Capítulo 23
Lara
Izan cruzó el umbral de mi habitación con una determinación que me hizo estremecerme antes incluso de que me tocara.
La luz de la luna entraba por la ventana abierta, iluminando la cama con un resplandor plateado que convertía las sábanas blancas en un paisaje de nieve derretida.
Me dejó sentada en el borde del colchón, con las piernas colgando, y, sin decir una palabra, se arrodilló entre mis muslos.
Su aliento cálido rozó primero mi piel en los muslos, subiendo despacio, torturadoramente, mientras sus manos fuertes me sujetaban por las caderas con una posesión que me hizo jadear.
Cuando finalmente su lengua encontró mi centro, un estremecimiento eléctrico me recorrió la columna vertebral, haciendo que arqueara la espalda y agarrara las sábanas con fuerza.
—Joder, Izan… —gemí, incapaz de contener el sonido.
Él gruñó contra mi piel, vibrando, y el efecto fue devastador.
Lamió con una lentitud deliberada, desde la entrada hasta el clítoris, dibujando círculos perfectos que me hacían perder la cabeza.
Sentía su barba raspando contra mis muslos, el contraste entre la aspereza y la suavidad de su lengua, y era demasiado, era perfecto.
—¿Eso es todo lo que sabes hacer, coronel? —Conseguí decir con voz ronca, provocándole, retándole a que perdiera el control que tanto le costaba mantener.
Levantó la vista. Sus ojos, oscuros en la penumbra, brillaban con una intensidad peligrosa.
Sin apartar la boca de mí, introdujo dos dedos dentro, curvándolos, y succionó mi clítoris con una fuerza que me hizo gritar.
El placer se acumuló rápido, demasiado rápido, una ola que no podía detener.
Cuando añadió un tercer dedo, estirándome, llenándome mientras su lengua trabajaba implacablemente, exploté.
Me corrí con violencia, con espasmos que sacudieron todo mi cuerpo, agarrando su pelo con tanta fuerza que debí de hacerle daño, pero él no se detuvo. Siguió lamiendo, succionando y prolongando el orgasmo hasta que estuve temblando, jadeando, rogándole que parara, porque no podía soportar más.
—No has visto nada todavía —murmuró contra mi muslo, limpiándose la boca con el dorso de la mano, con una sonrisa arrogante que me hizo querer matarlo y follarlo al mismo tiempo.
Se levantó de golpe y me empujó hacia el centro de la cama.
Me recostó sobre la espalda y, sin dar tiempo a que recuperara el aliento, me agarró por los tobillos y elevó mis piernas, colocándolas sobre sus hombros.
La posición me dejó expuesta, vulnerable, completamente abierta para él.
Estaba de pie junto a la cama, imponente, con los músculos de su torso brillando de sudor, y me miró como si fuera un festín del que no podía saciarse.
—Vas a sentirme hasta el fondo —dijo, y no fue una pregunta.
Penetró con una embestida seca y profunda, que me hizo gritar su nombre.
La profundidad era casi dolorosa, perfecta, llenándome por completo mientras él comenzaba a moverse a un ritmo frenético.
Cada golpe resonaba en la habitación: el sonido de nuestras carnes chocando, mezclado con mis gemidos y sus gruñidos.
Me agarraba las piernas por detrás de las rodillas, manteniéndome abierta para él, dominando el ángulo de cada embestida.
—Más fuerte, joder… —supliqué, desesperada, sintiendo cómo el placer volvía a construirse.
—¿Así? —gruñó, aumentando el ritmo, embistiendo con una fuerza que movía toda la cama.
—Así… así… no pares…
Pero él se detuvo. Justo cuando estaba al borde, se salió de golpe, dejándome vacía y frustrada. Me miró con una sonrisa torcida, sadista, y dio la vuelta a la cama.
—Ponte de rodillas —ordenó, con esa voz de comandante que me excitaba más de lo que quería admitir—. Quiero verte la espalda.
Obedecí. Me puse a cuatro patas sobre el colchón, dándole la espalda, con el corazón desbocado. Sentí cómo subía a la cama detrás de mí, cómo sus manos grandes se posaban en mis caderas, y luego penetró desde atrás con una embestida brutal que me hizo caer sobre los antebrazos.
—Joder… —gemí, sintiendo cómo me llenaba por completo desde ese ángulo.
Empezó a follarme con una salvajería que me dejó sin aliento.
Sus embates eran profundos, certeros, golpeando ese punto interno que me hacía ver estrellas.
Me agarró del pelo, tirando hacia atrás para obligarme a enderezar la espalda, y con la otra mano me agarró una nalga, separándome más y entrando más profundo.
—Eres mía esta noche —gruñó entre jadeos—. Dilo. Dime que eres mía.
—Soy tuya… joder, Izan, soy toda tuya…
El ritmo se volvió desenfrenado. Sentía sus caderas golpeando las mías, el sonido seco de la carne contra la carne, y estaba cerca, tan cerca de correrme de nuevo. Pero justo cuando iba a llegar, él se detuvo.
—No tan rápido —dijo, jadeando.
Antes de que pudiera protestar, me giró.
Esta vez fui yo quien tomó el mando. Me aparté de él, gateando por la cama hacia él con una lentitud deliberada, con la mirada fija en la suya.
Vi cómo su pecho subía y bajaba, agitado, cómo su miembro palpitaba erecto y brillante de humedad, y sentí una oleada de poder.
—Ahora me toca a mí —susurré.
Me acerqué hasta que estuve entre sus piernas y, sin apartar los ojos de los suyos, tomé su sexo en la mano y lo llevé a mi boca.
Él gruñó, un sonido profundo y animal que vibró en el pecho, mientras yo empezaba a succionar, a lamer, a disfrutar del sabor salado de su excitación.
Lo miré a los ojos mientras lo hacía, viendo cómo se contraía su mandíbula, cómo sus manos se cerraban en puños a los lados, luchando por no agarrarme la cabeza y tomar el control.
—Lara… joder, Lara, vas a hacer que me corra… —gimió, con la voz rota.
Sonreí alrededor de él, provocándole, acelerando el ritmo, usando la lengua para dibujar círculos en la base mientras mi boca trabajaba la parte superior. Él gruñó de nuevo, más fuerte, y vi cómo sus ojos se cerraban por un segundo, cómo todo su cuerpo se tensaba.
Pero antes de que pudiera llegar al límite, se apartó de golpe.
Me agarró por los brazos, me levantó de la cama con una fuerza que me dejó sin aliento y me bajó al suelo.
Me puso de pie, me dio la vuelta y empujó mi torso hacia adelante hasta que apoyé las manos en el colchón.
Luego separó mis piernas con la rodilla, tomó una de ellas y la elevó, apoyando mi pie en el borde de la cama y dejándome en una posición extremadamente abierta y vulnerable, con una pierna en el suelo y otra en alto.
—Quiero verte así —dijo, jadeando—. Abierta para mí. Completamente.
Penetró desde atrás y el ángulo fue devastador. Sentí cada centímetro de su entrada, la fricción intensa, la profundidad casi insoportable. Empezó a moverse con embestidas cortas y profundas, golpeando un punto que me hacía ver luces blancas detrás de los párpados.
—Izan… por favor… —gemí, sintiendo cómo el placer se acumulaba en espiral.
—¿Te gusta así, sargento? —gruñó, usando el apodo que me había puesto antes—. ¿Te gusta que te folle como te mereces?
—Sí… sí, joder…
Me agarró por la cintura con ambas manos y aceleró el ritmo, convirtiéndose en una máquina de placer, en un pistón humano que me llevaba al borde del abismo. Estaba gritando, sin importarme quién pudiera oír, sintiendo cómo el orgasmo se construía inevitablemente.
Pero volvió a detenerse. Me cogió de nuevo en brazos y me depositó en el borde de la cama. Esta vez me sentó, y él se quedó de pie frente a mí, y me penetró así, mirándome a los ojos, con mis piernas colgando a los lados de sus caderas.
—Mírame —ordenó—. No cierres los ojos. Quiero verte cuando te corras.
Lo miré. Clavé mis ojos en los suyos, en esos ojos azul grisáceo que ahora parecían negros de excitación, y sentí cómo me llenaba una y otra vez, con un ritmo que me estaba volviendo loca.
Me agarró por la nuca, me atrajo hacia él y me besó mientras seguía embistiendo, con la lengua imitando el movimiento de sus caderas.
Luego me hizo girar. Me puso de espaldas en la cama, se subió encima de mí y adoptó la postura del misionero, la clásica, la íntima. Pero no había nada de suave en la forma en que me follaba. Seguía siendo salvaje, profundo, con embates que hacían que la cama golpeara contra la pared.
—Toca tu clítoris —ordenó—. Quiero que te corras conmigo dentro.
Obedecí. Deslicé la mano entre nosotros, encontrando ese punto sensible, y empecé a frotarme al ritmo de sus embates. Él me miraba fijamente, con una intensidad que me desarmaba, y sentí cómo ambos nos acercábamos al límite.
—Ahora, Lara… ahora… —gruñó, acelerando.
—Sí… sí… ¡Izan!
Explosión mutua. Nos corrimos juntos, en una sincronización perfecta, con espasmos que nos sacudieron a los dos, con mi sexo contrayéndose a su alrededor en oleadas interminables, mientras él se vaciaba dentro de mí, con gemidos ahogados contra mi cuello.
Fue largo, intenso, devastador, dejándonos sin fuerzas, sin aliento, sin nada más que el peso el uno del otro.
Se dejó caer sobre mí, pero apoyó los codos para no aplastarme.
Estábamos empapados de sudor, pegados, con los corazones latiendo desbocados.
Después de unos minutos que parecieron eternos, se giró, me tomó en sus brazos y me recostó sobre su pecho, con mi espalda contra su torso y su mano grande acariciando mi columna vertebral con una ternura que contrastaba con la brutalidad de momentos antes.
Escuché su corazón. Latía fuerte y rápido, todavía, un tamborileo constante que me hipnotizaba. Estaba en silencio, pensando, sintiendo el peso de su brazo alrededor de mi cintura, la humedad de nuestros cuerpos pegados, el olor a sexo que impregnaba la habitación.
—Espero que de verdad no te arrepientas de esto mañana, Lara —dijo finalmente, con voz ronca, casi vulnerable.
Me giré para mirarle. En la penumbra, vi algo en sus ojos que no había visto antes. No era ni el militar rígido ni el coronel autoritario. Era un hombre que había dejado caer todas sus defensas y me miraba con una vulnerabilidad que me partió el corazón.
Le besé en los labios. No con pasión esta vez, sino con una ternura infinita y una promesa silenciosa.
—No me voy a arrepentir, coronel —susurré contra su boca—. Y te lo demostraré antes y después del café.
Me atrajo profundamente hacia sí y me besó con una mezcla de pasión, ternura y necesidad que me desarmó por completo. Fue un beso largo y lento que decía todo lo que las palabras no podían expresar.
Cuando se apartó, me recostó de nuevo sobre su pecho, me tapó con el brazo como si fuera una manta y me dio un beso en la frente, suave, casi reverente.
—Buenas noches, Lara —murmuró, con la voz ya pesada de sueño.
—Buenas noches, Izan —respondí, cerrando los ojos.
Y mientras me quedaba dormida, escuchando cómo su respiración se volvía regular, tuve un pensamiento profundo que me acompañó hasta los sueños: este hombre, este militar rígido y controlado, se había entregado a mí por completo, y yo a él, y por primera vez en mi vida no sentía miedo al enamorarme.
Sentía paz. Y eso era más peligroso y más hermoso que cualquier otra cosa que hubiera conocido.