Capítulo 3 #2
En aquellos años treinta, Viena seguía siendo, para mí, una ciudad de música, café y humo.
No sabía que todo iba a cambiar de significado.
No sabía que los mismos cafés donde yo me sentía adulta por escuchar conversaciones ajenas serían, años después, lugares donde no convendría quedarse demasiado tiempo.
De momento, mi mayor drama era elegir vestido para el siguiente baile sin repetir, disimular que el corazón se me aceleraba cuando un compañero me rozaba la cintura al girar, y decidir si decirle a mi padre que en clase de historia ya no hablábamos solo de emperadores, sino de ideas políticas.
Si cierro los ojos, todavía me veo, quince, dieciséis años, subiendo al tranvía con un libro de latín bajo el brazo y el olor del café pegado al abrigo.
Correcta por fuera, inquieta por dentro.
Moviéndome entre waltzes y periódicos, entre la voz de mi madre hablando de España y la de mi padre leyendo, en silencio, las noticias de un país que se fracturaba poco a poco.
Todavía no conocía a Giorg. Todavía era, en teoría, solo Anna.
Casi sin darme cuenta, todo me llevaba a él. Para enamorarme de alguien que necesitaba tenerlo todo bajo control… y para ser yo quien le llevara la contraria.
Antes de Giorg hubo otros. Chicos con los que aprendí cosas tontas: a dar la mano, a que me dieran un beso en la oscuridad del cine, a esperar una carta que nunca llegaba. Nada serio. Pero algo dejaron.
El primero era tan razonable que ahora me da ternura.
Se llamaba Viktor, o Karl, o algo así. Hijo de comerciantes, buen estudiante, camisa siempre limpia, el tipo de chico que los profesores ponían de ejemplo sin que nadie dijese nada.
Nos sentábamos casi en la misma fila, y lo primero que me gustó de él fue una tontería, su letra.
Era ordenada, inclinada justo lo suficiente y por supuesto limpia.
Yo, que escribía con un entusiasmo caótico, miraba sus apuntes con envidia muy seria.
Me prestaba los cuadernos cuando yo me distraía mirando por la ventana o anotando algo al margen que no tenía nada que ver con la lección.
Al principio fue solo eso, intercambio de apuntes, comentarios sobre el profesor de historia, alguna broma a media voz cuando el de matemáticas se ponía dramático con los logaritmos.
La primera vez que sentí algo distinto fue una tarde cualquiera. Habíamos salido de clase y caminábamos en grupo hacia el tranvía, risas, bufandas, aliento blanco en el aire. En un punto el grupo se fue separando, cada uno hacia su calle. Nos quedamos solos él y yo durante unos metros.
—Tienes tinta en la mejilla —me dijo.
Yo me llevé la mano a la cara, torpe.
—¿Aquí?
—No.
Aquí.
Se acercó y, con el pulgar, me rozó justo debajo del pómulo. Era un gesto inocente, casi fraternal. Pero yo noté esa caricia mínima como si me hubieran golpeado el estómago desde dentro. El pulgar estaba frío. La mirada, no tanto.
—Ya está —añadió, retirando la mano demasiado deprisa.
Desde ese día, cada vez que abría el cuaderno y veía su letra mezclada con la mía en los márgenes, sentía mariposas en el estómago.
No era amor, todavía no. Era esa euforia absurda del descubrimiento de que un cuerpo masculino puede estar cerca del tuyo sin que nadie se desmaye.
Sin que el mundo se acabe… y que, aun así, todo cambie un poco.
Me invitó al cine una vez, en grupo. Fuimos seis, cuatro compañeros y nosotras dos.
En la oscuridad, nuestras mangas se rozaban cada vez que él movía el brazo para llevarse las palomitas a la boca.
Yo no vi media película. Estaba demasiado ocupada intentando entender si aquel roce era casual o no, si debía apartarme un poco o quedarme quieta.
No pasó nada. Ese fue el problema, que yo quería que pasara «algo», sin saber muy bien qué.
Mi «amor» con Viktor o Karl se fue disolviendo poco a poco.
Cambiamos de curso, de horario, de prioridades.
Él empezó a hablar más de exámenes de ingreso en la universidad, yo a pensar en música, en cafés…
en otras cosas. Nos seguimos saludando sin problemas.
Nunca supo que, durante unos meses, su pulgar frío en mi mejilla había sido mi escena favorita para repasar antes de dormir… como una tonta.
El segundo fue menos razonable. Y, por eso, mucho más peligroso.
Lo conocí en el conservatorio. Mi padre había accedido a que tomara clases de teoría y un poco de piano «mientras no descuides los estudios serios».
Mi madre, claro, apoyó la idea con entusiasmo.
Fue ella quien me acompañó la primera vez y, al ver el edificio, comentó:
—Cuidado. Aquí una se enamora de muchas cosas a la vez.
Yo pensé que hablaba de la música. No solo.
Él, violinista. Tenía un par de años más que yo, el pelo demasiado largo para el gusto de mi padre, manos finas y esas ojeras de los que duermen poco porque se quedan practicando cuando los demás ya duermen.
La primera vez que lo vi fue en un pasillo: apoyado contra la pared, el estuche del violín a sus pies, como un perro fiel.
Miraba una partitura con la frente fruncida.
No tenía nada de especial, ni de solemne. Llevaba la chaqueta un poco arrugada y los zapatos gastados. Pero cuando levantó la vista y sonrió a alguien al pasar, tuve la impresión de que el pasillo se ensanchaba.
Nos cruzamos varias veces antes de hablar. Yo llegaba, salía, lo veía y me hacía la distraída. Sabía su nombre por casualidad, una profesora lo mencionó elogiando su talento y su «carácter demasiado apasionado». Aquello, con dieciséis años, sonó a todo lo que yo no podía ser.
Una tarde, el profesor de piano se retrasó.
Esperábamos en un aula con las ventanas empañadas.
Alguien dejó la puerta abierta y, desde el pasillo, empezó a colarse música.
No un ensayo torpe, sino una melodía completa, intensa, que subía y bajaba como una conversación demasiado íntima.
Nos asomamos. Era él. El violinista. Tocando solo en un aula vacía, creyéndose a salvo de miradas.
Lo vi inclinarse sobre el violín, cerrar los ojos, morderse un poco el labio inferior en ciertos pasajes.
Y yo miraba, sin saber muy bien qué estaba viendo.
Porque nunca había visto a alguien entregarse así.
Había deseo ahí, pero no sexual, o no solo.
Era deseo de que aquello sonara como él lo escuchaba por dentro.
Cuando terminó, aplaudimos sin pensar. Él se sobresaltó dándose cuenta de que tenía público y se puso un poco colorado.
—Perdón —dijo, asomándose a nuestra puerta—. No quería interrumpir.
—No estás interrumpiendo —dije, antes de que nadie más hablara—. Ojalá todos los retrasos sonaran así.
Se rio. Esa risa me acompañó semanas.
Empezamos a coincidir más. Un comentario aquí, otro allí. Hablábamos de compositores, de profesores, de lo caro que era el café del conservatorio. Me preguntó una vez qué hacía yo allí si no quería ser músico profesional.
—Porque en mi casa ya hay demasiadas recetas y casi nada de música —contesté.
—Entonces no tengas tanta prisa por curarte —dijo—. El mundo está lleno de médicos y muy poca gente que escuche de verdad.
Esa frase, lo confieso, se me metió debajo de la ropa.
Nunca me tocó más allá de lo aceptable: un roce en la espalda al abrirme la puerta, sus dedos guiando los míos en una digitación complicada, una mano que se apoyaba demasiado cerca sobre el teclado cuando se inclinaba para señalar una nota.
Pero yo empecé a sentir de otra manera el peso de mi propio cuerpo sobre el taburete, la sensibilidad de la piel en la nuca cuando sabía que estaba detrás de mí, la respiración un poco más rápida cuando entraba tarde en el aula y nuestros ojos se cruzaban.
La fantasía, claro, fue mucho más lejos que la realidad. En mi cabeza, ya habíamos tenido al menos diez conversaciones brillantes, tres peleas dramáticas y una reconciliación en algún pasillo oscuro. En la vida real, apenas intercambiamos unas docenas de frases largas y algunas sonrisas.
Un día me dijo que pensaba marcharse, si podía, a Alemania o a Francia, donde «las orquestas todavía tienen dinero para arriesgarse».
Hablaba de directores, de contratos, de ciudades desconocidas como si fueran notas.
Para él, el mundo era algo que se cruzaba con un instrumento a la espalda.
Para mí, el mundo seguía estando demasiado ligado a mi casa, a mi padre. A Viena.
—No sé dónde estaré dentro de cinco años —me confesó, guardando el violín—. Pero sé que no puedo quedarme quieto.
Yo asentí, con un nudo raro en el estómago. No hubo beso. Ni declaración. Ni drama. Hubo, en cambio, una ausencia, dejó de aparecer en los pasillos. Al principio pensé que era casualidad. Después, una profesora comentó que se había ido a estudiar fuera. Nadie supo decir exactamente dónde.
La primera vez que volví al conservatorio después de saberlo, me sorprendí buscando su estuche negro apoyado contra alguna pared. No estaba. Me senté al piano y, cuando puse las manos sobre las teclas, me di cuenta de que el hueco que dejaba no era solo auditivo. Era físico.
Con él entendí que desear a alguien no significa planear una vida juntos.
A Viktor o Karl lo había imaginado como marido posible, padre aceptable, qué horror, dicho así.
Eso. Al violinista, en cambio, nunca lo vi cambiando pañales ni firmando documentos.
Me bastaba con verlo tocar. Con la forma en que cerraba los ojos al llegar a un pasaje difícil.
Era todo lo que podía pedir… o todo lo que me atrevía a soñar.
Años después, cuando miraba a Giorg con su uniforme, tan rígido, tan contenido, y notaba que debajo de todo eso había algo tan intenso como la música de aquel chico, entendí que aquellos dos ensayos me habían enseñado lo importante. El primero me enseñó algo. El segundo, otra cosa.
No lo entendí entonces.