Capítulo 27
Izan
Había pasado exactamente una semana desde aquel domingo en que Lara y yo habíamos cruzado una línea invisible que, una vez traspasada, resultaba imposible de ignorar.
Durante esos siete días, nos habíamos visto cada tarde, siempre en su casa, siempre a escondidas, como adolescentes que temen ser descubiertos por sus padres.
Y no solo habíamos hecho el amor con una intensidad que me dejaba sin aliento, en el sofá, en la cocina, en la ducha, en su cama, en cualquier rincón que soportara nuestro peso, sino que también habíamos construido algo más peligroso, algo que me aterraba más que cualquier misión en territorio hostil: una rutina.
Ella diseñaba mientras yo revisaba informes de la comandancia en su portátil.
Preparábamos la cena juntos, discutiendo sobre si la pasta estaba al dente o si el arroz necesitaba más azafrán.
Vimos tres películas enteras sin que ninguno de los dos se durmiera, y una noche, simplemente nos quedamos en el porche, con ella recostada contra mi pecho, hablando de nada en particular hasta que el sol se puso.
Era tan cotidiano, tan natural, que no dejaba de pensar que podría acostumbrarme a eso.
Que podría llegar a necesitarlo como necesitaba el aire.
Pero el mundo real siempre llama a la puerta y esa mañana fue Leo quien la abrió de par en par.
—Papá —dijo desde la puerta de mi despacho, con el móvil en la mano y una sonrisa que no presagiaba nada bueno—. Nora y yo hemos organizado algo. Una jornada de playa. Mañana. Toda la mañana. Ambas familias.
Levanté la vista de los informes que no estaba leyendo desde hacía media hora porque mi mente estaba en otra parte, en una casa con buganvillas y una mujer que me miraba como si yo fuera suyo.
—¿Ambas familias? —Repetí, sintiendo cómo se me encogía el estómago.
—Sí. Mi madre vendrá desde Londres… bueno, no, ella no puede, pero bueno, tú me entiendes. El caso es que Gael ya ha dicho que sí, y Noelia también, y los padres de Nora… y Lara, claro. Será divertido. Barbacoa, juegos, baño…
Diablos. Una playa llena de gente. Toda la mañana. Con ella. Tendríamos que actuar como desconocidos, como simples conocidos, como el padre del novio de su hermana y nada más. La idea me resultó físicamente dolorosa.
Llegamos a la playa de la Caleta a las diez de la mañana, cuando el sol aún no castigaba con toda su fuerza y la arena conservaba la frescura de la noche.
Yo llevaba unas bermudas oscuras y una camiseta blanca que Lara había elegido la noche anterior y me sentía expuesto, fuera de mi elemento, fuera de mi control.
Noelia fue la primera en aparecer en el horizonte, cargada como una mula de pack.
Arrastraba tres neveras de ruedas que chirriaban contra la arena, llevaba un altavoz gigantesco sobre el hombro que parecía capaz de despertar a todo Cádiz, y bajo el brazo contrario, una sombrilla de playa con un diámetro que desafiaba las leyes de la física.
—¡Ayuda, joder! —Gritó desde lejos, con la voz ronca por el esfuerzo—. ¡Que parezco un camello en un mercadillo!
Corrí a ayudarla, agarrando una de las neveras que pesaba como si llevara ladrillos de oro dentro.
—¿Qué llevas aquí? ¿El arsenal de la comandancia? —pregunté, jadeando.
—Bebida, comida, más bebida y un kit de supervivencia para emergencias —respondió ella, soltando el altavoz sobre la arena con un golpe sordo—. Y por emergencias me refiero a que Gael se pase de listo y necesite hielo en los huevos.
Hablando del rey de Roma, Gael apareció justo entonces, con unas gafas de sol reflectantes y una sonrisa de depredador. Llevaba un bañador corto y una camiseta de tirantes que dejaba ver brazos que aún conservaban la fuerza de la juventud.
—¡Ah, la playa! —exclamó, extendiendo los brazos hacia el cielo—. ¡El mejor escenario para el amor! ¿Dónde están las viudas afligidas que necesitan consuelo?
—Gael, tienes cuarenta años —dije, dejando la nevera con cuidado—. Compórtate.
—La edad es solo un número, amigo mío. Y yo soy como el buen vino.
Mientras montábamos el campamento improvisado, Gael intentando ligar con una chica que pasaba corriendo, Noelia peleándose con la sombrilla que se negaba a abrirse, yo intentando parecer ocupado, llegaron los demás.
Javier y Beatriz, con su elegancia habitual incluso en ropa de playa.
Nora, radiante, con un bikini amarillo que hizo que Leo se atragantara al beber el agua. Y luego… luego llegó ella.
Lara llevaba un vestido largo de algodón blanco sobre el bañador, con el pelo recogido en una coleta despeinada y unas gafas de sol que le ocultaban los ojos.
Me saludó con un gesto casual, un simple «Buenos días, coronel» que sonó tan distante y frío que me hizo querer agarrarla y demostrarle que aquella distancia era una mentira.
Intentamos mantenernos alejados. Eso fue lo que acordamos con la mirada, sin palabras, mientras extendíamos las toallas.
Durante exactamente quince minutos, yo estuve ocupado clavando la sombrilla en la arena.
Gael había desistido tras romper dos ganchos y ella estaba ayudando a Noelia a organizar la comida.
Pero el universo conspiraba contra nosotros, o quizás solo tenía un sentido del humor retorcido.
—¡Vamos a jugar a las palas! —gritó Nora desde la orilla, donde los jóvenes ya habían montado una red improvisada para jugar al vóley—. ¡Los mayores contra los jóvenes!
—¡Nunca! —respondió Noelia, levantándose de un salto—. Los mayores tenemos la técnica. Los jóvenes solo tienen energía.
—Entonces formamos parejas —sugirió Gael, con esa sonrisa peligrosa—. Izan y yo contra… mmm… Lara y Noelia.
—Ni hablar —dije yo, demasiado rápido.
—Tienes miedo de perder, coronel —provocó Lara, cruzándose de brazos, y vi cómo sus labios se curvaban en esa sonrisa que me volvía loco.
—No tengo miedo. Tengo vergüenza ajena por lo mal que juegas —respondí, aceptando el desafío.
Formamos equipos. Lara y yo contra Noelia y Gael. Un error estratégico, lo sabía, porque la proximidad sería inevitable, porque tendríamos que comunicarnos, porque nos tocaríamos cada vez que cambiáramos de posición.
El partido empezó con una violencia inesperada.
Noelia golpeaba la pelota como si fuera un misil teledirigido y Gael se movía con una agilidad que desmentía sus años.
Pero Lara y yo… nos entendíamos. Sin hablar, anticipábamos los movimientos del otro.
Ella corría hacia donde yo dejaba el hueco, yo bloqueaba donde ella fallaba.
Era una danza silenciosa, una coreografía de miradas y gestos que solo nosotros entendíamos.
—¡Eso es trampa! —Gritó Noelia cuando ganamos el tercer punto seguido—. ¡Se están mirando demasiado! ¡Están haciendo señas secretas!
—Es talento natural, Noe —respondió Lara, jadeando, con las mejillas sonrosadas por el esfuerzo y el sol.
—Apuesto cien euros a que pierden el siguiente —dijo Gael, sacando un billete arrugado del bolsillo de la bermuda.
—Yo apuesto a que, si ganamos, tú te tiras al agua con ropa y todo —repliqué yo, y la palabra «apuesta» resonó peligrosamente entre nosotros.
—Trato —dijo Gael.
Perdimos el siguiente punto por culpa mía. Estaba distraído, mirando cómo el sudor resbalaba por el cuello de Lara, cómo su piel brillaba bajo el sol, y la pelota me pasó rozando la oreja.
—¡Sí! —gritó Noelia, triunfante—. ¡Ahora el castigo!
—El castigo es para Gael —dije, intentando eludir la responsabilidad.
—No, no —intervino Lara, con una malicia que me hizo temblar—. El castigo es para el que falló. Y fallaste tú, coronel. Así que…
—Así que te tiras al agua —terminó Noelia, con los ojos brillando—. Pero como eres un militar rígido y seguro que sabes nadar como un pez, el castigo es: te tienes que tirar vestido. Completo. Con la camiseta, con las bermudas, con todo.
Miré a Lara, buscando aliados, pero ella se limitó a encogerse de hombros con una expresión de falsa inocencia.
—Las apuestas son sagradas —dijo.
—Venga, venga —coreaba Gael, aplaudiendo como un niño en una fiesta de cumpleaños.
Suspiré. Me quité las chanclas y caminé hacia el agua con la resignación del condenado. Pero justo cuando iba a sumergirme, sentí unas manos en mi espalda. Lara. Me empujó con fuerza, entre risas, y yo, por instinto, la agarré de la muñeca. Ambos perdimos el equilibrio.
Caímos juntos. El agua fría nos envolvió de golpe, un shock térmico que nos cortó la respiración durante un segundo.
Salimos a la superficie jadeando, empapados, con la ropa pegada al cuerpo como una segunda piel incómoda.
Lara tenía el pelo suelto, cayendo en mechones oscuros sobre su cara, y sus ojos, esos ojos color miel, brillaban con una diversión que no había visto en ella antes.
—¡Estás loca! —dije, escupiendo agua salada.
—¡Tú también! —respondió ella, salpicándome.
Y entonces pasó algo extraño. Algo que no había sucedido desde que éramos niños, si es que alguna vez había sucedido.
Nos echamos a reír. No una risa contenida, no una carcajada educada.
Una risa profunda, descontrolada, que venía de la barriga y nos hacía tambalearnos en el agua hasta que las piernas nos fallaron.
Nos agarramos el uno al otro para no caer, riendo como dos idiotas, como dos niños que acaban de descubrir que el mundo no es tan serio como parece.
—¡Salid de ahí! —gritaba Noelia desde la orilla—. ¡Que vais a pillar una pulmonía!
Salimos del agua arrastrándonos, todavía riendo, con la ropa goteando y pesando toneladas.
Lara se había quitado el vestido blanco, que ahora era transparente y pegado a su cuerpo, y se quedó solo con el bikini negro debajo, mientras yo caminaba con la camiseta transparente marcando cada músculo de mi torso.
—Parecéis dos cabras montesas —dijo Gael, pero sonreía.
El resto de la mañana transcurrió en una neblina de calor, sal y arena. Comimos pinchitos de tortilla y ensaladilla rusa, bebimos cerveza bien fría de las neveras de Noelia, y los jóvenes se durmieron la siesta bajo las sombrillas, agotados por el vóley y el sol.
Yo estaba sentado sobre una toalla, mirando el horizonte, cuando Lara se acercó. Sin decir nada, se sentó a mi lado, lo suficientemente cerca como para que nuestros hombros se rozaran, lo suficientemente lejos como para que nadie sospechara.
—¿Caminamos? —preguntó ella, en voz baja.
Asentí. Nos levantamos con la naturalidad de quienes no tienen nada que ocultar, aunque mi corazón latía como un tambor.
Caminamos por la orilla, donde la arena estaba húmeda y compacta, y las olas rompían suavemente, dejando espuma blanca.
Nos alejamos del grupo hasta que las voces se convirtieron en murmullos distantes y solo quedaba el sonido del mar.
Hablamos. Por primera vez desde que nos conocimos, hablamos sin discutir, sin lanzarnos pullas ni medir cada palabra.
Me habló de su padre, de cómo había sido criar a Nora sintiendo que debía compensar la ausencia de su madre, de la presión de ser perfecta, de ser fuerte, de ser inquebrantable.
Yo le hablé de Leo, de la culpa que había sentido al no poder darle una familia unida, de los años en Londres intentando ser padre y madre a la vez, de cómo me había convertido en un hombre tan controlado que había olvidado cómo reír.
Hablamos de Londres, de esa ciudad gris donde había dejado pedazos de mi alma intentando salvar un matrimonio que ya estaba muerto.
Hablamos de Cádiz, de cómo había cambiado, de cómo nosotros habíamos cambiado.
De cómo, a los cuarenta años, me sentía más vivo que nunca, aunque no supiera si eso era una bendición o una condena.
El momento era tan tranquilo, tan perfecto, que ninguno de los dos quiso romperlo. Caminamos en silencio durante largos tramos, con los pies mojados por el agua que subía y bajaba, con las manos rozándose ocasionalmente sin atrevernos a entrelazar los dedos.
Cuando regresamos al campamento, el sol empezaba a caer sobre el horizonte, tiñendo el cielo de naranjas y violetas. Noelia estaba sentada en una de las neveras, observándonos con una atención que me puso nervioso.
—Ya era hora —dijo, con una voz que llevaba el peso de la certeza—. De que dejaran de comportarse como dos cabras montesas.
El silencio se instaló sobre la playa. Los jóvenes dejaron de hablar. Javier levantó la vista de su libro. Beatriz dejó de rebuscar en la bolsa de la compra.
—¿Qué? —Dije yo, intentando parecer indiferente, aunque sentía el calor subiendo por mi cara.
—¿De qué hablas, Noe? —preguntó Lara, con una voz que pretendía ser casual, pero que sonó demasiado aguda.
—De que lleváis semanas mirándoos como si fuerais a comeros el uno al otro —respondió Noelia, encogiéndose de hombros—. Y hoy, con el chapuzón ese… vamos, que hasta el ciego ve el cambio de look que traéis.
—No estamos… —empecé.
—Es solo… —dijo Lara simultáneamente.
—Ni se os ocurra negarlo —interrumpió Gael, riendo—. Que llevo apostando desde la primera barbacoa. Y si digo que ha habido sex… digo, que ha habido romance, es porque lo he visto.
Todos se echaron a reír. Una risa cálida, comprensiva, que me hizo sentir expuesto, pero también, extrañamente, aliviado.
—No hay nada entre nosotros —insistí, aunque la mentira me sabía amarga en la boca.
—Solo somos… amigos —añadió Lara, y su voz carecía de convicción.
Nadie nos creyó. Y mientras el sol se hundía en el Atlántico, pintando el agua de colores imposibles, me di cuenta de que no me importaba.
No me importaba que supieran, que sospecharan, que hablaran.
Porque por primera vez en mucho tiempo, caminando por esa playa con ella a mi lado, había sentido que pertenecía a algún lugar. Que pertenecía a ella.
Y eso valía cualquier riesgo.