Operación seducción Capítulo 31
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Capítulo 31

Lara

Me desperté con la luz filtrándose entre las cortinas de lino blanco, esa luz dorada y suave que solo se ve en las mañanas de verano en Cádiz.

Durante unos segundos, me desorienté. No era mi habitación.

No era mi cama. El techo era más alto, las paredes de un blanco más impersonal, y el olor…

el olor era a él. A Izan. A su colonia amaderada impregnada en las sábanas de la habitación de invitados donde había dormido, finalmente, después de horas de vigilia.

Me incorporé despacio, sintiendo el cuerpo pesado pero descansado.

La noche anterior, después de ese momento en el porche con mi cabeza sobre su hombro, me había quedado dormida en el sillón.

Él me había llevado en brazos hasta la habitación, lo recordaba vagamente, con la misma ternura con la que había hecho todo desde que empezó esta pesadilla.

No había intentado nada. No había presionado. Simplemente me había cuidado.

Me vestí con unos vaqueros viejos y una camiseta de algodón y bajé a la cocina. La casa estaba en silencio, pero sabía que él estaba despierto. Izan nunca dormía hasta tarde. Era un hombre de rutinas militares, de amaneceres aprovechados, de disciplina incluso en los fines de semana.

Preparé dos cafés en tazas grandes, añadiendo azúcar al suyo, ya sabía que lo tomaba así, a pesar de que siempre decía que prefería solo, y salí al jardín con el calor de las tazas quemándome ligeramente las palmas de las manos.

Lo encontré en el césped, junto a los olivos.

Estaba haciendo flexiones, con el torso desnudo brillando por el sudor matutino, los músculos de la espalda tensándose y relajándose con una precisión mecánica que me resultó hipnótica.

Llevaba los pantalones de chándal de la noche anterior, caídos ligeramente sobre las caderas, y el pelo revuelto por el esfuerzo.

—Sesenta —dije, acercándome con los cafés—. ¿Siempre haces sesenta?

Se levantó de un tirón, sin jadear, y se giró hacia mí. Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro, diferente a las sonrisas forzadas que usaba en público. Esta era real, íntima, solo para mí.

—Sesenta y cinco —corrigió, cogiendo la toalla que había dejado sobre el banco y secándose el sudor de la cara—. Y tú siempre llevas café a los invitados a las siete de la mañana, ¿o es un servicio especial?

—Es un soborno —respondí, entregándole la taza—. Para que no me eches de tu casa por criticar tu forma de doblar las toallas.

Tomó el café, bebió un sorbo largo y cerró los ojos disfrutando del sabor. Cuando los abrió de nuevo, me miró de un modo que me hizo sentir expuesta, como si pudiera ver a través de todas mis capas de sarcasmo y defensa.

—Siéntate —dijo, señalando el banco de piedra que había junto a los olivos—. El césped está mojado de rocío.

Obedecí. Me senté en el banco, con el café entre las manos, mirando cómo él se sentaba a mi lado dejando un espacio prudente pero cercano. El jardín olía a hierba recién cortada y a jazmín, y el sol empezaba a calentar la piel con una suavidad que contrastaba con la tensión de los últimos días.

—Anoche… —empezó él, mirando hacia el horizonte donde el mar brillaba al fondo—. Anoche fue la primera vez en años que no tuve pesadillas.

Lo miré, sorprendida. Esperaba que habláramos del ataque al gimnasio, del cuchillo clavado en mi foto, de la investigación. Pero él parecía haber decidido abrir una puerta diferente. Una puerta que yo tampoco había tenido el valor de abrir hasta entonces.

—¿Qué sueñas? —Pregunté con voz suave.

Él guardó silencio durante unos segundos, girando la taza entre sus manos grandes y callosas. Cuando habló, su voz sonaba diferente. No era el coronel dando informes ni el hombre de hielo que había conocido al principio. Era alguien más vulnerable, más real.

—Sueño con Afganistán —dijo, y la palabra sonó pesada, cargada de historia—. Con el polvo, con el calor insoportable, con los sonidos que no deberían existir. Sueño con compañeros que perdí. Con decisiones que tomé y que… —hizo una pausa, tragando saliva—. Que no debería haber tomado.

Bebió de su café, como si necesitara algo que hacer con las manos, algo que le diera coraje para continuar.

—Era joven. Demasiado joven para el puesto que ocupaba. Veintiocho años, comandando una unidad en una zona de operaciones. Pensaba que lo sabía todo. Que mi entrenamiento, mi disciplina, mi… mi certeza moral me mantendrían a salvo. Pero no es así. Nunca es así.

Me giré hacia él, dejando que hablara, que desahogara lo que parecía haber estado conteniendo durante años.

—Perdí a dos hombres en una misión de reconocimiento.

Marcos y David. Buenos chicos. Mejores soldados.

Les envié a revisar un edificio que yo creía seguro.

Yo creía… —su voz se quebró apenas perceptiblemente—.

Yo creía que tenía la información correcta.

Pero estaba equivocado. El edificio estaba minado.

No murieron en el acto. Tuve que escucharlos…

tuve que escucharlos pedir ayuda por la radio durante veinte minutos hasta que…

—cerró los ojos con fuerza—. Hasta que dejaron de hablar.

Sentí un nudo en la garganta. Quería tocarlo, consolarlo, pero temía que el gesto interrumpiera el flujo de su confesión.

—Después de eso —continuó, con los ojos todavía cerrados—, me volví obsesivo.

Con el control, con la seguridad, con la disciplina.

Si podía controlar todo, si podía prever cada variable, entonces no volvería a fallar.

No volvería a perder a nadie. Pero claro…

—abrió los ojos y me miró, con una tristeza profunda en la mirada—.

No puedes controlar todo. No puedes proteger a todo el mundo.

Y cuando Charlotte y yo intentamos hacerlo funcionar, yo estaba tan atrapado en mi culpa, en mi necesidad de ser perfecto, de no fallar, que…

que no estuve presente. Físicamente sí, pero emocionalmente estaba en Afganistán.

Estaba en el pasado, castigándome por errores que no podía deshacer.

—Izan…

—Déjame terminar —dijo con una suavidad que me desarmó—.

Leo tenía nueve años cuando me di cuenta de que me estaba perdiendo su infancia.

De que estaba tan ocupado siendo el padre perfecto, el padre que no cometería errores, que no me había dado cuenta de que mi hijo me veía como un extraño.

Un extraño con uniforme que venía los fines de semana y le daba órdenes en lugar de abrazos.

Bajó la vista a sus manos, esas manos fuertes que ahora temblaban ligeramente.

—Me divorcié de Charlotte porque ella merecía a alguien capaz de amarla sin miedo. Sin esa obsesión por el control que me consumía. Y durante años pensé que no merecía ser feliz. Que mi castigo por haber fallado a Marcos, a David y a Leo era estar solo. Hasta que te conocí.

Nos miramos. El sol subía más alto, calentando el aire, pero yo sentía escalofríos. No de frío, de emoción. De reconocimiento.

—Yo también tengo miedo —dije, y mi voz sonó extraña, pequeña, en el jardín amplio—.

Tengo miedo constante, Izan. Desde que tenía dos años y mi madre desapareció, desde que aprendí que las personas que amas pueden irse de un día para otro…

vivo con ese terror. Por eso hago bromas constantemente.

Porque si me río, si convierto todo en una comedia, entonces no tengo que sentir el dolor.

No tengo que admitir que tengo miedo de quererte, de querer a alguien, porque sé que el día que lo haga de verdad…

—sentí que los ojos se me humedecían—. Sé que el día que lo haga, el universo se lo llevará.

Como se llevó a mi madre. Como se llevó a mi hermano que nunca conoció el mundo.

—Lara…

—Nunca he querido formar una familia —continué, porque, una vez abierta la compuerta, no podía cerrarla—.

No porque no quiera hijos, ni porque a veces no sueñe con ello.

Sino porque no podría soportar que les pasara algo.

No podría soportar amar a alguien más y perderlo.

Es egoísta, lo sé. Es cobarde. Pero es la verdad.

Prefiero estar sola, prefiero mantener las distancias, prefiero el sarcasmo y la indiferencia fingida…

a arriesgarme a sentir lo que sentí cuando mi padre me contó que mi madre no volvería. A sentir ese vacío otra vez.

Las lágrimas caían ahora, libres, sin que intentara contenerlas. Él me miraba con una intensidad que me hacía sentir vista, realmente vista, por primera vez en mi vida.

—Pero contigo… —suspiré, secándome las mejillas con el dorso de la mano—.

Contigo no puedo mantener las distancias.

Me he colado en tu vida, o tú en la mía, y ahora tengo miedo de que algo te pase.

De que ese psicópata que tiene mi cuaderno te haga daño.

Y no sé si podría soportarlo, Izan. No sé si podría sobrevivir a otra pérdida.

Extendió la mano entonces. Lentamente, dando tiempo a que me apartara si quería. Pero yo no me aparté. Esta vez no. Dejé que sus dedos entrelazaran con los míos, que su mano grande y cálida envolviera la mía con una fuerza reconfortante.

—Aunque nuestras vidas hayan sido muy diferentes —dijo en voz baja y grave—, creo que compartimos el mismo temor. El miedo a volver a sufrir una pérdida irreparable. A volver a sentir que fallamos a quienes debemos proteger.

Apretó mi mano y yo apreté la suya, y en ese gesto simple había más intimidad que en todos nuestros besos anteriores. No necesitábamos tocarnos más ni decir palabras de amor. Estábamos allí, dos personas rotas por el pasado, reconociéndonos en el espejo del otro, y eso era suficiente. Era todo.

El silencio se instaló entre nosotros, pero no era incómodo. Era denso, cargado de comprensión, de aceptación. Miramos juntos el jardín, el sol que subía, el día que empezaba con una claridad que no habíamos sentido antes.

Fue entonces cuando sonó mi teléfono.

El tono estridente me sobresaltó, rompiendo el momento como un cristal que se estrella contra el suelo. Saqué el móvil del bolsillo con las manos temblorosas y vi el nombre del comisario Núñez en la pantalla.

—Izan —dije, con la voz alterada—. Es la policía.

Descolgué. Al otro lado, la voz de Núñez sonaba agitada, diferente a la calma profesional que había mostrado hasta entonces.

—Señorita Salas —dijo, sin preámbulos—. Hemos encontrado una pista sobre el cuaderno de su madre. Una huella digital en el sobre que dejaron en el gimnasio. Y… y tenemos imágenes de las cámaras de seguridad de la zona.

—¿Y? —pregunté, con el corazón en la garganta.

—Y todo apunta a alguien de su pasado empresarial —respondió Núñez—. Alguien que trabajó para usted hace tres años. Alguien que cree que usted le robó algo. Alguien que ha estado planeando esto durante mucho tiempo.

Miré a Izan, que me observaba con atención y con la mandíbula tensa. Él leyó la respuesta en mis ojos antes de que pudiera repetir las palabras.

—¿Quién? —pregunté, con voz apenas audible.

—Un hombre llamado Adriana Vela —dijo Núñez—. Dice que usted le robó los diseños que la hicieron famosa. Y que ahora quiere recuperar lo que es suyo. Junto con… junto con algo más.

Colgué. Las manos me temblaban tanto que casi se me cayó el teléfono. Izan me tomó por los hombros, obligándome a mirarle.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

—Han encontrado al acosador —respondí, y mi voz sonó lejana, como si viniera de muy profundo—. Es alguien de mi pasado. Alguien que cree que le robé. Y ahora… —hice una pausa, sintiendo cómo el miedo volvía con fuerza—. Y ahora quiere recuperar lo suyo. Y vengarse.

Izan me abrazó fuerte y yo me dejé caer contra su pecho, sintiendo su corazón latir con fuerza y constancia contra mi oreja.

El jardín seguía brillando al sol de la mañana, pero la sombra de Adriana Vela, de un pasado que creía enterrado, se cernía sobre nosotros como una amenaza que apenas empezaba.