Operación seducción Capítulo 26
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Capítulo 26

Lara

El sol se había puesto hacía ya un buen rato, dejando el cielo de Cádiz teñido de esos tonos violetas y rosas que parecían sacados de una acuarela, pero yo apenas notaba el cambio de luz.

Estaba en el sofá, recostada contra el pecho de Izan, con su brazo envolviéndome como una manta viva mientras nos besábamos con esa pereza dulce que solo da la certeza de que el tiempo ha dejado de apremiar.

Sus dedos dibujaban círculos absentes sobre mi cadera, subiendo hasta rozar la curva de mi cintura, y yo me sentía sumergida en una especie de niebla cálida donde todo era posible y nada tenía prisa.

Mientras sus labios abandonaban los míos para recorrer mi mandíbula, dejando un rastro de besos húmedos que me hacían estremecer, no podía evitar pensar en lo lejos que estábamos de aquel primer encuentro en el jardín de mi padre.

Aquel hombre rígido, aquel militar imperturbable que me había mirado como si fuera un error de cálculo, ahora tenía las manos temblorosas cuando me acariciaba, y en sus ojos había una ternura que desmentía toda la armadura de hierro que llevaba puesta.

No era tan serio como aparentaba, no cuando se dejaba llevar, no cuando reía con esa carcajada profunda que vibraba en su pecho y que solo yo parecía conocer.

Pensé en Charlotte, en su exmujer, y sentí una punzada de incomprensión genuina.

¿Cómo podía alguien haber dejado escapar a este hombre?

¿Cómo podía haber mirado hacia otro lado cuando él tenía dentro todo ese calor, toda esa lealtad, toda esa capacidad de amar con una intensidad que asustaba?

Cualquier mujer con dos dedos de frente vendería su alma por tenerlo a su lado, por sentirse la única persona en el mundo cuando esos ojos azul grisáceos se posaban en ella.

—Estás pensando demasiado —murmuró él contra mi cuello, y su aliento cálido me provocó un escalofrío.

—Estoy pensando en lo afortunada que soy —respondí, girándome para mirarle y perderme en la profundidad de su mirada.

Izan se apartó un poco, me tomó la cara entre sus manos con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de sus brazos y acarició mi mejilla con el pulgar. Sus ojos recorrieron mi rostro como si estuviera memorizando cada detalle, cada peca, cada rincón de mi piel.

—Si no nos movemos de este sofá —dijo con voz ronca, grave, cargada de un deseo que ya conocía bien—, corremos el riesgo de no dormir en toda la noche. Y mañana tengo una reunión importante en la comandancia a primera hora.

Me eché a reír, un sonido suave que resonó entre nosotros.

—No quiero que el coronel llegue cansado al trabajo —bromeé, dándole un beso rápido en los labios, apenas un roce que pretendía ser inocente—. Sería un desastre para la disciplina militar.

Me levanté del sofá, intentando recuperar la compostura, buscando mi camiseta por el suelo. Pero no di ni un paso hacia la cocina cuando sentí su mano cerrarse alrededor de mi muñeca. La fuerza fue suave pero firme, implacable y me tiró hacia atrás con una rapidez que me dejó sin aliento.

—Izan…

No me dejó terminar la frase. Me sentó de golpe sobre su regazo, con mis piernas a horcajadas sobre las suyas, y me besó.

Pero no fue el beso tierno y perezoso de hacía unos minutos.

Fue un beso que reclamaba, que tomaba, que poseía.

Sus labios se apoderaron de los míos con una ferocidad que me dejó aturdida, mientras sus manos se clavaban en mis caderas, sujetándome contra él con una urgencia que sentí propagarse por todo mi cuerpo.

Gemí contra su boca, sintiendo cómo el deseo volvía a encenderse a una velocidad alarmante, cómo mi cuerpo respondía a su tacto como si estuviera programado para reaccionar a él.

Este hombre tenía algo adictivo, pensé mientras me rendía a ese beso y mis manos se enredaban en su pelo despeinado. Algo que me hacía querer más, siempre más, aunque acabáramos de tenerlo todo.

Fue el móvil el que nos separó. Sonó con esa melodía estridente que usaba para las llamadas de familia, cortando el ambiente como un cuchillo frío.

Fruncí el ceño, maldiciendo en silencio, y me aparté lo suficiente como para alcanzar el aparato sobre la mesa de centro.

La pantalla iluminaba la habitación con un resplandor blanco. Era Nora.

—Tengo que contestar —dije, con la voz todavía ronca por los besos.

Izan asintió, aunque vi cómo se tensaba la mandíbula y respiraba hondo para recuperar el control. Me levanté de su regazo, sintiendo la pérdida de su calor como una herida abierta, y descolgué.

—¿Nora? —dije, intentando que mi voz sonara normal, aunque sabía que debía de tener un tono sospechosamente dulce.

—Lara… —La voz de mi hermana sonaba rara, agitada, con un matiz de nerviosismo que me puso alerta de inmediato—. Necesito hablar contigo. ¿Estás en casa? ¿O estás con alguien?

Miré a Izan, que me observaba desde el sofá con una intensidad que me hizo sentir expuesta. Si le decía la verdad, si le confesaba que estaba con el padre de su novio, el mundo se vendría abajo. Pero tampoco podía mentirle del todo, no cuando su tono suplicaba ayuda.

—Estoy en casa —respondí, eligiendo cuidadosamente las palabras—. Ven cuando quieras. Te espero con pizza y helado.

Hubo una pausa al otro lado de la línea.

—¿Seguro? No quiero molestar si… si tienes compañía.

—No hay nadie —mentí, y la palabra me supo amarga en la boca—. Ven. En quince minutos, ¿vale?

—Voy para allá —dijo ella y colgó.

Dejé el móvil sobre la mesa y me giré hacia Izan. Él ya se estaba levantando, buscando su camisa entre los cojines dispersos por el suelo.

—Será mejor que te marches —dije, con un nudo en la garganta—. Antes de que mi hermana pequeña llegue y te encuentre aquí, en el sofá, con la ropa revuelta y la cara de… —hice una pausa, buscando la palabra adecuada—. De haberte pasado la mejor tarde de tu vida.

Sonrió, esa sonrisa torcida que me derretía las rodillas.

—¿Y eso es malo? —preguntó, acercándose a mí.

—Es catastrófico —respondí, aunque sonreía—.

Imagina la escena: «Hola, Nora, ¿qué tal el instituto?

Ah, por cierto, ¿recuerdas al padre de Leo?

Sí, el padre de tu novio. Pues resulta que nos hemos estado follando como conejos toda la tarde y probablemente estoy enamorada de él».

No creo que sea la mejor forma de dar las noticias.

Izan se rio, un sonido profundo que resonó en su pecho. Me tomó de la mano y me llevó hacia la puerta. En el umbral, me detuvo, me giró hacia él y me besó de nuevo. Fue un beso largo, lento, cargado de promesas que aún no habíamos verbalizado.

Cuando se separó, me acarició la mejilla con una ternura que me hizo querer llorar. Luego apoyó su frente contra la mía, cerró los ojos y respiró hondo.

—Esto no es solo sexo, ¿me oyes? —dijo, y su voz era un susurro ronco, íntimo, que vibró contra mi piel—. Te llamo mañana, cariño.

Me dio otro beso, breve esta vez, pero no menos intenso, y salió por la puerta. Me quedé allí, apoyada en el marco, viendo cómo se alejaba por el sendero de gravilla hasta su coche, cómo arrancaba el motor y cómo desaparecía entre las sombras del jardín.

Cerré la puerta y me quedé de espaldas contra ella, con una sonrisa tonta, adolescente, pegada a la cara como si la hubieran dibujado con rotulador permanente. Me llevé las manos al pecho, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas con una fuerza desbocada.

Me estaba enamorando del coronel Herrera y esa verdad cayó sobre mí con la suavidad de una manta y el peso de una losa al mismo tiempo. Estaba completamente perdida.

Nora llegó exactamente diecisiete minutos después, con los ojos hinchados y una expresión que me recordó a mí misma a los dieciséis años, cuando el mundo se reducía a dramas existenciales y miedos a ser insuficiente.

Trajo una bolsa de plástico con dos pizzas congeladas y un bote de helado de chocolate que estaba empezando a derretirse.

—¿Estás bien? —pregunté, tomándole la bolsa y dejándola sobre la mesa de la cocina.

Ella se sentó en uno de los taburetes de la isla, jugueteando con un extremo de su sudadera.

—Lara… —empezó, y su voz se quebró un poco—. Casi lo hago con Leo.

Me quedé quieta, congelada, en el acto de meter la pizza en el horno. Me giré lentamente hacia ella, buscando su mirada.

—¿Casi? —Pregunté con suavidad.

—Estábamos en su casa. Su padre no estaba…

—hizo una pausa, y me pregunté si sabría que Izan había estado conmigo todo el día—.

Estábamos en su habitación, besándonos, y las cosas se…

fueron de las manos. Él me tocaba, yo le tocaba…

—su rostro se puso rojo como un tomate—.

Pero al final no estábamos preparados. Solo fue…

besos y masturbación. Y ahora tengo miedo.

Dejé la pizza olvidada y me acerqué a ella. Me senté en el taburete de al lado y le tomé las manos entre las mías.

—¿Miedo de qué, cariño?

—De que él piense que soy una cría —dijo Nora, y una lágrima se escapó de su ojo derecho—. Que tenga dieciocho y yo dieciséis, y que querrá estar con chicas más expertas. Chicas que sí sepan… que sí hagan…

—Nora, mírame —interrumpí, secándole la lágrima con el pulgar—. Ese chico está loco por ti. No va a encontrar a nadie mejor que tú, ¿me oyes? Y si te deja por algo tan estúpido como eso, es que no te merecía. Además…

Sonreí, intentando aligerar el ambiente.

—Además, Noelia se encargaría de hacerle desaparecer de una manera tan eficiente que ni siquiera el coronel Herrera con todos sus recursos militares sería capaz de encontrarle.

Nora soltó una risa entrecortada, mezclada con un sollozo. Me miró con esos ojos verdes que tanto se parecían a los de nuestro padre, pero con algo más, algo que venía de nuestra madre.

—Tienes un brillo diferente en los ojos —dijo de repente, inclinando la cabeza para estudiarme mejor—. Es por un chico, ¿verdad?

Mi corazón dio un vuelco.

—No —respondí demasiado rápido—. Es solo que he estado trabajando mucho hoy. Delante del ordenador. Muchas horas.

Nora arqueó una ceja con una expresión que decía claramente «No me engañas».

—Lara, tengo dieciséis años, pero no soy tonta —dijo, cruzándose de brazos—. Y si has estado con alguien, me alegro. Porque, como dice Noelia, al final te iban a salir telarañas en el… en el toto.

Las dos estallamos en risas, un sonido cálido que llenó la cocina y disipó la tensión. La abracé fuerte, sintiendo su cuerpo pequeño y familiar contra el mío.

—Te quiero, Nora —dije contra su pelo—. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, ¿sabes? Cuando tenga una hija, quiero tener con ella la misma relación que tengo contigo.

Ella me apretó más fuerte y, cuando nos separamos, sus ojos estaban húmedos pero sonrientes.

—Vamos a cenar —dijo—. Y a ver esa película de terror que me dijiste que habías grabado.

Preparamos la pizza entre risas y chistes y nos instalamos en el sofá con mantas y cojines. Justo cuando empezaban los créditos iniciales de la película, mi móvil vibró sobre la mesa de centro. Lo cogí disimuladamente, ocultando la pantalla entre el sofá y mi cuerpo para que Nora no pudiera ver.

Era un mensaje de Izan. Una foto. El interior de su coche, oscuro, con el salpicadero iluminado por las luces de la calle. Y debajo, un texto que me hizo sonrojarme hasta las orejas.

Izan: Conduzco con una mano porque la otra todavía huele a ti. Mañana quiero la otra mitad. Duerme bien, sargento.

No pude evitarlo. Una sonrisa enorme y estúpida iluminó mi cara.

—Esa sonrisa —dijo Nora desde su lado del sofá, sin apartar los ojos de la tele, pero con una voz cantarina—. Esa sonrisa es por un chico.

—No es…

—Si lo sabré yo —interrumpió, girándose para mirarme con picardía—. Que sonreía igual cuando me escribía Leo. Esa sonrisa de idiota enamorada.

Me sonrojé aún más, si eso era posible, y guardé rápidamente el móvil bajo el cojín. Nora volvió a mirar la pantalla, pero su sonrisa cómplice permaneció.

Mientras la película empezaba, con sonidos de gritos y música de suspense, yo no podía dejar de pensar en ese mensaje, en sus palabras, en la promesa de mañana.

Y sentí un escalofrío de emoción mezclado con pánico.

Tenía que disimular. Tenía que ser cuidadosa.

Porque si alguien descubría que estaba viéndome con el padre del novio de mi hermana, si alguien sabía que el coronel Herrera y yo éramos…

éramos lo que éramos, el escándalo sería monumental.

Pero mientras escuchaba a Nora reírse de una escena de la película y sentía el calor de su cuerpo contra el mío, pensé que quizás, solo quizás, valía la pena el riesgo.

Porque por primera vez en mucho tiempo, me sentía viva.

Realmente viva. Y no estaba dispuesta a renunciar a eso por miedo a lo que dirían los demás.

Miré de reojo el móvil, escondido bajo el cojín, y sonreí en la oscuridad. Mañana sería otro día. Y el coronel me llamaría. Eso era suficiente. Por ahora.