Capítulo 28
Lara
El coche se detuvo en el jardín, con un suave crujido de la grava bajo las ruedas.
Aún tenía la piel caliente por el sol de la playa, la sal seca en los labios y la risa de Izan resonando en mis oídos como un eco persistente.
Aquella tarde había sido perfecta, demasiado perfecta, y debería haber sospechado que la felicidad que sentía al caminar por la orilla con él, hablando de nuestras vidas sin las armaduras habituales, era algo que el universo no me permitiría conservar sin cobrar su precio.
Saqué las llaves del bolso de playa, todavía húmedas por el chapuzón involuntario, y abrí la puerta principal.
El silencio de la casa me recibió con su habitual calma, pero algo cambió en el aire en cuanto crucé el umbral.
Una corriente fría que no debería estar allí, un olor metálico que no reconocí, una sensación de violencia contenida que me erizó la piel de los brazos.
Dejé la bolsa en el suelo del recibidor y caminé despacio hacia el interior. La cocina estaba intacta. El salón también. Pero cuando giré hacia el pasillo que llevaba a mi despacho, vi la puerta abierta. No entreabierta. Abierta de par en par, como una boca negra gritando en la penumbra.
Mi corazón empezó a latir con fuerza contra las costillas.
Entré en la habitación con pasos cautelosos, temiendo lo que encontraría.
El escritorio estaba revuelto, sí, pero no destrozado.
Los cajones estaban abiertos, pero no vacíos.
El portátil seguía en su sitio. La caja fuerte, escondida detrás del cuadro de la pared, seguía cerrada.
Revisé rápidamente: los documentos importantes estaban allí, los contratos, los diseños guardados en el armario metálico. Nada había desaparecido.
Entonces miré hacia la estantería de la esquina. La que guardaba los libros de cuentas antiguos, las revistas de moda de cuando empecé y… y el cuaderno.
El espacio estaba vacío.
El cuaderno de tela azul desgastada, con las esquinas dobladas y el lomo cosido a mano, ya no estaba allí. Ese objeto modesto, que no valía ni cincuenta euros en el mercado de antigüedades, pero que para mí contenía el alma entera de mi madre, había desaparecido.
Me quedé inmóvil durante unos segundos que se extendieron como una eternidad. Mi mente intentaba procesar la información, negarla, buscar explicaciones lógicas. Quizás lo había movido yo misma. Quizás lo había dejado en otra habitación. Quizás…
Pero sabía que no. Lo recordaba perfectamente colocado en la estantería, entre el libro de patrones de 1998 y la revista Vogue de mi primer anuncio. Lo había tocado hacía solo dos días cuando le mostré a Izan la carta de mi madre.
Las piernas me fallaron. Me dejé caer de rodillas sobre la alfombra del despacho, con las manos temblorosas buscando en el suelo, como si el cuaderno pudiera haberse caído, como si pudiera aparecer mágicamente entre los papeles dispersos. Pero no estaba. No estaba en ninguna parte.
Y entonces me rompí.
No fue un llanto elegante, cinematográfico, con lágrimas que caen en silencio por mejillas perfectas.
Fue un desgarro animal, un sollozo que me salió desde lo más profundo del estómago, un sonido ronco y desgarrado que me sorprendió a mí misma.
Me cubrí la cara con las manos, me encogí sobre mí misma y lloré con una intensidad que me hacía temblar todo el cuerpo.
No lloraba por el valor económico del cuaderno.
No lloraba porque hubieran entrado en mi casa y violado mi espacio privado.
Lloraba porque se habían llevado lo único que me quedaba de ella.
Las palabras escritas en aquellas páginas amarillentas, los bocetos de vestidos que nunca se hicieron, los sueños de una mujer que había muerto al traer al mundo a un niño que tampoco sobrevivió.
Era mi vínculo con Clara, mi madre, mi fantasía de cómo habría sido conocerla, de cómo habría sido que me enseñara a coser, a reír, a vivir.
Sin ese cuaderno, era huérfana de nuevo. Sin ese cuaderno, ella desaparecía por segunda vez.
Escuché el timbre de la puerta distante, como si viniera de bajo el agua.
Lo ignoré. Seguí llorando, con la frente apoyada en el borde del escritorio y los puños cerrados sobre las rodillas, sintiendo cómo el dolor me partía en dos.
El timbre sonó de nuevo, insistiendo, y luego escuché pasos en el jardín.
La puerta del salón se abrió, debía de haberla dejado sin cerrar con llave en mi estado de shock y escuché una voz que conocía demasiado bien.
—¿Lara?
Izan. Su voz sonó preocupada, alerta, con ese tono militar que usaba cuando percibía peligro.
—¿Dónde estás?
No pude responder. Mi garganta estaba cerrada por el llanto, por el nudo de angustia que me impedía hablar. Escuché sus pasos acercándose por el pasillo, rápidos, decididos, y luego se detuvieron en la puerta del despacho.
—Lara… —dijo y su voz cambió. Perdió la dureza, ganó una vulnerabilidad que nunca le había oído.
Levanté la vista, con el rostro desfigurado por el llanto, con los ojos hinchados y la nariz moqueando sin pudor.
Era la primera vez que me veía así. La primera vez que me mostraba rota, destrozada, sin ninguna de las armaduras de sarcasmo y fuerza que habitualmente vestía.
Y en sus ojos vi que lo entendía. No preguntó qué había pasado, no hizo un análisis táctico de la situación ni buscó explicaciones lógicas.
Simplemente… vio el vacío en la estantería, vio mi postura encogida en el suelo y comprendió.
Cruzó la habitación en tres zancadas. Sin pensarlo ni pedir permiso, se agachó a mi lado y me abrazó.
Fue un abrazo diferente a todos los que habíamos compartido antes.
No había deseo en él, no había tensión sexual, no había juego ni provocación.
Era puro consuelo, puro refugio. Sus brazos fuertes me rodearon por completo, apretándome contra su pecho, y yo…
yo no me aparté. Por primera vez en mi vida, no intenté ser fuerte.
No intenté contener las lágrimas. No hice ningún chiste para aligerar el momento.
Simplemente me aferré a él.
Enterré la cara en su cuello, sintiendo el olor familiar de su colonia amaderada mezclado con el salitre de la playa, y sollocé contra su piel.
Él me sostenía con una fuerza que me hacía sentir segura, una mano acariciando mi espalda con movimientos lentos y constantes, la otra sujetando mi cabeza contra su hombro.
No decía nada. No había palabras que pudieran arreglar esto.
Solo estaba allí, compartiendo mi dolor, soportando el peso de mi angustia sin quejarse.
—Se lo han llevado —logré decir finalmente, con la voz rota, irreconocible—. El cuaderno de mi madre. Se lo han llevado.
Izan me apartó suavemente, lo justo para mirarme a los ojos.
Tenía los suyos húmedos, brillantes de una emoción que no sabía definir.
Parecía que él también estuviera a punto de llorar, aunque no lo hizo.
En su lugar, tomó mi rostro entre sus manos, secándome las lágrimas con los pulgares con una ternura que me destrozó el corazón.
—Lo encontraremos —dijo, y su voz era una promesa, un juramento militar, una oración—. Te lo juro, Lara. Encontraremos a quien lo hizo y recuperaremos el cuaderno. No voy a dormir ni a descansar hasta que lo tengas de nuevo en tus manos.
Negué con la cabeza porque en ese momento la lógica no me importaba. No quería venganza, no quería justicia, no quería que pagaran por el delito.
—No quiero que me devuelvan los diseños… —dije, con la voz quebrada, casi un susurro—. Solo quiero recuperar un trocito de mi madre. Eso es todo. Solo eso.
Me volvió a abrazar, esta vez con más fuerza, como si intentara protegerme del mundo entero con su cuerpo.
Nos quedamos así durante largos minutos, arrodillados en el suelo de mi despacho, entre papeles dispersos y la evidencia de una violación que no tenía precio.
Y mientras él me sostenía, mientras yo inhalaba su olor y dejaba que su calor me reconfortara, sentí algo extraño.
Una conexión que trascendía el sexo y la atracción.
Era la certeza de que este hombre estaba dispuesto a compartir mi dolor más oscuro, y eso lo convertía en algo más que una aventura.
En algo que todavía no me atrevía a nombrar.
Esa noche, Izan no se marchó. Se quedó en mi casa, moviendo contactos desde su móvil con una determinación que me recordaba a su faceta militar.
Llamó a la policía, a la Guardia Civil, a colegas de la comandancia que tenían conexiones con la unidad de delitos económicos.
Hablaba en voz baja, de forma profesional, exigiendo información y presionando para que el caso se tratara como prioritario.
Yo lo escuchaba desde el sofá del salón, envuelta en una manta que olía a él, sintiendo cómo la adrenalina del llanto se transformaba en una especie de letargo protector.
Pero cuando él estaba ocupado con sus llamadas, yo no podía quedarme quieta. Regresé al despacho, encendí todas las luces y empecé a examinar la escena con una atención que antes no había tenido fuerzas para mantener.
Y entonces lo vi.
El caos era selectivo. Muy selectivo. Los cajones del escritorio estaban abiertos, sí, pero no revueltos.
El portátil seguía en su sitio, el dinero en efectivo que guardaba en el cajón de abajo seguía allí.
La caja fuerte, visible desde fuera, ni siquiera había sido tocada.
Pero la estantería… solo la estantería de la esquina había sido registrada con método.
Los libros estaban sacados y vueltos a colocar, como si alguien hubiera buscado algo específico entre ellos.
Como si supieran exactamente qué estaban buscando.
Como si el cuaderno fuera el objetivo desde el principio, y todo lo demás fuera solo distracción.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Esto no era un robo al azar. Esto era personal. Alguien sabía lo que ese cuaderno significaba para mí. Alguien lo había planeado.
Estaba sentada en el suelo del despacho, examinando los libros uno por uno por si hubieran dejado alguna pista, cuando escuché el timbre de la puerta principal. No era el timbre habitual. Era un golpe seco, como si alguien hubiera empujado algo por debajo de la puerta.
Me levanté despacio, con el corazón acelerado. Izan apareció en el umbral del despacho, con el móvil todavía en la mano, alerta.
—¿Has oído eso? —preguntó.
Asentí. Caminamos juntos hacia la puerta principal, con él protegiéndome ligeramente con su cuerpo, con su instinto militar despertado. Abrió la puerta con cuidado, escaneando el jardín oscuro, pero no había nadie. Solo la noche silenciosa y el sonido lejano de un coche alejándose a toda velocidad.
Pero en el suelo, justo bajo la puerta, había un sobre blanco. Sencillo. Sin remite.
Izan lo recogió con cuidado, usando un pañuelo para no dejar huellas, y lo abrió sobre la mesa del recibidor. Dentro había una sola cosa. Una fotografía. Y mi mundo se detuvo de nuevo.
Era una imagen del cuaderno. El cuaderno de mi madre.
Estaba abierto por una página que reconocí inmediatamente: el boceto del vestido de novia que nunca se hizo, con la nota al margen de mi madre sonriendo desde el pasado.
La fotografía estaba tomada con flash, reciente, con el cuaderno posado sobre una superficie oscura que no reconocía.
Y debajo de la foto, escrita con letra de máquina, una frase breve que me heló la sangre.
«Todavía puedes recuperarlo.»
Izan y yo nos miramos. En sus ojos vi el mismo reconocimiento que sentía yo. Esto no había terminado. Acababa de empezar.
Y alguien estaba jugando con nosotros.