Capítulo 29
Lara
El martes amaneció gris sobre Cádiz, con una humedad que se colaba entre las juntas de las ventanas y se instalaba en mis huesos como un recuerdo persistente.
No había dormido. Pasé la noche en vela, sentada en el sofá con el sobre blanco sobre la mesa de centro, mirando esa fotografía del cuaderno de mi madre como si pudiera hacerla aparecer por pura fuerza de voluntad.
Izan se había quedado en el sofá, en posición de descanso, pero con un ojo abierto y el móvil en la mano, enviando mensajes a contactos que yo ni siquiera sabía que tenía.
Cuando las primeras luces del amanecer tiñeron el cielo de un rosa enfermizo, me levanté para ducharme.
Necesitaba normalidad, rutina, el trabajo.
Necesitaba que mi boutique funcionara como siempre, que los clientes entraran y salieran, que las cajas registradoras sonaran, que la vida continuara a pesar del agujero negro que se había abierto en mi pecho.
Llegué a la calle Ancha a las nueve en punto, con los ojos hinchados disimulados bajo gafas de sol y un vestido negro que pretendía transmitir autoridad, aunque me sintiera vulnerable como nunca.
Marta me recibió con una expresión de preocupación que intenté ignorar.
Le expliqué que había habido un pequeño problema en casa, nada grave, y que, por favor, no dijera nada a nadie.
Asintió, aunque sus ojos decían que no me creía ni una palabra.
Estaba revisando los pedidos del mes en el ordenador, intentando concentrarme en números y fechas de entrega para no pensar en el vacío de la estantería de mi despacho, cuando escuché el ruido. Pasos firmes, múltiples, con un ritmo que reconocí inmediatamente. Ese paso militar, seco, autoritario.
Levanté la vista de la pantalla y miré hacia la puerta de cristal.
Izan entró primero. Llevaba el uniforme de gala, impecable, con las medallas brillando sobre el pecho como si estuviera en una ceremonia oficial.
Pero no venía solo. Detrás de él, dos hombres con traje oscuro y gafas de sol, a pesar de que el sol aún no había salido del todo, le seguían con una precisión que me dio escalofríos.
Agentes. Policía o militar, no sabía distinguirlo, pero su porte era inequívoco: eran profesionales de la seguridad.
No me pidió permiso. No tocó el timbre ni esperó a ser invitado.
Simplemente entró, escaneó la sala con una mirada que recorrió cada rincón, cada esquina y cada punto ciego, y luego hizo un gesto a los dos hombres.
Ellos se posicionaron inmediatamente: uno en la puerta principal, otro en la entrada del almacén, con los brazos cruzados y expresiones que no admitían discusión.
El silencio se instaló en la boutique. Las clientas que habían entrado para ver la nueva colección de bikinis se quedaron inmóviles, con los ojos saltando entre el militar imponente y los dos guardias que parecían sacados de una película de acción.
Marta, desde el mostrador, me miró con una ceja arqueada que decía claramente: «¿Qué demonios está pasando? »
Izan se acercó a mí. Su expresión era seria, profesional, distante.
—He reforzado la vigilancia —dijo, como si estuviera informando sobre el tiempo—. Habrá dos agentes las veinticuatro horas del día. Uno en la entrada, otro en el almacén. Y otro equipo rotará por la noche.
Algo dentro de mí hizo clic.
No fue un ruido suave. Fue el sonido de una puerta de seguridad que se cierra de golpe, de un muro que se alza de repente entre nosotros. Miré a los dos hombres de traje oscuro, luego a Izan, y sentí cómo la sangre me subía a la cara a una velocidad alarmante.
—¿Disculpa? —dije, y mi voz salió más alta de lo pretendido, lo bastante alta como para que todo el mundo en la tienda girara la cabeza.
Izan pareció notar el cambio de temperatura. Frunció el ceño, apenas perceptible, y bajó la voz.
—Lara, es por tu seguridad. Después de lo del cuaderno, del sobre…
—¿Mi seguridad? —interrumpí, y ya no intentaba controlar el volumen—. ¿O tu necesidad de controlar todo lo que te rodea?
Las clientas empezaron a mirar hacia la puerta, incómodas, en busca de una salida discreta.
Marta se acercó un paso, preocupada, pero le hice un gesto con la mano para que se quedara donde estaba.
Esto era entre Izan y yo. Esto era sobre nosotros, sobre lo que estábamos construyendo y sobre cómo él estaba destrozándolo con su maldita mentalidad militar.
—Lara, baja la voz —dijo él, con esa calma que me sacaba de quicio.
—¡No voy a bajar la voz! —Exploté, dando un paso hacia él, invadiendo su espacio personal—. ¿Quién te crees que eres, Izan? ¿Que puedes entrar aquí con tu uniforme y tus soldados y tomar decisiones por mí? ¿Que puedes invadir mi vida, mi trabajo, mi espacio, sin siquiera preguntar?
Él intentó hablar, pero yo no le dejé.
—Llevo años resolviendo sola mis problemas —continué, con la voz temblando de rabia y algo más, algo que no quería reconocer como miedo—.
Años. Desde que mi madre murió y me quedé sola en este mundo.
He montado un negocio desde cero, he ayudado a criar a mi hermana, he sobrevivido a crisis económicas, a la competencia desleal y a hombres que intentaron hacerme daño.
Y nunca, nunca, necesité un guardaespaldas.
Nunca necesité que un hombre viniera a salvarme.
Las lágrimas amenazaban con volver, pero las contuve. No iba a llorar delante de él. No iba a mostrar debilidad cuando estaba intentando demostrarle que era fuerte, que podía sola, que no era una damisela en apuros.
—No entiendes el peligro… —empezó Izan, con la mandíbula tensa.
—¡No entiendes tú! —Grité, y el sonido resonó en la boutique ahora casi vacía—.
No entiendes que esto es mi vida, Izan. Mi vida.
No una operación militar. No una zona de guerra.
Mi vida. Y tú no puedes entrar en ella ni tomar el control como si fueras el dueño.
No puedes decidir quién vigila mi puerta, quién me protege ni quién me salva.
No eres mi salvador. No eres mi héroe. Eres…
eres solo un hombre que conozco desde hace unas semanas y que, de repente, cree que puede arreglarlo todo con un par de uniformes y unas órdenes militares.
Me detuve, jadeando, con el pecho subiendo y bajando, agitado. Había dicho demasiado. Había revelado demasiado. Pero ya no me importaba. Estaba harta de sentirme vulnerable, harta de depender de él, harta de que su presencia me hiciera sentir, al mismo tiempo, segura y asfixiada.
Izan me miró en silencio. Durante largos segundos, que se extendieron como una eternidad incómoda, no dijo nada. Su expresión no cambió, no mostró enfado ni sorpresa. Simplemente… me observó. Como si estuviera viendo algo por primera vez, como si estuviera procesando información que no esperaba.
Cuando habló, su voz sonaba diferente. No era la voz del coronel, no era la voz del militar dando órdenes. Era suave, baja, casi un susurro que solo yo podía oír.
—No intento salvarte —dijo, y sus ojos, esos ojos azul grisáceos que habían visto tanto, se suavizaron de un modo que me desarmó por completo—. Intento asegurarme de que sigas aquí para seguir discutiendo conmigo.
La frase cayó entre nosotros como una losa, pero suave, sin hacer ruido. Me quedé inmóvil, con la boca abierta, sin saber qué responder. Él dio un paso hacia mí, invadiendo ahora mi espacio de una forma diferente, íntima, vulnerable.
—Porque si algo te pasa —continuó, y su voz se quebró apenas perceptiblemente—, si ese lunático que te amenaza te hace daño…
no podría soportarlo, Lara. No porque sea mi deber protegerte.
No porque sea militar. Sino porque… porque me has enseñado a discutir contigo, a reírme de mí, a burlarme de mi rigidez.
Y no quiero perder eso. No quiero perderte.
Sentí cómo me fallaban las rodillas. Cómo la rabia se evaporaba dejando solo… ¿Solo qué? No sabía definirlo. Era algo grande, algo aterrador, algo que me hacía querer llorar y reír a la vez.
—No necesito que me salves —repetí, pero esta vez mi voz era débil, casi un susurro.
—Lo sé —dijo él y sonrió. Una sonrisa pequeña, triste, real—. Pero permíteme quedarme de todos modos. No como tu salvador. Como… como alguien que no quiere despertarse un día y descubrir que ya no estás para gritarme porque he puesto los platos en el orden equivocado.
Una risa escapó de mi garganta, entrecortada, sorprendida. Era absurdo. Era perfecto. Era exactamente lo que necesitaba oír.
Desde la puerta del almacén, donde había estado observando toda la escena con los ojos como platos, Noelia carraspeó discretamente.
—Ehm… ¿Todo bien, jefa? —preguntó, aunque su sonrisa decía que ya sabía la respuesta.
Asentí, incapaz de hablar todavía. Izan se giró hacia los dos agentes y les hizo un gesto. Ellos asintieron y salieron a la calle, adoptando una postura menos intimidante y más discreta, aunque seguían vigilantes.
Más tarde, cuando la tienda cerró y estábamos solas en el almacén recogiendo cajas, Noelia se acercó a mí con una expresión que no supe interpretar.
—Ese hombre —dijo, señalando con la barbilla hacia la puerta, donde Izan hablaba por teléfono con la espalda erguida—. Sabe exactamente cuándo dejar de ser militar y empezar a ser simplemente Izan.
La miré, confundida.
—¿Qué quieres decir?
—Que ha pasado de darte órdenes a pedirte permiso para quedarse —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Y eso, Lara, eso es oro puro. No cualquiera sabe hacer ese cambio. No cualquiera sabe distinguir cuándo la fuerza se convierte en violencia y cuándo la protección se convierte en prisión.
No supe qué responder. Guardé silencio mientras terminábamos de cerrar, mientras Izan me acompañaba al coche con una distancia respetuosa que me hizo sentir extrañamente… extrañamente cuidada, pero libre.
Esa noche, cuando llegué a casa, Izan insistió en quedarse en el sofá otra vez, aunque esta vez le dije que podía dormir en la habitación de invitados.
Se negó. Dijo que prefería estar cerca de la puerta, por si acaso.
Me fui a la cama agotada, pero no podía dormir.
Estaba demasiado tensa, demasiado alerta, escuchando cada ruido de la casa.
Fue entonces cuando escuché el coche. Un motor que se detuvo frente a mi casa, pero no se apagó del todo.
Me levanté de la cama despacio, asomándome por la rendija de la persiana.
Vi un coche oscuro, aparcado justo enfrente, con las luces apagadas pero el motor en marcha.
No podía ver quién estaba dentro, pero sentí un escalofrío que me recorrió toda la espalda.
—Izan —susurré, saliendo al pasillo.
Él ya estaba despierto, en pie, con el móvil en la mano y una expresión alerta.
—Lo he visto —dijo en voz baja—. Llama a la policía. Ahora.
Cogí el teléfono con manos temblorosas, pero antes de que pudiera marcar, el coche arrancó y se alejó a toda velocidad, desapareciendo en la esquina antes de que pudiera ver la matrícula.
—Mierda —solté, con el corazón desbocado.
Izan me tomó del brazo, suave pero firmemente.
—Vamos a dormir un poco —dijo—. Mañana hablaremos con los agentes. Están demasiado cerca, Lara. Demasiado cerca.
Pero el sueño no vino. Y a las seis de la mañana, cuando todavía estaba medio dormida, el móvil sonó con una violencia que me hizo saltar en la cama. Era Noelia. Contesté con el corazón en la garganta y lo que oí al otro lado me dejó helada.
—Lara… —su voz sonaba rota, llena de miedo—. Han entrado en el gimnasio. Han forzado la puerta. Y… y hay algo aquí. Algo que necesitas ver.
Me vestí a toda prisa, sin apenas despedirme de Izan, que ya estaba alerta y preparándose para salir. Conduje como una loca hasta Fuerza Bruta , con las manos temblando sobre el volante, con la certeza de que esto no había terminado, de que el enemigo estaba más cerca que nunca.
Cuando llegué, la puerta del gimnasio estaba forzada, sí, pero no destrozada. Y en el mostrador de recepción, donde Jimena solía sentarse con su pelo rosa y sus chicles, había un objeto que me hizo caer de rodillas.
Era una página arrancada del cuaderno de mi madre. Un diseño de vestido de niña, con notas al margen escritas con la letra menuda de una madre que soñaba con el futuro.
Y debajo, escrito con letra a máquina:
«La siguiente eres tú.»
Noelia me abrazó mientras yo lloraba, pero ni siquiera su calor podía disipar el frío que sentía. Porque ahora sabía la verdad. Esto no era un robo. Era una guerra. Y yo estaba perdiendo.