Capítulo 19
Lara
El sábado llegó envuelto en el olor a jazmín y a promesas de libertad.
Después de semanas de amenazas anónimas, de escaparates rotos, de mensajes intimidatorios y de tensiones con un militar que no sabía si quería besarlo o estrangularlo, necesitaba desesperadamente recordar quién era.
Y para eso, solo había una fórmula infalible: Noelia, Cádiz y una noche sin reglas.
Quedamos a las ocho en el centro, en nuestro bar de tapas habitual, ese con las mesas de mármol desgastado y los camareros que nos conocían desde que éramos adolescentes y pedíamos tinto de verano con cara de inocentes.
—Esta noche —anunció Noelia, clavando su tenedor en una bravas—, no hablamos de hombres. No hablamos de militares. No hablamos de bomberos. Solo de nosotras, de vino y de cómo somos las reinas del mundo.
—Trato hecho —respondí, chocando mi copa contra la suya.
Empezamos con tapas. Aceitunas rellenas, boquerones en vinagre, croquetas que desaparecían en cuestión de segundos.
Seguimos con copas de vino blanco, luego tinto, luego algo azul y peligroso que Noelia pidió porque tenía pinta de veneno y hoy le apetecía morir un poco.
Y terminamos, como siempre terminábamos, en un pub del centro que olía a sudor, a cerveza derramada y a música demasiado alta.
Era un local lleno de turistas, con una pista de baile diminuta y un grupo cubano tocando salsa en directo. El tipo de sitio donde nadie te conoce y puedes ser quien quieras. Y esa noche, yo quería ser alguien sin miedo, sin amenazas, sin un coronel rondando mi cabeza como un fantasma protector.
Me sentí libre por primera vez en semanas. El alcohol fluía por mis venas con la calidez de un abrazo olvidado, y la música me hacía mover las caderas sin vergüenza, sin calcular, sin pensar en quién me observaba.
Pablo apareció a medianoche, como un huracán con una camiseta ajustada.
Llevaba a tres amigos bomberos detrás, todos con el mismo pecho esculpido, la misma sonrisa fácil y el mismo olor a colonia barata y adrenalina, y nos encontró en la barra, sudando la camiseta después de tres canciones seguidas de merengue.
—¡Lara! —Exclamó, abriéndose paso entre la multitud—. ¡Te estaba buscando! ¿Me has reservado un baile?
—Depende —respondí, con la sonrisa borrosa que solo da el tercer cóctel—. ¿Sabes bailar salsa o solo haces flexiones rítmicas?
—Soy bombero —dijo, agarrando mi mano y arrastrándome hacia la pista—. Mi trabajo es salvar vidas. Incluida la de esta pista, que se muere de aburrimiento sin nosotros.
Noelia me guiñó un ojo desde la barra, con una expresión que decía «Ve, disfruta, olvídate de todo».
Y yo fui. Dejé que Pablo me cogiera de la cintura y que sus manos se posaran en mis caderas, con la confianza de quien sabe que es guapo y lo aprovecha.
Empezamos a movernos al ritmo de la música y, durante unos minutos, funcionó.
La salsa, el alcohol, la risa fácil de Pablo que no requería que yo pensara demasiado.
Estaba riendo de una broma que había contado sobre su jefe, con la cabeza echada hacia atrás, sintiendo que por fin respiraba, cuando sentí que el aire cambiaba.
No era algo concreto. Era una presión en el pecho, un cosquilleo en la nuca, la certeza visceral de que alguien me miraba.
Giré la cabeza, todavía sonriendo, todavía en brazos de Pablo.
Y entonces lo vi.
Izan estaba en la puerta del local, con Gael a su lado. Llevaba una camisa negra remangada que dejaba ver sus antebrazos, y su expresión era… como si alguien hubiera apagado todas las luces de su interior.
Nuestros ojos se encontraron a través de la pista.
Él no sonreía. No se movía. Simplemente estaba allí, inmóvil como una estatua, observándome con una intensidad que convirtió el calor de la sala en hielo.
Pablo siguió hablando, siguió moviéndose, siguió rodeando mi cintura con su brazo para enseñarme un giro que yo no logré captar.
Porque lo único que percibía era la mirada fija del coronel al otro lado de la pista.
Una mirada que no era solo sorpresa. Era algo más oscuro, más primitivo, más peligroso.
Gael se acercó a Izan y le dijo algo al oído. Izan no respondió. No apartó los ojos de mí ni un segundo.
—No mires así al bombero —escuché decir a Gael, aunque no debería haber oído nada a esa distancia; sus labios se movían con claridad.
—¿Cómo? —respondió Izan, sin girarse.
—Como si estuvieras pensando en dónde esconder el cadáver.
Izan no replicó. Seguía mirándome, y yo seguía mirándolo, y entre nosotros la música seguía sonando, pero ya no existía.
Pablo, ajeno a todo, apretó mi cintura.
—¡Vamos, otro giro! —dijo, intentando animarme.
Asentí. Intenté seguir el ritmo. Pero ya no estaba allí.
Mi cuerpo bailaba con Pablo, pero mi mente, mi atención, mi alma estaban en la puerta, preguntándose por qué Izan me miraba así, por qué sentía la necesidad de explicarme, por qué el simple hecho de verlo me hacía sentir culpable de algo que no había hecho.
Necesitaba aire. El local se había vuelto sofocante, una trampa de humo y música y miradas que no podía procesar.
—Necesito tomar el aire —le dije a Pablo, separándome bruscamente de él.
—¿Estás bien? —preguntó, preocupado de verdad—. Estás pálida.
—Demasiado alcohol —mentí—. Vuelvo enseguida.
Salí por la puerta trasera, que daba a un callejón estrecho con contenedores de basura y un olor a mar rancio. Apoyé la espalda contra la pared de ladrillo, cerrando los ojos, respirando hondo, intentando que mi corazón dejara de galopar.
Escuché pasos. No necesitaba abrir los ojos para saber quién era.
—Veo que no pierdes el tiempo —dijo su voz, grave, cercana, cargada de una tensión que no sabía interpretar.
Abrí los ojos. Estaba allí, a metro y medio de mí, con las manos en los bolsillos, la mandíbula tensa, esa expresión que había visto antes: la de un hombre que intentaba no perder el control.
—¿Perdón? —respondí, cruzándome de brazos, adoptando la postura defensiva que usaba cuando me sentía acorralada.
—Con el bombero —dijo, y su voz bajó un tono—. Veo que no pierdes el tiempo.
Sentí que la rabia me subía por el pecho, caliente, afilada, bienvenida porque me devolvía terreno firme.
—¿Y a ti qué demonios te importa? —Espeté, acercándome un paso, desafiándolo—. ¿Acaso te he pedido permiso para bailar? ¿O es que ahora también vigilarás mis sábados por la noche, coronel?
Silencio.
Él no respondió. Se quedó quieto, con esa quietud suya que podía significar mil cosas, y vi cómo tragaba saliva, cómo sus manos se cerraban en puños dentro de los bolsillos, cómo luchaba contra algo que no se atrevía a nombrar.
Yo tampoco entendía por qué esperaba otra respuesta. Por qué, en el fondo, quería que dijera que le importaba. Que le importaba de verdad. Que no era solo protección militar ni un deber paternal.
Pero no lo dijo. Simplemente me miró con esos ojos azul grisáceos que parecían ver a través de todas mis mentiras y luego apartó la mirada hacia el callejón oscuro.
—Solo quería asegurarme de que llegaras bien a casa —dijo, en voz baja, casi un susurro.
Y antes de que pudiera responder, de que pudiera gritarle que no me trataba como a una niña, que no necesitaba su escolta, que me estaba volviendo loca con su protección a distancia, se dio la vuelta y se marchó.
Lo vi desaparecer por la esquina, alto, erguido, solo.
Y me quedé en el callejón, con la espalda contra la pared fría, preguntándome por qué sus palabras me habían dolido más que cualquier reproche.