Orden y fuego Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Y que lo que de verdad me atraía no era un tipo de hombre concreto, sino ese momento en que dejaban ver lo que llevaban dentro. Siempre había sido eso.

El tercero no era mi igual. Y eso, en aquella época, lo volvía peligroso.

A diferencia de mi compañero de clase o del violinista del conservatorio, el joven médico pertenecía al mundo de mi padre.

Al de las batas blancas y los pasillos silenciosos.

Yo tenía diecisiete la primera vez que lo vi de cerca.

Él debía tener unos veinticinco, veintiséis, ya hombre, pero todavía con esa energía de quienes empiezan a probar su autoridad.

Se llamaba Friedrich. Lo supe después. La primera vez que apareció en mi campo de visión no tenía nombre.

Fui al hospital a llevar unos papeles a mi padre, un recado que mi madre me mandaba a menudo con la excusa de que «así coges aire, Anna». El aire del hospital olía a desinfectante y… a algo más denso, pero eso nunca se lo dije. Me gustaba. Me hacía sentir cerca de la parte más secreta de mi padre.

Yo estaba esperando en un pasillo, sentada en una silla de madera, con el sobre en el regazo, cuando una camilla pasó a mi lado.

En la camilla, un muchacho de mi edad, pálido, con un vendaje en el costado.

Empujando la camilla, un celador y al lado iba un joven médico con la bata, el estetoscopio colgando del cuello, las mangas remangadas hasta medio antebrazo. Se me fue la mirada a los antebrazos.

No a la herida. No al vendaje. No al gesto profesional.

A esa piel ligeramente cubierta de vello claro, a los tendones marcados cuando sujetó el borde de la camilla para frenar.

Era un cuerpo adulto, metido en la corrección de la bata.

Y yo, ahí de pie en el pasillo con mis diecisiete años, sentí un nudo en el estómago.

—Perdón —dijo él, al ver que la camilla casi rozaba mis rodillas—. ¿La he asustado?

Negué demasiado deprisa. El sobre casi se me escurre de las manos.

—Estoy bien —contesté—. Solo esperaba al doctor Bauer.

Cuando pronuncié el apellido, su gesto cambió un poco. En Viena, decir «doctor Bauer» en un hospital abría puertas.

—¿Usted es…?

—Su hija —aclaré, antes de que terminara.

—Ah. —Asintió—. Entonces, discúlpeme. No es el tipo de paseo que uno querría para una señorita.

Sonrió apenas. No era una sonrisa brillante. Se guardaba algo, pero aun así me dio una pista que no entendí hasta mucho más tarde, bajo toda esa fachada de médico educado, había un hombre que sabía de sobra que las personas son mucho más que un diagnóstico. Desde ese día empecé a fijarme más en él.

No porque él me buscara, sino porque yo afiné la mirada.

Y la excusa. Cada vez que iba al hospital encontraba una excusa para pasar por el pasillo donde él solía revisar historiales, hablar con las enfermeras, anotar cosas.

No tenía la imprudencia del violinista ni la adolescencia torpe del compañero de clase.

Tenía además esa otra cosa, una seriedad que todavía no estaba del todo formada, como si la estuviera ensayando.

Me recordaba a mi padre. Y, al mismo tiempo, me resultaba incómodamente atractiva.

En la Viena de los treinta, una chica de mi entorno no «tenía vida sexual» como se dice ahora.

Había, como mucho, novios oficiales con los que se podía bailar más de la cuenta, pasear cogidos del brazo, robar un beso en una esquina discreta.

Lo demás existía. Claro. Pero se decía en voz baja y siempre de otras.

Nosotras, las que teníamos que llegar «limpias» al matrimonio, vivíamos el sexo sobre todo en futuro. Y en condicional. En los chistes entre susurros, en los libros que no nos dejaban leer, en la imaginación. Yo empecé a vivirlo también en presente, pero… solo por dentro.

Entre Friedrich y yo no hubo nada que pudiera escandalizar a nadie, ni escapadas, ni cartas, ni promesas.

Como mucho, momentos largos a solas en un pasillo, su mano rozándome el codo para apartarme de un carrito, su mirada bajando un segundo al cuello de mi vestido cuando yo agachaba la cabeza para buscar algo en el bolso.

Cosas que cualquiera habría podido justificar como accidentes.

El problema fue que, para mí, dejaron de serlo.

La primera vez que me habló de algo que no fuera médico, fue una tarde en que mi padre se retrasó. Yo esperaba en su despacho. Él entró con un montón de historiales en la mano y se detuvo al verme.

—Perdón, creí que estaba vacío —dijo.

Yo habría podido irme. De hecho, debería haberlo hecho. En lugar de eso, le pregunté algo que llevaba días rondándome la cabeza:

—¿No le cansa?

—¿Qué?

—Ver tantos cuerpos heridos.

Friedrich dejó los historiales sobre la mesa de mi padre. Se tomó su tiempo antes de responder.

—Me cansa más fingir que no me cansa —dijo por fin—. Pero es un cansancio que prefiero a otros.

Lo dijo tan en serio que, por un momento, dejó de ser ‘el médico joven’ y vi simplemente al hombre que tenía delante.

Sentí un impulso absurdo. Tocarle la muñeca, como él había hecho con aquel paciente, solo para comprobar que estaba caliente.

Vivo, ahí. No lo hice. En lugar de eso, dije algo correcto. Qué remedio.

—Supongo que mi padre piensa igual.

Él asintió.

—Su padre… —empezó, luego sonrió torcido—. Su padre es de otra generación. A nosotros todavía nos dejan hacernos preguntas.

Sonrió, esta vez un poco más. Y en esa sonrisa se convirtió, por primera vez, en otra cosa.

No un futuro. No un matrimonio. No una casa.

No una vida juntos, sino un presente intensísimo, hecho de pasillos, café demasiado fuerte en el descanso de guardia y silencios complicados en el despacho de mi padre.

Contención. Eso era. El cuerpo ya sabía más que las normas, pero las normas seguían mandando. Lo que no podíamos hacer, lo imaginábamos. Lo que no decíamos, lo sentíamos con una claridad que dolía.

Con el joven médico no crucé ninguna línea…

que mi época habría llamado indecente. Pero sí crucé otras fronteras menos visibles, la de desear a un hombre que no estaba en ningún plan familiar, la de notar cómo una mirada podía recorrerme la piel bajo el vestido sin llegar a tocarla, y entender, por fin, que aquello no era pecado, no era enfermedad.

Que no tenía nada que ver con lo que me habían contado.

Era otra sensación, esa que aparece cuando un hombre deja de ser solo alguien serio y se le empieza a notar la fragilidad.

Luego, cuando todo se volvió real, con Giorg y con la guerra, entendí que aquel tiempo me había enseñado más de lo que parecía.

Aprendí a leer manos, silencios, cambios de respiración.

Aprendí a distinguir la curiosidad del interés de verdad.

Y, sobre todo, aprendí que no hacía falta desnudarse para estar peligrosamente cerca de alguien.

En la Viena de los años treinta, para una chica como yo, eso ya era mucho.