Capítulo 4
De la guerra de Giorg sé menos de lo que me gustaría y mucho más de lo que él habría querido que yo supiera.
Lo que sé no me lo contó sentado frente a mí, mirándome a la cara.
Lo averigüé en una frase medio dormido, otra en una noche demasiado quieta.
El resto lo he reconstruido con lo que dice la historia, con los silencios de su padre, con las cicatrices de su cuerpo y esa manera suya de controlar el mundo.
Cuando estalló la Gran Guerra, Giorg tenía dieciséis. Un poco más, un poco menos, da igual. Esa edad en la que te llaman «hombre» cuando les interesa y «niño» cuando estorbas. Demasiado joven para el frente en los papeles, demasiado mayor para dejarlo quedarse en casa.
El apellido ayudaba a cruzar salones, sí. Allí daba igual venir de una familia aristócrata de Bohemia o de una casa militar de provincias, todos valían lo mismo.
Y aun así, incluso en ese mundo de cuero, barro y reglamento, la obsesión de Giorg se las arregló para seguir mirando al mar.
Mientras los instructores señalaban con una vara las líneas de los frentes en los Balcanes, él seguía, la curva azul del Adriático, Trieste, Pola, Fiume, mientras para unos eran simples puntos estratégicos, para él eran las historias de su madre, veranos luminosos en la villa de la colina, barcos entrando y saliendo del puerto.
Su padre seguía pensando en la caballería y en las cargas a campo abierto. En los cuadernos del cadete Von Hohenfeld, en cambio, ya no había jinetes. Dibujaba cascos de acero, hélices, cruceros y submarinos.
Cuando el capitán lo visitaba durante los permisos, hablaba de honor y de gloria como si nada hubiera cambiado. Escuchaba, con paciencia, cuando su hijo insinuaba que quizá el futuro de la guerra no estaba en los caballos, sino en los barcos.
La guerra no llegó de golpe. Para él se fue acercando poco a poco.
Primero faltaron profesores. Uno fue movilizado al regimiento de artillería, otro destinado al Estado Mayor, un tercero desapareció de un día para otro y lo sustituyó uno con condecoraciones recientes y una mirada de demasiadas trincheras. Demasiadas como para explicar táctica con ligereza.
Después se vaciaron los cursos superiores. Los nombres que hasta hacía poco encabezaban los desfiles y las listas de honor empezaron a aparecer en tablones de anuncios, junto a destinos, regimientos y números de unidad. Ya no eran alumnos brillantes. Eran oficiales en camino al frente.
En el comedor, las conversaciones cambiaron de tono, los chistes de dormitorio dieron paso a rumores, cifras de bajas, historias de frentes lejanos.
En los paneles, al lado de las promociones, empezaron a colgar otras listas, más silenciosas, con columnas encabezadas por palabras breves y brutales.
«Herido», «desaparecido», «caído». Giorg aprendió a leer lo justo, a buscar solo los apellidos conocidos y a aprender a apartar la vista justo a tiempo.
Los planes se aceleraron, adelantaron los exámenes, acortaron cursos y empezaron a repartir despachos a chicos que aún tenían granos en la cara y un bigote que apenas se veía. Hacían falta oficiales, y hacían falta ya. La prudencia, a segundo plano.
Así fue como el hijo de la casa de Trieste, todavía oliendo al jabón áspero del internado, recibió el galón de alférez y una carta oficial para su padre.
En ella se informaba con esa cortesía fría de la burocracia, que «el señor Giorg von Hohenfeld ha sido designado para servir en el frente suroeste».
En el idioma del Imperio aquello no necesitaba traducción. La frontera italiana. Montañas duras, trincheras abiertas en la roca, barrancos, frío constante. El Isonzo. Y hombres cayendo en fila.
De esa parte de su vida nunca quise preguntarle demasiado, y él se encargó de que no tuviera demasiadas oportunidades. No sé en qué valle estuvo ni qué insignia llevaba. No sé cuántas veces tomaron y perdieron la misma altura en cuestión de semanas… o de días. Da igual. De eso casi nunca habló.
Lo que sí sé es cómo se le alteraba la respiración, años después, cuando en la radio alguien decía «frente italiano» como si fuera una nota más del parte. Apenas un segundo el aire se le quedaba a medio camino.
Una noche en Trieste, ya sin el uniforme, mientras lo colgaba en el perchero del dormitorio con ese cuidado casi ritual, dejó caer una frase. No venía de ninguna conversación concreta. Simplemente… apareció.
—Nadie te explica el ruido que hace un hombre cuando entiende que no va a volver a casa.
Lo dijo despacio. Sin mirarme. Con la vista fija en algún punto impreciso.
Después se quedó en silencio. Yo sentí las preguntas formarse en la boca, pero no las dejé salir. Hay cosas que, cuando por fin se asoman, no se tocan.
Con el tiempo he ido atando cabos. Leyendo libros que él jamás habría abierto, escuchando testimonios de otros que estuvieron en lugares parecidos.
Me imagino al joven Von Hohenfeld en una trinchera de montaña, rodeado de hombres que hablaban alemán, húngaro, checo, croata, todos con el mismo uniforme pero con patrias distintas, congelados hasta las rodillas, obedeciendo órdenes que venían de mapas muy limpios dibujados en despachos lejos del olor a pólvora.
Una vez, solo una, me habló de un episodio concreto, sin decir dónde ni cuándo, quizá porque ni él mismo tenía ya claro dónde fue.
Era una noche de invierno, el viento cortaba la cara y la orden era resistir en una posición elevada, desde la que se veía a lo lejos, una aldea italiana.
Repartían raciones corriendo cuando la artillería enemiga empezó a caer sin misericordia, levantando trozos de tierra, madera y…
hombres. Al terminar el bombardeo, uno de los soldados, un chico más joven que él, del que solo recordaba el nombre y un puñado de palabras en húngaro, yacía en el suelo con la pierna destrozada, consciente.
Jadeando, con unos ojos enormes que buscaban desesperadamente una promesa.
La orden del suboficial veterano era clara, lógica, fría: retirada inmediata a una posición secundaria. Quien se entretuviera, quien intentara cargar con heridos imposibles, condenaría al resto.
Giorg tenía dieciocho años. Le habían puesto al mando de hombres que le doblaban la edad y esperaba que no le temblara la voz al dar órdenes. Había crecido escuchando lo mismo una y otra vez: el deber no se discute. Se cumple.
Podía haber hecho lo que tantos hicieron: mirar al frente, obedecer, no apartar la vista de la línea que marcaba el mapa. Mantener a los suyos en movimiento, aunque eso significara dejar a alguien atrás.
Podría haberse lanzado a un gesto inútil también, de esos que luego llaman valentía, y haber dejado más cuerpos en la nieve antes de llegar a la siguiente trinchera.
Lo que hizo fue, según me contó, algo mucho más humano y por eso mismo más imperdonable para sí mismo: se agachó un segundo, tomó la mano helada del muchacho, apretó los dedos con fuerza y, en un alemán, decirle que volverían a por él.
Sabía que era mentira, sabía que las probabilidades de que alguien pudiera regresar antes de que el enemigo rematara la posición eran casi nulas, sabía que esa frase era un pequeño engaño piadoso. Aun así, la dijo.
Cuando me lo contó, años después, lo hizo sin adornos. Dijo, con esa amargura seca que a veces se le escapaba: «Aunque sea unos segundos».
Cuando terminó la guerra, el Imperio que había sostenido a los Von Hohenfeld se vino abajo. Los mapas cambiaron, los himnos dejaron de sonar. La caballería quedó atrás y el acero empezó a mandar. El «Von» seguía en el apellido, pero ya no significaba lo mismo. Menos poder. La misma exigencia.
Para muchos oficiales jóvenes, volver fue sencillo: un tren de regreso, el uniforme al armario, el lugar de siempre en la mesa familiar. Como si bastara con sentarse y seguir. Para Giorg no fue así.
Antes de volver a cruzar los pasillos de su casa, tuvo que aprender a cruzar los de un hospital. Despacio. Sin uniforme. Sin órdenes. Solo con su cuerpo, que ya no obedecía igual.
No fue una herida de las que adornan los partes oficiales. Fue de las otras. De las que duelen pero no se ven.
Un fragmento de metralla le atravesó el costado durante una retirada en la montaña. No cayó al suelo ni perdió el conocimiento. Sintió un golpe seco, un calor rápido, la camisa húmeda pegándose a la piel, y siguió corriendo. Los demás corrían. Él también.
Solo cuando alcanzaron la siguiente posición, el suboficial le gritó al ver el abrigo manchado hasta la cintura, entendió que aquel dolor no era cansancio.
El hombro derecho quedó tocado en un mal salto sobre la roca. Nunca supo si fue antes o después del impacto. Lo único cierto es que, desde entonces, cada vez que cambia el tiempo, el cuerpo se lo recuerda.
Lo evacuaron primero a un puesto de socorro avanzado, luego a un hospital de retaguardia, y al final, cuando la herida demostró ser más complicada de lo esperado, no lo bastante grave como para matarlo, lo enviaron a Viena, a uno de esos hospitales militares que, en teoría, estaban mejor equipados y donde se suponía que los jóvenes oficiales nobles debían terminar de curarse para volver cuanto antes al servicio o, al menos, a la vida civil.
Llegó flaco, con la piel de un tono indefinido entre el gris y el amarillo, el brazo derecho inmovilizado contra el cuerpo, el costado vendado y una mirada que no terminaba de fiarse.
En los papeles, lo que traía era una herida de metralla, una lesión articular en el hombro y un «estado de agotamiento nervioso» que los médicos de entonces llamaban con eufemismos: shock de combate, neurosis de guerra, fatiga.
En la práctica, eran noches sin dormir, sobresaltos con cualquier ruido y una incapacidad para tolerar el desorden: una silla fuera de sitio, una puerta entreabierta, un reloj que no marcaba la hora exacta podían irritarlo más que el dolor físico.