Capítulo 33
Lara
Izan llevaba tres días fuera. Tres días que se habían convertido en una eternidad de minutos que se arrastraban como el agua que rezumaba por una grieta en la pared.
Descubrí, con una claridad que me desarmó por completo, que echar de menos a alguien podía resultar físicamente desesperante.
Era un dolor extraño, ubicado no en ninguna parte concreta del cuerpo, sino en todos lados a la vez.
En las manos que no tenían dónde agarrarse.
En el pecho que se contraía cada vez que miraba el móvil y no había mensaje suyo.
En la cama que se había vuelto demasiado grande, demasiado fría, demasiado silenciosa.
Intenté refugiarme en el trabajo, en esa terapia de siempre que consistía en crear belleza cuando el mundo parecía empeñado en destruirla.
Me encerré en mi despacho durante horas, con el nuevo cuaderno de bocetos.
Había tenido que comprar otro, aunque me doliera cada página en blanco que no era de mi madre y los lápices de colores extendidos sobre la mesa.
Diseñé una nueva colección inspirada en las playas de Cádiz: los tonos del atardecer en La Caleta, el azul cobalto del Atlántico, el blanco de la espuma, el dorado de la arena.
Bikinis con cortes asimétricos que evocaban olas, pareos que flotaban como velas, lencería en tonos coral y turquesa que parecían haber sido teñidos por el propio mar.
Las influencers volvieron a revolucionar las redes sociales.
Paula Montesinos publicó un story con uno de mis diseños, diciendo que Luna de Sal era «la marca del verano, la marca de la resistencia, la marca de las mujeres que no se dejan vencer».
Otras siguieron. El hashtag #LunaDeSalResiste se convirtió en trending topic en España.
Las ventas online se dispararon. Las clientas llegaban a la boutique no solo a comprar, sino a dar ánimos, a decirme que no me dejara intimidar, que todo Cádiz estaba conmigo.
Pero las amenazas continuaban.
Llegó el jueves por la mañana, cuando estaba sola en la tienda.
Un repartidor dejó un ramo de flores sin tarjeta.
Rosas blancas, elegantes, caras. Pensé, por un segundo iluso, que podrían ser de Izan, que había encontrado un hueco en su operativo para enviarme un detalle.
Pero cuando abrí el paquete, dentro, entre los pétalos perfectos, solo había una pequeña concha de playa.
Pintada de negro. Negra como la noche, como el miedo, como la intención de quien la había enviado.
Noelia la vio antes de que pudiera esconderla.
—Esto ya no es un juego —dijo, y su voz temblaba—. Lara, esto es enfermizo. Tenemos que hablar con la policía otra vez. Tenemos que…
—Ya están informados —interrumpí, guardando la concha en un cajón donde no tuviera que verla—. Pero sin huellas, sin remite, sin pruebas…
—Sin Izan —terminó ella y me miró con una preocupación que nunca le había visto—. Y eso es lo que más te jode, ¿verdad?
No respondí. No hacía falta.
Por la noche, cuando ya había cerrado la boutique y estaba en casa, con todas las luces encendidas y el corazón en la garganta cada vez que crujía una rama en el jardín, recibí una videollamada. Su nombre iluminó la pantalla. Era Izan.
Contesté con las manos temblando y su rostro apareció pixelado al principio, luego nítido, perfecto, con la barba de tres días que le daba un aspecto cansado pero hermoso. Estaba en algún lugar oscuro, probablemente en una habitación de hotel, con una pared blanca y anodina detrás de él.
—¿Sigues viva, sargento? —preguntó, con esa sonrisa torcida que me hacía querer estrangularlo y besarlo al mismo tiempo.
—Apenas —respondí, intentando que mi voz sonara ligera—. He descubierto que no soy capaz de doblar las toallas correctamente sin tu supervisión militar. Están todas en montones desordenados. Es un caos.
—Eso es porque no has entendido la técnica del cuadrado perfecto —bromeó él, y durante unos minutos hablamos de nada, de tonterías, de la temperatura en Cádiz versus la temperatura donde él estaba, de si Leo había comido verduras, de si Noelia seguía ligando con el bombero.
Pero la conversación fue cambiando. Se hizo más lenta, más íntima. Sus ojos se suavizaron y los míos se humedecieron, y de repente estábamos en silencio, simplemente mirándonos a través de la pantalla como dos tontos enamorados.
—Lara —dijo finalmente, y su voz era grave, seria. Nunca imaginé que volvería a enamorarme. Después del divorcio, después de todo… pensé que esa parte de mí estaba muerta. Y luego llegaste tú, con tus bromas y tu caos y tu forma de mirarme como si yo fuera un rompecabezas que necesitabas resolver.
Tragué saliva, sintiendo cómo las lágrimas amenazaban con desbordarse.
—Yo tampoco imaginé que podría sentir esto —admití, y mi voz salió rota y vulnerable—. Tenía tanto miedo, Izan. Tanto miedo a quererte y perderte. Y ahora que estás lejos…
—Volveré —prometió, y sus ojos brillaban con una emoción que no intentaba disimular—. Lo juro. Y cuando vuelva, no me iré de tu lado. Ni un segundo.
Nos despedimos con sonrisas forzadas, con «te quiero» que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta todavía, con promesas de llamar al día siguiente.
Ninguno quería colgar. Fue como arrancar una tirita, doloroso y lento, hasta que finalmente la pantalla se quedó negra y yo me quedé sola en el salón, con el eco de su voz resonando en los oídos.
Fue entonces cuando lo vi.
Una sombra moviéndose en el jardín. Una figura oscura que pasó rápidamente entre los olivos, demasiado rápida para distinguirla, pero lo suficientemente real como para hacer que mi sangre se congelara.
Salí corriendo. Sin pensar, sin miedo, con la rabia acumulada de días de intimidación. Abrí la puerta de golpe, con el teléfono en la mano, listo para llamar a la policía, pero el jardín estaba vacío. Solo el viento movía las ramas de los olivos, creando sombras danzantes que me habían engañado.
O eso creí hasta que vi la nota.
Estaba clavada en el tronco del olivo más cercano a la puerta, con un alfiler que brillaba bajo la luz de la luna. Una nota pequeña, de papel fino, con letra de máquina que ya reconocía demasiado bien:
«Todavía no has entendido el juego.»
Retrocedí tambaleándome, con el corazón desbocado, buscando a tientas la puerta para volver a entrar, para encerrarme, para sentirme a salvo, aunque fuera una ilusión.
Poco después, cuando ya estaba sentada en el sofá con una taza de té que no me atrevía a beber por el temblor de las manos, sonó el timbre.
No el de la puerta principal, sino el del jardín, el que nadie usa nunca.
Me acerqué con cautela, mirando por la mirilla, pero no había nadie.
Solo un pequeño paquete en el suelo, envuelto en papel marrón, sin remitente.
Lo abrí con cuidado, con las manos protegidas por guantes de cocina por si acaso. Dentro había una memoria USB. Nada más. Sin nota, sin amenaza explícita, solo ese objeto digital que parecía inocente pero que sabía que no lo era.
Conecté el USB a mi portátil con las manos temblorosas.
El contenido me dejó sin aliento. Cientos de correos electrónicos entre Adriana Vela, la ex exempleada, y una dirección corporativa que reconocí de inmediato: Textiles Internacionales Europa .
Pero no eran solo los correos lo que me heló la sangre.
Era el nombre que aparecía en copia oculta una y otra vez, como un fantasma que vigilaba cada paso.
Victoria Alcázar.
Directora general de Étoile Intimates , una marca de lencería de lujo que había intentado comprar Luna de Sal en varias ocasiones durante los últimos dos años.
Recordé perfectamente la última reunión con ella.
Hacía seis meses, en una sala de juntas de un hotel de cinco estrellas en Madrid.
Una mujer elegante, brillante, fría como el hielo.
Traje de Armani, joyas discretas pero carísimas, una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Me había ofrecido una cifra obscena por mi empresa.
Una cantidad que habría resuelto económicamente mi vida para siempre.
Cuando le dije que no, que Luna de Sal no estaba en venta, que nunca lo estaría, ella no se enfadó.
No intentó negociar. Simplemente sonrió, una sonrisa lenta, depredadora, y dijo:
—Ya cambiarás de opinión.
En aquel momento sonó a simple arrogancia de una ejecutiva acostumbrada a conseguir siempre lo que quería.
Ahora, al ver su nombre en esos correos, al ver cómo había estado financiando el acoso, cómo había pagado para que destruyeran mi vida, esa frase me heló la sangre.
No era arrogancia. Era una promesa. Una amenaza velada.
Llamé a Núñez inmediatamente. Le envié los correos, las pruebas, todo. Pero su respuesta me desesperó.
—Señorita Salas —dijo con voz cansada—. Esto es circunstancial. Victoria Alcázar niega cualquier implicación. Dice que los correos son falsificaciones, que nunca habló con Vela. Tiene abogados muy caros, muy buenos. Sin pruebas sólidas ni una confesión… no podemos acusarla. No todavía.
Colgué con las manos temblando de rabia impotente. Estaba atrapada. Tenía al enemigo identificado, sabía quién estaba detrás de todo, pero no podía hacer nada. Victoria Alcázar seguía en su torre de cristal, inalcanzable, mientras mi vida se desmoronaba.
Pero entonces, cuando ya estaba al borde del colapso, llegó el apoyo.
Las clientas empezaron a llegar en masa.
No solo a comprar, sino también a manifestar su solidaridad.
Traían carteles hechos a mano con los lemas «Estamos contigo, Lara», «Luna de Sal es de Cádiz» y «No a la intimidación».
Las influencers que habían apoyado mi marca desde el principio salieron públicamente en defensa no solo de mis diseños, sino también de mí como persona.
Paula Montesinos publicó un vídeo largo en el que contaba cómo la industria de la moda a veces se comía a sus creadores y cómo las grandes corporaciones intentaban destruir a los pequeños competidores en lugar de competir limpiamente.
La ciudad entera parecía haberse puesto del lado de Luna de Sal . Los periódicos locales publicaron editoriales que defendían a la empresa local frente a los gigantes internacionales. Incluso el Ayuntamiento de Cádiz emitió un comunicado de apoyo.
Y las ventas… las ventas se recuperaron. No solo eso, crecieron. La gente quería llevar Luna de Sal como un acto de resistencia y una declaración de principios. Mi pequeña boutique se convirtió en un símbolo.
Pero cuando cerré la tienda esa noche y caminé hacia mi casa con Noelia a mi lado, que se negaba a dejarme sola, no podía dejar de mirar cada sombra, cada rincón oscuro, cada coche que pasaba demasiado despacio.
Porque Victoria Alcázar seguía ahí fuera. Y hasta que Izan volviera, hasta que tuviéramos pruebas suficientes para detenerla, seguiría sintiendo que estaba jugando a un juego cuyas reglas solo ella conocía. Y yo, por primera vez en mi vida, empezaba a cansarme de perder.