Capítulo 21
Izan
El vestido verde cayó al suelo con un susurro sordo, como una bandera blanca rendida en la batalla.
Lara se quedó inmóvil, iluminada por esa luz plateada de la luna que entraba por la ventana del despacho, y yo…
yo sentí que se me secaba la boca de golpe, que la sangre se me agolpaba en la garganta formando un nudo imposible de tragar.
Tragué saliva con dificultad, consciente de cada latido desbocado de mi corazón contra las costillas, un tamborileo militar que ordenaba avanzar, conquistar, tomar.
La miré. Realmente la miré. Y lo que vi me desarmó por completo, me dejó sin aliento y me convirtió en un simple hombre, desnudo de toda la disciplina que había cultivado durante años.
Llevaba un conjunto de lencería negra de su propia marca, supuse, de esos que debían venderse en Luna de Sal a precios que solo los valientes podían pagar.
El encaje se adhería a sus curvas como una segunda piel, realzando cada contorno de su cuerpo con una precisión que me resultó cruel y divina a partes iguales.
Sus caderas, anchas y perfectamente proporcionadas, me invitaban a no perder la cabeza.
La tela, semitransparente, dejaba entrever la suavidad de su vientre, el ombligo hundido como un pequeño cráter de seducción, y más abajo…
joder, más abajo el negro profundo que prometía un calor humeante, una humedad que ya podía imaginar y que me volvía loco.
Y entonces lo vi. En la cadera izquierda, justo donde la piel se tensaba sobre el hueso ilíaco, tenía un tatuaje pequeño, discreto, una media luna perfectamente dibujada en tinta negra, acompañada de tres diminutas estrellas que parecían orbitarla.
Era bonito. Era femenino. Era el puto mapa hacia la locura, una señal que parecía haber estado esperando mi mirada toda la vida.
—¿Vas a quedarte ahí mirando como un pasmarote todo el día, coronel, o vas a hacer algo de una puta vez? —Su voz sonó ronca, provocadora, cargada de esa mezcla de desafío y deseo que ya había aprendido a reconocer como exclusivamente suya.
No respondí. No podía. La sangre me rugía en los oídos, borrando cualquier capacidad de hablar, de pensar con lógica, de recordar quién era yo o qué demonios estábamos haciendo allí.
Di dos pasos. Dos pasos largos, decididos, los últimos que mi cordura permitía antes de caer en el abismo sin fondo que ella representaba.
La cogí en brazos. La alcé del suelo con una fuerza que la sorprendió, sintiendo el peso perfecto de su cuerpo contra el mío, la suavidad de sus muslos rozando mi cintura, y la estrellé contra la pared del despacho.
Ella jadeó, un sonido agudo que se mezcló con mi propio gruñido.
Sus piernas se enrollaron alrededor de mi cintura por instinto puro, fuertes y exigentes, y entonces la besé.
Fue un beso feroz, hambriento, salvaje. No hubo delicadeza, no hubo preámbulos, no hubo exploración timorata.
Mis labios se apoderaron de los suyos con una urgencia que me quemaba, mordiendo, saboreando, invadiendo su boca con la lengua en una conquista que ella devolvió con la misma brutalidad, con los mismos dientes, con la misma lengua que danzaba contra la mía en una guerra sin cuartel.
Sabía a vino tinto, a deseo acumulado, a algo dulce y peligroso que me volvía loco y me hacía querer más, siempre más.
La sujeté por los muslos, clavando mis dedos en su carne con fuerza, notando cómo se frotaba contra mí, buscando fricción, buscando más, buscando exactamente lo mismo que yo estaba desesperado por darle.
—Joder, Izan… —gimió contra mi boca cuando me separé lo justo para tomar aire, sus ojos vidriosos, su respiración entrecortada.
No dije nada. No había palabras que pudieran describir esto.
Solo acción. La mantuve contra la pared con una mano mientras con la otra liberaba mi miembro de los pantalones, desesperado por sentirla, por estar dentro de ella, por poseerla de una forma que no había sentido nunca en mi puta vida, ni siquiera en los años de matrimonio, ni siquiera en las juventudes desenfrenadas.
La penetré de golpe. Un embate seco y profundo que nos hizo gritar a los dos.
Ella arqueó la espalda contra la pared, sus uñas se clavaron en mis hombros a través de la camisa y yo perdí el sentido del tiempo, del espacio, de mi propio nombre.
La folle contra la pared con una fuerza que debía de ser casi violenta, pero ella lo pedía a gritos, moviendo las caderas al ritmo de mis embates, recibiendo cada golpe con una entrega que me desarmaba y me hacía sentir invencible y desesperado al mismo tiempo.
—Más fuerte… joder, más fuerte… —jadeó, y obedecí, perdiendo cualquier resto de control.
El sonido de nuestras carnes chocando llenaba la habitación, seco, obsceno, perfecto.
Sentía sus muslos temblando alrededor de mí, la humedad caliente que me envolvía como un guante de seda ardiente, la forma en que se estrechaba a mi alrededor con cada embate, succionándome, reclamándome.
Estaba loco. Completamente perdido en ella, en el movimiento, en la fricción, en el olor a sexo que empezaba a impregnar el aire.
La bajé al suelo, pero no la solté. La giré con brusquedad, poniéndola de espaldas a mí, y la obligué a apoyar las manos en la pared, inclinada hacia delante.
Elevé sus caderas, dejándola en una posición ofrecida, vulnerable, expuesta, con ese tatuaje de la luna ahora mirándome desde su cadera izquierda como una guía, y volví a entrar en ella desde atrás.
El gemido que soltó fue animal. Un sonido ronco que venía de lo más profundo de su garganta mientras la penetraba una y otra vez, viendo cómo su espalda se arqueaba, cómo el sudor resbalaba por su columna vertebral formando un río brillante, cómo ese tatuaje se movía al ritmo de mis embates.
Era una visión que me quemaba en la retina y me marcaba para siempre.
—Dios… Izan… esto es… no puedo… —balbuceó, incapaz de terminar la frase, con la cabeza echada hacia atrás, el pelo despeinado cayendo sobre sus hombros.
La agarré por el pelo, suave pero firmemente, tirando hacia atrás para obligarla a enderezar la espalda y abrirse más para mí, y seguí follando a un ritmo frenético, desesperado, sintiendo cómo el placer se acumulaba en la base de mi espalda, amenazando con explotar y llevarme al límite.
Pero no quería que terminara así. No todavía. No cuando aún no había probado todo de ella.
La saqué de golpe, ignorando su quejido de protesta, y la arrastré hacia la mesa del despacho.
La senté en el borde, entre papeles y lápices que cayeron al suelo sin que nos importara, sin que existieran.
Me arrodillé ante ella, separé sus piernas con las manos, viéndola abierta, húmeda, brillante para mí, y me lancé a su sexo con una voracidad que me sorprendió a mí mismo.
El sabor de ella me embriagó. Dulce, salada, única, intensamente femenina.
Lamí con la lengua plana desde su entrada hasta el clítoris, haciendo que se retorciera sobre la madera, agarrándose a los bordes de la mesa con fuerza, jadeando mi nombre como una oración.
La succioné, la mordisqueé suavemente, introduje dos dedos dentro de ella mientras mi lengua dibujaba círculos implacables sobre su punto más sensible, sintiendo cómo se contraía, cómo se acercaba al borde.
—Voy a… joder, Izan, voy a correrme… —gimió, moviendo las caderas contra mi boca, desesperada.
—Todavía no —gruñí, levantándome de golpe, la barba húmeda brillando con su esencia.
La penetré de nuevo, esta vez sobre la mesa, agarrándola por las rodillas para abrirla más, entrar más profundo y llegar a ese punto que la hacía gritar.
Su espalda golpeaba contra el tablero con cada embate, sus pechos se movían al ritmo de mi frenesí, y yo la miraba, la miraba fijamente, queriendo verla, queriendo memorizar cada segundo de esto, cada expresión de su rostro contraído por el placer.
El ritmo se volvió desenfrenado. Ya no había técnica, solo necesidad pura, instinto, deseo acumulado durante meses de tortura, de miradas furtivas, de tensiones no resueltas.
La folle a lo bestia, sintiendo cómo ella se aferraba a mí, cómo sus uñas se clavaban en mi espalda dejando marcas que durarían días, cómo jadeaba mi nombre entre gemidos ahogados que sonaban como música.
—Ahora… ahora, por favor, contigo… —suplicó, con la voz rota, los ojos brillantes de lágrimas contenidas.
La sentí estrecharse a mi alrededor, con los músculos internos pulsando y masajeando mi miembro en oleadas que me arrastraron al borde del precipicio. La embestí una última vez, profundamente, completamente, hasta el fondo y exploté.
Fue una corrida larga e intensa que me dejó ciego y sordo durante unos segundos y me arrancó un gruñido animal de la garganta.
Noté cómo ella se estremecía bajo mí, cómo su propio orgasmo la sacudía con espasmos violentos, cómo me mordía el hombro para contener un grito que habría despertado a medio Cádiz, cómo nos fundíamos en una misma pulsación, en una misma caída al vacío compartido.
Nos quedamos así, jadeando, fundidos, durante lo que pareció una eternidad y un instante a la vez.
Me dejé caer sobre ella, con la frente apoyada en su hombro, sintiendo su aliento agitado contra mi mejilla, cálido y rápido.
Su pecho subía y bajaba con una rapidez desesperada bajo el mío, su corazón latía tan fuerte que podía sentirlo contra mi esternón, un tamborileo que coincidía con el mío en una sincronía perfecta.
Estábamos empapados en sudor, pegados el uno al otro por la humedad y el calor, y yo no podía pensar con claridad, no podía moverme, no quería separarme de ella nunca.
Habían pasado meses. Meses desde la última vez que había estado con una mujer, desde Charlotte, desde el divorcio, desde la soledad autoimpuesta que había creído necesaria.
Pero esto… esto no había sido sexo. Esto había sido una puta catarsis, una guerra ganada y perdida al mismo tiempo.
Con ella, todo era diferente. Más intenso, más real, más destructivo.
Me sentía desarmado, expuesto, como si acabara de entregarle no solo mi cuerpo sino algo que no sabía que aún poseía, algo que creía muerto bajo capas de disciplina y control.
El silencio se alargó, solo roto por nuestra respiración entrecortada que poco a poco iba recuperando su ritmo normal.
—Ha sido brutal —dijo ella finalmente, con una voz ronca, satisfecha, que me hizo sonreír contra su piel—. Jamás pensé que un militar follara así. Tan… salvaje. Tan descontrolado.
Sonreí, todavía sin fuerzas para moverme, todavía enterrado en ella, disfrutando de la calma post tormenta.
—Ya puedes tachar ese uniforme de tu lista —añadió, y algo en su tono, una ligereza que no esperaba, una distancia que se colaba entre las palabras, me golpeó como una patada en los huevos emocionales.
Me separé de golpe. La miré, buscando su rostro en la penumbra, y vi que sonreía, pero no era la sonrisa de antes.
Era una sonrisa de satisfacción, de conquista, como si acabara de probar un plato exótico y lo hubiera encontrado interesante, pero nada más.
Como si yo fuera una casilla que acababa de marcar, un capítulo que cerraba.
Me sentí vacío de repente. Usado. Como si hubiera sido solo un polvo más para ella, una experiencia para tachar de la lista, el militar rígido que resultó follar bien pero que no merecía más que una anécdota de sábado por la noche.
Me aparté de ella bruscamente, buscando mi ropa en el suelo con movimientos bruscos, enfadado, sintiendo cómo la rabia me subía por el pecho mezclada con la vergüenza.
—¿Te vas ya? —preguntó, sentándose sobre la mesa, todavía desnuda, hermosa y jodidamente irritante por su despreocupación.
—Espero que mañana no te arrepientas —dije, con una voz más áspera de lo pretendido, cargada de toda la defensa que podía montar, de todo el hielo que sabía arrojar—. Cuando el alcohol se haya evaporado y recuerdes con quién te has acostado. Con quién has jugado.
Ella se rio. No una risa burlona, pero casi, una risa suave que me hizo sentir como un idiota.
—Estoy más lúcida que nunca, coronel —dijo, bajando de la mesa y caminando hacia mí con una seguridad que me desarmó, desnuda e imponente—. Y si he follado contigo, ha sido porque he querido. Punto. No porque esté borracha, no porque sea una irresponsable. Porque te deseaba. Y te sigo deseando.
Me agarró por la barbilla, obligándome a mirarla a los ojos. Esos ojos color miel que me habían perseguido durante semanas ahora brillaban con una determinación que me dejó sin palabras y me desarmó por completo.
—Y follaría de nuevo esta noche si quisieras —susurró, tan cerca que sentí su aliento en mis labios, su cuerpo desnudo rozando el mío medio vestido—. Pero creo que prefieres irte a casa. A tu casa ordenada. A tu cama vacía. A tu soledad de coronel que tanto te protege.
Me soltó y se apartó, empezando a recoger su ropa del suelo con una naturalidad que me hizo sentir como un estúpido, como un cobarde. Se vistió rápidamente, sin mirarme, como si ya me hubiera olvidado, como si lo que acababa de pasar entre nosotros no hubiera movido montañas.
Me quedé allí, con los pantalones en la mano, mirándola. Parte de mí quería agarrarla, tirarla de nuevo sobre la mesa y demostrarle que no quería irme, que esto no había sido solo un polvo, que ella no era una más en una lista interminable de conquistas. Que era la única. Que había sido diferente.
Pero el orgullo, esa mierda de orgullo militar que llevaba años construyendo como un muro infranqueable, me mantuvo quieto. Me mantuvo en silencio.
Ella se vistió rápidamente, sin mirarme, como si ya me hubiera olvidado.
Cuando estuvo lista, con el vestido verde puesto de nuevo, aunque arrugado y desordenado, se giró hacia la puerta.
Antes de salir, me miró por encima del hombro, con una sonrisa enigmática que no supe interpretar, que podía ser ternura o despedida definitiva.
—Si quieres otra ronda, coronel, ya sabes dónde estoy —dijo, su voz flotando en el aire cargado de nuestros olores—. Y si no… ha sido un placer echar un único polvo contigo.
Y salió. La puerta se cerró tras ella con un clic suave que resonó en la habitación vacía como un disparo, como una sentencia.
Me quedé solo, desnudo a medio vestir, con el corazón todavía acelerado y la mente hecha un lío de sensaciones contradictorias, preguntándome si debía correr tras ella o si realmente era mejor dejar que el polvo se asentara entre nosotros, como había dicho.
La mesa del despacho olía a nosotros. A sexo.
A algo que acababa de empezar y que ya temía haber terminado antes de tiempo.
Conté hasta diez. Luego hasta cien. Y seguí allí, inmóvil, con los puños cerrados y la mandíbula tensa, preguntándome qué demonios iba a hacer ahora y si realmente era posible volver a ser el hombre que era antes de conocerla.