Capítulo 3
Viena, cuando yo tenía quince, todavía no era la ciudad rota que sería después, pero tampoco era ya ese centro del Imperio del que mi padre hablaba en pasado, esa nostalgia muy suya.
En Viena todo el mundo hablaba de lo que la ciudad había sido, ignorando lo mal que estaban las cosas en ese momento.
Hay una edad en la que una ciudad deja de ser solo el lugar donde vives. Entre los catorce y los diecisiete, yo no encontraba mi sitio.
Oficialmente, era una señorita correcta, en la práctica, no tanto.
En los papeles, en las invitaciones, en las presentaciones cuidadosas que hacía mi madre, yo era Anna Bauer, hija del doctor Johannes Bauer y de la señora Elena Bauer.
Eso significaba una adolescencia muy normal, vestidos discretos, buenos modales, espalda recta, bailes en salones, tartas en casas donde los relojes marcaban la hora del chocolate caliente.
Y todo eso existía. Había tardes enteras en las que yo creía que mi vida iba a ser exactamente así.
Me acuerdo del salón de los Kessler. Techos altos, lámparas doradas, cortinas pesadas, un piano situado justo ahí para que las chicas bien pudieran demostrar cuánto habían practicado.
Yo llevaba un vestido color marfil que mi madre había ajustado la tarde anterior, sujetando la tela a mi espalda con alfileres mientras murmuraba «un poco menos…
así… ahora sí». Todavía estaba aprendiendo a llevar tacones sin parecer un potrillo recién nacido… aunque no siempre lo conseguía.
Las otras muchachas hablaban de profesores, de vacaciones, de primos lejanos que volvían del ejército más guapos que antes.
Los chicos se apoyaban en las paredes, haciéndose los aburridos, hasta que empezaba la música y entonces recordaban que había que sonreír.
La conversación era la de siempre: estudios, familias, pequeños chismes que no hacían daño a nadie.
—Anna… el ponche ya te está subiendo. Sonríe —me susurraba mi madre, inclinándose apenas hacia mí mientras yo intentaba que el ponche no se me subiera a la cabeza—. Solo sonríe.
«Ser correcta» significaba eso, hablar en el momento justo, reír sin exagerar, bailar con los chicos adecuados y dar las gracias incluso cuando el baile había sido un desastre.
Mi padre estaba orgulloso de mi compostura.
Mi madre, satisfecha de haber criado una hija «presentable» en una ciudad que a veces la miraba como si fuera demasiado.
Pero mientras bailaba ese vals bien aprendido, había otra parte de mí que estaba escuchando otra cosa, los cafés.
Los salones me decían, así tienes que ser.
Los cafés, en cambio, era lo que quería.
Viena olía a café fuerte y a tabaco rubio. La primera vez que entré en un café sin mis padres fue de la mano de una amiga del colegio, pero así no se cuenta bien la historia. La verdad es esta, entré empujada por la curiosidad y esas ganas de libertad que eran demasiado grandes para mí.
No era uno de los cafés más importantes, no todavía.
No el Central, con sus techos altísimos y escritores que parecían parte del mobiliario.
Era uno más modesto, pero tenía todo lo necesario: mesas de mármol, sillas un poco cojas, periódicos colgando de unas perchas de madera, camareros que no miraban a nadie.
Me acuerdo de la primera vez que crucé la puerta.
El calor me golpeó la cara después del frío de la calle, el humo flotaba bajo las lámparas.
Un grupo de hombres discutía en un rincón con los codos sobre la mesa y las tazas medio vacías.
Sonaba música al fondo, un disco algo rayado que sonaba a moderno.
Nos sentamos en una mesa pequeña, junto al ventanal.
Éramos tres chicas, estudiantes aplicadas que habían salido «a tomar un chocolate».
Pedimos chocolate, por supuesto. Pero no veníamos a por el chocolate.
Veníamos a escuchar. En la mesa de al lado, un joven con gafas hablaba de política con una vehemencia que llamaba la atención incluso desde donde estábamos.
Decía palabras que en mi casa no se decían, socialdemocracia, fascismo, revolución.
Hablaba de Viena como «la ciudad obrera más culta del mundo» y del resto del país como si no tuviera importancia.
Los demás asentían, discutían, se exaltaban.
Yo no lo entendía todo, pero entendía lo suficiente como para sentir que se me aceleraba algo por dentro. No era solo el contenido, era el tono. Esa sensación de que estaban diciendo cosas importantes.
—Anna, no mires tanto —susurró una de mis amigas, con una mezcla de miedo y diversión—. Van a pensar que te interesa.
Me interesaba. Me interesaba más eso que cualquier conversación sobre vestidos.
Esa tarde fue la primera de muchas. Empecé a buscar excusas para «pasar por» el café después de clase, aunque fuera solo un cuarto de hora.
A veces iba acompañada, a veces sola. Siempre diciendo que iba a estudiar o leer.
A veces sacaba un libro, sí, pero lo abría y lo dejaba sobre la mesa como coartada, mientras mis oídos se iban hacia las discusiones del fondo. En casa, en cambio, el tono era otro.
—La política es un campo minado, Anna —decía mi padre—. Y tú aún estás aprendiendo a caminar.
Lo decía con esa calma suya, que convencía mucho más que cualquier grito.
Había vivido una guerra, y había visto de lo que eran capaces las palabras bonitas.
No le faltaba razón. Pero yo, que por entonces solo conocía la guerra a través de los silencios, sentía que había algo irresistible en esas discusiones, en esos periódicos llenos de titulares que prometían cambios.
Mientras tanto, mi madre me seguía contando historias de España.
En las sobremesas, cuando el café se alargaba y mi padre aún no había vuelto del hospital, ella se apoyaba en el respaldo de la silla, entrelazaba las manos y empezaba a hablar, de Málaga, de las noches de verano en la azotea, del puerto lleno de voces, de la luz que aquí, en Viena, parecía siempre un poco más triste.
De vez en cuando, deslizaba también recuerdos de aquel viaje que nunca llegó a Serbia, trenes, enfermeras, idiomas, hospitales en otras ciudades.
—No me arrepiento de haberme quedado en Viena —decía—. Pero hay días en los que echo de menos el ruido del mar.
Yo, entonces, no conocía el mar más que en sus relatos. Y, sin embargo, lo sentía cuando hablaba. No hablaba con tristeza, sino con ganas de no olvidar. Parecía que todavía caminaba por el puerto, aunque estuviera aquí conmigo poniendo la mesa.
Entre las historias de mi madre y los silencios de mi padre, me fueron surgiendo dudas que cada vez se hacían más grandes y difíciles de ignorar.
Por un lado, estaba la Anna que sabía cómo comportarse, la que se probaba vestidos frente al espejo, midiendo el largo de la falda, la que iba a bailes, sonreía a los jóvenes que se inclinaban lo justo, la que recordaba las normas de etiqueta que su madre le susurraba mientras le abrochaba los guantes.
La que sabía cuándo callar en una reunión de adultos, cuándo decir «por favor» y «gracias», cuándo fingir que no había oído un comentario inconveniente.
Por otro lado, estaba la Anna que caminaba un poco más deprisa cuando pasaba frente a ciertos cafés porque sabía que, si miraba por la ventana, vería a alguien gesticulando sobre un periódico, la que sentía un cosquilleo extraño cuando un compañero de clase se atrevía a preguntarle qué opinaba ella de «todo eso».
La que, de vez en cuando, leía a escondidas algunos artículos que mi padre dejaba sobre la mesa, más por curiosidad que por rebeldía.
Y luego estaba mi cuerpo. Un recién llegado que no sabía dónde sentarse.
Entre los catorce y los diecisiete, un día era pura torpeza, al siguiente no podía dejar de mirarme en el espejo.
La niña huesuda con trenzas se fue llenando de curvas que los vestidos de pronto tenían que sujetar.
Mi padre lo notó antes que yo, o al menos habló de ello antes.
—Tu hija está creciendo muy deprisa —le dijo a mi madre una noche, creyendo que yo no lo oía.
—Me alegro —respondió ella—. Peor sería que se quedara parada.
Yo escuchaba esas frases desde el pasillo, pegada a la pared, sintiendo cómo se me encendía la cara sin saber si de vergüenza o de orgullo.
En los bailes, empezaron a cambiar las miradas.
Algunos chicos bajaban la vista demasiado rápido cuando se cruzaban conmigo, otros la sostenían un segundo más de lo necesario.
Había roces de manos que parecían accidentes y no lo eran tanto.
Yo me movía entre todo eso con una mezcla de torpeza y curiosidad, como quien entra en una sala oscura sabiendo que hay muebles, pero sin saber dónde están.
Lo que nunca cambiaba era lo de siempre, debía ser correcta.
Mi madre quería que no olvidara de dónde venía, mi padre, que no me perdiera en la confusión de una Viena que se agitaba.
Lo que sí cambiaba era lo que empezaba a sentir cuando, por ejemplo, volvía a casa sola al anochecer, después de una tarde en el café con alguna amiga.
El tranvía avanzaba despacio, la ciudad se llenaba de luces, en las ventanas se veían cenas, discusiones, caricias, peleas.
Yo me miraba en los cristales y me preguntaba qué tipo de vida iba a ser la mía, si la de los salones o la de las mesas de café donde la gente se atrevía a decir lo que pensaba, aunque les costara caro.
Por supuesto, no era una elección fácil. Nadie me obligaba a escoger de forma tajante. Pero esa tensión estaba ahí, latiendo debajo de los exámenes, de los ensayos de piano, de los paseos con mi madre por el Danubio.
A los diecisiete, supe que no me iba a quedar siempre callada. No sabía que mi vida me llevaría a otra ciudad, a otra guerra, a otro hombre de uniforme. Pero ya intuía que salía a mi madre cuando preguntaba demasiado. Y que eso iba a traerme problemas.