Capítulo 24
Lara
Me desperté con la luz del domingo filtrándose entre las persianas, dibujando rayas doradas sobre las sábanas revueltas. Durante unos segundos, me sentí desorientada, el peso del cuerpo a mi lado, el calor diferente al de dormir sola. Giré la cabeza sobre la almohada y allí estaba él.
Izan dormía profundamente, con la respiración pausada y tranquila, tan diferente de la agitación de la noche anterior.
Su rostro, normalmente tan serio, tan marcado por la disciplina y el control, estaba relajado, casi vulnerable en el sueño.
El pelo castaño oscuro le caía sobre la frente en desorden, rebelde, y tenía una mano bajo la almohada mientras la otra descansaba sobre mi cadera, posesiva, incluso inconsciente.
Las sábanas se habían deslizado hasta la cintura, dejando al descubierto su torso, los músculos definidos de su pecho y abdomen, y la piel bronceada, marcada por pequeñas cicatrices que contaban historias de las que aún no me había hablado.
Lo observé durante largos minutos, embriagada por la intimidad de verle así, desarmado, entregado al descanso. Y sentí que el deseo volvía a despertar: no el fuego frenético de la noche, sino algo más profundo, más dulce y, al mismo tiempo, más urgente.
Me acerqué despacio, intentando no despertarle aún.
Empecé a depositar besos suaves sobre su hombro, subiendo por el cuello, sintiendo el pulso de su yugular contra mis labios.
Mi mano se deslizó por su pecho, dibujando círculos perezosos alrededor de su pezón, y luego bajó, bajó por la línea de vello que desaparecía bajo las sábanas.
Cuando mis dedos lo encontraron erecto, caliente y pesado contra mi palma, él se movió. Un gemido ronco escapó de su garganta y sus ojos se abrieron de golpe, primero confundidos y luego, al verme, oscurecidos por una lujuria instantánea.
—Buenos días, coronel —susurré, sonriente, mientras apretaba suavemente.
—Lara… —su voz sonó rasposa, dormida, sexy—. ¿Qué hora es?
—La hora de despertar —dije, y me monté a horcajadas sobre él, deslizando las sábanas hacia un lado para quedar completamente desnuda sobre su cuerpo.
Lo sentí duro entre mis muslos, frotándome, provocándome. Me incliné hacia delante, apoyando las manos en su pecho, y empecé a moverme lentamente, deslizándome contra él, mojándolo con mi excitación matutina. Él gruñó, sus manos volaron a mis caderas, clavándose en mi carne con fuerza.
—Joder, Lara… —jadeó, arqueando la espalda.
—¿Te gusta? —pregunté, provocadora, aumentando el ritmo.
No respondió con palabras. Me agarró por la cintura y, de un movimiento brusco, me alzó, posicionándome sobre su erección, y me dejó caer sobre él, penetrándome profundamente de golpe.
Grité, un sonido agudo que resonó en la habitación silenciosa, y empecé a cabalgarle a un ritmo frenético y desesperado, usando mis piernas para levantarme y caer sobre él una y otra vez.
Él me miraba fijamente, con los ojos brillantes de excitación y la mandíbula tensa, mientras sus manos subían a mis pechos, amasándolos y pellizcando mis pezones hasta que vi estrellas. El sonido de nuestras carnes chocando llenaba la habitación, seco, obsceno, perfecto para una mañana de domingo.
—Más fuerte… —supliqué, ya agotada, sintiendo el placer acumularse en mi vientre—. No pares, Izan, no pares…
Me agarró del cuello, atrayéndome hacia él, y me besó con una ferocidad que me dejó sin aliento mientras seguía embistiendo desde abajo, encontrando un ángulo que me hacía perder la cabeza.
Cuando me corrí, fue con un grito ahogado contra su boca, con espasmos que sacudieron todo mi cuerpo, y sentí cómo él se vaciaba dentro de mí segundos después, con un gemido profundo que vibró en mi pecho.
Colapsé sobre él, sudorosa, jadeante, con el corazón desbocado. Él me acarició la espalda con una ternura que contrastaba con la salvajería del momento, y permanecimos así hasta que la respiración se nos normalizó.
—Creo que necesito café —dije finalmente, levantándome con las piernas temblorosas—. Y tostadas.
—Yo necesito un médico —bromeó él, sonriendo—. Creo que me has matado.
Me puse una camiseta vieja de Luna de Sal que encontré en el suelo y él se puso los bóxers.
Bajamos a la cocina con una familiaridad que me sorprendió, como si lleváramos años haciéndolo.
El sol entraba por la ventana del jardín, iluminando el polvo flotante y creando una atmósfera dorada y doméstica que me hizo sentir… ¿feliz? Sí, eso era. Feliz.
Preparé café mientras él ponía las tostadas en la tostadora. Nos sentamos en la isla de la cocina, frente a frente, con las piernas entrelazadas debajo de la mesa, compartiendo el silencio cómodo de quienes han compartido algo intenso.
—Leo y Nora —dije de repente, mientras mordía una tostada—. Llevan ya un año hablando, ¿sabes?
Izan asintió y tomó un sorbo de café negro.
—Sí. Desde que se mudó conmigo. Se conocieron por un juego online, pero… —hizo una pausa—. Se veía, Lara. Desde el principio se veía que era diferente. Que podía haber algo más.
—Nora es… —suspiré—. Es más que una hermana para mí. Desde que murió mi madre, desde que crecí con ese vacío, siempre la he protegido como si fuera mi hija. Y ahora… —miré mis manos—. Ahora se está haciendo mayor y me da miedo, pero también me alegra verla feliz.
Izan extendió la mano sobre la mesa y tomó la mía, dándole un apretón.
—Leo es un buen chico —dijo—. Lo sé. Lo he educado yo, y aunque he cometido errores, él… él es mejor hombre que yo.
El teléfono de Izan sonó sobre la encimera, interrumpiendo el momento. La pantalla mostraba el nombre de Leo. Izan descolgó, poniéndose el móvil en el oído.
—¿Sí? —dijo, y su voz cambió, se volvió más formal, más paternal.
—Papá, ¿dónde estás? —La voz de Leo sonaba preocupada, y yo la oía claramente porque Izan tenía el manos libres—. No volviste anoche. ¿Estás trabajando?
Izan me miró y yo le devolví una mirada de complicidad.
—He dormido fuera —dijo evasivamente—. ¿Todo bien en casa?
—Sí, pero… —Leo dudó—. Mira, si no vas a venir en todo el día, ¿puedo invitar a Nora a pasar el día aquí? Quiero decir, estudiar juntos, ver una película, eso…
Izan sonrió al ver la cara que puse yo, intentando disimular mi interés.
—Puedes invitarla —dijo Izan—. Pero ya sabes lo que siempre te he dicho sobre… —hizo una pausa significativa.
—Tranquilo —interrumpió Leo, y su voz sonó madura, responsable—. Si perdemos el control, usaremos protección. Eres joven para ser abuelo y no quiero joder la vida de Nora así, tiene mucho por vivir antes de ser madre.
La tostada se me cayó de la mano. Izan me miró, con una ceja arqueada, intentando contener la risa.
—Aun así —dijo Izan, volviéndose serio de nuevo—. No te olvides de dónde los guardo. Y si necesitas hablar de algo…
—Papá, por favor —dijo Leo, con una mezcla de vergüenza y cariño—. No te preocupes. Sé lo que hago. Nos vemos luego.
—Cuídate —dijo Izan.
—Tú también. Y… disfruta de donde sea que estés.
Colgaron. El silencio se instaló en la cocina, solo roto por el zumbido del frigorífico.
Lo miré fijamente, con los ojos brillantes de emoción.
—¿Por qué me miras así? —preguntó Izan, tomando otro sorbo de café.
—Tu hijo —dije, y mi voz salió más suave de lo que pretendía—. Es… es responsable. Maduro. Solo por lo que acabo de oír, ha ganado diez puntos conmigo.
Izan sonrió, orgulloso.
—Es un buen chico —repitió.
—Nora es muy importante para mí —continué, sintiendo la necesidad de explicarle—.
Más que una hermana. Es como… como una hija, de verdad.
Siempre he pensado que, si pasara algo, si se quedara embarazada joven, todos nos volcaríamos para ayudarla.
Pero me gusta saber que Leo es así. Que piensa en ella. Que no es…
Dejé la frase en el aire, sonriendo maliciosamente.
—¿Que no es qué? —preguntó él, receloso.
—Que no es como el padre —dije, con una risa traviesa—. Que no ha usado chubasquero durante toda la noche ni esta mañana.
El efecto fue inmediato. Izan dejó la taza de golpe, manchando café sobre la encimera, y me miró frunciendo el ceño con una intensidad que me hizo reír aun más.
—Espera… —dijo, pasándose las manos por el pelo revuelto—. ¿Qué has dicho? No me jodas, Lara, esto… —su voz subió de tono, el pánico asomando—. Esto nunca me había pasado. Siempre uso… siempre soy cuidadoso. Joder, con Charlotte nunca fallamos, y después… después siempre he sido precavido.
Me levanté de la silla, todavía riendo, y me acerqué a él. Le tomé la cara entre las manos y le besé en los labios, cortando su pánico.
—No te preocupes, coronel —dije, sonriendo contra su boca—. Tomo la píldora. Y hacía mucho, mucho tiempo que no estaba con nadie. Estoy sana, si eso te preocupa.
Él me miró, con los ojos todavía oscuros por el susto, pero suavizándose. Me atrajo hacia él, sentándome en su regazo, y me besó con una ternura que me desarmó por completo.
—Yo tampoco he estado con nadie —confesó, en voz baja, íntima—. Desde el divorcio, solo hubo… nada serio. Y por el trabajo me hago chequeos médicos regulares. Estoy sano, Lara. Quiero que lo sepas.
Sonreí, acariciándole la barba incipiente.
—Pues si has terminado el café, coronel —susurré, provocadora—. Quiero otra ronda.
Me levanté de su regazo y, sin apartar los ojos de los suyos, me quité la camiseta por encima de la cabeza, quedando completamente desnuda en medio de la cocina iluminada por el sol.
Vi cómo se le oscurecían los ojos, cómo se tensaba la mandíbula, cómo se levantaba de la silla con un movimiento fluido, de depredador. Se lanzó sobre mí con una fiereza que me hizo jadear, me cogió en brazos y me sentó sobre la encimera de la isla, separando mis piernas con su cuerpo.
Mientras me besaba con una mezcla de pasión y necesidad que me dejaba sin aliento, mientras sentía cómo se desabrochaba los bóxers y cómo me penetraba de golpe, haciéndome gritar su nombre en la cocina vacía, tuve un pensamiento profundo que me acompañó mientras empezaba a moverse dentro de mí con fuerza, con determinación, con una entrega total: este hombre, con todo su control y su disciplina, se había deshecho por mí, y yo me había deshecho por él, y por primera vez en mi vida no sentía miedo al caer.
Sentía que había encontrado a alguien con quien podía ser vulnerable y fuerte y todo lo que quería ser.
Y mientras el placer me llevaba al borde del abismo, supe que esto, lo que teníamos, era solo el principio de algo que nos cambiaría para siempre.