Capítulo 30
Izan
El gimnasio Fuerza Bruta parecía un campo de batalla disfrazado de centro deportivo.
Cuando llegué, diez minutos después de recibir la llamada de Lara, encontré una escena que me erizó el vello de la nuca.
No era el caos de un robo al uso. No había cristales rotos por todas partes, no había equipos arrancados de las paredes, no había cajas registradoras forzadas.
Era algo mucho más selectivo, mucho más personal.
El despacho de Noelia estaba completamente revuelto.
Los cajones del escritorio yacían en el suelo, vacíos, pero no destrozados.
Los archivos estaban esparcidos por la moqueta, hojas sueltas de facturas y contratos de clientes que parecían haber sido examinados uno por uno y luego descartados.
La pantalla del ordenador seguía intacta, brillando con el salvapantallas de una foto de Noelia y Lara en la playa.
En la caja fuerte, visible y abierta pero no forzada, seguía el dinero de la semana. Ni un solo euro había desaparecido.
—No han robado nada —dije en voz alta, escaneando el perímetro con la mirada.
—Parece que no —respondió Noelia, que estaba recogiendo papeles del suelo con una calma que me resultó sospechosa.
Intentaba quitarle hierro al asunto, lo veía en la forma forzada de su sonrisa, en el tono demasiado casual de su voz—.
Probablemente unos gamberros. O alguien que buscaba drogas y se confundió de local.
En los gimnasios pasa a veces, la gente cree que guardamos esteroides o no sé qué…
—Noelia —la interrumpí y mi voz sonó más dura de lo que pretendía—. Esto no es obra de gamberros. Mira esto.
Señalé la caja fuerte abierta, el dinero intacto, el ordenador sin tocar. Ella siguió mi mirada y su sonrisa vaciló.
—Quizás se asustaron antes de llevarse algo —sugirió, aunque ya no sonaba convincente.
—Quizás no buscaban dinero —repliqué, acercándome al tablón de corcho que colgaba en la pared junto a la entrada.
Era entonces cuando lo vi. Y el mundo se detuvo.
Una fotografía de Lara, recortada de alguna revista local o tal vez de las redes sociales, estaba clavada en el centro del tablón con un cuchillo de cocina.
No un cuchillo pequeño. Un cuchillo grande, de chef, con la hoja de acero inoxidable brillando bajo la luz fluorescente del gimnasio.
La foto estaba atravesada justo por el pecho, en el lugar del corazón, y alrededor del cuchillo alguien había dibujado con rotulador rojo un círculo que parecía sangre seca.
Noelia dejó de hablar. Cuando se giró y vio lo que yo estaba mirando, el color desapareció de su rostro. Su mano se llevó a la boca, ahogando un grito.
—Dios santo —susurró, y su voz temblaba.
Comprendí entonces, con una claridad que me heló la sangre, que la situación había dejado de ser un simple acoso empresarial. No estábamos ante un competidor desleal ni ante un lunático al azar. Esto era personal. Esto era obsesión. Esto era peligroso de verdad.
Saqué el móvil y marqué el número del comisario Núñez. Contestó al tercer tono, con voz de sueño.
—Núñez, soy Izan Herrera —dije, sin preámbulos—. Necesito que la investigación pase a un nivel superior. Ahora. Esto ya no es vandalismo ni robo. Es acoso con amenazas de muerte. Necesito un equipo de vigilancia las veinticuatro horas y acceso a las cámaras de tráfico de la zona.
—Izan, son las seis de la mañana…
—Y dentro de una hora quiero a alguien aquí recogiendo pruebas —interrumpí, y mi tono no admitía discusión—. Si no puedes moverte tú, llamaré al comandante de la Guardia Civil. Esto es prioritario, Núñez. Se trata de Lara Salas.
Hubo una pausa al otro lado de la línea. Luego, un suspiro derrotado.
—Estoy en camino —dijo.
Colgué y me giré hacia Noelia. Estaba sentada en una de las sillas del despacho, pálida, mirando la fotografía atravesada por el cuchillo como si fuera una víbora.
—Noelia, escúchame —dije, acercándome y agachándome frente a ella para estar a su altura—. Necesito que te quedes con alguien esta noche. ¿Tienes familia en la ciudad? ¿Amigos?
—Puedo ir a casa de mis padres —respondió con voz temblorosa.
—Bien. Hazlo. Y no vengas sola al gimnasio durante los próximos días. Si necesitas venir, llámame. Iré contigo.
Asintió y vi cómo se le humedecían los ojos. Lara apareció entonces en la puerta del despacho, con el rostro desencajado, los ojos hinchados de llorar. Cuando vio el cuchillo clavado en su foto, se llevó las manos a la boca y dio un paso atrás, tambaleándose.
—Izan… —dijo, y su voz era un hilo de sonido.
Me levanté de golpe y fui hacia ella. La tomé por los hombros, obligándola a mirarme, a no ver esa imagen macabra.
—Te vas a quedar en mi casa esta noche —dije, y no fue una pregunta.
—No —protestó, aunque sin fuerza—. No puedo. Tengo que… tengo que trabajar, tengo que…
—Lara —la interrumpí, con la voz más suave que pude, aunque por dentro estaba temblando de rabia y miedo—.
Por favor. No puedo protegerte si no estás cerca.
Y no puedo… —hice una pausa, tragando saliva—.
No puedo soportar la idea de que estés sola en esa casa, vulnerable, mientras ese psicópata ronda por ahí.
Ella me miró y en sus ojos vi la guerra entre su independencia y su miedo. Finalmente, la segunda ganó.
—Está bien —dijo con un suspiro derrotado—. Pero duermes en la habitación de invitados. Y no intentes… no intentes nada.
—Solo intentaré que estés a salvo —respondí, y era la pura verdad.
Esa noche, la convivencia resultó tan incómoda como divertida. Llegamos a mi casa, esa mansión moderna y ordenada que ahora parecía demasiado grande para el silencio que la habitaba, y Lara empezó a moverse como un tornado por la cocina, abriendo armarios y criticando mi organización.
—¿Guardas el café en el frigorífico? —Exclamó, sacando el paquete de café molido de la nevera—. Esto es un crimen contra la humanidad, Izan. El café se guarda en un tarro hermético, en la alacena, lejos de la luz.
—Se conserva mejor en frío —repliqué, aunque sonreía.
—Se conserva peor. Pierde aroma. Y esto… —señaló el azúcar—. ¿Azúcar moreno? ¿En serio? ¿Qué eres, un hípster de Malasaña?
Discutimos por el desayuno, por la temperatura del aire acondicionado, que ella encontraba demasiado baja y yo demasiado alta, por la forma de doblar las toallas, ella las doblaba en tres partes, yo en dos, por el lado correcto de la cama donde dormiría ella en la habitación de invitados.
Discutimos por todo y por nada, con esa familiaridad que solo dan las personas que han compartido intimidad y que ahora intentaban navegar por la extraña zona gris entre el deseo y la protección.
Y, sin embargo, a pesar de todo, de las discusiones ridículas y del espacio compartido forzado, los dos sentíamos una tranquilidad que hacía semanas que no experimentábamos. Estábamos juntos. Estábamos a salvo. Y por primera vez desde que empezó todo este infierno, podíamos respirar.
Cuando todos se acostaron, Lara en la habitación de invitados, yo en mi habitación principal con la puerta abierta por si me necesitaba, no pude dormir.
Pasé una hora mirando al techo, escuchando cada ruido de la casa, cada crujido de la madera, cada susurro del viento en los olivos del jardín.
Finalmente, rendido, me levanté y bajé a la cocina a por un vaso de agua.
La luz del porche estaba encendida. Cuando salí con mi vaso, la encontré allí.
Lara estaba sentada en el sillón de mimbre, con las piernas recogidas bajo el cuerpo, mirando las estrellas que brillaban sobre Cádiz con una intensidad que solo se ve cuando la ciudad duerme.
Llevaba una camiseta vieja mía que había encontrado en algún cajón y tenía el pelo suelto cayéndole sobre los hombros.
Parecía una niña perdida, pero también una mujer fuerte que había decidido no dejarse vencer.
—No puedo dormir —dijo, sin girarse, cuando me oyó salir.
—Yo tampoco —respondí, acercándome.
Me senté a su lado, en el extremo opuesto del sillón, dejando espacio entre nosotros por respeto a su petición, aunque todo mi cuerpo pedía estar cerca de ella. El silencio se instaló, cómodo, denso, lleno de cosas no dichas que no necesitaban ser verbalizadas.
No hablamos. No hacía falta. El sonido de las cigarras en el jardín, el olor a jazmín nocturno, la brisa marina que traía consigo la promesa de un mañana mejor eran suficientes. Estábamos juntos. Estábamos vivos. Y por ahora, eso bastaba.
Pasaron los minutos. No sé cuántos. El tiempo se había vuelto elástico, irrelevante. Lara se movió entonces, despacio, con una naturalidad que me desarmó. Se deslizó por el sillón hasta quedar a mi lado y luego, suavemente, apoyó la cabeza en mi hombro.
Sentí el peso de su cráneo contra mi clavícula, el calor de su cuerpo pegado al mío, el olor a champú y a su piel que me invadió las fosas nasales. Era un gesto pequeño, íntimo, vulnerable. Un gesto de confianza que me partió el corazón y lo reparó al mismo tiempo.
Cerré los ojos. No para dormir, sino para saborear el momento, para grabarlo en mi memoria como un faro de luz en medio de la tormenta que seguía fuera, en el mundo real que esperaba al amanecer.
Tenía a Lara a salvo. Tenía su confianza.
Y mientras ella respiraba contra mi hombro, con la mano apoyada en mi pecho como si quisiera sentir mi corazón, supe que haría cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, por protegerla.
El amanecer podía esperar. Esta noche, este momento, era nuestro.