Capítulo 4 #2
En ese hospital trabajaba mi padre. Aún no era el jefe de servicio respetado que sería después, pero ya tenía fama de hombre capaz de distinguir entre el soldado que fingía una dolencia para huir del frente y el que traía algo roto que no se veía a primera vista.
Lo que sé de aquellos días también lo supuse, una anotación seca en un cuaderno suyo, muchos años después, un comentario suelto de mi madre, que entonces seguía haciendo turnos como enfermera y algún silencio particular de Giorg cuando se tocaba el tema.
Mi padre fue uno de los médicos que revisó su caso.
Que pasó los dedos por el borde de la cicatriz.
Que le hizo mover el hombro una y otra vez hasta comprobar cuánto había perdido y cuánto no.
Que le auscultó el pecho y notó cómo el corazón se le aceleraba sin razón clara cada vez que una puerta se cerraba de golpe en el pasillo.
Y después escribió lo que tenía que escribir: «Lesión estabilizada, buen pronóstico físico, paciente hiperalerta. Se recomienda reposo prolongado y tareas reguladas».
Eso fue todo. En el papel cabía. En el cuerpo, no tanto.
Mi madre se acuerda de él como «ese joven oficial que miraba el reloj demasiado a menudo», un muchacho muy bien educado que daba las gracias por todo, incluso por las curas dolorosas, y que parecía más incómodo con la idea de estar tendido en una cama que con la de volver a oír la artillería.
Ella contaba que, cuando lo autorizaron a levantarse y caminar por el pasillo con el brazo aún en cabestrillo, no se conformó con dar vueltas sin rumbo.
Preguntó los horarios de los cambios de turno, los momentos en que repartían la comida, la hora exacta en que pasaba la visita, y adaptó sus paseos a ese ritmo.
A veces me pregunto si no nos cruzamos entonces.
Yo sería una niña de tres años, colgando los pies en un banco del vestíbulo mientras esperaba a mi madre.
Es posible que viera pasar a aquel hombre alto con el brazo en cabestrillo y no supiera que ese desconocido iba a ser, un día, el centro de mi mundo.
Puede que me fijara un segundo en aquel hombre alto con cara de cansancio.
Aunque no lo viera, él ya estaba entrando en mi vida.
Un paciente más en la lista de un tal doctor Bauer, una ficha más en un archivo que mi madre ordenaba.
Un apellido noble pronunciado en la sala de médicos con la mezcla de respeto y fastidio con que se pronunciaban todos los «Von».
Giorg salió de aquel hospital con el cuerpo entero, salvo por una cicatriz pálida en el costado y un hombro que protestaría de por vida cuando cambiara el tiempo.
Pero con muchas cosas rotas por dentro que nadie sabía tratar.
En una época en la que los hombres volvían con temblores, pesadillas y arranques de furia y se les decía que lo que necesitaban era «carácter», él no se refugió en el alcohol ni en la nostalgia.
Buscó la única salida que conocía, el orden.
Volvió a estudiar con la intensidad de quien necesita que el mundo funcione con reglas claras.
Entró en aulas de ingeniería donde ya no se hablaba de caballería ni de honor, sino de resistencia de materiales, de cálculos, de estructuras que no ceden si están bien hechas.
De cascos más sólidos. De motores capaces de empujar toneladas de acero sin fallar.
En los planos que dibujaba sobre el papel milimetrado había números, medidas y líneas exactas. Pero también algo personal. Resolver una ecuación era poner orden donde antes hubo confusión. Diseñar un barco que no se hundiera era una manera de convencerse de que no todo estaba destinado a romperse.
A veces, en Trieste, lo veía en la ventana, mirando el puerto como si lo estuviera contando. No barcos sino minutos. Y, sin darse cuenta, se frotaba el hombro. Siempre el mismo. Como si allí tuviera una piedra metida y no una cicatriz.
Yo lo miraba y me venía una imagen, el hospital.
Ese olor agrio que se te queda en la garganta, mezcla de desinfectante y sudor viejo.
Mi padre inclinado sobre él, palpándole la herida con dos dedos, suave pero firme, como quien comprueba una fruta en el mercado y al mismo tiempo se está muriendo por dentro.
Giorg no se quejaba. Ni una vez. Eso, en un hombre, a mí me da rabia.
Me da ternura también, claro. Pero primero rabia.
Ese masaje del hombro no era «dolor». Era otra cosa. Un aviso. Una manía. Como cuando yo reviso dos veces si he cerrado la puerta, aunque la haya cerrado, aunque lo sepa. Él aprendió allí que el cuerpo te traiciona sin avisar, y que tumbado eres… nada. Y se le nota, incluso cuando está quieto.
Luego está lo otro: lo de estudiar, lo de entender máquinas y mareas y números. Esa parte suya que quiere que todo encaje porque, si encaja, respira. Si no encaja, se le endurece la cara y vuelve ese gesto del hombro.
Y ahí está el hombre que yo acabaría amando. No el del uniforme. El que aprieta los dientes y ordena cosas pequeñas, intentando convencerse de que esta vez nada se va a romper.
Cuando nos volvimos a encontrar, muchos años después, en otra guerra y en otra ciudad, yo no veía ya al cadete asustado ni al alférez que había tenido que dejar a un compañero atrás.
Veía al capitán impecable que llegaba a casa con el uniforme sin una arruga, al ingeniero que examinaba los informes con la frialdad de un cirujano y al hombre que se enfurecía si llegábamos tarde cinco minutos a una cena porque para él el tiempo no era solo cortesía, sino la línea que separa la vida de la muerte.
Durante mucho tiempo confundí su rigidez con herencia familiar.
Me costó entender que detrás de esa obsesión por los horarios, los papeles en su sitio, las cucharas alineadas en la mesa, había un muchacho de dieciocho años. Un muchacho que había aprendido que cinco minutos pueden ser la diferencia entre cargar o no con un cadáver más.
Si cuento todo esto es porque ninguna historia de amor empieza de verdad cuando te conoces, ni siquiera con el primer beso.
La nuestra empezó, en parte, en esa academia donde un chico de buena familia aprendía a dormir en literas y a obedecer a gritos.
Empezó cuando repasaba con el dedo la costa del Adriático en los mapas.
Y en una trinchera, donde un oficial joven se dio cuenta de que las buenas intenciones no salvan el mundo, pero que las necesitaba para no volverse loco.
Llevaba todo eso bajo el uniforme. Quererlo era entender que no abrazaba solo a un hombre, sino también todo lo que arrastraba a un hombre, sino también a todos sus fantasmas.