Capítulo 22
Izan
Salí del despacho como si me persiguiera el demonio, pero no era el miedo lo que me golpeaba en las costillas; era la certeza de que la había dejado escapar, que la había dejado irse con esa sonrisa enigmática que podía significar cualquier cosa menos lo que yo deseaba.
El aire de la noche de Cádiz me golpeó la cara con una humedad salada, pero ni eso logró enfriar la sangre que me hervía en las venas.
La calle Ancha bullía de vida, de turistas que reían demasiado alto, de parejas que paseaban de la mano, de una ciudad que seguía girando indiferente mientras yo sentía que el suelo se me había abierto bajo los pies.
Volví al bar. Empujé la puerta con una fuerza que casi arrancó las bisagras, y el calor denso, cargado de sudor, alcohol y perfume barato, me envolvió como una manta húmeda.
La música latina retumbaba en los altavoces, un ritmo frenético que vibraba en el pecho, y yo busqué con la mirada entre la multitud, escaneando rostros, descartando cuerpos, hasta que la encontré.
Estaba allí, en medio de la pista, bailando con él.
Con Pablo. El bombero la hacía girar con una habilidad que me resultó insultante, con las manos sobre su cintura y una confianza que me hacía ver rojo.
Lara reía, esa risa sin filtros que yo había sentido contra mi piel apenas unos minutos antes, y por un segundo sentí una punzada de celos tan aguda que casi me doblé.
Pero entonces me vio.
Nuestros ojos se encontraron entre la multitud, entre el humo y las luces parpadeantes.
Su risa se detuvo, no del todo, pero se transformó en algo más íntimo, más cargado.
Sonrió. No la sonrisa pública de antes, sino una sonrisa lenta, secreta, y luego se mordió el labio inferior con los dientes, un gesto tan provocador, tan deliberadamente erótico, que sentí que me faltaba el aire.
—Joder, tío, ¿dónde te has metido? —La voz de Gael resonó a mi lado, demasiado cerca, demasiado fuerte.
No le miré. No podía apartar los ojos de ella, de cómo se movía, de cómo seguía bailando, pero ahora para mí, solo para mí, aunque el bombero no lo supiera.
—Izan, te estoy hablando —insistió Gael, dándome un codazo—. Llevas media hora desaparecido y ahora entras como si hubieras visto un fantasma. Estás hecho un desastre.
Entonces se calló. Sentí su mirada fija en mí, evaluando, y supe el momento exacto en que lo descubrió.
—Espera —dijo, y su voz cambió, subió una octava—. Espera un puto momento. ¿Acabas de follar?
Me giré hacia él con rapidez, lo que le hizo retroceder un paso. Su expresión era de puro asombro, con los ojos abiertos como platos y una sonrisa torcida que intentaba contener.
—Ni se te ocurra decir una sola palabra —gruñí, bajando la voz para que solo él me oyera entre la música—. Ni una, Gael, o te juro por lo que más quieras que…
—Pero si estás… —señaló mi camisa, desabrochada, arrugada, fuera de los pantalones, por un lado—. Y tu pelo… joder, Izan, parece que te ha pasado un tornado por encima.
—He dicho que no digas nada —repetí, y mi tono debió de ser lo suficientemente amenazante como para que levantara las manos en señal de rendición, aunque la sonrisa no desapareció de su cara.
—Solo una cosa —susurró, inclinándose hacia mí—. Espero que mereciera la pena el riesgo de que te despidan por conducta indebida.
No respondí. Ya no me importaban Gael, ni el bar, ni nada. Solo ella. Giré sobre mis talones y empecé a caminar hacia la pista, abriéndome paso entre la multitud con una determinación que hacía que la gente se apartara sin preguntar.
Lara me vio venir. Ahora estaba junto a la barra, con una copa en la mano que no se había bebido, y vi cómo su garganta trabajaba, cómo tragaba saliva al verme acercarme.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose en la camisa mal abrochada, en el cabello despeinado, en la expresión de hambre que sabía que llevaba grabada en la cara.
Pablo estaba a su lado, sonriendo, ajeno a la tormenta que se avecinaba.
—¡Coronel! —Me saludó con esa jovialidad que me resultaba insoportable—. ¿Se une a nosotros? Estábamos a punto de pedir otra ronda.
Lo miré. Luego la miré a ella. Y supe que no podía fingir ni un segundo más.
—Si nos disculpa —dije, y mi voz sonó más ronca de lo normal, cargada de una autoridad que no admitía réplica—. Tengo que hablar con Lara. Es urgente.
Extendí la mano hacia ella. La dejé ahí, en el aire, entre nosotros, como una oferta, como una pregunta, como una rendición.
Lara miró mi mano. Durante unos segundos que parecieron eternos, estudió mis dedos, la palma, las líneas que ella no podía ver, pero que yo sentía marcadas por ella.
Luego levantó la vista hacia mí y nuestras miradas se encontraron.
Y sonrió. No la sonrisa amplia de antes, sino una sonrisa sutil, discreta, casi imperceptible, pero cargada de un significado que solo nosotros compartíamos.
Era la sonrisa de quien sabe un secreto, de quien había estado conmigo en ese despacho, de quien había sentido mi boca en su piel apenas unos minutos antes.
Finalmente, dejó su copa sobre la barra y deslizó su mano en la mía.
Sus dedos se entrelazaron con los míos, cálidos, suaves, y sentí un escalofrío eléctrico que me recorrió el brazo hasta el pecho.
—Perdona, Pablo —dijo ella, sin apartar los ojos de los míos—. Creo que me voy.
No esperé respuesta. Tiré suavemente de su mano y nos abrimos paso entre la multitud hacia la salida.
Sentía la mirada de Gael clavada en mi espalda y, probablemente, la de Pablo, pero me importaba un comino.
Solo existía ella, su mano en la mía, el calor que irradiaba de su cuerpo mientras caminaba a mi lado.
Cruzamos la puerta y el aire fresco de la noche nos envolvió.
Estábamos en el callejón lateral, oscuro, apartado, iluminado solo por una farola que parpadeaba.
En cuanto estuvimos fuera del alcance de las miradas, la atraje hacia mí con una fuerza que la sorprendió. La estrellé contra mi cuerpo y la besé.
Fue un beso feroz, hambriento, salvaje, igual que en el despacho, pero ahora con la urgencia añadida de saber que ella había elegido venir, que había cogido mi mano.
Ella enredó los dedos en mi cabello, tirando de él con fuerza, y se pegó a mí con una desesperación que correspondía perfectamente a la mía.
Mis manos bajaron a sus caderas y apreté con fuerza, clavando los dedos en su carne, sintiendo los huesos, la suavidad, la posesión.
Cuando nos separamos, ambos jadeábamos, con la respiración entrecortada formando nubes blancas en el aire frío de la noche.
—¿De qué querías hablar? —preguntó ella, con una voz que pretendía ser casual, pero que sonó ronca, cargada de deseo.
La miré. Realmente la miré, con la luz de la farola iluminando su rostro, sus ojos brillantes, sus labios hinchados por mis besos.
—Hablar podemos hablar por la mañana —dije—, y mi voz sonó grave, determinada—. Ahora… ahora quiero otra ronda. Tanto como tú. Más, incluso.
Sonrió. Una sonrisa lenta, traviesa, que iluminó su rostro de un modo que me hizo sentir que había esperado toda mi vida ese gesto.
Se puso de puntillas, agarrándose de mis hombros para ganar altura, y me besó.
Pero esta vez fue diferente. No fue ni el beso feroz de antes ni el beso salvaje del callejón.
Fue un beso tierno, suave, casi dulce, que contrastaba con la efusividad y la pasión que habíamos compartido minutos antes.
Sus labios rozaron los míos con delicadeza, explorando, saboreando, y cuando se separó, sus ojos brillaban con una emoción que no supe nombrar.
—Mejor vamos a mi casa —susurró—. Allí no hay nadie que nos moleste. Ni Gael, ni bomberos, ni nadie. Solo tú y yo.
No respondí. La besé de nuevo, rápidamente, y luego hice algo que ni yo mismo esperaba. Me agaché, la cogí por detrás de las rodillas y por la espalda, y la cargué sobre mi hombro como un bombero que rescata a una víctima, pero con una intención completamente diferente.
—¡Izan! —Exclamó ella, sorprendida, y luego se echó a reír, golpeando mi espalda con los puños—. ¿Qué haces? ¡Bájame!
—Ni hablar —gruñí, empezando a caminar hacia donde había aparcado mi coche—. Vas a venir conmigo y punto.
—Pero mi coche está al otro lado —protestó, aunque seguía riendo, y el sonido de su risa me calentaba el alma—. Mañana tendré que venir a buscarlo.
—Me da igual —dije, llegando al coche y abriendo la puerta del copiloto con una mano mientras la sostenía con la otra—. Vamos en el mío. Y mañana ya veremos.
La dejé en el asiento con cuidado, pero ella me agarró por la camisa antes de que pudiera apartarme y me besó de nuevo, profundamente, robándome el aliento.
Subí al lado del conductor y arranqué el motor.
El silencio se instaló entre nosotros mientras conducía por las calles de Cádiz, pero no resultaba incómodo.
Era denso, cargado de expectativa, de promesas no dichas.
Pasamos por delante de la Catedral, iluminada de forma espectacular, por calles estrechas que olían a jazmín y a mar, y yo iba pensando en todo lo que había pasado esa noche, en lo que estábamos a punto de hacer, en lo que esa mujer sentada a mi lado me hacía sentir.
Me había convertido en alguien que no reconocía: alguien impulsivo, desesperado, hambriento no solo de su cuerpo, sino también de su risa, de su mirada, de su presencia en mi vida.
Llegamos a su casa en menos de diez minutos. Apagué el motor y ella ya estaba abriendo la puerta, con las llaves en la mano y una urgencia que reflejaba la mía.
En cuanto cruzamos el umbral, la oscuridad del jardín nos envolvió.
No encendió las luces. No hubo palabras.
La cogí de nuevo en brazos, pero esta vez para llevarla contra la pared de la entrada, besándola con una ferocidad que había ido acumulando durante todo el trayecto.
La estrellé contra la pared y ella jadeó, arqueándose contra mí.
Le aparté las bragas de un tirón hacia un lado y me desabroché el pantalón con dedos torpes y desesperados.
La penetré ahí mismo, sin preámbulos, con una fuerza que nos hizo gritar a los dos.
Estaba húmeda, caliente, lista para mí, y yo la folle con una ferocidad que me sorprendió incluso a mí mismo, mientras ella gemía en mi boca, mordiéndome el labio, clavándome las uñas en los hombros.
—Joder, Lara… —gruñí entre embates, sintiendo cómo se estrechaba a mi alrededor.
Ella me quitó la camisa, tirando de ella hasta que los botones saltaron, y sentí sus manos suaves recorriendo mi espalda, dejando rastros de fuego en mi piel.
Me estremecí ante su tacto, ante la suavidad que contrastaba con la brutalidad de nuestro encuentro, y gemí cuando ella me clavó las uñas con fuerza después de una serie de embestidas profundas que me llevaron al límite.
Me corrí con un grito ahogado, enterrado en ella, sintiendo cómo sus músculos pulsaban a mi alrededor, cómo ella se estremecía con su propio orgasmo, cómo nos fundíamos en una misma sacudida de placer ciego.
Me quedé quieto, sin salir de ella, con la frente apoyada en la pared junto a su cabeza, jadeando, sintiendo su respiración agitada contra mi cuello.
—Ese no es más que el principio —dije finalmente, cuando pude hablar, con la voz ronca y entrecortada—.
La noche aún no ha terminado, Lara. Y no lo hará hasta que te deje con las piernas tan temblorosas que necesites que te lleve en brazos a todos lados.
Hasta que no puedas andar sin sentirme dentro de ti.
Se rio. Una risa suave, satisfecha, que vibró contra mi pecho.
—Cuidado con lo que deseas, coronel —dijo, mordisqueando mi mandíbula—. A ver si voy a querer que me lleves en brazos toda la vida.
La miré a los ojos en la penumbra, y las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas, sin pensar, con una verdad que me sorprendió a mí mismo:
—Lo haría encantado, sargento.
Ella arqueó una ceja, visible incluso en la oscuridad.
—¿Sargento?
—Eres como un sargento —expliqué, sonriendo contra su cuello—. Mandona, exigente, implacable… y, sin embargo, me tienes completamente a tus órdenes. Así que di algo más. Di algo divertido. Ríe para mí. Y luego dime que soy tuyo.
Ella se rio de verdad, un sonido cálido que llenó el espacio oscuro, y luego me besó con una ternura que me desarmó por completo. Cuando se separó, sus ojos brillaban con una emoción que me hizo sentir que estaba cayendo, cayendo sin red, y que no quería detenerme.
—Ahora llévame a la habitación —dijo, mirándome fijamente a los ojos, con una voz que era a la vez orden y súplica—. Y haz conmigo lo que quieras, coronel. Soy tuya hasta el amanecer.
No necesité más. La besé con fuerza de nuevo, la cargué en brazos, esta vez de forma más cómoda, contra mi pecho, y empecé a caminar hacia el interior de la casa, hacia donde ella indicó con un gesto que era su habitación, sin dejar de besarla, sin dejar de saborearla, pensando mientras avanzaba en la oscuridad que esta mujer había irrumpido en mi vida como un terremoto, y que ya no podía imaginar un mañana sin ella.
Que la llevaría en brazos toda la vida si ella me lo permitiera, no por debilidad, sino porque era exactamente donde quería estar: a su lado, dentro de ella, perdido en ella, para siempre.