Capítulo 2
Para entenderlo a él, por qué es así, tengo que irme a su infancia.
No porque él me la haya contado de esa manera, sino porque hay hombres a los que una acaba imaginándolos niños para no pelearme solo con el adulto.
De su infancia nunca habló demasiado. Lo poco que sé lo he ido armando con frases sueltas, silencios, y con lo que vi después en Trieste.
Ahora mismo, mientras escribo esto, lo oigo caminar por el pasillo. Camina igual que su padre, rígido.
Yo crecí en un piso de clase media alta en Viena, lleno de libros, pacientes y discusiones, Giorg creció rodeado de silencios.
Su apellido llevaba un Von delante y pesaba.
Von Hohenfeld. Eso en ciertos sitios significaba mucho y en otros te convertía en un blanco.
Mientras mi madre me contaba historias de un puerto andaluz y de un abuelo juez, la infancia de Giorg transcurría entre paredes lujosas y cuadros de antepasados que te miraban desde arriba.
No era una familia noble cualquiera, de esas que solo conservan el apellido y los modales, en casa de los Von Hohenfeld todavía había tierras, inversiones, criados, caballos en las cuadras y una pianola que nadie se atrevía a tocar sin permiso. Nadie. Ni siquiera los niños.
La riqueza no estaba en el oro, sino en la seguridad de quien da por hecho que el mundo siempre tendrá una silla para él en la mesa principal.
Su padre, Franz von Hohenfeld, era capitán retirado de caballería.
Decía «retirado» como si fuera una cortesía que él le había hecho al ejército, no al revés.
Jamás al revés. El uniforme le seguía sentando demasiado bien para ser solo un recuerdo, el bigote, perfectamente recortado, le daba distinción.
Para el Giorg niño, su padre era sobre todo una espalda recta, unas botas demasiado bien lustradas y una voz que no necesitaba alzarse para hacerte pequeño.
Su madre, Elisabeth, venía de una familia ligada desde hacía generaciones al Adriático. Quizá por eso, cuando estamos en la casa y el viento sube desde el puerto, hay momentos en que no sé si recuerda a su madre… o si se está despidiendo de ella otra vez.
Tenían intereses en Trieste, en Pola, en pequeños puertos que, a mí, años después, me sonaban a mapa de despacho, y para ella olían a veranos luminosos.
De niña había pasado temporadas en una villa, arriba en una colina, la misma villa que, décadas más tarde, se convertiría en nuestra casa, ocupada por banderas ajenas.
Mientras yo, en Viena, miraba mapas de Europa como si fueran historias, el lugar donde acabaría viviendo ya estaba ahí, en los recuerdos de una mujer que todavía no tenía nada que ver conmigo.
La casa de campo de los Von Hohenfeld no era un castillo de cuento, no exactamente, pero a ojos de un niño podía parecerlo, demasiadas habitaciones para la gente que de verdad las usaba, pasillos donde los pasos resonaban, un jardín tan ordenado que daba respeto.
Alegría, poca. Había personal de servicio de sobra como para que las puertas se abrieran sin que nadie tocara el picaporte y los platos entraran y salieran de la mesa sin apenas enterarte.
Lo que no había, al menos no en abundancia, era abrazo. Era calor.
De su hermana sé poco. Giorg tenía una hermana, unos años menor, que durante mucho tiempo fue la única persona en aquella casa que no se tomaba demasiado en serio el escudo de la entrada.
Corrían por las galerías cuando nadie miraba, con los calcetines resbalando, se escondían detrás de las cortinas, riéndose, compartían cuentos a la luz de una lámpara cuando tenía que estar apagada.
Pero incluso los juegos tenían un horario.
En la mesa se sentaban derechos, con las manos visibles y hablaban lo justo.
Cuando me lo cuenta, no me mira a la cara.
Aprieta la mandíbula, igual que cuando… bueno, igual que otras veces.
—Los Von Hohenfeld no se doblan —decía el capitán, sin que nadie supiera del todo qué significaba. Giorg tampoco. Nunca le preguntó.
El dinero permitía caballos, profesores particulares, clases de idiomas y un tutor de historia que le enseñó a Giorg a trazar mapas de memoria, sin pestañear. Y también permitía fingir que el mundo exterior era menos peligroso.
Mientras los periódicos hablaban de atentados, alianzas y tensiones en los Balcanes, en casa de los Von Hohenfeld se seguía sirviendo el té a la misma hora, en la misma vajilla, con la misma rutina.
Quizá fue entonces cuando empezó esa obsesión suya por el orden y por el mar que más tarde lo llevaría a la ingeniería naval.
Mientras su padre hablaba de caballería, cargas y maniobras en terreno abierto, él pensaba en barcos, motores, rutas, puertos.
La fortuna de la familia, por entonces, parecía inagotable: propiedades en el campo, inversiones en empresas ligadas al transporte, un porcentaje, pequeño pero constante, en negocios de la costa adriática. Entonces todavía parecía imposible que todo aquello pudiera venirse abajo.
En medio de esa abundancia bien administrada, la infancia de Giorg fue cómoda y rígida a la vez. Nunca le faltó nada… salvo permiso para ser un niño.
—Tú eres el heredero —le repetía su padre—. No estamos criando a un invitado, sino a quien sostendrá esto cuando yo no esté.
Aprendió pronto a leer horarios, a presentarse impecable ante los invitados, a saludar de modo correcto.
La riqueza tenía sus propias normas: qué se decía y qué no, a quién se miraba a los ojos y a quién apenas se le concedía un gesto.
Y luego, en Trieste, en la villa, en cada cena oficial: la misma sonrisa de cortesía por delante.
La casa, tan grande y segura, se rompió por otro lado y no por la falta de dinero.
La madre enfermó. No de golpe, sino con ese tipo de dolencia que poco a poco va borrando a las personas sin que te des cuenta.
Primero dejó de subir las escaleras, luego de salir al jardín, y al final dejó de ir a comer a la mesa.
La fortuna seguía ahí, intacta, la vida familiar, no.
La hermana de Giorg se pegó aún más a él, era su hermano mayor. Era su apoyo.
Y, sin embargo, incluso en esa casa donde todo costaba tanto admitir, hubo un día en que la enfermedad, el miedo y la disciplina chocaron de frente. Un día en que la madre empeoró de repente, la hermana se puso a llorar sin consuelo y el capitán, por una vez, no supo qué orden dar.
Llamaron a un médico de Viena, muy respetado, un tal doctor Johannes Bauer.
Ahí, nuestras historias se rozaron por primera vez, el hombre que años después sería mi padre cruzó el umbral de aquella casa para atender a la madre de Giorg y visitar, quizá, a aquella niña que acabaría muriendo demasiado pronto.
Giorg, entonces, era solo un muchacho de catorce, quince años, demasiado bien peinado, con las manos tensas en los bolsillos del pantalón, mirando cómo un desconocido abría su maletín sobre la mesa de un salón donde nunca pasaba nada imprevisto.
Nunca me contó con detalle ese día. Poco a poco lo he ido reconstruyendo, frases sueltas suyas, comentarios de mi padre, silencios de mi suegro. En las casas donde nada falta también se muere. Solo que se hace más silencio.
La hermana murió poco después. La enfermedad de la madre siguió su curso. La casa se mantuvo igual de grande, igual de rica, pero mucho más vacía.
Y en medio de todo eso, un hijo único empezó a convencerse de que la única forma de que el mundo no se desmoronara era tenerlo todo bajo control: horarios, estudios, carrera, disciplina. Que lo material podía perderse, pero que mientras él fuera perfecto, algo se salvaría.
Yo tardé años en verlo. En Trieste, con la mano en la barandilla, bastó un papel fuera de sitio para que se le viera perder el control.
No era el uniforme ni el Reich. Venía de antes: de un niño criado entre cosas caras, aprendiendo pronto que el dinero no te libra del miedo.
Por eso no dejaba que nada se desordenara.
A veces, cuando discutíamos en nuestro dormitorio de Trieste y yo le gritaba que no podía controlar cada aspecto de nuestras vidas, lo veía luchar contra algo mucho más lejano que la guerra.
No estaba discutiendo conmigo, estaba discutiendo con su infancia, con el eco del capitán, con la cama vacía de su hermana.
Eso también lo viví yo, no la riqueza ni los salones, sino con el peso de sus silencios.
Más tarde, en la escuela, lo que de verdad lo diferenciaba de los otros niños de su clase no eran los modales, sino la obsesión con el mar y los barcos. Mientras otros se aprendían de memoria los nombres de generales y batallas gloriosas, Giorg se perdía en los mapas.
—Aquí está Trieste —le decía su madre—. Y aquí el puerto. Tu abuelo decía que era el lugar donde parece que el mundo se acaba.
En el escritorio de niño tenía siempre algún barco: primero de madera, después maquetas más complejas, regalos de cumpleaños que acababan ocupando estanterías enteras.
Desmontaba y volvía a montar cascos, contaba remaches, aprendía nombres impronunciables de piezas diminutas.
Al capitán le habría gustado verlo soñar con caballos, se encontró con un hijo que, desde muy pronto, pensaba en hélices, motores y astilleros.
—La caballería del futuro flotará —se atrevió a decirle una vez, con una sonrisa tímida.
Su padre levantó una ceja. El dinero, al fin y al cabo, también estaba empezando a moverse hacia el acero y el combustible.
La única que compartía de verdad ese entusiasmo era su hermana.
Se sentaba a su lado, con las piernas colgando, mientras él le explicaba, muy serio, la diferencia entre un crucero y un carguero, o por qué cierto tipo de casco soportaba mejor los embates del mar.
Para ella eran cuentos. Para él, proyectos, cálculos.
—Cuando seamos mayores, te llevaré en uno —le aseguraba—. Saldremos de Trieste y tú no tendrás que acostarte a la hora que diga nadie.
Ella se reía, encantada con la idea de un hermano mayor que, en lugar de castillos, prometía puertos iluminados.
Por eso, cuando la enfermedad entró en la casa y empezó a llevársela poco a poco, esa pasión suya por los barcos se ensombreció de golpe.
Primero dejaron de jugar en el suelo del despacho con las maquetas.
La niña ya no aguantaba tanto rato sentada, se cansaba, tosía, pedía cama.
Después, Giorg dejó de hablarle de viajes.
La miraba y no hacía falta que dijera nada.
Con verle el color de la cara sabía que ya no podía ni tenía fuerzas ni siquiera para imaginar.
El día que ella murió, él estaba en el jardín, junto al pequeño estanque donde, de niño, había echado barquitos de papel para ver hacia dónde los llevaba el viento.
Alguien lo llamó desde la puerta, una de las doncellas, con la cara descompuesta.
No hizo falta que dijera nada. Años después, cuando me lo contó, se quedó un rato mirando la nada.
—Tiré el barco. El que llevaba en la mano. No porque pensara que se hundiría con ella. No fue un gesto bonito. Lo tiré porque, de pronto, me pareció ridículo. Me parecía absurdo que el mundo siguiera como si nada cuando en casa se había acabado todo.
No añadió nada más. Yo tampoco pregunté.
Las maquetas se quedaron acumulando polvo durante un tiempo.
Él siguió sacando buenas notas, siguió siendo el hijo ejemplar que el capitán necesitaba, pero su manera de mirar los mapas cambió.
Dejó de ser un juego y entonces se prometió a sí mismo que algún día, de un modo u otro, haría que aquellos barcos fueran reales.
Cuando años más tarde eligió ingeniería naval, sus profesores hablaron de vocación, de talento, de visión de futuro.
Yo, que llegué después, vi tristeza metida en cálculo, planos y acero.
Cada vez que en Trieste lo veía asomarse a la ventana de la casa y seguir con la mirada el movimiento de los cargueros en el puerto.
Era un niño que había perdido a su hermana.
Y cada barco que salía parecía llevarse algo más.
Tal vez por eso miraba el puerto como quien espera una señal.
Yo no estaba aquel día en el estanque. No lo vi tirar el barco.
Pero cuando me abraza, y lo hace así, tan fuerte, tan callado, entonces entiendo, es que desde que murió su hermana, se aferra a todo lo que quiere por miedo a perderlo.