Operación seducción Capítulo 25
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Capítulo 25

Izan

Horas después, cuando el sol empezaba a caer sobre el jardín de Lara pintando sombras largas entre los olivos, seguía sintiendo el eco de su piel contra la mía.

Habíamos sido insaciables. Después de la cocina, cuando la pasta aún hervía en la olla, la había vuelto a tomar en el sofá, con el olor a tomate flotando en el aire y ella gritando mi nombre contra los cojines.

Luego, la ducha, donde el agua caliente había sido testigo de cómo la penetraba desde atrás, con las manos presionadas contra el azulejo, viendo cómo el vapor se condensaba en su piel mojada.

Ahora estaba sentado en ese mismo sofá, con los pantalones puestos y la camisa medio abrochada, intentando concentrarme en una película que no recordaría ni bajo tortura.

Lara estaba recostada contra mí, con su cuerpo encajado perfectamente en el hueco de mi brazo, vestida solo con una camiseta vieja que le quedaba grande y unas braguitas negras de encaje que dejaban ver más de lo que ocultaban.

Su pelo, todavía húmedo de la ducha, olía a jazmín y a algo más íntimo, algo que me estaba volviendo loco.

No podía dejar de tocarla. Mi mano descansaba sobre su muslo desnudo, acariciando despacio, sintiendo cómo la piel se le erizaba bajo mis dedos, cómo se formaban pequeñas protuberancias de piel de gallina cada vez que subía hasta el borde de la tela.

Era una tortura dulce, una provocación constante, y sabía que ella lo sentía porque su respiración se había vuelto más lenta, más controlada.

—Izan… —murmuró, sin apartar los ojos de la pantalla donde dos actores discutían por algo que no importaba—. Si sigues así, van a pasar cosas.

—¿Qué cosas? —pregunté, aunque sabía perfectamente la respuesta. Mi voz salió ronca, cargada de intención.

Ella giró la cabeza para mirarme. Sus ojos color miel brillaban con esa mezcla de diversión y deseo que ya había aprendido a reconocer como exclusivamente suya.

—Hágase una idea, coronel —dijo, fijamente, desafiante.

Sonreí. No pude evitarlo. La atraje hacia mí y la besé, suavemente al principio, luego con más fuerza, saboreando su boca hasta que ella jadeó contra mis labios. Pero me separé antes de que el control se rompiera del todo.

—Mejor no —dije, apoyando mi frente contra la suya—. Que si no, mañana no vas a tener fuerzas para abrir la boutique. Y necesito que descanses.

Ella se incorporó, mirándome con incredulidad fingida.

—Eres el primer hombre que me rechaza un polvo —dijo, con una mezcla de indignación y admiración.

La cogí de la mano, entrelazando nuestros dedos, y la miré con la seriedad que merecía la conversación.

—Lara, escúchame —dije, y mi voz bajó, se volvió íntima, vulnerable—.

Me pasaría el día entero haciéndote gemir.

Te llevaría al borde del placer en cada rincón de esta casa y de la mía.

En la cocina, en la ducha, en el jardín, en mi coche…

No habría lugar donde no te hubiera tenido.

Pero no quiero que pienses que estoy contigo por eso.

No todo entre dos personas es sexo, cariño.

Hay muchas más cosas. Esto, por ejemplo —acaricié su mejilla con el dorso de la mano—.

Estar así, viendo una película que ni siquiera nos importa, solo para disfrutar del tacto de tu piel, de tu perfume, de tu calor contra mí.

Tenemos tiempo para follar donde, como y cuando queramos.

Y quiero que sepas que me quedo por esto. Por ti. No solo por tu cuerpo.

La besé de nuevo y, esta vez, ella me devolvió el beso con una ternura que me desarmó.

Se movió entonces con una agilidad felina y se sentó a horcajadas sobre mí, sobre mis piernas, quedando frente a frente.

Empezó a moverse despacio, de manera inconsciente, frotándose contra mí a través de la tela de mis pantalones, y ambos gemimos al unísono.

Sentí cómo se endurecía bajo su calor, cómo ella se humedecía y, por un segundo, estuve a punto de perder toda la resolución.

Pero se apartó. Sonrió, traviesa, y se quedó sentada sobre mí, con las manos en mis hombros, enredando los dedos en mi cabello.

—Eres peligroso —dijo, pero no se movió de mi regazo.

Yo llevé las manos a sus muslos, acariciándola distraídamente, subiendo y bajando, sintiendo la suavidad de su piel mientras ella jugueteaba con mi pelo.

—Cuéntame algo —dije de repente, necesitando llenar el espacio con palabras, con verdades—. Algo de ti. De verdad. No solo lo que ya sé.

Ella se quedó quieta, mirándome, y algo cambió en su expresión. Se volvió más seria, más íntima.

—¿Qué quieres saber?

—Todo —dije—. Pero empieza por… por qué tienes miedo a enamorarte. Y luego háblame de tu madre.

El silencio se alargó. Lara tragó saliva y, por un momento, pensé que iba a cerrarse, hacer una broma y cambiar de tema. Pero no lo hizo. Se recostó contra mí, apoyando la cabeza en mi hombro, y habló.

—Mi madre murió cuando yo tenía dos años —empezó, con una voz pequeña que no le había oído antes—.

Tenía veintisiete. Era joven, hermosa, llena de vida.

Y estaba embarazada de mi hermano. Un niño.

—Hizo una pausa y sentí cómo se tensaba su cuerpo—.

El parto se complicó. Se fueron los dos.

Y yo… yo crecí con esa ausencia, con esa silla vacía en la mesa, con un padre que no sabía cómo llorar delante de mí.

Sentí un nudo en la garganta. La apreté más contra mí, besándole la coronilla.

—Beatriz llegó cuando yo tenía diez años —continuó—.

Mi padre la conoció en el banco, creo. O en algún evento.

Estuvieron dos años juntos antes de casarse, y luego…

luego llegó Nora. Y de repente tenía una familia de nuevo.

Beatriz nunca intentó sustituir a mi madre, pero…

pero para mí es como una madre. Siempre ha estado ahí.

Y Nora… Nora es mi vida. Desde que nació, la he protegido como si fuera mía.

Porque sé lo que es crecer sin madre, Izan.

Sé lo que es esa ausencia que te marca para siempre.

Una lágrima se escapó, rodando por su mejilla. La sequé con el pulgar, con una ternura que me sorprendió a mí mismo.

—Yo también tengo una historia —dije, sintiendo la necesidad de compartir, de equilibrar la vulnerabilidad—.

Conocí a Charlotte aquí, en Cádiz. Un verano.

Tenía veinte años, ella, diecinueve. Era inglesa, estaba de vacaciones.

Nos enamoramos como solo pueden hacerlo los jóvenes: rápido, intenso, sin pensar en las consecuencias.

Se quedó embarazada. —Lara levantó la vista, sorprendida—.

Sí. Así de rápido. Nos casamos, intentamos hacerlo funcionar.

Pero éramos niños jugando a ser adultos.

Yo en la academia, ella en Londres, la distancia… todo se desmoronó.

—¿Y Leo? —preguntó ella, suavemente.

—Leo estuvo mucho tiempo con su madre —continué—.

Charlotte rehízo su vida, se casó con un hombre bueno, tuvo otros hijos.

Leo tenía hermanos allí, una familia. Pero…

nunca encajó del todo. Decía que sentía que mi lugar estaba vacío, que, aunque se llevaba bien con su padrastro y adoraba a sus hermanos, necesitaba…

necesitaba a su padre. —La miré a los ojos—.

A los diecisiete me dijo que quería vivir conmigo.

Que quería formarse aquí, en España. Y justo entonces conoció a Nora.

Y yo… yo vi cómo se iluminaba de una forma que nunca había visto.

Como si finalmente hubiera encontrado su sitio.

Lara sonrió, con los ojos todavía húmedos.

—Son buenos juntos —dijo—. Se entienden.

—Sí —asentí—. Y eso me da esperanza. Porque si dos personas pueden encontrarse así, a pesar de todo…

La miré entonces, realmente la miré, y sentí que el corazón se me salía del pecho. Estábamos hablando de cosas profundas, de dolor y pérdida, y sin embargo había una paz entre nosotros que nunca antes habíamos conocido.

—Izan… —dijo ella, después de un silencio cómodo—. ¿Tú… quieres ser padre otra vez? ¿Quieres tener más hijos?

La pregunta me pilló desprevenido. La observé, buscando en su rostro la intención de la pregunta.

—No sé —respondí honestamente—. Tengo cuarenta años, Lara.

No sé si tendría la paciencia para empezar de nuevo, para criar a un bebé cuando ya casi me espero a ser abuelo.

Leo tiene dieciocho… —hice una pausa—. Pero…

pero si llegara un bebé contigo… —la miré fijamente—.

Si llegara un bebé contigo, ten por seguro que no me voy a asustar.

Que no me voy a ir. Creo que… creo que sería una buena noticia después de tantos años de sentir que mi vida estaba ordenada pero vacía.

Ella me miró con una expresión que no supe interpretar. Y entonces sonrió, esa sonrisa traviesa que me volvía loco.

—Pues entonces —dijo, acariciando mi pecho—. No cuento contigo para que me des hijos, coronel. Demasiado mayor y cansado, por lo que veo. Y de donarme tu semillita…

La agarré por la cintura, atrayéndola hacia mí, y la besé con fuerza.

—Cariño —dije contra sus labios—. De donar nada. Que si tengo que darte mi semillita, como tú dices, va a ser follándote hasta que te tiemblen las piernas. Hasta que no puedas andar. Hasta que grites mi nombre sabiendo que no hay nadie más que yo.

Ella se echó a reír, un sonido cálido que llenó el salón.

—Cuando te sale el coronel, me pones nerviosa y me excitas a partes iguales —dijo, mordisqueando mi mandíbula—. Y es un problema porque… porque no eras mi tipo.

—¿Y ahora sí? —pregunté, sonriendo.

—Ahora sí —confirmó, besándome suavemente—. Porque he visto que no tienes un palo metido en el culo. Sabes reír. Y tienes buen corazón. Eso suma puntos, coronel. —Hizo una pausa y sus ojos brillaron con picardía—. Y ahora… ¿puedo pedirte que me dejes con las piernas temblando?

La miré. Realmente la miré, con el amor que ya no podía negar, con el deseo que no podía contener más.

La besé con fiereza, con toda la pasión que había estado reprimiendo durante horas, y luego la recosté en el sofá, quedando sobre ella, entre sus piernas.

—Puedes pedírmelo siempre que quieras —dije, con la voz ronca de excitación—. Y estaré encantado de complacerte, cariño. Siempre.

Mientras la besaba de nuevo, mientras sentía cómo se abría para mí, cómo gemía contra mi boca, tuve un pensamiento que me acompañó mientras empezaba a moverme contra ella: esta mujer había desarmado cada una de mis defensas, había derribado cada muro que había construido durante años y, en su lugar, había construido un hogar.

Un hogar que no era un lugar, sino una persona.

Era ella. Y por primera vez en mi vida, no tenía miedo al futuro.

Tenía ganas de vivirlo, con ella, en cada rincón de nuestras vidas entrelazadas.