Orden y fuego Capítulo 1 #3
3%

Capítulo 1 #3

No fue un impulso. Corría el año 1914 y Europa empezaba a sangrar, la reina Victoria Eugenia acababa de dar un impulso definitivo a las Damas Enfermeras de la Cruz Roja.

Aquello fue el salvoconducto de mi madre: decían que era patriotismo.

Yo creo que también era ganas de huir. De hacer algo que no fuera quedarse esperando.

Se unió a un pequeño ejército de mujeres que, con la cofia blanca, se alejaban por fin de esos salones que parecían cerrarse sobre ellas.

Entre ellas iba Margaret, la hija de un cónsul inglés que viajaba con pasaporte español para burlar la guerra, y la menuda pero firme Ángela Graupera, que ya entonces tomaba notas en un cuaderno, destinada a ser una de las primeras corresponsales en los frentes europeos.

Salieron de Málaga hacia el norte, cruzando una frontera que olía a carbón y a miedo.

Mi madre decía que en un tren nadie te mira el apellido, eres solo lo que llevas y dónde te bajas.

El plan era atravesar Suiza para llegar a los Balcanes, pero la guerra se movía más rápido que los trenes.

Al llegar a Viena para una escala técnica, el destino le tenía preparado un cambio.

El Hospital General de Alsergrund estaba desbordado por los heridos que bajaban de los vagones desde el frente, un funcionario con una lista decidió su destino con un trazo de pluma.

La burocracia, ya entonces, cambiaba vidas.

El grupo se dividió, unos nombres seguirían hacia el este, otros se quedarían en la capital imperial. A Elena la destinaron a Viena.

—¿Te dolió no seguir hacia el frente? —le pregunté una vez.

—Me dolió todo —respondió—. Pero sentí un alivio que me daba vergüenza. A cierta edad, Anna, una aprende a hacerle caso tanto al valor como al alivio.

Elena entró en aquel hospital como una extranjera de manos firmes, pensando que sería algo temporal.

Allí la esperaba Johannes, mi padre. Era un médico joven y serio que trataba a los moribundos como si fueran reyes.

Mi madre lo observó en silencio entre las filas de camas: «No trata a nadie como un estorbo», pensó. Y ahí es donde empezó todo.

Durante meses fue solo trabajo: guardias interminables y discusiones breves sobre fiebres que no cedían.

Nada romántico. Olía a yodo y a hombres que llevaban días sin bañarse.

Hasta que una noche de invierno la calefacción se rindió.

Las enfermeras frotaban las manos de los soldados para que el frío no les robara la poca vida que les quedaba. Mi madre no sentía los dedos.

—Deje eso, señorita —dijo Johannes con su formalidad habitual—. Se va a congelar usted antes que ellos.

Regresó con una taza de café negro y humeante. No se la dejó en una mesa, se la colocó entre las manos y las cubrió con las suyas, grandes y calientes. Fue un segundo apenas, pero en ese instante mi madre supo que ya no le daba igual si aquel hombre regresaba a casa al terminar el turno.

Se casaron deprisa, entre informes de guerra y valses que sonaban a despedida. Mi bisabuelo Antonio viajó a Viena para conocer al hombre que había «retenido» a su nieta lejos del mar. Tras observar a Johannes durante una cena, sentenció con alivio:

—Al menos este no se bajará en cada puerto.

A finales de 1915 nací yo. Me gusta pensar que llegué cuando el amor ya no era un sobresalto, sino algo más tranquilo. Algo que había decidido quedarse. Aunque quizás eso me lo estoy inventando. Me gusta inventarme orígenes bonitos.

Mi madre estaba todavía en el hospital, pero ya no en las salas más duras.

Mi padre, que no confiaba en nadie para las cosas importantes, revisaba dos veces cada indicación sobre su embarazo.

La ciudad seguía viviendo bajo la sombra de la guerra, pero en nuestro piso pequeño apareció un espacio distinto, íntimo, donde el ruido quedaba un poco más lejos: una cuna, una manta que había viajado desde Málaga, un cuadro de Viena que alguien regaló.

A veces pienso que mi primera respiración fue lo único que hice sin deberle nada a nadie.

Llegué porque dos personas que no tendrían que haberse cruzado, una enfermera camino a Serbia y un médico austríaco que no pensaba salir de sus pasillos blancos, se detuvieron un momento el uno frente al otro, en mitad del desastre.

Yo soy eso. Ella, tan inquieta. Él, más callado, más contenido. Supongo que de ahí me viene el impulso de irme y, al mismo tiempo, no poder.

Años más tarde apareció Giorg. Y sin querer, me vi de nuevo en Viena, en esa sala.

Y entonces el presente volvió de golpe: el crujido seco del papel al otro lado del pasillo. Me puse el abrigo con la intención de salir, de marcharme, aunque fuera solo hasta la calle, y me quedé un segundo en el umbral, escuchando.

El capitán Giorg apareció sin prisa, la mandíbula afeitada como una línea y con los guantes en una mano. Me miró con esa calma que no pregunta dos veces y, sin embargo, su voz fue casi de padre.

—¿Otra vez sin bufanda, Anna? —dijo, y me la acomodó en el cuello con un gesto breve, cuidadoso, como si lo reparara—. No quiero que te enfríes.

Sus dedos se detuvieron un instante de más, apenas, en mi nuca, lo suficiente para que mi cuerpo entendiera algo antes que mi cabeza. Quise decir «vuelvo enseguida», pero lo único que hice fue respirar.

—Ven —añadió, suave, y esa palabra tuvo dos sentidos a la vez.

Di un paso hacia la puerta… pero el corazón me obligó a dar otro hacia él.