Operación seducción Capítulo 20
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Capítulo 20

Lara

Lo vi girar la esquina y algo dentro de mí se rompió.

No iba a dejarlo así. No iba a permitir que se marchara, que se esfumara entre las sombras del callejón dejándome con esa frase colgada en el aire como una excusa cobarde.

No después de cómo me había mirado, no después de los celos que había visto arder en sus ojos cuando pensó que Pablo y yo éramos algo más que una danza casual.

—¡Izan! —Grité y mi voz resonó contra las paredes de ladrillo.

Corrí. Mis tacones resonaban contra el empedrado mojado, el vestido rozaba mis piernas, el alcohol y la adrenalina se confundían en mi sangre como una pócima peligrosa.

Giré la esquina y allí estaba, inmóvil bajo la farola, con las manos apoyadas en una pared como si necesitara sujeción para no caer.

Se giró al oír mis pasos. Sus ojos, incluso a la luz amarillenta de la farola, brillaban con una intensidad que me detuvo en seco. No eran fríos ahora. Eran un océano tormentoso, grises y profundos, cargados de todo lo que había estado conteniendo durante semanas.

—¿Qué quieres, Lara? —preguntó, y su voz era un gruñido, ronca, peligrosa.

—Quiero que no te vayas —respondí, acercándome, paso a paso, como quien se acerca a una bestia herida—. Quiero que me digas por qué te importa. Por qué me sigues. Por qué me miras así.

—Ya te lo he dicho. Solo quiero que llegues bien a…

—¡Mentira! —Interrumpí, estallando—. Eso es una mentira y lo sabes. No me trates como a una niña estúpida, Izan. Dime la verdad. Dime por qué te importa con quién bailo.

Se apartó de la pared. Dio un paso hacia mí. Y otro. Hasta que estuvimos a centímetros de distancia, compartiendo el mismo aire, el mismo espacio, la misma electricidad que habíamos estado ignorando durante demasiado tiempo.

—Porque no soporto verte con él —confesó, y la verdad cayó entre nosotros como una losa—. Porque cada vez que te veo sonreír con otro hombre, siento que alguien me arranca las entrañas. Porque… porque eres mía, maldita sea. Aunque no lo seas. Aunque nunca lo seas.

No esperé más. No dejé que siguiera hablando porque, si seguía, si ponía en palabras todo lo que sentía, me habría roto en mil pedazos. Así que hice lo único que tenía sentido en ese momento: le agarré del cuello de la camisa y lo besé.

Fue explosivo. Un beso que no pedía permiso, que no negociaba, que no tenía nada de delicado ni de tierno.

Le agarré con fuerza, sintiendo el algodón de su camisa entre mis dedos, y él respondió con una ferocidad que me dejó sin aliento.

Sus manos se posaron en mi cintura, atrayéndome hacia él con una fuerza que casi me dolió, y me pegó contra el suyo hasta que no quedó espacio ni para el aire.

Ambos gemimos. Un sonido animal simultáneo que provenía de lo más profundo de nuestros pechos. Sentí su excitación contra mi vientre, dura e insistente, y supe que él también notaba la mía, el calor que irradiaba de mi piel, la humedad que no tenía nada que ver con el callejón.

Izan me cogió en brazos. De un tirón, como si no pesara nada, me alzó del suelo y mis piernas se enrollaron alrededor de su cintura por instinto puro.

Me pegó contra la pared del callejón, la frialdad del ladrillo contrastando con el fuego de su cuerpo, y el beso se volvió salvaje. Fiero. Desesperado.

Sus labios se movían contra los míos con una urgencia que me robaba el sentido.

Me mordió el labio inferior, no suavemente, sino con un hambre que me hizo jadear, y yo respondí mordiéndole el suyo, saboreando el alcohol y algo más dulce, más peligroso.

Sus manos recorrieron mis muslos por debajo del vestido, subiendo, buscando, mientras yo tiraba de su camisa, desabrochando botones con dedos torpes y ávidos.

—Lara… —gimió contra mi cuello, donde había empezado a depositar besos que quemaban—. Dios, Lara…

—No pares —susurré, arqueándome contra él—. Por favor, no pares.

Pero él se apartó. De golpe, bruscamente, dejando un vacío frío donde antes había calor. Me miró con los ojos más oscuros que nunca le había visto, casi negros en la penumbra del callejón, y su respiración era un jadeo entrecortado que coincidía con el mío.

—No es lugar para esto —dijo, con voz ronca, casi irreconocible.

—¿Y qué? —respondí, deslizando mis manos por su pecho desnudo, sintiendo los músculos tensos bajo mis palmas—. ¿Te importa el lugar?

—Me importa que te mereces más que un callejón sucio —dijo, pero sus manos seguían en mis muslos, apretando, negándose a soltarme.

Sonreí. Una sonrisa lenta, provocadora, de la que sabía que le volvía loco.

—Tengo el coche cerca —dije, inclinándome para mordisquear su mandíbula—. Podemos ir a mi casa. O…

Le besé de nuevo, cortando cualquier objeción, dejando que mi lengua danzara con la suya en una promesa de lo que vendría. Luego me separé lo justo para susurrarle al oído, sintiendo cómo se estremecía cuando mi aliento rozaba su piel:

—El dueño es amigo mío y su despacho está insonorizado.

Izan me miró. Un segundo que duró una eternidad, en el que vi la guerra en su rostro: la lucha entre el deber y el deseo, entre la disciplina y la locura. Y luego gruñó. Un sonido profundo, gutural y animal que me recorrió la espina dorsal como un escalofrío eléctrico.

Me dejó en el suelo, pero no me soltó. Cogió mi mano con fuerza, entrelazando sus dedos con los míos, y dijo:

—Llévame al despacho. Ahora.

No esperé confirmación. Sonreí, con una sonrisa triunfal y excitada, y empecé a caminar, casi corriendo, tirando de él detrás de mí.

Él venía pegado a mi espalda, su mano en la mía como una marca de fuego, su respiración acelerada rozando mi nuca mientras atravesábamos el callejón, salíamos a la calle y nos adentrábamos en la noche de Cádiz.

Caminamos rápido, demasiado rápido, tropezando en las esquinas, riendo entre jadeos, con la urgencia palpable entre nosotros.

Pasamos frente al pub donde seguía la música, donde Noelia probablemente nos buscaba, donde Pablo seguía bailando sin saber que yo ya no estaba allí, que nunca había estado realmente.

Llegamos a la boutique. Saqué las llaves con dedos temblorosos, abrí la puerta del almacén y entramos en la oscuridad perfumada de jazmín y tela.

Subimos las escaleras hasta el primer piso, donde estaba mi despacho, ese santuario de diseño que ahora iba a convertirse en algo completamente diferente.

Abrí la puerta. Entramos. Izan cerró tras de sí con un portazo que resonó en el silencio del edificio vacío.

La luz de la luna entraba por la ventana grande que daba al jardín interior, iluminando el espacio con una claridad plateada que transformaba todo en sombras y destellos.

Izan se quedó quieto, observándome, con la respiración aún agitada y los ojos fijos en mí, como si fuera la única cosa real en el mundo.

Me giré hacia él. Y entonces, muy despacio, empecé a quitarme el vestido.

Lo hice por encima de la cabeza, sin pudor, sin prisa excesiva, pero sin pausa. El tejido verde se deslizó por mi cuerpo como una segunda piel abandonada y lo dejé caer al suelo con un sonido sordo. Quedé en ropa interior, con la luz de la luna pintando líneas de plata sobre mi piel desnuda.

Izan no se movió. Solo su garganta trabajó, tragando saliva, y vi cómo sus manos se cerraban en puños a los costados, conteniéndose.

—¿Sabes lo que haces? —preguntó, y su voz era un hilo de sonido, ronco, peligroso.

—Sé exactamente lo que hago —respondí, acercándome un paso—. La pregunta es, coronel… ¿tú sabes lo que vas a hacer?

Sonreí, provocadora y desafiante, y esperé a que cruzara la distancia que nos separaba.