorg no llegué siendo una niña. Había besado.

Había dejado que me abrazaran más de lo prudente.

Sabía lo que pasaba y tú no apartas la vista.

Pero había un límite. Y ese límite lo ponía yo.

Con él fue distinto, por primera vez no sentí la necesidad de frenar.

Tenía veintitantos. Viena había sobrevivido a una guerra y fingía que todo era cuestión de ajustarse un poco el vestido y seguir adelante.

Yo trabajaba a ratos en el hospital, ayudaba a mi madre, visitaba a mi padre para llevarle papeles, iba al conservatorio cuando podía, y tenía, según la versión oficial, «una vida social aceptable».

Eso significaba invitaciones a cenas, bailes menos rígidos que los de mis años de debutante, cafés con compañeros de estudios, paseos por el Prater en buena compañía.

Mis primeros novios serios fueron los previsibles. Hijos de colegas de mi padre, jóvenes formales que ya se habían quitado el uniforme y llevaban traje de abogado, de médico, de ingeniero. Mi madre los aprobaba sin pestañear.

A veces, años después, ya en Trieste, cuando alguien mencionaba de pasada una lista de desaparecidos o mi padre recibía noticias torcidas de antiguos alumnos movilizados, me llegaban esas frases de golpe, sin aviso: «Friedich cayó en el frente oriental, no se supo nada más de él» y entonces me sorprendía pensando cómo habría sido mi vida si me hubiera quedado en Viena y hubiera hecho lo que se esperaba de mí.

Si ahora sería la mujer de un médico cansado y puntual.

Si habría aprendido a querer sus manos apoyadas cada noche en el mismo sitio de la mesa.

Si me habría acostumbrado, sin hacer ruido, a una vida de domingos iguales y conversaciones que no cambian nada.

Y, sobre todo, si mi cuerpo habría terminado por conformarse, diciéndose que eso bastaba, sin llegar a saber que en otra ciudad me esperaba algo que no era tranquilo ni fácil, pero sí más verdadero.

Hubo un abogado, por ejemplo. Se llamaba Otto, tenía unos ojos claros que siempre parecían estar calculando la posición de cada cosa.

Nos conocimos en una cena de amigos de mi padre, fue encantador sin exagerar, me preguntó por mis estudios, me dejó hablar de música más de lo que los hombres toleraban normalmente, rio en los momentos oportunos.

Cuando me pidió permiso para invitarme a un café, semanas después, mi madre asintió desde la cocina sin siquiera verlo, bastó con el currículum.

Con Otto tuve todo lo que se supone que debía tener una joven bien educada de mi edad.

Paseos por el Danubio, conversaciones sobre política que se detenían justo en el borde del conflicto, fantásticas coincidencias de gusto en literatura, era difícil no coincidir y un par de besos.

Si uno los miraba desde fuera, eran exactamente como debían ser, en una esquina discreta, después de acompañarme a casa, ni muy cortos ni demasiado largos, con la mano de él apoyada en mi espalda en un punto de contacto casto y protector, mis labios respondiendo con la dosis justa de entusiasmo.

La primera vez que me besó pensé, con una especie de curiosidad, «así que esto era».

Noté su boca, la ligera presión, el olor distante a tabaco, el roce de su mejilla afeitada esa mañana.

Sentí algo, sí, un cosquilleo en la piel, una especie de alegría excitada más por la idea del suceso que por el suceso en sí.

Cuando subí las escaleras después, mi madre me miró desde la mesa del comedor, con un gesto que mezclaba interrogación y complicidad.

—¿Todo bien? —preguntó, como quien no pregunta.

—Sí —respondí—. Me ha besado.

Ella se echó hacia atrás en la silla, observándome como si estudiara un resultado de laboratorio.

—¿Y?

Me demoré un segundo.

—Bien —dije al final—. Ha estado… bien.

«Bien» debería haber bastado. Pero en mi interior hubo una pequeña resistencia, una voz baja que insistía en que algo no había encajado, aunque no supiera qué.

Nada en ese beso había hecho tambalear mi idea del mundo, no hubo pérdida de control, ni vértigo, ni esa sensación de que el cuerpo va por delante del pensamiento. Fue, simplemente, correcto.

Con el tiempo me di cuenta de que el problema no era Otto, sino que a su lado sentía que solo estaba practicando para ser la «esposa perfecta». En la cama imaginaba que sería ordenado, razonable. Satisfactorio, quizá. Pero nunca peligroso. Eso ni se me pasaba por la cabeza.

Luego estuvo el extranjero. En mi caso, llegó en tren y se fue igual, como hacen algunos hombres.

Decía llamarse Luc. Era francés, aunque en realidad no parecía de ninguna parte.

Trabajaba para una empresa de transporte con negocios en varios puertos y hablaba un alemán correcto, pero siempre se le escapaba una palabra en su idioma.

Se movía con esa facilidad que no se aprende en los libros: entraba en una habitación y parecía que ya la conocía.

A mí, entonces, esa soltura me descolocaba un poco. Y me gustaba.

Nos presentó la esposa de un colega de mi padre, en un salón donde había demasiadas personas y muy poco aire.

Él llevaba traje oscuro, corbata un poco más suelta de lo que exigía la etiqueta vienesa, una sonrisa que se torcía siempre un poco hacia un lado.

No tardó en identificar el punto débil de cualquier conversación conmigo, la música.

Me habló de la Ópera de París como si fuera un amante, de los teatros de Marsella donde uno podía escuchar a cantantes en conciertos espontáneos en cafés de puerto.

Yo lo escuchaba con la mezcla de fascinación y prudencia que se reserva a los hombres que vienen de lejos, sabía que parte de su encanto consistía en que se marcharía.

Con él crucé una frontera distinta. Una tarde el beso dejó de ser correcto y se volvió demasiado intenso para fingir que no significaba nada.

Nos habíamos refugiado en un café casi vacío.

Habíamos hablado de todo lo que era fácil, de libros, de ciudades, de la manía austríaca de poner nata a casi todo.

Luego, la conversación se fue acortando sin perder intensidad.

Cuando me besó, porque fue él quien lo hizo, con esa mezcla de decisión y cuidado, hubo más desorden que con Otto.

No en la escena, que seguía siendo discreta, sino en mí.

Su mano me rodeó la nuca, sus dedos se enredaron un poco en mi pelo, su boca buscó la mía con un hambre bien educada pero real.

Sentí el calor subir desde algún punto indefinido del estómago, noté cómo el respaldo del asiento se me clavaba en la espalda, cómo mi propia mano, traidora, se aferraba a su hombro para acercarlo más.

Ese beso tenía electricidad. No lo negaré.

Y sin embargo, cuando terminó, no sentí que hubiera descubierto la fórmula del mundo.

Fue otra cosa, más incómoda: como asomarse a una habitación a oscuras, ver apenas los contornos, saber que hay más dentro, y no atreverse a entrar.

Luc olía a tabaco y a una colonia que no había olido antes, una mezcla de madera y cítricos.

Olía a tabaco y a una colonia que no había olido antes.

Durante un rato, el cuerpo agradeció la novedad, después, las viejas voces regresaron, mi padre, mi madre, las normas, la Anna que observa todo desde algún lugar más alto.

No pasó de ahí. Él tenía prisa, yo tenía miedo, la ciudad tenía ojos.

Una semana más tarde, Luc se fue «por negocios».

Me escribió una carta cordial, llena de frases bonitas y geografía, que guardé en un cajón más por pereza que por romanticismo.

A veces, cuando limpiaba el escritorio, la releía unos segundos y me sorprendía comprobando que el recuerdo del beso se había reducido a una nota al margen: «sabía bien, pero no era eso».

No sé si me gustaban los médicos o si era simplemente lo más normal del mundo, después de crecer entre pasillos y salas de espera. Pero el punto de inflexión llegó con Leopold, joven, serio, peligrosamente cercano al universo de mi padre, casi un «hijo espiritual».

Con él el deseo dejó de ser una teoría, aunque nunca llegó a convertirse en algo claro. Fue una relación prudente, casi tímida, conversaciones al paso, un café rápido en la cantina, caminatas bajo la lluvia hasta el tranvía. La cercanía creció sin anuncio.

Recuerdo un momento concreto en la oficina de mi padre.

El cansancio lo volvió menos seguro, más humano.

Su silla más cerca de la mía. Su mano rozando la mía como si no estuviera del todo convencido de hacerlo.

Hubo besos, sí, pero medidos. Demasiado cautelosos para cambiar nada. La ropa permaneció en su sitio.

Lo que me sorprendió no fue el cuerpo, sino la cabeza. Mientras la piel respondía, había una parte de mí que se quedaba mirando, casi fría. Cuando él se apartó, incómodo, no quedó ni incendio ni pérdida. Solo una pequeña desilusión. Había esperado que algo se revelara. No pasó. Nada de nada.

Nos vimos algunas veces más. Nunca volvimos a acercarnos así. No hubo ruptura, porque nunca hubo algo que romper. Solo una retirada discreta. Y una certeza sencilla, el deseo podía encenderse. Pero todavía no me movía del sitio.

No era romanticismo puro, tampoco, no necesitaba violines ni declaraciones teatrales.

Quería sentir que, si ese hombre se iba, a mí me cambiaba algo.

No buscaba a alguien serio solo porque mi padre lo fuera, ni a un extranjero con un encanto que se le pasara en dos días.

Y desde luego no quería ser solo el sitio donde un hombre cansado viene a soltar su pena para luego levantarse y seguir igual que siempre.

No sabía aún que ese hombre iba a presentarse con otro uniforme, en otra ciudad, en otra guerra.

En aquella Viena, con veintitantos, solo sabía una cosa: que los besos sin chispa no me valían.

Que lo correcto podía ser más frío que lo prohibido.

Y que el escándalo de verdad no era lo que hicieras con el cuerpo, era atreverte a decir, aunque fuera bajito, que lo que a otras les bastaba, a ti no.

A veces pienso que fui un poco ingenua en asuntos del corazón. No por falta de experiencia, sino por exceso de imaginación. Me bastaba un gesto amable para empezar a construir una historia completa alrededor.

Luego todo volvía a la normalidad de golpe y yo ponía cara de sorpresa, aunque ya me lo sabía.

Lo mejor estaba por venir, aunque yo todavía no lo sabía.