Operación seducción Capítulo 34
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Capítulo 34

Izan

Algo no encajaba. Desde que había vuelto del operativo, cuatro días de ausencia que se habían convertido en una tortura de preocupación constante, no podía sacarme de la cabeza la sensación de que el acosador seguía demasiado cerca.

Demasiado presente. Como una sombra que se alargaba incluso bajo el sol de mediodía.

Pasé la noche del miércoles revisando las grabaciones de las cámaras de seguridad que había instalado en los alrededores de la casa de Lara.

Horas y horas de vídeo aburrido, de calles vacías, de coches que pasaban ocasionalmente, de vecinos paseando a sus perros.

Pero mi entrenamiento militar me había enseñado a buscar patrones donde otros solo veían caos.

A las tres de la mañana, con los ojos irritados y el café frío en la taza, lo encontré.

Un coche. Siempre el mismo. Un sedán oscuro, un modelo común, nada llamativo.

Aparecía cada dos días, siempre a la misma hora, siempre estacionado en el mismo punto de la calle paralela a la de Lara, desde donde se veía perfectamente la entrada de su casa.

Nunca se distinguía al conductor, llevaba gorra y gafas de sol incluso de noche, pero en tres ocasiones diferentes, cuando pasaba bajo una farola con la luz adecuada, conseguí captar la matrícula parcial.

Tres letras y dos números. Insuficiente para la policía, pero suficiente para mí.

Contacté con Núñez al amanecer. Le envié las capturas de pantalla, los momentos exactos, el patrón de apariciones. Él me miró con una mezcla de admiración y preocupación.

—Esto es vigilancia ilegal, Izan —dijo, aunque ya estaba tomando notas.

—Esto es proteger a alguien que amo —respondí, y la palabra amar resonó en la habitación con una claridad que no intenté disimular.

Con ayuda de sus contactos en tráfico y de los míos en el registro de vehículos, conseguimos identificar al propietario en menos de veinticuatro horas.

No era Victoria Alcázar. Era un hombre llamado Roberto Fuentes, de cincuenta y tres años, detective privado con licencia vencida desde hacía dos años.

Un mercenario de la información, alquilado al mejor postor.

Cuando lo localizamos, ya que estaba viviendo en un apartamento de mala muerte en la periferia de Jerez, el hombre no opuso resistencia.

Quizás llevaba semanas esperando que alguien llamara a su puerta.

Quizás la culpa ya le pesaba. Sentado frente a nosotros en una sala de interrogatorios improvisada, con las manos temblando alrededor de un vaso de agua, aceptó declarar.

—Solo seguía a la chica —dijo, sin mirarnos a los ojos—. Recopilaba información sobre sus rutinas. A qué hora abría la tienda, cuándo cerraba, qué días iba al gimnasio, cuándo estaba sola en casa.

—¿Para quién? —pregunté, con la mandíbula tensa.

—Nunca supe los nombres —respondió, encogiéndose de hombros—.

Me pagaban en efectivo, en sobres dejados en buzones anónimos.

Solo me daban instrucciones por teléfono, con la voz distorsionada.

Nunca supe para qué iban a utilizar la información.

Juro que no sabía que la iban a acosar ni a amenazar…

Pensé que era un trabajo de competencia empresarial, de espionaje industrial. No esto.

La investigación dio un paso enorme. Aunque Fuentes no supiera quién le pagaba, sus descripciones del método de contacto, de los plazos, de las cantidades encajaban perfectamente con el modus operandi de Victoria Alcázar. Teníamos un eslabón. Teníamos un testigo. Teníamos esperanza.

Por fin llegó la gran gala benéfica. El evento que habíamos estado organizando durante meses, que había quedado eclipsado por el acoso pero que ahora cobraba una importancia simbólica brutal.

Era el momento más importante para Luna de Sal desde que comenzaron los ataques.

La primera vez que Lara se enfrentaría al público, a las cámaras, a la industria, desde que había salido a la luz la guerra que estaba librando.

Lara había decidido presentar una colección inspirada en los diseños inacabados de su madre.

Había tomado los bocetos del cuaderno que aún no habían recuperado, los había memorizado, recreado, reinterpretado.

Cada conjunto de lencería llevaba el nombre de una playa de Cádiz.

La Caleta , Santa María , La Victoria , Los Lances .

Era un homenaje a Clara, su forma de decirle al mundo que, aunque le hubieran robado el objeto físico, el legado permanecía.

Antes del desfile, cuando ya todo estaba preparado en el hotel donde se celebraba la gala, entré al camerino principal en busca de Lara.

Quería darle ánimos, decirle que estaba preciosa, que todo saldría bien.

Pero cuando abrí la puerta, la encontré inmóvil, con un sobre blanco en las manos, mirándolo como si fuera una serpiente.

—Lara… —dije, acercándome despacio.

Ella no respondió. Estaba completamente bloqueada, con los ojos fijos en lo que parecía ser una fotografía.

Cuando me acerqué lo suficiente para ver por encima de su hombro, sentí que la rabia me cegaba.

Era una imagen de Clara, su madre, joven y sonriente, probablemente sacada del archivo del hospital donde había fallecido.

Y por detrás, escrita con letra de máquina, una frase que me heló la sangre.

«Ella tampoco pudo proteger lo que amaba.»

Lara empezó a temblar. El sobre cayó al suelo y ella se cubrió la boca con las manos, ahogando un sollozo. Estaban atacando en su punto más vulnerable, usando el recuerdo de su madre como arma, ensuciando lo que debería haber sido una noche de triunfo.

No pregunté quién lo había dejado. No presioné para saber cuándo había aparecido. Simplemente, me acerqué a ella y le tomé la mano. Estaba fría, helada, temblando incontrolablemente.

—Mírame —dije, con voz firme pero suave.

Ella levantó la vista y vi que tenía los ojos brillantes de lágrimas contenidas, de rabia impotente, de miedo.

—Todo esto termina hoy —prometí, y no era una frase vacía. Era un juramento—. No voy a dejar que te roben esto. No voy a dejar que ganen. Estoy aquí, Lara. Y no me voy a mover de tu lado.

La miré fijamente, transmitiéndole toda la fuerza que pude, toda la certeza de que íbamos a salir de esto juntos. Poco a poco, el temblor disminuyó. Respiró hondo, una vez, dos, tres. Se secó las lágrimas con determinación, enderezó los hombros y asintió.

Gracias a ese momento, a esa conexión que no necesitaba palabras, consiguió recomponerse. Se puso el vestido que había elegido para la ocasión, un diseño suyo en azul cobalto que realzaba sus ojos, se retocó el maquillaje y salió al escenario con la cabeza alta.

El desfile resultó un éxito absoluto. Cada pieza era una obra de arte, cada modelo lucía los diseños con una elegancia que competía con la emoción del momento.

Cuando Lara salió al final para recibir los aplausos, la ovación duró varios minutos.

No era solo aplauso por la ropa, era reconocimiento, era solidaridad, era amor.

Muchas personas terminaron llorando al conocer, a través del programa de mano y de un breve discurso que Lara logró dar sin derrumbarse, que la colección era un homenaje a Clara, a su madre, a la mujer que había soñado con un taller pequeño y que, en cambio, había dado a luz un imperio.

Era su sueño cumplido a través de su hija.

Cuando la luz se apagó y el público se levantó para aplaudir de pie, vi a Lara en el centro de la pasarela, con las mejillas mojadas, pero sonriendo.

Y supe que, aunque no hubiéramos recuperado el cuaderno, aunque Victoria Alcázar siguiera libre, aunque las amenazas persistieran, habíamos ganado esta batalla.

Porque Lara había conseguido, por primera vez, cumplir el sueño que su madre nunca pudo realizar.

Y nadie, ni siquiera el monstruo que la acechaba, podía arrebatárselo.