Operación seducción Capítulo 32
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Capítulo 32

Izan

Salimos de la comisaría cuando el sol empezaba a caer sobre Cádiz, tiñendo el cielo de un naranja intenso que parecía burlarse de la oscuridad de nuestras caras.

Núñez nos había acompañado hasta la puerta, con esa expresión de preocupación que ya empezaba a resultarme familiar.

La información que acabábamos de recibir había cambiado todo.

Adriana Vela, la antigua empleada de Luna de Sal , había sido despedida tres años atrás por vender diseños confidenciales a una empresa rival.

Eso era cierto. Lara lo recordaba perfectamente, con una mezcla de rabia y decepción que aún le hacía fruncir el ceño.

Pero las pruebas forenses indicaban algo aún más perturbador: alguien con recursos importantes estaba financiando la campaña de acoso.

Alguien que había pagado por el seguimiento, por los mensajes, por la violencia contenida, que se había convertido en una amenaza abierta.

—No encaja —había dicho Núñez, frotándose la barbilla—. Vela vive en un piso compartido en Algeciras. No tiene dinero para este tipo de operación. Alguien le está pagando. Alguien que tiene interés en que Lara sufra.

Subimos al coche en silencio. Lara iba en el asiento del copiloto, con la mirada perdida en el paisaje que pasaba a toda velocidad, pero sin verlo realmente.

El cansancio empezaba a pasarnos factura a los dos.

Llevábamos días sin dormir decentemente, entre la vigilancia constante, el miedo y ahora esta revelación que abría más preguntas que respuestas.

Conduje por las calles sin rumbo fijo, siguiendo el trazado del mar hasta que llegué a la avenida que bordeaba la playa de la Victoria. Necesitábamos respirar. Necesitábamos un momento que no estuviera contaminado por interrogatorios, amenazas ni fotos clavadas con cuchillos.

Aparqué frente al mar. El Atlántico se extendía ante nosotros, infinito y oscuro bajo la luz del atardecer, con las olas rompiendo contra la orilla con ese sonido constante que siempre me había parecido el de la respiración del mundo.

Lara rompió el silencio primero. Su voz sonó ronca, agotada, pero, curiosamente, tranquila.

—¿Y ahora qué hacemos?

La miré fijamente. Tenía los ojos hinchados, el pelo revuelto por el viento que entraba por la ventanilla abierta y una expresión de resignación que me partía el corazón. Pero también había algo más. Una determinación que reconocía porque la veía en el espejo cada mañana.

—Seguir —respondí, y la palabra salió con una firmeza que me sorprendió a mí mismo.

—¿Con la investigación? —preguntó ella, girándose hacia mí.

—También —dije, y esta vez sonreí, una sonrisa lenta que nació desde algún lugar profundo, más allá del miedo y la fatiga.

Ella entendió perfectamente a qué me refería.

Lo vi en sus ojos, en la forma en que se iluminaron por un segundo, desafiando la penumbra del coche.

Por primera vez desde que empezó todo esto, ninguno de los dos habló de posibles errores, de consecuencias futuras ni de por qué esto era una locura. Simplemente nos miramos y nos besamos.

Fue diferente a todos los besos anteriores.

No hubo prisa, no hubo desesperación, no hubo la urgencia de quienes temen que el momento se acabe.

Fue un beso lento, deliberado, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.

Saboreé su boca, su aliento, la suavidad de sus labios contra los míos y sentí que estaba llegando a casa.

No a una casa de ladrillos y cemento, sino a ese lugar donde siempre debí haber estado.

Cuando nos separamos, apoyé mi frente contra la suya, con los ojos todavía cerrados, respirando su aire.

—No pienso esconder lo que siento por ti —dije, y era una promesa, un juramento, una declaración de guerra contra el miedo que nos había perseguido durante semanas—. No importa quién esté detrás de esto, no importa el peligro. Estoy contigo. Punto.

Ella me acarició la mejilla con la palma de la mano, con una ternura que me desarmó por completo.

—Pues tendremos que aprender a sobrevivir al caos —respondió, sonriendo—. Porque algo me dice que esto solo acaba de empezar.

Tres días después, Adriana Vela compareció ante el juez.

Confesó que había vendido información sobre Luna de Sal hace años, sí, pero juró por lo más sagrado que no tenía nada que ver con las amenazas actuales, con el robo del cuaderno ni con el cuchillo clavado en la fotografía.

Su abogado presentó pruebas de pagos recibidos de una cuenta offshore y Vela, desesperada, dejó caer un nombre antes de ser conducida de vuelta a los calabozos.

— Textiles Internacionales Europa —murmuró, con los ojos brillando de miedo—. Son ellos. Llevan años queriendo comprar Luna de Sal . Lara se negó. Y ahora… ahora quieren que se arruine para poder comprarla por cuatro duros.

Lara palideció al escuchar el nombre. Me agarró del brazo con una fuerza que me hizo mirarla.

—Recuerdo esa oferta —dijo, con la voz apenas audible—. Hace seis meses volvieron a contactar conmigo. Querían comprar Luna de Sal por una millonada. Les dije que no. Que mi empresa no estaba en venta, que nunca lo estaría.

Empezamos a sospechar que todo estaba relacionado con ese rechazo. Que alguien con recursos ilimitados había decidido que, si no podían tener Luna de Sal comprándola, la tendrían destruyendo a su creadora.

Fue esa misma tarde cuando Leo descubrió la verdad. Entró en casa sin avisar, algo que había dejado de hacer desde que era adolescente, y nos encontró en la cocina, con Lara sentada en la encimera y yo entre sus piernas, besándola con una familiaridad que no dejaba lugar a dudas.

Nos separamos de golpe, con la culpa pintada en la cara, preparando disculpas que nunca llegaron a pronunciarse.

Leo nos miró alternativamente, con una expresión que no supe interpretar.

Y entonces sonrió. Una sonrisa amplia, genuina, de esas que heredaba de su madre cuando estaba de humor para provocar.

—Ya era hora —dijo, dejando las llaves sobre la mesa—. Llevaba semanas preguntándome cuándo ibais a dejar de hacer el tonto y admitirlo.

—Leo, yo… —empecé, sintiendo cómo el rubor subía a mi cara.

—Papá, por favor —me interrumpió, levantando las manos—. Soy mayor de edad. Y Nora y yo… bueno, nosotros ya lo sabíamos. Se os veía a kilómetros.

Cuando Nora también se enteró, ya que Leo no tardó ni dos minutos en llamarla, la reacción fue aun más explosiva. Abrazó a Lara con una fuerza que hizo que ambas se tambalearan, llorando y riendo a la vez.

—¡Lo sabía! —exclamó—. ¡Lo sabía desde la barbacoa! ¡Os mirabais como… como…!

—Como dos cabras montesas —terminó Noelia, que había aparecido por la puerta con una botella de cava que nadie le había pedido—. Os lo dije.

Pero ambos adolescentes nos pusieron una condición, con una seriedad que duró exactamente cinco segundos hasta que estallaron en risas.

—Nada de hacer el ridículo delante de nosotros —dijo Leo, señalándonos con el dedo—. Ni besos empalagosos, ni apodos cursis, ni nada de eso. Somos jóvenes. Tenemos un límite de tolerancia al asco.

—Prometido —dije yo, cruzándome de brazos.

—Mentira —susurró Lara y me dio un codazo.

Por supuesto, ninguno de los dos cumplió la promesa. Esa misma noche, mientras preparábamos la cena los cuatro juntos, me pilló besando a Lara contra la nevera, con las manos en sus caderas y una dedicación que hizo que Leo pusiera los ojos en blanco dramáticamente.

—¡Papá! —protestó—. ¡Límite de asco alcanzado!

Pero sonreía. Y Nora también. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que teníamos una familia. Una familia extraña, rota y reconstruida, pero una familia, al fin y al cabo.

Fue al final de esa noche, cuando Lara ya se había ido a casa y yo estaba recogiendo la cocina con Leo, cuando sonó mi teléfono. El tono era diferente. Urgente. Militar.

Descolgué. Al otro lado, la voz del coronel jefe de operaciones especiales me heló la sangre con cinco palabras:

—Necesitamos que vuelvas. Inmediatamente.

Leo me miró y en sus ojos vi que lo sabía. Que reconocía ese tono, esa postura. Había una operación. Algo importante. Y yo debía ausentarme durante varios días.

Cuando Lara vino a despedirme a la puerta, intentó aparentar tranquilidad.

Sonrió, me besó, me dijo que cuidara, que volviera pronto, que no hiciera ninguna tontería heroica.

Pero cuando me abrazó, sentí que temblaba.

Y cuando me miró desde el umbral, con la mano levantada en un adiós silencioso, vi el miedo en sus ojos.

Un miedo inesperado, profundo, el miedo de quien sabe que ha encontrado algo que no quiere perder.

Arranqué el coche sintiendo su pesar en mi espalda, preguntándome si regresaría a tiempo para evitar que ese miedo se convirtiera en realidad.