Capítulo 1 #2
Tenía trece años la primera vez que estudié con música clásica de fondo. No lo hice por sofisticación, ni porque quisiera parecer mayor. Lo hice, sencillamente, porque mi padre había dejado un disco puesto en el salón y no tuve el valor de apagarlo.
Yo estaba en mi cuarto, el pupitre lleno de cuadernos: latín, historia y un cuadernillo de problemas de matemáticas que me parecía una venganza personal del profesor.
Desde el pasillo llegaba, clara, una melodía de violines.
Al principio intenté concentrarme. Copié dos declinaciones, subrayé un par de fechas en el libro de historia.
Cada vez que levantaba la cabeza, mi vista se iba hacia la puerta abierta, pero la música seguía ahí, insistente. Al final, rendida, tomé mis libros en brazos y me fui al salón.
Johannes estaba en su sillón, con los ojos cerrados, las piernas cruzadas y una mano descansando sobre el brazo de madera. El gramófono giraba, y de la bocina salía una orquesta entera que parecía demasiado grande para nuestro salón mediano. Dejé los cuadernos en la mesa baja con un golpe seco.
—¿Te molesta si estudio aquí? —pregunté.
Abrió los ojos, esos ojos grises en los que a veces costaba leer qué estaba pensando, y luego sonrió, apenas.
—Al contrario. —Marcó la mesa con la barbilla—. Pero ya te aviso: aquí se estudia con Beethoven de fondo.
Puso la aguja de nuevo al principio del disco y volvió a recostarse.
Yo abrí el libro de latín, pero pronto me resigné a que la música y las declinaciones se mezclaran.
Mientras copiaba rosa, rosae, rosae, rosam…
, los violines subían y bajaban, los timbales marcaban un pulso que se me metía en la sangre.
—¿Qué pasa ahora? —pregunté al cabo de un rato, levantando por fin la vista del cuaderno.
Era una pregunta que le había hecho mil veces de niña. Él no se hizo el distraído, sabía que yo había estado esperando ese momento.
—Aquí… —dijo, sin mirar aún el gramófono— aquí un ejército agotado ve por primera vez la ciudad que lleva meses intentando conquistar. Están muertos de hambre, de frío, pero la ven al fondo, y en el fondo de cada músico hay rabia y esperanza, las dos a la vez.
Cerré el cuaderno. El latín podía esperar.
—¿Y antes? ¿Qué pasaba antes?
Johannes abrió un ojo, divertido.
—Antes marchaban. Solo marchaban. Lodo, lluvia, órdenes. Eso es el principio —señaló con un movimiento leve de la cabeza, siguiendo la melodía—. Luego, cuando entra el tema principal, es como si alguien gritara: «aguantad, que ya casi estamos».
Yo me quedé escuchando, con el lápiz todavía en la mano, sintiendo cómo esa música, que antes era solo ruido elegante de fondo, se llenaba de imágenes. Hombres embarrados, una ciudad al fondo, una mezcla de cansancio y obstinación.
—¿Y por qué te gusta tanto esto? —me atreví a preguntar—. Dicen que es… —busqué la palabra que había escuchado a una compañera—… aburrido.
Él soltó una breve carcajada, de esas que casi no hacen ruido, pero cambian el aire de la habitación.
—Dicen muchas tonterías, Anna —se inclinó un poco hacia delante—.
Mira… primero marchan. Lodo, lluvia. Luego, la ciudad al fondo.
¿Oyes la rabia? A veces ganan de todos modos.
Como la vida. La ópera, más todavía, todo es exagerado, pero en el fondo es lo mismo que sentimos nosotros, solo que puesto bajo una lupa.
—¿La ópera también te la inventas mientras suena? —Quise saber.
—La ópera ya viene inventada —sonrió—. Pero uno siempre completa cosas. Fíjate en Verdi, en Puccini… ahí están todas las pasiones humanas. El deber, el deseo, la culpa, la lealtad, la traición.
Entonces hizo algo que todavía recuerdo con una claridad absurda: se levantó, cambió el disco con una delicadeza casi tierna y puso un fragmento de La Traviata. La aguja cayó con ese sonido pequeño que te prepara, y luego entró la orquesta, y después la voz.
Una soprano llenó nuestro salón de Viena con un lamento que yo, a mis trece años, no entendía, pero sentía igual en la piel.
—Ella sabe que se le acaba el tiempo —comentó mi padre, con los ojos otra vez cerrados—. Quiere amar, pero también sabe que amar le va a costar caro. Hay algo de… combate, ¿lo oyes? Ella contra todo lo demás.
No respondí. Me había olvidado por completo de que había bajado a estudiar. El libro seguía abierto, pero las palabras nadaban sin forma concreta. Notaba cómo el pecho se me apretaba con la voz de aquella mujer, como un secreto que todavía no estaba preparada para entender.
En esas tardes lo noté, la música era todo. El miedo, la rabia, el tedio de las conjugaciones. Y esa inquietud nueva al mirarme al espejo y no reconocer del todo el cuerpo.
Desde entonces, cada vez que tenía que estudiar algo que me daba pereza, tablas de química, fechas de batallas, traducciones interminables, ponía un disco.
Decía que era para concentrarme, pero en realidad era para no estar sola.
Sentía que, detrás de cada nota, mi padre seguía sentado en su sillón, inventando escenas en voz baja, aunque no estuviera en casa.
Mi amor por la música clásica y la ópera nació allí, en ese salón, entre apuntes de latín y el suelo recién fregado. No en un teatro. Cuando sonaba una voz en un aria, a mí se me apretaba el pecho, sin más.
Mucho después, ya en Trieste, cuando el mundo parecía derrumbarse, volver a escuchar a Verdi o a Beethoven era, para mí, una forma de recordar que había existido otra vida antes de la guerra.
Y también, aunque me cueste admitirlo, era una forma de entender mejor a Giorg, su sentido del deber, su obstinación, esa lucha constante entre lo que debía hacer y lo que quería.
A veces me parecía que lo entendía mejor escuchando música que escuchándolo hablar.
Él nunca supo eso. O quizás sí, y por eso nunca apagaba el gramófono cuando yo estaba cerca.
Mi madre se llamaba Elena. Si mi padre era firme, ella no se estaba quieta.
Había nacido en una Málaga de casas altas y apellidos respetables, bajo la mirada de un padre oficial de la Armada al que todos trataban de usted.
Mi abuelo materno servía el té en vajilla inglesa y vestía con una elegancia impecable.
También tenía «amistades» en cada puerto.
Aprendí pronto que, para los hombres como él, lo importante era que la superficie no se agrietara.
Lo que hubiera debajo era asunto privado.
Quien pagaba el precio era mi abuela Ana, sola en una casa que por las noches le quedaba enorme.
De ella heredé el nombre y esa forma de quedarse quieta cuando todo alrededor parecía moverse.
De niña su silencio me desesperaba. Pensaba que no le importaban las cosas.
Ahora sé que no era eso. Había orgullo. Y había un cansancio que yo entonces no sabía reconocer.
El único que leyó el fuego en los ojos de mi madre fue su abuelo, don Antonio.
Como juez, intentaba compensar la ligereza de su hijo con una severidad profesional.
Él fue quien le enseñó que se puede ser muy respetable y muy poco fiable al mismo tiempo.
Por eso, mi madre tomó una decisión, huir de la resignación y hacerse enfermera.
—Si me quedo —le dijo a su abuelo una noche— terminaré mirando al mar y esperando a alguien que está siempre en otra parte. Yo no sirvo para eso.
—¿Y para qué sirves? —preguntó él.
—Para no quedarme quieta.